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Misa de Acción de Gracias y Te Deum por la Independencia de Chile

Fecha: 14/09/2018
Referencia:
País:
Ciudad:
Autor: Monseñor Juan Ignacio González Errazuriz


Hermanos y hermanas, autoridades regionales, municipales, de las Fuerzas Armadas y Carabineros, de la Defensa Civil, del Cuerpo de Bomberos, de los voluntariados y de nuestras mas queridas instituciones publicas y privadas, hombres y mujeres de buen corazón que hoy nos hemos congregado en este Iglesia Catedral.

Siguiendo el ejemplo de los padres fundadores

Seguimos el ejemplo de los padres de la Patria al reunirnos en una Solemne celebración litúrgica de Acción de Gracias por esta patria nuestra que amamos, por su gentes, por todos los dones que nos regala y los momento de alegría y tristeza que en nuestras vidas el Dios permite y que forman parte de nuestro caminar, como lo fueron en la vida de Cristo.

Lo que sale del corazón y del alma de todo buen chileno es destacar aquello que nos une, nos hace ser una comunidad de hombres y mujeres con un destino común, que habitamos una tierra que es de todos y una sociedad donde cada uno tiene su lugar y hay siempre un espacio para cada cual. Una tierra donde nadie sobra y todos somos necesarios para forjar una destino mejor. Eso es lo que soñaron y por lo que lucharon los padres fundadores de nuestra nación y nosotros no podemos perder esa capacidad de seguir soñando y trabajando, para hacer la Chile una nación de hermanos.

Hermanos y hermanas, autoridades de todo ámbito, algo viene pasando en el caminar de nuestra patria, algún camino hemos perdido y la ruta se ha extraviado. Ser capaz de reconocerlo y descubrir sus causas, para corregir el camino es de la esencia de nuestra vida como seres humanos y en particular de quienes están llamados a dirigir y guiar los destinos de la Patria desde el servicio publico.

Caminos errados que es necesario rectificar

Sabemos los frutos amargos que producen ir por cañadas oscuras: temor, violencia física y moral, abusos de todo tipo y en todas partes, hasta tocar a las mismas instituciones religiosas y a nuestra Iglesia. Luchar, todos, cada uno desde su ámbito y con todas nuestras fuerzas en la prevención de todo tipo de abusos - de poder, de conciencia o sexual - es hoy un imperativo de toda nuestra sociedad. La Iglesia esta firmemente comprometida, siguiendo el derrotero que nos han marcado el Papa Benedicto y ahora Francisco, para erradicar esta mal de nuestra sociedad, de la misma Iglesia y de la familia. Este proceso requiere un esfuerzo conjuntos, como, con la gracias de Dios, hemos hecho en nuestra diócesis juntos a las autoridades civiles y educacionales.

Constatamos que hoy se ha introducido la desconfianza por doquier, desconfianza y desprestigio de muchas autoridades políticas y públicas, de las religiosas y espirituales y hasta en la misma familia, donde vemos corroídas la autoridad de los padres y el servicio de los mayores.

Nuestro juventud es para todos motivo de preocupación y la violencia física que muchas veces se demuestra nos expresan caminos muy errados. La violencia en el pololeo y en la vida familiar, el casi 70% de los nacimientos fuera de la unión legal de los progenitores, el embarazo adolescente y el crecimiento del tráfico de la droga y el alcohol, por nombrar algunas, son realidades que constatamos y deben movernos a la reflexión y a la acción.

Es cierto, en tiempo de crisis los ojos se abren para ver el mal, y se cierran para descubrir el bien, que existe en la mayoría de los corazones y de las instituciones. Ese bien es el que debemos rescatar, como misión común de todos. Con dolor descubrimos como los medios de comunicación magnifican estas tristes realidades y se hacen - muchas veces - incapaces de mostrar el bien, la virtud, la solidaridad tan presente en nuestras vidas.

Cómo reaccionar ante los males que nos aquejan: el cambio de los corazones


¿Como reaccionar ante tanta dificultad? ¿Cómo re enmendar el camino?

Hay una recomendación bíblica que se puede poner como fundamento y es del profeta Joel. Dice: “cambien su corazón no sus vestimentas y conviértanse a Dios, que siempre es bueno y misericordioso” (Joel 2, 13).

Este, queridos hermanos y hermanas, es el inicio del nuevo camino. Nada sacamos con cambiar las leyes y las estructuras, los organigramas y la organización, sino cambiamos primero el corazón y el alma. ¿Cuantos esfuerzo estructurales y cuando pocos los empeños morales? ¿Cuantas leyes nuevas y cuanto desprecio a la ley de Dios?

