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Homilía Te Deum Fiestas Patrias: "El amor que construye la Patria"

Fecha: 18/09/2018
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Valdivia
Autor: P. Gonzalo Espina Peruyero


HOMÍLIA TE DEUM FIESTAS PATRIAS 2018

El amor que construye la Patria


Rom 13, 8-10; Sal 14, 1-5; Lc 10, 25- 37
Catedral de Valdivia, 18 septiembre 2018


Honorables, distinguidas y estimadas autoridades civiles, militares, académicas, religiosas, y representantes de organizaciones sociales, hermanos y hermanas.

En este 18 del 18, un nuevo aniversario de la Patria nos convoca para la acción de gracias y la petición, al Dios fuente y origen de todo lo creado, Señor de la historia, que acompaña nuestro caminar.

Las Fiestas Patrias movilizan, a cuantos habitamos esta hermosa tierra, hacia el encuentro con nuestras familias, amigos, colegas, vecinos y conciudadanos de nuestras comunas y regiones. Todo grupo, colectivo o institución, hace una pausa para celebrar la historia y conciliar las miradas hacia un mañana esperanzador, para este Chile que todos compartimos. En torno a la mesa se prodigan los deseos de felicidad, “felices fiestas patrias”, sabedores de que esta felicidad nunca podrá ser completa, sino tenemos “Mesa para todos”. Con mis palabras quisiera contribuir a esta mayor felicidad.

PRIMERO: PETICIÓN DE PERDÓN Y COMPROMISO

En el transcurso de este año, a partir de la valentía y constancia de las víctimas y de quienes les apoyaron, así como de la escucha de los enviados pontificios y de las cartas que el Papa nos envió, la Iglesia Católica en Chile, ha entrado en un profundo estado de conversión. Nos hemos referido a ello estos meses en varias ocasiones, y ahora lo recuerdo brevemente.

Los abusos de conciencia, de poder y sexuales, nos llenaron de estremecimiento por el daño infligido a las víctimas, por la falta de integridad de los victimarios, y por el escándalo y confusión producido en todos. Los abusos, nos llenaron de dolor y vergüenza, así como de la sentida necesidad de pedir perdón. Nos activó un serio compromiso con la reparación, así como un renovado esfuerzo por la prevención y el aseguramiento de espacios sanos y seguros. Nos duele en el alma que quienes tenían el deber de alto respeto y cuidado, hayan usado y pervertido su sagrado ministerio, con pecados y delitos execrables.

Sabemos que toda crisis es oportunidad de purificación y de crecimiento cualitativo. Estamos esperanzados en que el invierno y tiempo de poda en el que estamos traerá una nueva primavera. Juntos, como Pueblo de Dios, nos renovaremos en un seguimiento más auténtico de Jesús. El protagonista del cambio será el Espíritu de Dios, que nos dará un corazón nuevo, más lleno de cuidado y misericordia para con todos.

Contemplamos cómo se van dando brotes de nuevos estilos e iniciativas, expresión de renovado compromiso y protagonismo de todo el Pueblo de Dios. Agradecemos a tantos que desde sus comunidades y realidades siguen a Jesús, construyendo el Reino de Dios y la Iglesia. También a quienes se resisten a las caricaturas, generalizaciones y ensañamientos morbosos.

En todo caso, en el Te Deum de este año, antes de cualquier otra reflexión, siento que debo volver a pedir perdón, aquí en Valdivia, en nombre de la toda la Iglesia en Chile. Manifestando también, el compromiso por reforzar una cultura del respeto, buen trato, trasparencia y cuidado; la disponibilidad a la escucha, esclarecimiento de la verdad y reparación; y el trabajo por la prevención y la aseguración de ambientes sanos y seguros.

CON HUMILDAD, LA BÚSQUEDA DE UNA PALABRA

Dicho todo lo anterior, les confieso la dificultad para escribir esta homilía. Una voz interior me invitaba al silencio y me recordaba el refrán: “médico cúrate primero a ti mismo” y añado, “y a tu Iglesia”. Otra voz me decía que debía escuchar y ofrecer una palabra, que no sea mía sino de Dios; sabedor de que todos estamos llamados a servir como “sanadores heridos”.

