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Desafíos y perspectivas de la Acción Social de la Iglesia

Desde el Magisterio reciente y las Orientaciones Pastorales de la Conferencia Episcopal de Chile
Fecha: 01/01/2003
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Melipilla
Autor: Mons. Enrique Troncoso Troncoso


Desafíos y perspectivas de la Acción Social de la Iglesia
Desde el Magisterio reciente y las Orientaciones Pastorales de la
Conferencia Episcopal de Chile

Mons. Enrique Troncoso Troncoso
Obispo de Melipilla
Presidente Área Pastoral Social
Conferencia Episcopal de Chile

Esta presentación tiene por objetivo destacar algunas orientaciones o énfasis para la pastoral social que surgen desde documentos magisteriales recientes, de las Orientaciones Pastorales de la Conferencia Episcopal de Chile y de nuestra propia experiencia pastoral y mirada de la realidad.

Sin pretender hacer un análisis exhaustivo quisiera subrayar los siguientes desafíos que debemos tener en cuenta al momento de definir las perspectivas futuras del la Acción Social de la Iglesia:

1. Resituar la Acción Social de la Iglesia como una dimensión central de la Evangelización

En un contexto en que, como otras dimensiones de la vida humana, la experiencia religiosa se ha ido “privatizando” (PNUD, 2002), es fundamental insistir en la importancia de la dimensión social de la fe. En las Orientaciones Pastorales de los Obispos de Chile para el período 2001-2005, “Si conocieras el don de Dios...”, planteamos que la acción solidaria pertenece al corazón de la evangelización y no es una acción marginal ni sólo subsidiaria de la Iglesia. Por el contrario, el servicio a los más necesitados y el trabajo por la justicia y la paz son elementos propios de nuestra experiencia de seguimiento de Jesús, que no podemos dejar de realizar sin el riesgo de ser infieles a nuestra fe. (OOPP 149)

La solidaridad es expresión del proceso de la encarnación, es decir, se sitúa en la perspectiva de la construcción del Reino de Dios, promoviendo desde ya una cultura basada en la justicia, el amor y la paz. Como señala el documento de trabajo del CELAM, “Los desafíos a la Nueva Evangelización en América Latina y el Caribe en el contexto de la Globalización”:

...para Juan Pablo II, la solidaridad alcanza su plenitud precisamente en el Misterio de la Encarnación pues: “mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre” . Y por lo tanto: “En este camino por el que Cristo se une a todo hombre, la Iglesia no puede ser detenida por nadie. (…) La Iglesia, en consideración de Cristo y en razón del misterio, que constituye la vida de la Iglesia misma, no puede permanecer insensible a todo lo que sirve al verdadero bien del hombre, como tampoco puede permanecer

indiferente a lo que lo amenaza” .
Sin embargo, la comprensión del modo como Dios se ha unido al hombre adquiere una nueva dimensión al descubrir que El se ha identificado especialmente con los más pobres y excluidos . Los pobres son un lugar privilegiado para el encuentro con Jesucristo: “en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo (cf. Mt 25, 40), el Hijo del hombre” . Todos los textos de la Sagrada Escritura que nos recuerdan el amor preferencial de Jesucristo a los más pobres, y el modo como El está presente en ellos de un modo misterioso pero real, constituyen una página de Cristología y no un mero exhorto a la caridad . De este modo, podemos afirmar con seguridad que la opción por los pobres es una dimensión constitutiva de la fe en Jesucristo. Esto posee una importancia fundamental ya que precisamente: “Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia .”

2. Promover la difusión y puesta en práctica de la Doctrina Social del la Iglesia

Un aspecto que enfatiza la Exhortación postsinodal de Juan Pablo II Ecclesia in America (E Am). es la Doctrina Social de la Iglesia. Al respecto E Am plantea en el No. 54 “Ante los graves problemas de orden social que, con características diversas, existen en toda América, el católico sabe que puede encontrar en la Doctrina Social de la Iglesia la respuesta de la que partir para buscar soluciones concretas. Difundir esta Doctrina constituye, pues, una verdadera prioridad pastoral.

