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Homilía Te Deum 2018

Fecha: 18/09/2018
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Linares
Autor: Mons. Tomilslav Koljatic


Queridos hermanos:

Con gran alegría nos encontramos reunidos, autoridades y Pueblo fiel de
Dios, en nuestra Catedral, para cantar solemnemente el Te Deum, es decir, el
himno de Acción de Gracias a Dios, a quien es fuente de toda bendición.

Como sabemos, el primer canto del Te Deum por la Independencia Nacional
fue solicitado por el Padre de la Patria, don José Miguel Carrera al obispo de
Santiago de la época, para dar Gracias a Dios por la Independencia
proclamada el 18 de septiembre de 1810.

Cabe destacar que esta hermosa y significativa tradición jamás ha sido
interrumpida a todo lo largo de nuestra historia republicana.
En momentos de paz y prosperidad, como también en momentos de crisis
institucionales gravísimas como la Guerra del Pacífico o la Revolución del 91,
la crisis del 25 o la más reciente del 73, entre otras, nunca los gobernantes han
dejado de participar en esta celebración que forma parte de nuestra identidad
nacional y que reconoce las raíces cristianas que han sido la matriz en la cual
se ha gestado nuestra nacionalidad y que sigue siendo el sustrato de nuestra
cultura chilena, lo que el Cardenal Silva Henríquez llamó el Alma de Chile.
Así, en estos días de septiembre, en las catedrales evangélicas y católicas, nos
reunimos para orar por Chile, por su autoridades y por su pueblo, por la paz y
el progreso espiritual y material de la Nación.

La Palabra de Dios que hemos recién escuchado nos recuerda ese momento en
que el Hijo de Dios nos enseñó la principal oración de los cristianos: El Padre
Nuestro.

Oración que hemos aprendido en el regazo materno, en el hogar junto a la
familia y en la escuela, esa oración que nos acompaña a lo largo de la vida
personal y familiar, oración que la hemos rezado tantas veces en los más
diversos momentos de nuestra vida, en los momentos de dolor y de
sufrimiento, en los momentos de alegría y alabanza, trayéndonos paz,
consuelo y esperanza.

En ella podemos destacar 3 palabras fundamentales, que lo son también
fundantes en la vida social de la Patria: estas son Padre, Pan y Perdón.
Lo primero, la oración se dirige al Padre Dios. De esta manera nos
reconocemos creaturas, que a lo largo de la vida personal y social miramos
hacia lo alto para hablar y orar a nuestro Creador. Pero no es una oración fría,
rutinaria, formal. Es la oración del hijo que confía plenamente en aquel que le
dio la vida y que le acompaña siempre en este peregrinar terrenal, aquel que
Jesús nos enseñó a llamar Abbá, es decir, Padre querido, padre amado.

Sí, queridos hermanos, el Hijo de Dios nos enseña que no solo creemos en un
Dios, si no en un Dios que es Padre, el cual tiene como su característica
fundamental el ser misericordioso. Francisco nos ha dicho: “El nombre de
Dios es misericordia”.

Así, hoy queremos renovar la confianza en nuestro Dios, dador de la vida,
quien cuida de nosotros, quien guía la historia humana, cuyos pensamientos y
obras quedan tantas veces más allá de lo que nosotros alcanzamos a
comprender. ¿Quién conoció los pensamientos de Dios? Quién fue su
consejero? Dice el salmista.

Pero no solo reconocemos que tenemos un Dios que es Padre misericordioso y
providente que cuida de mí. También confesamos que es nuestro, en plural.
No es solo el Padre mío, es el Padre Nuestro, de todos los hombres y mujeres
que llegan a este mundo. Por ello decir Padre Nuestro es decir que somos
hermanos, responsables unos de otros, llamados a reconocer en el otro alguien
de igual dignidad que la mía, un heredero del Reino prometido a los hijos.
Orar con el Padre Nuestro nos exige respetarnos sin ninguna excepción unos
con otros, porque somos hijos del mismo Padre. Enfermos, el que está por
nacer y el que está por morir, pobres, migrantes, no creyentes, los que piensan
distinto, los que viven distinto, los que tienen otra fe, todos hijos del mismo y
único Padre celestial.

La oración del Padre Nuestro rezada por tantos y tantos chilenos a todo lo
largo y ancho de nuestra tierra, nos hace tomar conciencia de que somos
responsables de cuidar toda la obra de la creación salida de las manos del
Padre, esto es, el aire, el agua, la tierra, los océanos, la naturaleza, toda forma
de vida, creaturas amadas del Padre Dios.

En este día de oración por la Patria, el Padre Nuestro nos confirma en nuestra
mirada atenta hacia todo lo que nos rodea, don de Dios, de las personas y de la
creación, ambas inseparablemente unidas por su creación y su destino.
La segunda palabra que podemos destacar es Pan.

