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Documentos
Lecturas: Hechos 4,1-20 Mateo 4,23—5,12

Homilía en la celebración del Te Deum Catedral de Los Ángeles

Fecha: 18/09/2018
Referencia: Homilía en la celebración del Te Deum Ca
País: Chile
Ciudad: Los Ángeles
Autor: Mon. Felipe Bacarreza Rodriguez


Señor Gobernador...
Queridos hermanos sacerdotes y diáconos
Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

- Nos hemos reunido ante el altar del Señor esta mañana para dar gracias a Dios por la patria, al cumplirse un nuevo aniversario de su independencia, el aniversario N. 208. Entre tanta celebración que se ha tenido estos días, no queremos omitir la más importante: la que nos recuerda que somos hijos de Dios y debemos ser agradecidos a Él. Esto es la Eucaristía. Es la única acción de gracias del ser humano que llega a Dios y es acogida por Él con agrado. Es porque la hacemos en Cristo, haciendo presente y actual su sacrificio que llenó la complacencia de Dios, hasta el punto de perdonarnos nuestros pecados y darnos la salvación eterna.

- En el Prefacio de la Misa, que introduce la parte central de la acción litúrgica decimos: «Es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno». Pero esta acción de gracias alcanza a Dios, porque la hacemos –como agrega el Prefacio– «por Jesucristo, nuestro Señor».

- Si es justo dar gracias a Dios siempre y en todo lugar, si es nuestro deber y salvación, ¡cuánto más en este día en que celebramos un nuevo aniversario de nuestra patria!

- La vida de nuestro país es muy viva y cada año esta fiesta nos encuentra en circunstancias nuevas e inesperadas.

- Nadie puede negar que este año nos encuentra con una ciudadanía dividida, no ya por cuestiones económicas en las cuales puede haber justa divergencia y diversidad de opiniones, sino por los así llamados «temas valóricos», que tocan a la moral, es decir, a la cualidad de bondad o maldad de los actos humanos, actos que hacen al ser humano bueno o malo.

- En estos días los medios de comunicación han querido influir en lo que la Iglesia diga o no se diga en las distintas celebraciones a lo largo del país. Ante esto decimos lo mismo que San Pedro ante el sanhedrín que le prohibía hablar en el Nombre de Jesús: «Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído».

- Se resta credibilidad a la Iglesia por causa de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, incluso por algunos que han sido destacados. Nos previno sobre esto Jesús cuando nos advirtió: «Son casos lamentables y dolorosos, que ciertamente avergüenzan y dañan a la Iglesia, de los cuales cada uno tendrá que responder ante Dios. Pero nosotros no anunciamos una palabra propia. Si fuera así, habría que ponerla en duda. Anunciamos la palabra de Cristo. Por eso lo hacemos con fuerza. Anunciamos esas palabras que sólo Él tiene, como confesó Pedro, cuando todos abandonaban a Jesús: «¿Dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68-69).

- Por eso, no nos restamos de hablar sobre los temas valóricos, como se espera de la Iglesia, que está iluminada por la Palabra de Dios.

- El año pasado celebrábamos el Te Deum con el dolor de haberse aprobado cuatro días antes –el 14 de septiembre– la ley de aborto, que legaliza la muerte de un inocente en el seno de su madre en tres casos. No se entiende que los mismos que dicen velar en el mundo por los derechos humanos, y que afirman que hay que respetarlos en toda circunstancia, aprueben la violación del derecho humano fundamental, que es el derecho a la vida. Lo hacen porque ponen una premisa falsa no demostrada: que en las primeras semanas de gestación del ser humano, todavía no es un ser humano y puede tratarse, por tanto, como un objeto posible de eliminar. Duele que tengamos una ley semejante en un país que dice defender los derechos humanos. Es una flagrante contradicción para una parte importante de la población, entre los cuales me cuento también yo.

- Este año la celebración del 18 de septiembre nos encuentra nuevamente ante una ley que sanciona una ideología contraria a la naturaleza. La ley de género rige dentro de una ideología que considera al ser humano como un objeto al cual se puede asignar un género –masculino o femenino– independiente de su sexo. Dentro de esa ideología los conceptos de varón y mujer se vuelven ambiguos, porque ya no se sabe quién es el varón y quién es la mujer. Si esta ideología correspondiera a la voluntad de Dios, Él habría creado al ser humano sin sexo y no habría dado la orden de reproducirse por generación: «Hombre y mujer los creó… y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense…”» (Gen 1,27.28).

- Ante esta situación, nosotros confesamos nuestra fe en Cristo. Lo hacemos con las mismas palabras de San Pedro: «No hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el cual podamos ser salvados».

- Creemos que el ser humano fue elevado a la altísima dignidad de hijo de Dios, cuando el Hijo eterno de Dios, Uno con el Padre en la divinidad, se hizo hombre y nos concedió la filiación divina: «A cuantos lo recibieron les dio el poder ser hijos de Dios, a los que creen en su Nombre» (Jn 1,12). Creemos firmemente que su palabra es la verdad y que en el ser humano se cumple lo que él promete: «El que me ama, guardará mi palabra; mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23).

- No nos engaña Jesús cuando dice: «Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). No nos engaña Jesús cuando declara: «Yo soy la vid y ustedes los sarmientos… Separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5), se entiende, no pueden hacer algo que tenga alguna significación, algo que permanezca para la vida eterna.

- No nos engañó Jesús cuando dijo: «He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Todo lo que se oponga a la vida, se opone a Cristo y a su misión de salvación.