Permítanme traer aquí, el poema Esta Iglesia no tiene, de la obra Crepusculario del joven Neruda, a sus 19 años. Me resulta muy evocador en la hora presente e interpreta mi deseo de entregarles la semilla de Cristo (carne y luz, cercanía y vida) en el surco de nuestras vidas, para la felicidad personal y para el bien de la patria. El poema dice así:

Esta iglesia no tiene lampadarios votivos,
no tiene candelabros ni ceras amarillas
no necesita el alma de vitrales ojivos
para besar las hostias y rezar de rodillas
El sermón sin inciensos es como una semilla
de carne y luz que cae temblando al surco vivo;
el Padre-Nuestro, rezo de la vida sencilla,
tiene un sabor de pan frutal y primitivo…
Tiene un sabor de pan. Oloroso pan prieto
que allá en la infancia blanca entregó su secreto
a toda alma fragante que lo quiso escuchar…
Y el Padre Nuestro en medio de la noche se pierde,
Corre desnudo sobre las heredades verdes
Y todo estremecido se sumerge en el mar…


CRISTO, PAN DE VIDA, QUE NOS REGALA EL PADRE

Sí, la semilla es Cristo, Palabra de Dios hecha carne (cf. Jn 1,1ss), cercanía e identificación con cada persona, que vino para sanar, liberar y dar vida en abundancia, dando su propia vida; porque tanto amó Dios al mundo…, porque no hay mayor amor que dar la vida por los amigos (cf. Jn 3, 16; 10, 10; 15, 13).

Sí, el Padre Nuestro, tiene sabor de pan, de mesa familiar donde cabemos todos, porque vamos viviendo el mismo amor misericordioso del Padre (recordemos el banquete familiar que organiza el Padre por el hijo prodigo recuperado, cf. Lc 15, 11-31). Es el Padre con entrañas de Madre que nunca abandona a sus hijos, que ama incondicionalmente a todos y pone su corazón y cuidado, especialmente en quienes más lo necesitan. Y el Hijo Jesús, hecho Pan de vida, que se entrega para alimentar el amor en cada corazón, para hacernos más capaces de construir “una mesa para todos”, como hemos cantado al inicio de esta celebración. Como decía el poema “oloroso pan prieto, que allá en la infancia blanca entregó su secreto, a toda alma fragante que lo quiso escuchar…”. Es el Cristo, Pan de vida, que este año peregrina por todos los rincones de nuestra diócesis…

EXAMINANDO LA REALIDAD Y EL CORAZÓN

En estos tiempos de cambio de época, lejos de comprender su alcance... En este Chile nuestro, del crecimiento y progreso material, con nuevas estimativas éticas, con endémica y clamorosa desigualdad, con variadas expresiones de violencia, con preocupantes índices de depresión y con tantos nuevos desafíos... ¿Qué pistas de buen camino podremos encontrar? Damos por supuesto que todos deseamos contribuir a un Chile mejor, a un mundo mejor. Y que para ello, como decía Mahatma Gandhi: ·Si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiarte a ti mismo”.

En tiempos de crisis, en tiempos de invierno, es decisivo ir a lo esencial, ir a las raíces, ir al corazón. El gran filósofo y escritor, Miguel de Unamuno, en su búsqueda de Dios y de sentido, expresada en su diario íntimo, tras una vida exitosa, confiesa que el egoísmo le quita la alegría y le deja una herencia de tristeza (Cf. Diario íntimo, Cuadernos 3). Esta confesión nos hace pensar en nuestros alarmantes índices de depresión y en tantas manifestaciones de violencia y abuso. ¿Cómo traer alegría y paz a nuestro corazón y a la patria?

CONSTRUIR LA CASA, PROPIA Y DE LA PATRIA

Habitar la casa de Dios es vivir la plenitud de vida a la que él nos convoca. Glosando el Salmo que se ha proclamado, podemos preguntarnos ¿Quién puede construir bien la casa de su vida y la casa de la Patria? ¿Quiénes hacen crecer las raíces que puedan nutrir su vida y hacerla feliz y plena? ¿Quiénes pueden nutrir una cultura del cuidado, de la justicia y fraternidad, que las necesarias leyes, juzgados y cárceles, por sí solas no podrán conseguir?

Se trata de un estado de la conciencia y del espíritu. Se trata de algo esencial que, como decía el Principito, “solo se ve con los ojos del corazón”. Este estado, se manifiesta abiertamente en el estilo de vida que nos ha reflejado el salmista: “El que procede rectamente y práctica la justicia; el que dice la verdad y no calumnia con su lengua. El que no hace mal a su prójimo… el que no presta dinero a usura ni acepta soborno contra el inocente…”. He aquí unos indicadores para un electrocardiograma espiritual, que indique la salud de nuestro corazón.

LO QUE IMPORTA ES AMAR

El mensaje del salmista, conecta con la primera lectura, que nos indica que “el que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley”. Entonces, nos realizamos y hacemos bien a los otros, en la medida que amamos. Esta es la tarea de la vida y la “única deuda con los demás” Ello, para tener buena vida. Pues como dijo San Irineo: “la gloria de Dios es que el hombre viva”

Entonces…, el otro no es alguien con quien competir, de quien servirme, de quien abusar…, para dar satisfacción a mis intereses y pasiones egoístas. El otro es alguien a quien respetar, cuidar y servir. Alguien a quien amar.