¿Como provocar este cambio en cada uno de nosotros? Primero sabiendo que la fuerza para hacerlo, procede como un regalo de Dios. “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4:7)

Los dos amores de todo chileno

Escribió el Libertador Bernardo O’Higgins en Lima, el 3 de enero de 1840: “Desde el primer día que entre en la vida pública hasta el presente, siempre he considerado ser de la mayor importancia establecer el principio que el amor a la patria debe constituir el resorte principal de las acciones de todo hombre público y gracias a Dios que me ha concedido suficientes fuerzas para obrar firmemente sobre este principio durante tantas pruebas y tentaciones a que he sido expuesto en mayor grado que los mas de los hombres”.

Destaco de estas palabra del Padre de la Patria dos que son como su núcleo y corazon. El amor a la Patria, a la madre Patria, la casa común y la tierra amada y el Amor Dios, Padre de todos nosotros, que nos da la fuerza que permite servirla que es el primer mandato de Dios al hombre.

Lo que une a una nación mas allá de todas las diferencias es el Amor a Chile, tal como lo vivieron los padres fundadores. A ese núcleo central es al que debemos volver una y otra vez y en especial en los tiempos de discordia, de suspicacias y temor, que como la mala hierba vienen creciendo en nuestra convivencia nacional.

Pero no olvidemos que el verdadero fundamento de ese Amor a la Patria es es el Amor a Dios, fuente de toda nuestra vida, inclusos para los que no creen.

Esos dos amores de cada uno de nosotros, necesarios y exigidos moralmente por nuestra condición de personas y ciudadanos, han sufrido en las últimas décadas un grave retroceso y poder descubrir sus causas es necesario para poder rectificar el rumbo.

Ese resorte principal - el Amor a la Patria - esta hoy gravemente averiado y ya no pueda producir los necesarios movimientos para dar un adecuado desarrollo a Chile. Pero esa avería tiene su origen en la perdida del Amor a Dios en nuestra sociedad.

Un Dios olvidado, cuyas suaves enseñanzas se desprecian en la mayoría de los ámbitos de la vida nacional y personal, que ya no alumbran nuestras instituciones ni nuestras leyes, hasta llegar éstas a contradecirlas en su esencial misma, es camino seguro de ruina moral para una nación. Paradójicamente al gran desarrollo económico y social que la nación ha logrado en las últimas décadas, se une una inmenso decaimiento moral, que todos constatamos y que para nadie es un secreto.

Las causas de estas averías

¿Cuales son las causas de esta avería, que detiene el caminar de la nación y nos pone a unos contra los otros, crispando el ambiente y corroyendo al amistad cívica, llegando a afectar no sólo a las instituciones públicas, sino también a las espirituales, con comportamiento, faltas y delitos que todos rechazamos, y que están provocando un gravísimo mal a nuestro sociedad y en la nación.

El Papa Francisco, lucidamente, nos ha dado respuestas que pueden hacernos comprender la realidad que vivimos, realidad que se puede sintetizar en un cierto encierro de cada uno de nosotros en sus ideas y en la incapacidad de apertura a los demás, al servicio al prójimo y especialmente de los más desvalidos, solos y abandonados.

Enseña el Papa que el gnosticismo supone «una fe encerrada en el subjetivismo, donde solo interesa una determinada experiencia o una serie de razonamientos y conocimientos que supuestamente reconfortan e iluminan, pero en definitiva el sujeto queda clausurado en la inmanencia de su propia razón o de sus sentimientos».(Ex. Ap Exultate te Gaudete, 36). Esto, que puede ocurrir en la vida del Espiritu, tambien ocurre en nuestra convivencia nacional.

Cuando cada grupo, cada persona, cada institución, - del ámbito que sea - vive encerrada en sus propias ideas, sin capacidad de apertura hacia los otros, sin escucharse y sin otro horizonte que su propia ideología o pensamiento, se transita a una sociedad inmóvil, donde no todos están incluidos, donde hay marginación o se producen injustas discriminaciones. Cada uno de nosotros comienza a mirar el mundo y sus acontecimientos sólo desde su visión, sin apertura a otros y por tanto sin capacidad de comprender a los demás, sin integrar sus ideas o por lo menos debatirlas.

Se llega así a una vida política cerrada muchas veces a las necesidad de los ciudadanos, un sistema económico incapaz de un apertura fuera de si mismo, que pone la rentabilidad económica por sobre la rentabilidad social y termina beneficiando a unos y perjudicando a una gran mayoría. Se camina hacia un sistema social que intentar solucionar los problemas con medidas accidentales, incapaz de educar en el bien moral, que solo sale al paso de las consecuencias de los errores que nosotros mismos hemos cometido. Se arriba a un sistema educacional donde se pretende imponer una sola visión del hombre y de la sociedad y se desprecia el sano pluralismo propio de una sociedad democrática y republicana.

Las advertencia de San Alberto Hurtado

Las dificultades que hoy sufrimos ya las advirtió San Alberto Hurtado en 1948.