Oramos pidiendo al Padre Dios que nos dé el Pan de cada día. Y es lógico,
esta es una de la principales responsabilidades del padre o la madre: llevar el
alimento a sus hijos.

Es evidente que el pan es fruto del trabajo del hombre. Con el sudor de tu
frente te ganarás el pan, es la sentencia del Génesis. Pero eso no nos debe
hacer olvidar que ese fruto es dado también por el Padre Dios.
Es la enseñanza del Evangelio Jesús nos llama a confiar en el Padre Dios, en
no pensar desordenadamente en el mañana, ya que cada día tiene su propio
afán, y que Dios cuida de nosotros, como de los lirios del campo y las aves del
cielo.

Esta enseñanza no es un llamado a la flojera o la irresponsabilidad. No. Es el
llamado a no poner nuestra confianza en nuestras riquezas, posesiones, o
habilidades, que siempre son precarias y pasajeras, si no a poner siempre
nuestra confianza en el Dios que es Padre y que cuida de sus hijos.

En estos tiempos, tantas veces hemos visto entre nosotros un alejamiento de
Dios ya que creemos que ya tenemos suficiente en nuestros graneros para
darnos una vida placentera y sin sobresaltos, olvidándonos que la vida está
siempre en las manos de Dios. En ese Evangelio Jesús le dirá a este hombre:
Necio, hoy día se te pedirá cuentas de tu vida en el Juicio Final.

En el Padre Nuestro no solo pedimos el pan, si no el pan de cada día.
En el desierto, cuando Israel peregrinó 40 años hacia la Tierra Prometida, Dios
les alimentaba diariamente con el maná. Aquél que guardaba para el día
siguiente, lo encontraba corrompido. El Padre les alimentaba todos los días,
sin necesidad de afanarse y guardar codiciosamente para el mañana.

Así, antes que acumular el pan de cada día, el Padre Nuestro nos exhorta a
compartir el pan de cada día, a abrir los ojos para ver al hermano que no tiene
pan (es decir, que no tiene trabajo, salud, dignidad, protección, consuelo,
felicidad, paz) a abrir las manos para dar con alegría. Nos invita a ver con los
ojos de Dios nuestra historia personal y social, para ver los dones que él nos
da y que están llamados a ser instrumentos de justicia, caridad y misericordia,
con los hermanos que nos rodean. Los bienes de la tierra en definitiva,
pertenecen a todos los hijos de Dios, no a unos pocos o incluso a muchos.
Pertenecen a todos, y es tarea nuestra que ese proyecto de Dios se realice en
cada momento de la historia, aquí y ahora.

Y finalmente la tercera palabra es Perdón. El Padre Nuestro nos llama a
perdonar a los demás, así como nosotros somos perdonados por Dios.
Lo primero es tomar conciencia de que hemos sido perdonados una y otra vez
por el Señor. Nuestro pecado nos pertenece por que está en nuestro ADN, en
el corazón de nuestro ser y obrar. “El que diga que no ha pecado es un
mentiroso”, dirá San Juan.

Pero la certeza de ser pecadores perdonados, tratados con misericordia, nos
colma de una alegría insuperable, la alegría del hijo pródigo, que se sabe
esperado y amado por el Padre siempre.

Y porque hemos experimentado ese amor de Padre misericordioso, es que
podemos comprender a los demás, nos liberamos de sentirnos mejores,
superiores, jueces de los demás, lavados todos por la sangre redentora de
Jesús.

Para construir una vida social sana, necesitamos sabernos perdonados en
primer lugar por Dios y luego por los demás a quienes hemos ofendido o
dañado.

Sin perdón no es posible vivir una vida social auténticamente humana, sana y
en paz. El perdón no elimina la justicia. El perdón ciertamente la exige pero la
supera, para dar paso a rehacer el tejido social dañado por el pecado, el odio y
la ofensa, para pasar de ser ofensores a ser hermanos.

A la pregunta de Pedro: ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano, hasta 7
veces? Jesús le responde hasta 70 veces 7.

A lo largo de la vida tantas veces en la propia familia, entre los amigos, en la
comunidad y en la convivencia social nos hemos ofendido, dañado,
marginado. Pero necesitamos la fuerza del Señor para reencontrarnos y
reconocernos como hermanos nacidos en esta misma tierra bendita, llamados a
ser constructores de paz y reconciliación.

Así entonces, al orar y dar gracias por estos 208 años de vida independiente, lo
hacemos reconociéndonos hijos del mismo Padre, hermanos que debemos
cuidarnos, perdonarnos y amarnos unos de otros, compartiendo con alegría los
dones de la creación que son para todos, para así, con la bendición del
Creador y Padre caminar y soñar juntos en la construcción de la Patria
Común, donde haya pan, respeto y alegría para todos.

Para esto vamos a cantar ahora el Te Deum con renovada gratitud a Dios, bajo
el amparo de María del Carmen, la Madre del Salvador.

+ Tomislav Koljatic
Obispo de Linares