Para ello es importante ‘que en América los agentes de evangelización (Obispos, sacerdotes, profesores, etc.) asimilen este tesoro que es la Doctrina Social de la Iglesia e, iluminados por ella, se hagan capaces de leer la realidad actual y de buscar vías para la acción’ .

En la Doctrina Social de la Iglesia ocupa un lugar importante el derecho a un trabajo digno. Por esto, ante las altas tasas de desempleo que afectan a muchos países americanos y ante las duras condiciones en que se encuentran no pocos trabajadores en la industria y en el campo, ‘es necesario valorar el trabajo como una dimensión de realización y de dignidad de la persona humana. Es una responsabilidad ética de una sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo’”.

En este documento el Santo Padre nos plantea que la Doctrina Social de la Iglesia debe ayudarnos a comprender y a actuar frente a fenómenos tales como el desafío de globalizar la solidaridad (E Am 55); los pecados sociales que claman al cielo -como el comercio de drogas, la corrupción, la violencia, el armamentismo, la discriminación racial, las desigualdades entre los grupos sociales, la irrazonable destrucción de la naturaleza, etc.- (E Am 56); el respeto a los derechos humanos, cuyo fundamento último es la dignidad de la persona en cuanto hijo e hija de Dios (E Am 57); el amor preferencial por los pobres y marginados (E Am 58); la deuda externa (E Am 59); la corrupción (E Am 60); el problema de las drogas (E Am 61); el armamentismo (E Am 62); la cultura de la muerte y la sociedad dominada por los poderosos (E Am 63) y la situación de los pueblos indígenas y los migrantes (E Am 64).

3. Trabajar por una cultura de la solidaridad: globalizada y comunitaria

En el nº 45 de las OOPP los obispo planteamos la necesidad de esforzarnos por establecer una cultura de la solidaridad y por globalizar esta solidaridad, colaborando “con medios legítimos en la reducción de los efectos negativos de la globalización, como son el dominio de los más fuertes sobre los más débiles, especialmente en el campo económico, y la pérdida de los valores de las culturas locales a favor de una mal entendida homogeneización” (E Am 55)

Al respecto nuevamente me parece interesante citar el documento de trabajo del CELAM “Los desafíos a la Nueva Evangelización en América Latina y el Caribe en el contexto de la Globalización”:

La “globalización de la solidaridad” no es un ideal irrealizable. La globalización de los intereses locales, la globalización de las solidaridades elementales, denominada por algunos “globalización desde abajo”, ofrece elementos para pensar que es posible construir –con ayuda de todos– un sistema de relaciones auténticamente alternativo por el bien de todos, en especial de los más pobres y marginados.

Concebir la solidaridad como responsabilidad por todos, y en especial, por los más pobres no hace sino tratar de: “continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad. Es la hora de un nueva «imaginación de la caridad», que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno.”

Todo el conjunto de acciones e iniciativas para fortalecer solidariamente la subjetividad de las sociedades y de esta manera servir a quienes más lo
necesitan al ser un testimonio de caridad y pobreza que sigue radicalmente a Jesucristo “corre el riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras al que la actual sociedad de la comunicación nos somete cada día”. Sin embargo, no hay otra vía: “la caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras.”

Cuando las personas aceptamos la creencia en que las fuerzas económicas ejercen un dominio implacable sobre los dinamismos fundamentales de la sociedad, se vuelve imposible aceptar la posibilidad del surgimiento de nuevos sujetos sociales solidarios y de iniciativas realmente alternativas y globales a partir de ellos. De este modo, la reflexión y la acción entran en el callejón sin salida del pesimismo y la parálisis social.

Pero cuando descubrimos desde la fe que existen motivos fundados que nos permiten entender la importancia de la responsabilidad por todo el hombre y por todos los hombres, podemos afirmar que humanizar la globalización a través de la globalización de la solidaridad es “una grave obligación moral, tanto para las naciones como para las personas” :

Promover una cultura globalizada de la solidaridad que parte del Evangelio significa servir a cada persona humana, en el reconocimiento permanente de su dignidad y derechos humanos, afirmándola en toda circunstancia como el sujeto, fundamento y fin de todos los procesos sociales y de todas las estructuras, desde el ámbito más pequeño o modesto, hasta el ambiente más complejo e internacional de los centros modernos del poder económico o político. La pastoral de los derechos humanos vuelve aquí a adquirir una especial relevancia como dimensión esencial de la Nueva Evangelización y como eje vertebrador de todo el compromiso social de la Iglesia.

