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Homilía Te Deum 2018

Fecha: 18/09/2018
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Punta Arenas
Autor: Mons. Bernardo Bastres Florence


Te Deum de Fiestas Patrias

“Chile, un hogar para todos”
IGLESIA CATEDRAL
Martes, 18 de septiembre de 2018
2 Re 2, 19-22
Salmo 50
Mt 18, 1-10

Desde los albores de nuestra Independencia, la Iglesia ha realizado en esta fiesta republicana una celebración de acción de Gracias. Es un agradecimiento al Señor que, enriquecido por la mirada al Pueblo de Dios que nos ofrece el Concilio Vaticano II, hace de esta oración un acto ecuménico, junto a hermanos de distintas denominaciones evangélicas. A todos les ofrezco mi cercanía de pastor y la hospitalidad de este templo, que abre sus puertas para ser hoy la casa común, donde el pueblo santo de Dios acoge a nuestras autoridades civiles, militares y de orden, a los que ejercen la representatividad parlamentaria, de justicia y comunal, a hermanos presbíteros y diáconos, a las religiosas y a todos los hombres de buena voluntad.

1.- Llegamos a esta casa, agradecidos, sobrecogido y esperanzados.

Llegamos a esta casa común agradecidos a Dios por gozar de una Patria que vive en paz y libertad, por el pan que ganan sus ciudadanos con su trabajo y manifestando la dignidad de ser hijos de Dios. Por todos los hombres y mujeres que diariamente entregan lo mejor de sí para engrandecer nuestra Patria. Agradecidos de encontrarnos a dos años de los quinientos años del quinto centenario del descubrimiento del Estrecho de Magallanes y en este acontecimiento la celebración de la Primera Misa y del primer bautizo en nuestro territorio nacional.

Al mismo tiempo llegamos, sobrecogidos, por la crispación que vivimos en nuestro país, causada por descontentos sociales, políticos y de frustración. También nosotros como Iglesia Católica somos parte de esta crispación, con nuestros problemas sobre todo con los delitos de abuso sexual a menores cometidos por algunos de nuestros ministros. Reconocemos que estamos viviendo una profunda crisis, que para muchos es la peor de su historia en Chile, la cual es agravada -en parte- por aquellos que teniendo una responsabilidad primordial, no hemos cumplido con nuestra misión de ser los vigilantes en la protección de los más vulnerables.

También llegamos, hoy esperanzados. Traemos con nosotros el anhelo de una Patria más unida y fraternal. Creemos que podemos seguir construyendo una Patria, donde “Chile sea un hogar para todos”. Un hogar más inclusivo, que acoja e integre a los migrantes; que el pobre y el anciano, el niño y el joven, la mujer y el hombre podamos sentarnos a la misma mesa, compartir el mismo pan, soñar con los mismos ideales y lo más importante tengamos espacios para dialogar y manifestar con respeto y cariño nuestras diferencias, sin temores, sin prejuicios. Deseamos de corazón que los niños, niñas y los jóvenes, puedan heredar una sociedad más justa, y la puedan recibir de nuestras manos: más humana, más fraterna, más solidaria.

Y así, “agradecidos”, “sobrecogidos” y “esperanzados”, volvemos los ojos y los brazos a Dios, de quien nos viene todo consuelo, porque “un país fraterno sólo es posible cuando se reconoce la paternidad bondadosa de nuestro Dios”.

2.- Chile, un hogar para todos

En Octubre de 2017, los Obispos de Chile, entregaron la carta Pastoral “Chile un hogar para todos”. En ella nos ofrecieron una palabra “sobre los grandes desafíos que, según nuestro discernimiento, enfrenta la sociedad chilena en estos tiempos” (N.2)

Decir “hogar”, nos inspira calidez y acogida. “En el Sur hace referencia a la cocina a leña o al fogón donde se agrupa la familia guareciéndose del frío… lo esencial del hogar es la mesa familiar en el que compartimos el cariño, la vida, la comida. Por eso, el lema que inspiró nuestra misión después del terremoto de febrero de 2010 llevaba por título: “Chile, una mesa para todos”. Hoy queremos decir: “Chile, un hogar para todos”. Hogar que es casa común donde cada uno tiene su lugar, donde nadie pueda sentir la exclusión en la tarea de hacer de Chile una nación fraterna y solidaria, fundada en el amor a Dios y al prójimo” (N.5).

En nuestro hogar común, aún hoy quedan heridas de nuestro último quiebre institucional, en 1973. Han pasado 45 años y son evidentes las cicatrices y los dolores que no han sanado. Hay preguntas sin respuestas, como las de los familiares de detenidos desaparecidos, que no pueden disolverse en la resignación de un país que pierde su memoria o que reniega de ella. Nos aprestamos, también, a conmemorar 30 años de la recuperación de la democracia como forma de gobierno y de convivencia social. ¡Cuánto anhelamos para Chile esa voluntad y disposición a grandes acuerdos que marcó el comienzo de la transición! Queremos una patria fundada en la confianza y no en la sospecha, donde la amistad cívica se construya en el diálogo, con respeto a quienes no piensan como nosotros, con disposición al encuentro, generosidad y apertura a ceder por el bien de todos.