“Una Nación, -enseño- más que su tierra, sus cordilleras, sus mares, más que su lengua, o sus tradiciones, es una misión que cumplir. Y Dios ha confiado a Chile esa misión de esfuerzo generoso, su espíritu de empresa y de aventura, ese respeto del hombre, de su dignidad, encarnado en nuestras leyes e instituciones democráticas” (...) “Pero esta misión ha dejado de cumplirse porque las energías espirituales se han debilitado, porque las virtudes cristianas han decaído, porque la Religión de Jesucristo, en que fuera bautizada nuestra Patria y cada uno de nosotros, no es conservada, porque la juventud sumida en placeres ya no tiene generosidad para abrazar la vida dura del sacerdocio, del magisterio y de la acción social. Es necesario, antes que nada, producir un reflotamiento de todas las energías morales de la Nación: los católicos, los que creen en Dios y en el espíritu del Evangelio, los hombres todos de buena voluntad, como nos exhorta el Papa, para salvar las bases de la civilización que está en peligro. Reflotamiento moral, valorizar las energías espirituales, devolver a la Nación el sentido de responsabilidad, de fraternidad, de sacrificio, que se debilitan en la medida en que se debilita su fe en Dios, en Cristo, en el espíritu del Evangelio”.

Es necesario aceptar con realismo que una nación cristiana como Chile, cuando deja su fundamento y su anclaje espiritual, decae en el egoísmo, en un maloliente materialismo relativista que confunde a sus propios defensores, y nos conduce a abusos de todo tipo y al desprecio por el otro, que ya no es Cristo ni un prójimo, especialmente el mas pobre, sino alguien ajeno, cuando no un competidor.

Como el barco que ha perdido el equilibrio que le da la su quilla, así también las naciones y los pueblos comienzan navegar sin rumbos, en redondo y sin aproximarse al puerto de destino. Y cuando viene la tormenta, el tiempo inestable y la navegación difícil, ya no se confía en la conducción, sino que cada uno trata de salvarse por su cuenta y a la postre terminan pereciendo todos, partiendo por los mas desamparados.

Todos, desde quienes tiene responsabilidades en la vida cívica, en la vida moral y ética, en la familia y en cualquier tipo de organización, debemos ser capaces de captar la realidad amarga que hoy sufrimos, para desde ella, comenzar el reflotamiento de la nación y de cada uno de nosotros.

Una trilogía indispensable para salir de la crisis

El camino que debemos emprender todos, sin distinción, es la vuelta a los valores morales esenciales en una trilogía hoy indispensable:

Primero

El reconocimiento de Dios y de sus suaves exigencias en la vida de cada uno y de la nación. Eso es lo que hacemos hoy, orar juntos, reconocer el señorío de Dios sobre cada uno de nosotros y sobre nuestra vida y nuestra Patria, hacer el propósitos de caminar por los caminos de Dios, pese a nuestros errores y defectos, que son parte de nuestra andadura terrena.

Luego,

El amor y la dedicación a los demás, especialmente los más desamparados. Solo así podremos conmovernos - mirar con ternura y amor - al que sufre, al que está en situación de calle, al migrante, al enfermo, porque los veremos como uno de nosotros y para los cristianos como al mismo Cristo.

Y tercero:

El olvido de uno mismo, para vivir volcado hacia el prójimo. Sólo de esta manera podremos ser felices, porque nuestra vocación humana - la de todos nosotros - es la donación a los demás, la entrega a los que están en nuestro camino, en nuestras familias, en la vida social y política.

Esta trilogía, que con ahínco practicaron nuestros antepasados, es el remedio para las actuales divisiones que por doquier se levantan en la vida personal, pública, familiar, social y política. En un camino posible que parte por la determinación personal de vivirlo y luego se extiende a lo que nos rodean, a nuestra familia a nuestro ambiente, al trabajo y la vida de relación con los demás y se transforma en una gran herramienta para reflotar el barco de la Patria, hoy escorado por nuestro propios errores y pecados.

Es el camino para alejar de nuestra vida como nación el egoísmo que - como enseñó San Agustín - nos hace pensar sólo en nosotros mismos y hablar sólo de uno mismo. Una enfermedad se ha extendido por la nación y no ha dejado de afectar a cada uno de nosotros: vivir para sí mismo, pero el que vive así esta muerto para si y para los demás. Meditemos en el significado actual del “reflotamiento de todas las energías morales de la Nación” y pidamos a nuestra Madre del Carmen, que nos ayude a volver a reconocer a su Hijo.

Que el Señor nos bendiga a todos, que nos de su fuerza y sabiduría para levantar una Patria y una Nación de hermanos. Que nuestra Reina del Carmen nos ayude a permanecer fieles a su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

Así sea.

+ Mons. Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo