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Documentos

Homilía Eucaristía Fiestas Patrias

Fecha: 16/09/2018
Referencia:
País: Chile
Ciudad: La Serena
Autor: Reré Rebolledo Salinas


Textos bíblicos

Primera Lectura : Is 50, 5-9
Salmo Responsorial : Sal 114, 1-6.8-9
Segunda Lectura : Sant 2, 14-18
Evangelio : Mc 8, 27-35

1. “Señor, concede la paz a los que esperan en ti…escucha la oración de tu servidor y la de tu pueblo” (Antífona de Entrada, domingo 24 durante el año).

Año tras año, al acercarse el 18 de septiembre, el pueblo santo de Dios junto a sus autoridades, celebra el Te Deum Laudamus, a Ti, oh Dios, te alabamos, maravillosa tradición republicana de nuestro país. Este año entonaremos el himno del Te Deum en la celebración de esta solemne Eucaristía en domingo, día del Señor. Los textos bíblicos, las oraciones y plegarias son las que corresponden a este día y que la Iglesia acoge en todas sus celebraciones.

¿No es verdad, que está profundamente arraigada en todos nosotros la convicción de que Dios es Padre providente? Así nos lo recuerdan los maravillosos textos bíblicos contemplados para esta liturgia. ¡A Dios damos las gracias! La cercanía de Dios, Padre amoroso, la experimentamos en infinidad de ocasiones, alegres y gozosas, tristes y dolorosas, muy especialmente cuando en este día hace tres años sufrimos el terremoto y tsunami. Les invito a tener presente, con recogimiento, a quienes el Señor llamó a su presencia en aquella trágica circunstancia. Recordemos igualmente a quienes todo lo perdieron y debieron recomenzar con ahínco e innumerables sacrificios. Traigamos a la mente y al corazón a las miles de personas que dejaron la comodidad de sus familias, como también la alegría por las fiestas patrias haciéndose presentes para entregar alimentos, trabajar sin descanso, consolar con gestos y palabras, manifestar en el nombre del Señor sentimientos de cercanía entregando en sus propias personas la esperanza que nos viene de Dios. En efecto, nos hemos recordado los unos a los otros en aquel día doloroso: ¡siempre y en toda circunstancia estamos en las manos de Dios!

Qué señera es la Antífona de Entrada de esta celebración: “Señor, concede la paz a los que esperan en ti…escucha la oración de tu servidor y la de tu pueblo”. Gozar de la paz es contar con todos los bienes, pedir la paz es ampliar la petición a la más grande de las bendiciones, la paz que solo el Señor Dios nos puede brindar. Dar y compartir la paz es intercambiar el don de los dones. Prosigue la Antífona: escucha la oración de tu servidor y la de tu pueblo. No podían ser más coincidentes estos versos con nuestros anhelos en este día. Es nuestro ruego que el Señor escuche la oración de su pueblo y la de este servidor. ¿No es acaso, respetadas autoridades y queridos hermanos, el anhelo de nuestra convocatoria en este mediodía, que el Señor escuche la oración de su pueblo?

2. Caminaré en la presencia del Señor (Antífona al Salmo Responsorial)

Hemos entonado cinco veces la Antífona Caminaré en la presencia del Señor (Sal 114,9), para responder de este modo a algunos versos del Salmo 114. El Salmista experimentó situaciones muy complejas en su vida, que así describió: me envolvían redes de muerte, caí en tristeza y en angustia (Sal 114,3).Como Iglesia católica en Chile estamos viviendo momentos muy complejos, sobre todo en el sufrimiento que hermanos y hermanas han vivido, a consecuencia de los graves delitos y pecados de parte de algunos pastores, llamados por el Señor a presidir y custodiar a la comunidad, particularmente a los más débiles, a quienes se ha dañado gravemente. No hemos correspondido en todo a tan alta vocación. Estas faltas graves nos avergüenzan y nos desafían. Hemos experimentado hondamente semejantes sentimientos a aquellos del Salmista: me envolvían redes de muerte, caí en tristeza y en angustia.