Creados a imagen y semejanza de Dios; somos lo que somos, en la medida que amamos. El “desarrollo humano”, consiste en ir aprobando una asignatura de toda la vida: “el arte de amar” (título de la conocida obra del psicólogo social Erich Fromm). Por ello nos hace bien (como suele repetir el Papa Francisco) hacernos periódicos controles, exámenes de conciencia, con el protocolo del juicio final según San Mateo (“porque tuve hambre y me disteis de comer… “ Mt 25, 35ss). Porque, como dijo San Juan de la Cruz: “al atardecer de la vida nos examinarán del amor”.

AMAR Y SERVIR DESDE ABAJO

En el Evangelio, una vez aclarado que la vida consiste en amar de todo corazón a Dios y al prójimo, un doctor de la Ley, pregunta a Jesús quién es mi prójimo y él le responde con la parábola del buen samaritano. En ella deja claro que, prójimo es todo aquel que nos necesita, y que lo que se nos pide, es acercarnos, compadecernos y dar respuesta concreta. Cristo se abajó y nos enseñó a abajarnos y hacernos cargo de tantos maltratados y botados en el camino.

Esta es la perspectiva para el amor personal, social y político. Este es el foco que me toca aportarles: mirar desde los últimos, los más indefensos y vulnerables, que generalmente son quienes menos gritan, quienes tienen menos poder, fuerza e influencia. Esta mirada nos humaniza y es camino seguro para construir una Patria para todos.

GRATITUD POR LA ENTREGA Y COMPROMISO CON “LOS DE ABAJO”

Hemos de agradecer a tantos compatriotas, que encarnan estos valores de forma abnegada y sencilla, en sus familias, trabajos, vecindario y organizaciones sociales y políticas. Ciudadanos y servidores públicos, que pasan la revisión “técnica” del amor y son grandes constructores de la Patria.

Como compromiso con “los de abajo”, sin entrar en el debate de la contingencia sociopolítica propio de otros ámbitos, donde se dialoga desde la pluralidad de soluciones técnicas; me atrevo a señalar, entre otros, siete realidades, que podríamos llamar las siete “M”.
- MENORES. Toda sociedad sana y sabia, ha de privilegiar la protección y cuidado de los pequeños. Ellos son los más indefensos y las carencias materiales y afectivas condicionarán para siempre su vida. Jesús les pone en el centro y tiene palabras durísimas para quien los escandalice (cf. Mc 9, 36. 42).
- MAYORES. Igualmente, toda sociedad sana y sabía, no los aparta e invisibiliza, los cuida y protege, los valora y recibe su experiencia y sabiduría. Jesús ve y exalta la ofrenda de la pobre viuda (cf. Mc 12, 41-44).
- MUJERES. Sigue habiendo una gran deuda con ellas, tanto en la Iglesia como en la sociedad civil, respecto a la igualdad en general, y laboral en particular. Urge la superación del machismo y de la violencia. Jesús muestra una gran libertad frente a los condicionamientos patriarcales de la época y tiene un trato que respeta enteramente su dignidad (caso de la pecadora pública, cf, Lc 7, 36-50, la samaritana, cf Jn 4, 1_39), y tantas otras).
- MIGRANTES. Vienen huyendo del hambre y de duras situaciones políticas. Muchos de ellos viven faltos de alimento, vestido y techo. Muy vulnerables a todo tipo de abuso. Necesitan de acogida, protección, promoción e integración (verbos indicados por el Papa). Jesús nos espera en ellos. “Fui emigrante y me acogieron” (Mt 25, 35).
- MAPUCHES. Los hermanos de los pueblos originarios, siguen concentrando los mayores índices de pobreza. Necesitan salir de ella, necesitan se valore su cultura y necesitamos su aporte en el buen vivir, en armonía con la naturaleza.

A estas cinco emes, añadiría otras dos:

- MEDIO AMBIENTE. Avanzamos en algunas medidas ecológicas pero nos queda mucho por hacer. Crece la contaminación, urge preservar el bien primario del agua y asegurar que llegue para todos, etc. Los más pobres son quienes más sufren las consecuencias…
- MEDIACIÓN. La mediación para la resolución de tantos desafíos. Es decir respeto, diálogo, ponderación, consenso, inclusividad, versus, descalificación, cerrazón, violencia, imposición, exclusión.

Deseando el bien de todo corazón, comprometidos con todos nuestros compatriotas, pidamos al buen Dios, que nos de amor para servir y construir nuestra Patria, el bien para todos.
Así sea.


+ P. Gonzalo Espina Peruyero
Administrador Apostólico de Valdivia