Como la tierra a la que alude Eliseo en la primera lectura, Chile es una tierra buena, también su gente. Pero necesitamos reconocer actitudes que debemos corregir, elementos que necesitan ser purificados, conductas que vale la pena cambiar para poder desplegar con toda la fuerza nuestra posibilidad de progresar como pueblo y nación. Hay una sal que necesitamos pedir, sólo a partir de aguas y tierras saneadas en verdad y justicia, con corazones arrepentidos, con heridas reparadas y en una actitud de reconciliación. Para que el presente y el futuro sean bendecidos con fruto abundante, no nos podemos privar de la memoria ni desentendernos de sus enseñanzas.

3.- Como Iglesia deseamos enmendar el camino

Precisamente para honrar la memoria, como ya lo he señalado al inicio de esta homilía, es de justicia expresar que, con mucha humildad, los obispos católicos estamos presidiendo estas celebraciones litúrgicas, después del escándalo causado por los pecados y delitos de personas consagradas que abusaron de niños, jóvenes y adultos vulnerables. Estos dolores y horrores, del pasado y del presente, son la causa de nuestra vergüenza y dolor que públicamente hemos asumido, junto con nuestra voluntad de enmendar y reparar, de volver a andar lo mal andado, de dar la cara y pedir perdón.

El Papa Francisco nos ha recordado que las heridas no prescriben. Somos los pastores los primeros llamados a “hacer una mirada autocrítica de los aspectos estructurales de nuestras diócesis que permitieron la ocurrencia y perpetuación del abuso en la iglesia para que estos hechos nunca más se vuelvan a repetir”.

En este contexto, nos hemos comprometido a sanar las heridas e impulsar “la renovación permanente en los consejos y equipos de gestión y conducción pastoral a nivel diocesano y parroquial con especial acento en la participación de la mujer, sobre todo en las instancias de toma de decisiones” .

4.- Deseamos ver la realidad con una mirada evangélica

Desde nuestra fragilidad y pecado, desde nuestro error y necesidad de conversión, es que nos congregamos para hacer hoy memoria agradecida. Constatamos, en nuestra acción de gracias, que la historia patria ha estado acompañada de la historia de la comunidad creyente. El pueblo de Chile es también el Santo Pueblo de Dios, como nos lo ha recordado el Papa Francisco. En estos siglos, el Señor Jesús y su Evangelio han sido fuente de vida y de sentido para muchos compatriotas. Desde su enseñanza se han levantado proyectos y acciones para proclamar y cuidar la dignidad de quienes peregrinamos en Chile. La Iglesia, pueblo y pastores, hemos compartido con las autoridades del Estado lazos y preocupaciones para ayudar al desarrollo de los ciudadanos.

Somos un país donde la desigualdad pareciera enseñorearse como un monstruo invencible. Más allá de las cifras, lo palpamos al caminar por nuestras calles y ciudad.

Una de las grandes preocupaciones, es la constatación de una segregación de nuevos barrios, donde al igual que el resto del país agudiza la brecha entre los que gozan de prosperidad y aquellos que viven en la pobreza. Poco a poco, hemos pasado, de una ciudad inclusiva donde convivíamos de forma natural, en un mismo sector personas con distinto ingreso económico y profesional, a barrios que han marcado y acentuado nuestras diferencias.

Pero quizás el aspecto más perverso de la desigualdad se refleja en la dureza del corazón para tratarnos y mirarnos unos a otros, con desconfianza y estigmatizando el lugar de nuestro sector habitacional. A nivel de país, percibimos una mirada y distribución de recursos diferente entre las grandes ciudades y aquellas de regiones o sectores rurales.

Hay dos sectores de personas de nuestra población que nos siguen preocupando. Los niños y adultos mayores en situación de vulnerabilidad, ellos siguen esperando su oportunidad que como nación les debemos. Ni siquiera las tragedias de la muerte ni del abuso que han sufrido nuestros niños, han dado el suficiente impacto para que las diversas instancias de la sociedad, públicas y privadas, podamos dar los pasos necesarios para reconocer su lugar en la sociedad. También nos debemos preocupar por la dignidad de nuestros adultos mayores, muchos de ellos viviendo en condición precarias y de abandono.

Como discípulos del Señor de la Vida, nos preocupa cómo se debilita la promoción y defensa de la vida humana como un valor fundamental a custodiar. Es falaz el argumento que considera “progresista” o “moderna” una sociedad donde la vida de unos vale más que la de otros. Con fuerza resuena nuestra voz para promover el derecho a la vida, a una vida digna, de toda persona, desde su concepción en el seno materno hasta su ocaso natural.