4. Contribuir a la superación de la pobreza y de las injusticias sociales

La pobreza es uno de los principales problemas del país. Las cifras oficiales indican que si bien desde 1990 los niveles de pobreza han disminuido significativamente hasta llegar a afectar a alrededor de tres millones de personas el año 2000, el ritmo de dicha disminución ha tendido a hacerse cada vez más lento, en tanto que la población que vive en condiciones de indigencia se ha estabilizado en una cifra que supera las 800.000 personas. Si bien hay avances, estos son relativos no sólo porque se mantiene una alta población en condiciones de pobreza dura, sino porque además hay regiones como la Cuarta, la Séptima, la Octava y la Novena en que la población en situación de pobreza supera el 25%. Y las perspectivas no son positivas, puesto que de mantenerse la tendencia actual el país requeriría 75 años para superar la pobreza.

Si bien en el ámbito de la pobreza es posible constatar avances, como sabemos, no ocurre lo mismo en lo que respecta a la distribución del ingreso. En los últimos años, y pese al aumento significativo del gasto social, la distribución de la riqueza ha mantenido una estructura extremadamente desigual: las cifras para el año 2000 indican que el 10% más rico de la población tiene acceso a un 42.3%, mientras el 10% más pobre apenas accede al 1,1% de los ingresos del país.

Sin duda estos datos están vinculados. No se puede abordar el problema de la pobreza sin considerar la injusta distribución de la riqueza. No es posible para una sociedad disminuir la cantidad de personas que viven en la miseria, mientras el 20% más rico concentra más del 57% de los ingresos y el 20% más pobre debe conformarse con un 3,7%.

Estos datos no sólo configuran una realidad social o económica, sino que además constituyen un serio desafío ético y pastoral.

En los umbrales del tercer milenio, frente a una realidad que muestra indicios de progreso, pero a la vez de desigualdad y exclusión, es preciso preguntarse “¿Dónde van a dormir los pobres en esta naciente civilización?; ¿hay cabida para ellos?; ¿de qué civilización se habla si produce un éxodo y se construye tan sólo para algunos?”.

Por ello, como Iglesia debemos comprometernos, en colaboración con otros en todo esfuerzo que implique contribuir a la superación de la pobreza, las desigualdades y otras injusticias en nuestro país.

Para asumir este desafío es importante comprender que la pobreza es una realidad compleja y heterogénea. Lo cual implica en primer lugar, reconocer a los pobres no sólo en función de sus carencias y necesidades, sino también a partir de sus valores y potencialidades y de su derecho y posibilidades de ser sujetos activos de su vidas. En segundo lugar, tenemos que preocuparnos de diversos ámbitos y sectores, tal como se plantea en las Orientaciones Pastorales:

• La salud y las adicciones (OOPP 150)
• Los internos y actores del sistema penitenciario (139)
• Los Pueblos Indígenas (OOPP 151 - 153)
• El Mundo laboral (OOPP 154)
• Los niños y niñas trabajadores (OOPP 155)
• La Pastoral Campesina. Trabajadores temporeros (OOPP 156)
• Los Dirigentes de la sociedad (OOPP 227 – 230)
• Las Mujeres (OOPP 67)
• Los Adultos mayores (OOPP 70 – 71)
• Los Migrantes(OOPP 139)


Desde el punto de vista de la pastoral social, junto a la necesidad de considerar los elementos señalados, se plantea también la tarea de crear espacios de diálogo en torno al actual modelo económico, social y cultural que permita generar una crítica constructiva y buscar caminos eficientes para superar la pobreza, la injusticia social, las carencias del sistema laboral, el desinterés por lo público y el estilo de vida consumista. Hay que denunciar también las deformaciones de un sistema que se fundamenta en una concepción economicista del ser humano, que considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos, en detrimento de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos (OOPP 141 y 142).

5. Promover la responsabilidad y la participación social

La preocupación por la dimensión social de la fe implica hoy día que la pastoral social promueva la participación y la ciudadanía, es decir, el ejercicio de nuestros derechos y deberes ciudadanos como condición para alcanzar un desarrollo social y democrático sustentable.

