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Homilía Te Deum 2018

Catedral de Concepción
Fecha: 18/09/2018
Referencia:
País:
Ciudad:
Autor: Mons.Fernando Chomali Garib


Con el espíritu de alegría que caracterizan las fiestas patrias saludo con afecto y estima a las autoridades de gobierno encabezadas por el Sr. Intendente y su distinguida esposa. A los parlamentarios, a los miembros del poder judicial y del ministerio público, a las autoridades comunales.

Saludo a los miembros de las fuerzas armadas y de orden, a Gendarmería de Chile, al Cuerpo Consular, a las autoridades universitarias, a las delegaciones del voluntariado, a una delegación de migrantes, a los líderes sindicales y empresariales.

Saludo también a los sacerdotes, diáconos y religiosas que nos acompañan. Saludos con afecto a quienes profesan otra fe y se encuentran en medio de nosotros. Saludo con alegría a hombres y mujeres que quieren rezar por Chile en este día de acción de gracias, al Pueblo de Dios fiel, comprometido con su país y su Iglesia. Por todos ustedes, servidores públicos, abnegados y generosos, les doy gracias por su trabajo en nombre de la Iglesia.
El bien común, el desarrollo, la justicia, el orden, la paz, son los objetivos por los cuales entregan lo mejor de ustedes mismos. Y de ello hemos de estar agradecidos y orgullosos.

Celebramos los comienzos de nuestra vida independiente, la primera junta de gobierno que hace de Chile una Nación. En un momento más celebraremos las glorias del ejército donde veremos a cientos de jóvenes, hombres y mujeres, preparándose para ser constructores de paz y garantía de seguridad para los chilenos. Gracias fuerzas armadas y de orden por la amplia labor educativa y formativa que realizan, así como por custodiarnos y cuidarnos.

El Te Deum es una acción de gracias a Dios por nuestro país, al que estamos llamados a amar entrañablemente porque es el lugar querido por Dios para que vivamos y nos desarrollemos como personas. Es la copia feliz del Edén, que tiene un campo de flores bordados, que son cada uno de sus habitantes, de sus organizaciones, de su estructura política fundada en la democracia, que hemos de cuidar celosamente, y en un Estado de Derecho que estamos todos llamados a respetar.

Es un campo de flores bordado maravilloso que crece día a día con el aporte silencioso, anónimo pero eficaz, de millones de chilenos que se esfuerzan, mediante su trabajo diario, por llevar una mejor vida para ellos y sus familias. Es cosa de mirar a Chile para atrás y darse cuenta cuanto se ha hecho en materia de salud, educación, vivienda y bienestar para los chilenos. Tanto sacrificio de tantos hombres y mujeres de nuestra patria que nos debiesen enorgullecer. Gracias. Muchas veces muchas gracias. Desde aquí elevamos una oración por ellos. El trabajo silencioso de tantos compatriotas es el artífice de lo que tenemos hoy. Estoy cierto que el aporte de cada uno de ellos está inspirado en la fe en Dios, verdadero patrimonio del pueblo chileno. Chile es un país creyente y Dios ha sido, es y será luz en su camino. Las hermosas y concurridas manifestaciones de piedad popular y la vida pastoral y de caridad que llevamos adelante son el mejor reflejo de esta presencia. El cariño por María Santísima que vemos en miles de personas el 8 de diciembre y la entrañable fiesta de San Sebastián en Yumbel, lo confirman.

Este día de fiesta, de acción de gracias, es el mejor momento para ampliar la mirada, no es el momento para criticar. Hay otras instancias para ello. Los invito a salir por un momento de nosotros mismos, de nuestros temas cotidianos, y mirar de cara a Dios los grandes desafíos que nos esperan como país.