Como país la historia nos reclama deudas históricas que no podemos desatender. Los derechos humanos atropellados ayer y atropellados hoy son una causa íntimamente ligada a la misión de la Iglesia. La dignidad de nuestros pueblos originarios y la acogida e inclusión a los migrantes no pueden seguir siendo asuntos atendidos como meras urgencias de corto plazo. La valoración de un trabajo digno con una remuneración justa y con límites que resguarden el necesario tiempo para la familia. El Papa Francisco nos ha dejado, en su visita a Chile, varios mensajes que iluminan estos desafíos.

5.- Nuestra fe nos hace ver signos de esperanza

Junto con los desafíos, tenemos una gran esperanza. Una esperanza que se funda en la realidad de un camino recorrido con aprendizajes dolorosos pero, ante todo, con la ilusión de un mejor porvenir. Tenemos motivos para agradecer y acrecentar esta esperanza.

Ante todo, la normalidad democrática que vivimos ha abierto puertas a un diálogo social con nuevas y valiosas instancias de participación. La conciencia del ser ciudadanos ha ayudado a valorar los espacios que nos brinda la misma democracia. Hay temas de gran relevancia, como el respeto y valoración de la mujer en la sociedad, y la promoción de una cultura de buen trato, en los más diversos niveles.

Por otro lado ha crecido en nosotros la conciencia por el cuidado del medio ambiente, la preocupación por hacernos responsables de nuestro planeta y de modo particular de nuestra propia tierra. Problemas como los desechos de plástico y diversas formas de contaminación nos han recordado que nuestro país es casa y hogar de todos, donde el modo en que cuidamos la Creación determinará las posibilidades de generaciones futuras. La encíclica sobre el cuidado de la naturaleza que ha escrito el Papa Francisco, “Laudato Sí”, viene a ayudarnos a valorar la creación que Dios nos ha dado.

Entre dificultades y logros, hemos avanzado, en el campo de las ciencias y de una educación de calidad, que hoy nos permite agradecer que ellas van dejando de ser privilegio de unos pocos y van acogiendo cada día a más a niños y jóvenes de sectores más vulnerables. Debemos valorar que mediante las ciencias y la educación muchas familias pueden cambiar radicalmente sus condiciones de vida y desarrollar proyectos que les hacen madurar como personas y comprometerse como ciudadanos.

6.- “¡Cuídense de no despreciar a uno solo de estos pequeños!”

En el evangelio que hoy se ha proclamado, parte de lo que conocemos como el discurso a la comunidad de los discípulos, el Señor Jesús nos va dejando recomendaciones sobre la importancia de la vida comunitaria. Como en todo el evangelio, Jesús nos sorprende por sus acciones. Ante las preguntas por quién es el más importante en el Reino, en medio coloca un niño y construye su respuesta desde este acto.

En la perspectiva cristiana, el más importante es aquél que la sociedad no considera, como ocurría con los niños en tiempos de Jesús. Desde los ojos del Señor Jesús, el principal es el marginado, aquél que el desarrollo frío y técnico ignora y deja de lado. El principal es el que no cuenta, el que no tiene acceso, el que no puede decidir por sí mismo, el postergado y desplazado.

Nuestro desafío es colocarnos en el lugar de los marginados y despreciados y de allí mirar toda nuestra realidad. Los que no cuentan entre nosotros tienen rostros de hombres y mujeres concretos, con nombre, historias, sueños y esperanzas. Ellos esperan, desde la mirada de Dios nuestra respuesta responsable y generosa.

6.- El Evangelio y la Eucaristía en el corazón de Magallanes

Caminamos hacia los quinientos años de la Primera Misa celebrada en el Estrecho de Magallanes en nuestra región. “Dios entro desde el Sur”, reza el lema de nuestra Diócesis y de aquí su bendición se extendió a todo nuestro territorio nacional.

Nuestro deseo para estas celebraciones es que del “Evangelio y la Eucaristía estén en el corazón de Magallanes”. Hoy, en este Te Deum, un grupo de jóvenes nos entregarán un pequeño Pan, signo de este gran acontecimiento: Cristo vino por vez primera entre nosotros como Pan, como alimento que viene a saciar el hambre más profunda que todos tenemos, el sentido de nuestra existencia, la razón de nuestra historia y sobre todo a regalarnos la plenitud de la vida que se proyecta por toda la eternidad.

Pan, que nos recuerda que debemos saber compartirlo entre los nosotros y repartirlo entre aquellos que no lo tienen. Así es Cristo quien desea compartir nuestra vida y ser repartido entre los marginados y abandonados de nuestra sociedad.

El Señor Jesús nos dejó a María como madre nuestra, para que no camináramos solos. Los Padres de la Patria la tuvieron como intercesora ante Dios en los albores de la nación. Volvamos a mirarla, porque ella nos enseña a buscar y hacer siempre la voluntad del Padre de Misericordia. Que ella lleve nuestros ruegos y plegarias a su corazón para que los valores del Evangelio sigan inspirando el alma de Chile.

A Dios sea el Honor y la Gloria, y nosotros aclamamos: ¡Te Deum laudamus… te alabamos, Señor! Amén.

+ Bernardo Bastres Florence
Obispo de Punta Arenas