La participación constituye una orientación fundamental de la Acción Social de la Iglesia. En los Criterios de la Pastoral Social, aprobados por el Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile el año 1991, se afirma que la Pastoral Social debe buscar que sus destinatarios se transformen en sujetos de su propio desarrollo (n°12), educar para la convivencia y dar impulso a la organización, no sólo por sus ventajas prácticas sino principalmente por su valor como estilo de vida (n°13). En la misma línea, entre los criterios se destaca que las metodología y estilos de trabajo de los programas e iniciativas de acción social deben alentar un espíritu participativo y democrático que, sin crear lazos de dependencia, contribuya a desarrollar capacidades de autogestión y autoayuda en los grupos (n°14).

Más recientemente los Obispos han llamado la atención sobre la falta de participación de la sociedad civil y sus consecuencias para la convivencia nacional (cfr.Carta Pastoral “Vida, Solidaridad y Esperanza”, octubre, 2001), e insistido en la necesidad de trabajar por una democracia más participativa, por el desarrollo del sentido de ciudadanía y por que la sociedad civil ocupe el lugar que le corresponde (OO.PP. n° 76).

En la actual situación del país, caracterizada, según el Informe de Desarrollo Humano 2002 del PNUD, por el debilitamiento de la identidad colectiva y el sentido de pertenencia, por una diversidad disociada, así como por un marcado proceso de individualización, el desarrollo de la participación y la ciudadanía aparece como un importante desafío para los programas de promoción y acción social de la Iglesia.

6. Reforzar una espiritualidad de la solidaridad

La pastoral social debe estar animada por una profunda espiritualidad que se fundamenta en el amor misericordioso del Padre y que surge con fuerza de la experiencia de

encuentro profundo y personal con Jesucristo. Sólo animados por esta espiritualidad podremos realizar un servicio significativo y original a nuestra sociedad, porque este espíritu de servicio o de diakonía es una dimensión de la Iglesia que prolonga en la historia concreta de América Latina la actitud de Jesús, quien vino, no a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (Mc 10,45).

El desarrollo de esta espiritualidad nos ayudará a responder a fortalecer nuestra mística y capacidad de servicio; a descubrir nuevos ámbitos de trabajo para que todos nos comprometamos en la construcción de una sociedad más justa y fraterna. En esta perspectiva , los cristianos tenemos mucho que aportar y, también, la misma Iglesia desde su propia institucionalidad. Por eso, hay que despertar, alentar y subrayar la obligación de la participación de los laicos cristianos en la sociedad.

Una de las tantas maneras de alimentar esta espiritualidad es teniendo presente en nuestras prácticas cotidianas los criterios para la acción pastoral que nos proponen las OOPP (OOPP 171-189) y que sólo me limito a mencionar:

1. El amor gratuito que siempre toma la iniciativa
2. Historicidad y discernimiento evangélico
3. Abajamiento y opción preferencial por los pobres y excluidos
4. Una evangelización testimonial y dialogante que genera comunión
5. Participación y dignificación de la mujer en la Iglesia y la Sociedad
6. Una evangelización misionera, inculturada y celebrativa
7. Reforzar los equipos de pastoral social

Finalmente, las OOPP plantean que es necesario revitalizar los equipos de acción social diocesanos (DAS) de modo de mantener viva la Pastoral Social y la promoción de experiencias de participación y solidaridad como testimonio de cercanía con los pobres y signo de que es posible la sociedad justa y fraterna que soñamos y buscamos. (OO.PP. N° 148).

Melipilla, enero de 2003

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Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 13 y Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, n.
Juan Pablo II, Redemptor hominis, n. 13.
Cf. Mt 25, 35-36.
Paulo VI, Discurso en la última sesión pública del Concilio Vaticano II, 7 de diciembre de 1965, n. 58.
Cf. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 49.

Propositio 69
Idem, Novo millennio ineunte, n. 50.
Ibidem.
Ibidem.
Juan Pablo II, Discurso a la Pontificia Academia de Ciencias, 27 de octubre de 1989.
El Tercer Milenio Como Desafío Pastoral, Informe Provisional, CELAM 1997.