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Homilía del obispo de Villarrica en el solemne Tedeum por Chile en el año 2018: "Chile abre sus puertas a Cristo"

Fecha: 17/09/2018
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Villarrica
Autor: Mons. Francisco Javier Stegmeier


Hermanos en Jesucristo:

“Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca” (Mt 7,24). Bien sabemos que en gran medida la firmeza de una casa depende de sus cimientos. Caerá la lluvia, vendrán los torrentes, soplarán los vientos, pero la casa no caerá, porque está cimentada sobre roca.

Esta es una palabra dirigida a casa uno de nosotros. Nuestras vidas y nuestras familias estarán seguras y tendrán un final feliz en el cielo en la medida en que nos apoyemos en Jesucristo. Pero es también una palabra dirigida a la sociedad, a las naciones y al mundo entero. También ellos tienen unos fundamentos y deben ser edificados sobre roca firma. En caso contrario, es como construir sobre arena. La consecuencia será la ruina.

En estos días de Fiestas Patrias, al conmemorar un año más de nuestra independencia nacional, hemos de considerar que también Chile, en cuanto nación, tiene unos fundamentos sobre los cuales se ha ido desarrollando su historia. Son unos cimientos inamovibles que están siempre presentes, aunque no se les vea, no se les reconozca o se les niegue. La roca firme sobre la cual se construye nuestra casa común, Chile, es Jesucristo y su Evangelio redentor.

En efecto, a partir del siglo XVI, la fe en Cristo va conformando la vida personal y social de los habitantes de Chile. Jesucristo se constituyó en el factor más importante de la configuración de la sociedad como tal en sus expresiones culturales, educacionales, políticas, económicas… Por siglos, hay una conciencia colectiva de que todo tiene que ver con Cristo. La unidad en torno a Cristo hace que la vida social sea homogénea y armoniosa, y al mismo tiempo haya una gran riqueza en la pluralidad de las expresiones de personas, familias y pueblos.

Si por un lado es cierto que, por la realidad del pecado original, en tal ambiente cristiano hay males morales y que no todo en la sociedad llegó a estar plenamente impregnado de la fe cristiana, no es menos cierto que la identidad de Chile no puede explicarse sin el dato histórico de sus raíces profundamente cristianas. El hecho que la mayoría de los chilenos nos declaramos cristianos y la misma celebración del Te Deum en todo Chile son algunas de las expresiones que van quedando de nuestras raíces cristianas y católicas. Entendemos que a Dios Padre, por Jesucristo, hay que agradecer y pedir por la Patria, pero no sólo a nivel personal, sino también como sociedad.

La pretensión de negar esta realidad tiene como efecto la pérdida de la cohesión social y de un proyecto nacional que aúne las voluntades de todos. Sin la referencia a un origen fundacional que nos diga quienes somos como chilenos, no podemos sentirnos parte de un todo, ni podemos unirnos en la prosecución del bien común. De a poco van prevaleciendo los elementos desintegradores de nuestra nacionalidad por sobre los integradores.

Es evidente el actual estado de desintegración social. Chile es un país tensionado por la constante oposición de los intereses individuales o grupales. Como están las cosas, es imposible hacer converger el bien de unos con el de otros. Así, por ejemplo, el derecho de la mujer se afirma en contra del derecho del niño a nacer. Pareciera que está emergiendo una sociedad en la que se debe afianzar la propia individualidad en contra de los demás. No puede ser de otro modo cuando la cultura dominante reduce la presencia de Dios y de Jesucristo sólo al ámbito privado, sino es que propicia su negación.

Consecuencia del rechazo de Dios como fundamento último de todas las cosas, es la desintegración social que está hoy afectando a patrimonios esenciales e inviolables de la humanidad. Precisamente se ha llegado al extremo de atacar bajo el amparo de los poderes del Estado los pilares básicos e insustituibles de toda convivencia social plenamente humana: el derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, la verdad de la persona humana creada por Dios hombre y mujer, del matrimonio y de la familia. Son realidades humanas comunes a todos, pero que han sido promovidas, desarrolladas y defendidas por la cultura nacida de la fe cristiana.

En los últimos años ha avanzado con una rapidez imprevisible la legislación contraria al orden natural establecido por Dios. Es cada vez más evidente que el Estado se va apropiando de un poder que no le corresponde. Asume, bajo apariencias democráticas, unas características explícitamente totalitarias, quitándole, por ejemplo, a los padres y a las familias su derecho natural de educar a sus hijos de acuerdo a sus propias convicciones. Vemos que se siguen proponiendo nuevas leyes orientadas a negar la verdad del hombre, fundamento de su dignidad y del orden social.

Una sociedad que se reconoce originada del acto creador de Dios y redimida del pecado por Cristo, más allá de las deficiencias, sabe que todos somos iguales en dignidad, porque hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (ver Gn 1,27) y hemos sido constituidos hermanos, “porque Cristo es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad” (Ef 2,14).

Como nos dice hoy San Pablo, hemos de orar por todos y también por los que han sido “constituidos en autoridad” (1 Tm 2,2). ¿Por qué oramos por ellos? Porque son los primeros responsables de la vida social y de ellos depende “que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1 Tm 2,2). Para lograr una vida tranquila y apacible, San Pablo pone como condición que todos, incluyendo a las autoridades, reconozcamos que “hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús” (1 Tm 2,5).

Solo desde Dios, principio, sustento y fin de todas las cosas, y solo desde Cristo, Redentor de la humanidad pecadora, podemos vivir en sociedad como en una familia orgánica y armoniosamente integrada, en la que cada persona vale por lo que es y, desde su riqueza única e irrepetible, contribuye al bien de los demás y, a la vez, recibe de la sociedad todo lo necesario para el pleno desarrollo de su personalidad, incluyendo su dimensión religiosa y trascendente.

Sólo si vuelve a los fundamentos cristianos, Chile será un país de hermanos, en la que se reconozca la dignidad de toda persona humana, incluida la del niño por nacer, en el que reine la justicia y la paz. En el reconocimiento de Dios trascendente y en el Señoría social de Cristo está la clave de la renovación espiritual y moral de la nación chilena. Volviendo a Cristo, volveremos a vivir como hermanos.

Miremos con confianza a Jesucristo. Él ha venido a este mundo para salvarnos del pecado y de todo mal. Su resurrección nos muestra que sólo Él tiene el poder de superar todo aquello que divide el corazón del hombre y a los hombres entre sí. Como nos recomienda hoy San Pablo, no dejemos de orar por la Patria, sus autoridades y sus ciudadanos. Pidamos insistentemente al Señor que nos conceda su sabiduría para reconocer cuál sea su voluntad en la construcción de un país que asegure la dignidad de todos sus habitantes. Con la mirada puesta en el Señor, poniendo nuestras vidas en sus manos y procurando realizar su voluntad en lo que a cada uno corresponde, podemos mirar el futuro con esperanza.

Encomendemos a la intercesión de la Virgen del Carmen, Madre y Reina de Chile, nuestros anhelos de crecer en fraternidad, justicia y paz. Que Ella, la humilde esclava del Señor, nos conduzca hacia su Hijo Jesucristo y nos haga ser sus fieles discípulos, imitándolo en su amor al prójimo, especialmente a los más necesitados.

Todo esto lo pedimos al Padre, por Cristo, a quien sea todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Amén.

+ Francisco Javier Stegmeier
Obispo de Villarrica