Confiamos plenamente en ustedes, queridos hermanos, bautizados y confirmados, llamados por originaria vocación a ser corresponsables en la evangelización, en la construcción del Reino entre nosotros, en su aporte generoso a la edificación de la ciudad terrena. ¡Contamos con ustedes para seguir adelante en el nombre del Señor! ¡Qué Él escuche nuestra oración humilde como oyó la del Salmista! Este es su testimonio: el Señor escucha mi voz suplicante (Sal 114, 1). Y, por ello, está cierto y seguro que caminará en presencia del Señor en el país de la vida. Es cuanto deseamos para nuestra querida y amada Iglesia: caminar ahora y por siempre en presencia del Señor en el país de la vida (Sal 114,9).

3. ¿Quién dice la gente que soy yo? (Mc 8, 27)

Acabamos de oír una parte central en el Evangelio de Marcos, que estamos siguiendo, domingo a domingo, a lo largo del 2018. Este pasaje nos desafía a una recta interpretación de Jesús, tanto de sus opciones como de su misión. A través de las páginas bíblicas, en diversos contextos, se plantean numerosas preguntas acerca de la persona de Jesús: ¿quién es? (Jn10, 36) ¿no es este el hijo del carpintero? (Mt 13,55) ¿quién es este a quien los vientos y el mar le obedecen? (Mt 8,27). Hoy la pregunta la plantea Jesús mismo: “¿quién dice la gente que soy yo?” (Mc 8,27).

Numerosas son también las respuestas a las diversas preguntas planteadas por sus interlocutores, desde la admiración y alabanza, hasta la persecución y el propósito de eliminarlo.

El apóstol Pedro da una respuesta de fe a la pregunta de su Maestro: “Tú eres el Mesías” (Mc 8,29). También nosotros somos invitados a responder hoy a la pregunta que nos plantea nuestro señor Jesucristo: ¿Quién es Jesús para mí? ¿Quién es Jesús para los míos? ¿Quién es Jesús para mi país?

Obviamente, la respuesta es personal y comunitaria. Exige, por tanto, una opción personal y también comunitaria. Confesamos que Él es el Mesías, el Hijo de Dios. ¡En Él hay plenitud de vida! Creemos en Él. Le manifestamos nuestro amor y procuramos seguirlo, pues Él da pleno sentido a nuestras vidas.

No obstante, hay un ulterior paso en la fe y en el seguimiento del Señor que es de trascendental importancia. Conocer a Jesús es importante, manifestar fe en Él es muy significativo, sin embargo, el llamado es a asumir también el discipulado, vale decir, hacer nuestro su estilo de vida, sus opciones, sus prioridades.

En efecto, creer en Jesús es seguirlo existencialmente. Él fue muy claro en su predicación… el camino del discípulo no puede ser otro que el de su Maestro. ¡No somos nosotros los llamados a trazar el camino! Él se nos presenta como el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14,6).

La fe en Cristo salvador, como nos lo demuestra la segunda lectura que hemos acogido hoy de la carta del apóstol Santiago, nos exige una vida coherente.

Reclama esta coherencia un auténtico espíritu solidario que sea tan adquirido como profundo, que entremos decididamente en nuestro país a trabajar por una cultura de la solidaridad. Abrir el corazón a las necesidades de los demás, saber verdaderamente compadecerse de quienes lo están pasando mal y sufren necesidades básicas, es consecuencia primera del seguimiento y discipulado de nuestro Señor.

Reclama esta coherencia dar pasos firmes en la superación de una inaceptable desigualdad entre quienes tienen en demasía y aquellos que carecen aún de lo más elemental. Es Dios mismo quien nos ha dado los bienes materiales y en tal modo que alcancen a todos. Lamentablemente, la ambición y la injusticia se oponen siempre más a esta distribución equitativa, provocando escandalosas diferencias. No es menor el hecho que en nuestra región exista un gran número de personas y familias en condición de pobreza extrema. Esta dolorosa realidad es fruto de la falta de oportunidades laborales y la gran desigualdad en los ingresos. La pobreza no debemos considerarla como una mera estadística, sino más bien una situación social que nos urge a realizar un trabajo más profundo implicando políticas públicas efectivas, generando mayores y mejores empleos, al igual que un equitativo acceso a la salud y educación. ¡El éxito será tal cuando el bienestar material alcance a todos!

