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Espiritualidad, drogas y sociedad

Fecha: 00/00/0000
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Hna. Gemita Garrido


En nuestra opinión, la construcción social que hemos desarrollado los seres humanos esta enferma, de soledad y falta de sentido, se requiere que podamos comprometernos en el cambio de esta estructura social.

Desde esta dimensión, nos encontramos que el abuso de drogas y alcohol se han masificado en los últimos cincuenta años en el mundo, haciéndose eco de una filosofía materialista y orientada hacia la búsqueda del placer, con una visión de la vida carente de ideales verdaderos y que es incapaz de dar un sentido mas profundo a la existencia del ser humano.

Requerimos construir relaciones que puedan otorgar mayores dosis de sentido en nuestro mundo a las personas que lo habitamos. Tal como en el proceso de recuperación de problemas derivados del abuso de sustancias, requerimos tender a generar una nueva forma de vivir, en la cual los valores y los ideales profundos den fortalecimiento a nuestra manera de vivir.

El papa Juan Pablo II durante la concelebración eucarística en la villa Castelgandolfo el 9 de agosto de 1980, pronunció una homilía destacando 3 motivos que inducen a buscar su refugio en la droga.
Basándose en los estudios psicológicos y sociológicos, Juan Pablo II señalaba:

1. La falta de claras y convincentes motivaciones de vida
2. La estructura social deficiente y no satisfactoria
3. El sentimiento de la soledad y de incomunicabilidad

Las personas que abusan del consumo de drogas y alcohol, son por un lado victimas de un sistema y por otro responsables de su propio destino; la exclusión en la que vive lo condena aun más. La comprensión y la compasión (sufrir con) son esenciales para pensar moralmente cómo solidarizar con ellos e incluirlos a la sociedad y comunidad. Los sufrimientos asociados a estas conductas, que implican efectos sobre la vida social y familiar, requieren de nuestra acción evangélica decidida y coherente.

En este sentido nos preocupamos de destacar que uno de los efectos de sufrimiento que viven las personas en situación de exclusión es la afrenta a su propia dignidad, a su esencia de ser humano: su Espíritu. En él reside, para nosotros los cristianos, lo más hondo de su propio ser; sus motivaciones últimas, su ideal, su utopía , su pasión, la mística por la que vive y lucha y con la cual contagia a los demás.

Por lo tanto creemos necesario que los cambios sociales e individuales que permitan alterar estas realidades de exclusión, deben implicar una visión social del problema que debe ir acompañada por la vivencia de valores básicos que permiten entablar relaciones enriquecedoras (amistad, comprensión, cariño, aceptación, etc) que dignifican a la persona humana.

Entre ellos contamos:

? Autodominio: la persona humana tiene la obligación de autoposeerse para poder realizarse y entregarse.
? Responsabilidad: cualquier evasión de la realidad implica una cuota de falta de responsabilidad o esclavitud de la propia libertad.
? Autorespeto: respetar la propia dignidad de la persona humana.
? Crecimiento: la persona humana esta invitada a crecer constantemente, a aportar algo a la sociedad.

El materialismo y el consumismo, el individualismo reinante y el aislamiento son algunos aspectos de la sociedad que posibilitan conductas y acciones que traen como consecuencia en las personas altos grados de sufrimiento, entre ellas el consumo abusivo de drogas. En nuestra sociedad, la cultura que se promueve es la de gozar lo que se pueda. Vivir feliz es el único imperativo y ello se consigue de cualquier forma. La felicidad de cada uno es hacer lo que a el le gusta. Dinero, poder y placer, los tres dioses que ya denuncio San Juan.

Es aquí donde debemos presentar a Jesús, que realiza su predicación con palabras y signos o milagros y desde el inicio anuncia que ha venido a liberar al pueblo de esa condición de injusticia en que se encuentra.

El Sermón del monte sintetiza muy bien el pensamiento profético de Jesús y nos aclara el lugar teológico donde se ubico. Esa es la utopía de Dios: felices los pobres, felices los compasivos, felices los pacificadores, los limpios de corazón, los que luchan por la justicia. Jesús vino para todos, no quiere que nadie se pierda, esa salvación y ese llamado a la conversión, se hace desde los marginados, desde los no amados. La vida pertenece a Dios, Jesús viene para que tengamos vida en abundancia, Jesús es el agua de la vida, el pan de vida.

Existen muchos pasajes que nos hablan de Jesús enfrentándose con el sufrimiento humano, recuerdan que el vino a “sanar los enfermos, a anunciar la liberación a los esclavos…”, es decir su misión entera estuvo entre los pobres y para los pobres. Dios a través de Jesús ha hecho una opción preferente por los pobres y desvalidos, es decir, se ha situado justamente del lado del dolor, del sufrir, de la necesidad. Esto es lo que nos impacta, el dios de la vida ha querido encarnarse en el medio de los signos de muerte para traernos la vida y “vida en abundancia”.

Nosotros estamos llamados a continuar la presencia salvadora de Jesús entre los hombres. Eso significa que debemos hacer hoy presente, aquellos signos o gestos que hizo Jesús entre los hombres que, como en su tiempo, sufren una marginación y menosprecio social debemos acercarnos a los excluidos y marginados para hacer una llamada a la salvación a todos, para presentarles al dios misericordioso.

Sabemos que el amor es la mejor medicina para todo enfermo y quien se ha sentido marginado por la sociedad, al recibir su amor, volverá a alcanzar la salud. El odio, la baja estima, las frustraciones, solo se superan con justicia, con verdad y con amor. Nuestro trabajo no es cuestión de éxito, nuestra eficacia es el amor gratuito, como el de dios hacia nosotros, es la gracia de dios, la gratuidad que tanto escasea en este mundo.