No se trata de una lectura política, sociológica, histórica o económica, siempre necesarias, por cierto. Se trata de una lectura en vistas a los fundamentos antropológicos y éticos que nos debiesen animar como país para que haya verdadera prosperidad, auténtica libertad, un celoso amor por la verdad y la justicia, un decidido respeto por los derechos humanos, y un sentido de comunidad y de futuro.

Sin dicha base conceptual y marco de referencia, Chile se reducirá a un conjunto de proyectos personales sin horizonte y cohesión alguna. Será un lugar que sólo despertaré interés en la medida que le aporte al individuo, pero será desechado en la medida que le exija. Una sociedad que se construye en base al logro de puros derechos individuales o grupales pero sin atender a los deberes inherentes a ellos no tiene futuro alguno. Será sólo un campo de desencuentros y divisiones. Sólo una sociedad con un proyecto común que envuelva a toda la comunidad será capaz de lograr en cada ciudadano el anhelo de ver respetados sus derechos, por cierto, pero también de cumplir con los deberes que su condición de ciudadano le impone.

En esta búsqueda de valores pre políticos que anteceden la contingencia lograremos una comunidad con una base sólida. Para ello urge volver a recuperar en cada ciudadano el valor del bien común como horizonte del accionar, el sentido de lo éticamente correcto al actuar como medida del comportamiento, y la pregunta por el sentido de la vida, de la patria. Sólo así se comprenderá que el desarrollo de cada uno está íntimamente ligado al desarrollo de los demás.
Urge situar al ser humano, concreto y real en el centro del ser y del actuar. Una sociedad que va por ese camino no termina dejando personas en el camino, sobre todo a los más indefensos, los que están en el vientre materno y los ancianos. El Papa Francisco nos invita a trabajar para terminar con la cultura del descarte. Una sociedad donde el individuo no se concibe como un mero competidor, sino como aquel que pone sus talentos, dones, destrezas y habilidades al servicio de los demás, será capaz de generar y ofrecer a las futuras generaciones una verdadera comunidad de talante auténticamente humano. Creo que nos falta más sentido de comunidad, más sentido de pueblo, relaciones a escala más humana y fraternidad. Aquí está la raíz y el impulso de quienes actúan con violencia bajo sus múltiples formas.

Ampliar la mirada significa darle paso a la primacía de la ética por sobre la técnica, la primacía de las personas por sobre las cosas, la primacía del ser por sobre el tener, la primacía de los bienes espirituales por sobre los materiales. Ampliar la mirada significa escuchar a los jóvenes que nos dicen que la familia es el mejor lugar para educarse, para aprender a vivir con los demás y para los demás, y para empaparse de la maravillosa experiencia de amar y ser amado. Ampliar la mirada es promover decididamente y con fuerza la lógica del compartir más que la lógica del competir. Ampliar la mirada es trabajar decididamente para terminar con la brecha que separa a los menos que cada vez tienen más y a los más que cada vez se ven más expuestos al endeudamiento y la desesperación.

Ampliar la mirada es reconocer al migrante como un gran regalo para el país. Ampliar la mirada es ver en los pueblos originarios un caudal de belleza, de cultura ancestral y fuente de grandes valores humanos que Occidente ha ido perdiendo. Ampliar la mirada es reconocer en sus demandas una gran posibilidad de encuentro y unión entre todos quienes vivimos en esta tierra bendecida por Dios. Ampliar la mirada es promover un desarrollo que tenga como centro a la persona humana y no atente contra el medio ambiente y sea fuente de enfermedades.

Ampliar la mirada es promover con fuerza espacios de creatividad, de emprendimiento y una cultura del amor al trabajo bien hecho. Ampliar la mirada es promover la búsqueda del sentido trascendente de la vida humana que encuentra su máxima expresión en el amor a Dios y al prójimo. Ampliar la mirada es educar para el amor, generar más espacios culturales y de reflexión que vayan tejiendo en la conciencia individual y colectiva un irrestricto respeto a todos y cada uno de los que conformamos Chile.