- Esta fe, que nos gloriamos de confesar esta mañana es la fe que, desgraciadamente, nuestro pueblo en su mayoría ya no profesa. Si el pueblo creyera en Cristo no habría habido ambiente para la aprobación de leyes que son contrarias a su mensaje de vida y de santidad. Esas leyes han sido posible, porque pensamos que nosotros solos, con nuestro propio esfuerzo e inteligencia podemos alcanzar la felicidad plena.

- La felicidad no la puede encontrar el ser humano sino en Dios, su Creador y su fin último, y a Dios el ser humano no puede llegar sino acogiendo a Jesucristo: «Yo soy el camino… nadie va al Padre sino por mí».

- La aprobación en nuestra patria de las leyes valóricas, que se oponen a la ley de Cristo nos entristece; pero ese no es el mal mayor. El mal mayor, que más nos entristece, es el rechazo de Jesucristo y de su palabra de vida. Ya no queremos que él sea nuestro pastor. Si nuestro pueblo amara a Jesús y creyera en su palabra, no se habrían aprobado esas leyes.

- La salvación del ser humano y su verdadera alegría consiste en aceptar la voluntad de Dios. Jesús no entiende su camino sin la cruz en la cual ofreció su vida impulsado por al amor a los seres humanos; pero tampoco entiende el camino de sus discípulos como distinto que el suyo: «El que quiera ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mc 8,34). Quien hace eso, encuentra la comunión con Cristo y la verdadera felicidad, la felicidad para la cual hemos sido creados por Dios.

- Por eso, Jesús llama «dichosos, bienaventurados» a los que el mundo considera desdichados: «Bienaventurados los pobres de espíritu… Bienaventurados los mansos… Bienaventurados los que lloran… Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia… Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos». ¡No son expresiones metafóricas, ni mucho menos irónicas; son la verdad!

- La última bienaventuranza es sorprendente. Explica por qué el cristianismo entre más perseguido es –como ocurre hoy en varios países de Oriente medio– más florece: «Bienaventurados serán ustedes, cuando los injurien, y los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por causa mía. Alegrense y regocijense, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes».

- Sufrir por Cristo, por confesar la fe en él y profesarla públicamente, es la fuente de la máxima alegría. En los Hechos de los apóstoles se nos narra que ellos, después de haber sido azotados por predicar a Cristo, salieron llenos de alegría por haber merecido sufrir eso por Cristo. «Llamaron a los apóstoles; y, después de haberlos azotado, les ordenaron que no hablasen en nombre de Jesús. Y los dejaron libres. Ellos salieron de la presencia del Sanedrín felices por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre. Y no cesaban de enseñar y de anunciar el Evangelio de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas» (Hech 5,40-42).

- El gran apóstol San Pablo lamentaría que nosotros hayamos dejado tan de lado la cruz de Cristo, él que declaraba: «Lejos de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual yo estoy crucificado para el mundo y el mundo para mí» (Gal 6,14).

- A San Juan de la Cruz, el más grande de los místicos cristianos, le dijo Jesús: «Pideme lo que quieras». Y él respondió: «Padecer y ser despreciado por ti, Señor». Él bien sabía dónde estaba el verdadero gozo.

- Si todo nuestro afán es gozar de los placeres y bienes de esta tierra, rehusando todo sacrificio, entonces no conoceremos el verdadero amor ni la verdadera felicidad. Conoceremos sólo el egoísmo. Siempre nos estará pesando la angustia del fin y de la nada. Lo dice claramente Jesús: «El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,35). Queremos salvar la vida; el único modo es entregándola por Cristo y su Evangelio. Cuando Jesús dice: «por el Evangelio», quiere decir, por la enseñanza y la ley de Cristo que encontramos en él.

- No perdemos la esperanza de que Cristo vuelva a reinar en el corazón de los chilenos. Entonces nuestra norma será la que vemos en él, cuando dice al Padre: «Que no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). En ese caso, se trataba de abrazar la cruz para morir en ella por nuestra salvación.

- Ayer celebrábamos a San Roberto Bellarmino, doctor de la Iglesia. Él formula un criterio para discernir lo que es bueno o malo en nuestras actuaciones: «Si juzgas rectamente, comprenderás que tú has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás eternamente desdichado. Por consiguiente, debes considerar como realmente bueno lo que te lleva a ese fin, y como realmente malo lo que te aparta de él. Para el auténtico sabio, lo próspero y lo adverso, la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, los honores y los desprecios, la vida y la muerte son cosas que, de por sí, no son ni deseables ni aborrecibles. Si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna, son buenas y deseables; si te alejan de ese fin, son malas y aborrecibles».

- Jesucristo es nuestro Dios, en quien creemos los cristianos y estamos seguros de que imitandolo a él tendremos la vida y la felicidad. Se cumplirá en todo el país y en cada ciudad lo que dice con razón el precioso libro de la Imitación de Cristo: «Estar con Cristo es un dulce paraíso; estar sin él es un horrible infierno». Queremos estar con Cristo en el paraíso.

- Este es el gozo que llenó el alma de la Virgen María cuando exultó diciendo: «Mi alma engrandece al Señor; se alegra mi espíritu en Dios mi salvador». Ella bien sabía dónde se encuentra la verdadera alegría. En este aniversario de la patria, pedimos que esté en nosotros el alma de María para engrandecer al Señor; que esté en nosotros el espíritu de María para alegrarnos en el Señor.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de Los Ángeles