Reclama esta coherencia una auténtica opción por la vida, como respuesta agradecida al don de la propia vida y la de nuestros seres queridos, familiares, amigos, vecinos. Hemos aprendido, desde el evangelio y la tradición de la Iglesia, que la promoción, respeto y defensa de la vida, comprende desde su gestación y hasta la muerte natural. ¡Quién ama su propia vida, está llamado a amar y respetar la de los demás!

Desde la opción por la vida digna de todo ser humano brota también el desafío de cuidar la Creación, un medio ambiente propicio para desarrollar la vida, y donde las familias y comunidades puedan respirar aire limpio y cuidar juntos la tierra, el agua y los recursos naturales.

Reclama esta coherencia la construcción de la sociedad en mutua corresponsabilidad. Cada chilena y chileno tiene un don que aportar. La Patria, su pasado, muy especialmente su presente y futuro, exigen de todos nosotros aporte, respeto al manifestar nuestras diferencias, colaboración en el bien común, atención y empeño para asumir los desafíos, generosidad en la obra que nos involucra a todos.

Reclama esta coherencia la atención a los sectores de la sociedad donde nuestro empeño debe ser aún más decidido:

La promoción y la defensa de los derechos humanos son tarea de todos. Es también, así ha quedado fehacientemente demostrado en nuestra reciente historia patria, parte integrante de la misión de la Iglesia.

Por otra parte, todo lo que pudiéramos hacer por los adultos mayores, será de hondo significado, reconociendo en ellos su gran aporte a la familia, la sociedad y a la Iglesia. Pareciera que en circunstancias se olvida esta verdad; sin embargo, estamos llamados a mantenerla siempre presente. Es bueno recordar frecuentemente tanto el bien recibido como la bondad que ellos nos manifiestan actualmente. La gratitud es, sin duda, el mejor sentimiento hacia ellos. Pero, el agradecimiento debe manifestarse en palabras y hechos concretos.

El Estado tiene la responsabilidad primera en procurar leyes justas, en el sentido más amplio, a fin de que los adultos mayores puedan realizarse plenamente y atender a sus múltiples necesidades. Nos compete también a nosotros, como Iglesia, e igualmente a otras instituciones, colaborar en la medida de las posibilidades al bienestar de los adultos mayores.

Por otra parte, todo lo que podamos hacer por los migrantes, será también de hondo significado. Convoco a que prosigamos acogiendo en nuestras comunidades a tantas hermanas y hermanos que han llegado a nuestras ciudades y pueblos con el objetivo de buscar una nueva oportunidad que les dé tranquilidad a ellos y a sus familias.

Resulta primordial que compartamos juntos lo más preciado que nos une: la fe en Jesucristo el Señor. Cimentar una interrelación basada en el amor, respeto y acogida, dejándonos contagiar por sus costumbres y fervorosas tradiciones, como también transmitirles a ellos las formas en que nosotros nos relacionamos y expresamos nuestra identidad será, sin duda, de gran enriquecimiento.

Los invito, igualmente, no olvidar a aquellos que, producto de convulsiones políticas que nos sacudieron, aún permanecen en tierras lejanas. Alguna vez nos afectó a nosotros, hoy lo viven numerosas hermanas y hermanos provenientes de países que se encuentran en gran dificultad. Pensemos en la acogida brindada a nuestros ancestros. Miremos a nuestro alrededor y constataremos que tanto la región de Coquimbo como el país, se han construido también con el aporte inapreciable de hombres y mujeres de diversas nacionalidades, provenientes desde los cuatro puntos cardinales.

Profundamente agradecidos porque el Señor nos bendice abundantemente entonaremos en algunos instantes el Te Deum, a Ti, oh Dios. Al Señor la alabanza y el agradecimiento. ¡En Él nuestra esperanza!

Confiamos nuestra vida y misión, como también el presente y el porvenir de nuestra Patria a la Virgen santa, Nuestra Señora del Carmen, Patrona y Reina de Chile. ¡Que Ella ruegue por nosotros!

+ René Rebolledo Salinas
Arzobispo de La Serena