Ampliar la mirada es no seguir con el intento de algunos de excluir a Dios de la esfera pública y de reconocer en los padres la tarea única, insustituible e intransferible de educar a sus hijos y transmitirle los valores que ellos perciben como los mejores. Si no hacemos todo ello, seguiremos lamentando males sociales que tocan a compatriotas concretos que están sin trabajo y horizonte en sus vidas, y que terminan en su propia desesperación, sumergiéndose en la droga, en la delincuencia, o bien buscando respuesta a su vacío existencial en el suicidio o una vida desenfrenada. Los grandes males sociales que nos aquejan son la respuesta inadecuada y limitada a la pregunta por lo que significa ser un ser humano.
El cielo azulado de Chile y sus brisas nos pueden ayudar a mirar a nuestra querida patria en un contexto que presenta nuevos y grandes desafíos. Y los hemos de afrontar con valentía y esperanza.

Chile este tiempo ha ido mostrando una de sus caras menos amables y más perversas. La cara de la corrupción y de los abusos.

Lamentablemente, con dolor y vergüenza lo digo, algunos miembros de la Iglesia no han estado ajenos. Esa cara la debemos cambiar entre todos. Y lo podemos hacer. Hemos de volver a recuperar el valor del servicio y reconocer que sobre el conocimiento, la posición de autoridad y los bienes que son de todos los chilenos, graba una hipoteca social. No podemos permitir que por la falta de unos pocos, en el amplio espectro de instituciones que animan la vida de todos los chilenos y de quienes han llegado últimamente, se oscurezca la belleza de país que hemos ido conformando entre todos, y el bien inmenso que realizan tantas instituciones, hoy cuestionadas.

Tampoco estos lamentables acontecimientos que tanto daño han hecho y que debemos darle corte a la brevedad, pueden permitir la pasividad, la sensación de derrota y la pérdida de la esperanza. Esperanza firme y sólida que nos da el sabernos un pueblo creyente, bajo el amparo Jesús y de la Virgen María, Reina y Madre de Chile.

Esperanza que nos da el ser un pueblo libre y soberano que con la institucionalidad que se ha ido forjando busca ser próspero y con una mesa amplia para todos los comensales. Los animo a cultivar la esperanza que podremos ser un pueblo que cuida y protege a los más vulnerables de la sociedad y es capaz de rebelarse contra la injusticia venga de donde venga.

Con esta esperanza como norte, hemos de trabajar con fuerza, empeño y fe en Dios para que el ocaso de la vida sea vivido con dignidad, acompañado y sin penurias materiales. Eso sólo será posible si promovemos la familia, si promovemos la natalidad, si reconocemos en cada niño que nace un don inmenso y no una amenaza, si promovemos el trabajo digno, adecuadamente remunerado. El futuro de Chile se fragua en el trabajo y en la familia. Tenemos como sociedad una gran deuda con la mujer.

Con esta esperanza, hemos de trabajar con fuerza para desterrar la violencia en sus múltiples formas que acampa por estos días. Ello exige instalar una cultura de la ternura, del cuidado mutuo. No le tengamos miedo, en medio de tanto tecnicismo y de tanto cálculo, reconocer en el amor y en la solidaridad un camino eximio de desarrollo del país. Es allí donde el hombre y la mujer extraen lo mejor de sí mismos, porque es allí donde se hace carne el supremo mandamiento del amor y se entra en la lógica de hacerles a los demás lo que quisieran que hicieran con nosotros. No tengamos miedo a decirnos cuánto nos queremos y cuánto nos necesitamos. Ello no es debilidad, ello es la enjundia de lo que significa nuestra humanidad.

Estas son las reflexiones y las preguntas fundamentales que creo hemos de hacernos a la hora de ampliar el horizonte para pensar y soñar nuestro Chile querido, lindo como el sol, al que aquí mismito, le dejamos hecho un copihue nuestro corazón

+ Fernando Chomali Garib
Arzobispo de Concepción