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Nueva Evangelización para Chile. \"Patria que amamos y servimos con el Evangelio del Señor\". Orientaciones Pastorales 1991-1994

Orientaciones Pastorales 1991 – 1994
Fecha: 01/07/1990
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Los Obispos de Chile


I Introducción

1. Responder a los llamados de Dios

1. La Iglesia en Chile, agradecida de la bondad de Dios, quiere mantener viva la memoria de todos los beneficios que su Señor le ha hecho en estos años. Ella desea acoger los llamados que Dios le dirige en este momento de la historia; y se prepara para responder con ánimo renovado y misionero a tantas gracias recibidas.

2. A pesar de nuestras debilidades, pecados y defectos que han entorpecido la acción del Espíritu, el Señor ha hecho brotar en nuestros corazones y en nuestras comunidades innumerables signos de vida que es necesario cuidar y hacer crecer.

3. La catequesis familiar, la participación activa de los laicos, el aumento de vocaciones sacerdotales y religiosas, la pastoral de solidaridad, el crecimiento de las CEB, el Año del Congreso Eucarístico y tantas otras gracias recibidas, en forma muy especial la visita del Santo Padre, nos hacen sentir la presencia salvadora de Dios en nuestro caminar. La Iglesia ha procurado ser fermento y ha contribuído a colocar el Mensaje en el corazón de nuestro pueblo. El Señor y los hermanos nos invitan a no detener este largo proceso; a renovarnos profundamente, a convertirnos y encontrar nuestro vigor y nuevas formas para anunciar el Evangelio de Jesucristo a las mujeres y hombres de este tiempo.

4. Particular alegría nos da el reconocimiento que ha hecho la Iglesia de las virtudes heroicas y la santidad de dos hijas de esta tierra: Teresa de los Andes y Laura Vicuña. Con confianza rezamos para que pronto se reconozca la santidad del Padre Hurtado y de otros que, con su ejemplo e intercesión, nos acompañan en la ardua tarea de proclamar el Evangelio a toda criatura y de hacerlo vida en cada uno de nosotros.

2. Continuidad de las Orientaciones

5. Por lo dicho más arriba, es necesario entender las presentes Orientaciones en continuidad profunda con las Orientaciones anteriores. Hay una coherencia pastoral que se ha ido conformando y que ha dado unidad de lenguaje, de criterios y de acción a las diferentes Diócesis del país. Esas Orientaciones respondieron, en su ocasión, a los grandes problemas del momento y procuraron ser fieles a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, de los Papas y de los Sínodos de Obispos; a las conclusiones de las Conferencias Episcopales Latinoamericanas (Medellín y Puebla).
Esperamos que estas Orientaciones respondan, del mismo modo, a los desafíos actuales e, inspirándose en las fuentes antes señaladas, asuman también los Mensajes del Papa en su visita a Chile y con ocasión de nuestra Visita ad Límina en 1989.

6. A pesar de las necesarias y naturales diferencias que existen entre las Diócesis, la Iglesia en Chile ha tenido una dirección pastoral clara que deseamos profundizar y actualizar. Esto es tanto más necesario cuanto una serena evaluación nos muestra que estamos lejos de haber respondido, como convenía, a todos los desafíos. Los jóvenes, la familia, las Comunidades Eclesiales de Base y los laicos siguen reclamando nuestra atención.


3. Las presentes Orientaciones: un Servicio a las Iglesias Particulares

7. Las presentes Orientaciones procuran ofrecer líneas directrices que ayuden a las Diócesis en la elaboración de sus respectivos planes pastorales. En modo alguno pretenden sustituir la responsabilidad de cada Obispo. Este marco de referencia común, asumido por los Obispos en la Conferencia Episcopal, no es una imposición sino que, como fruto de la comunión eclesial, es un servicio a las Iglesias particulares.

II Desafíos

1. Anunciar a todos el Evangelio


8. La Iglesia, en su misión de anunciar a todo el mundo el Evangelio de Jesús, se encuentra enfrentada a inmensos desafíos. Comprendemos esos desafíos no como enseñanzas, sino como llamados que Dios nos hace. Si sabemos discernir, en ellos, la voz del Señor podremos encontrar posibilidades esperanzadoras para anunciar a Jesucristo en un lenguaje que interpele al hombre de hoy.

9. La senda que tenemos por delante nos exige una fidelidad humilde y generosa a Jesús y a su Evangelio; una fidelidad a la tradición y al Magisterio de la Iglesia; y una cercanía pastoral al hombre de hoy. Mostrar la unidad de esto tres aspectos, -fidelidad a Jesús, a la tradición, y al hombre de hoy- es tarea de las Orientaciones Pastorales.

2. Los grandes desafíos que enfrenta la Iglesia:

10. Por razones de claridad ordenaremos los desafíos en torno a tres ejes:
- La Iglesia ante la nueva cultura.
- La Iglesia ante el paso de Chile a la democracia.
- La Iglesia llamada a renovarse y convertirse.

2.1. La Iglesia ante la Nueva Cultura

11. Al acercarse el tercer milenio, Chile, como el resto de la humanidad, experimenta que estamos viviendo un cambio de época. Un hombre y un mundo diferentes están naciendo. La humanidad enfrenta mutaciones de extraordinaria profundidad. Los progresos técnicos, entre otros aquellos producidos en el área de las comunicaciones y la informática, están cambiando el rostro de la tierra. Todas estas transformaciones influyen hondamente en el hombre. No pocas conductas humanas, criterios, normas y valores se ven afectados. De un modo particular la familia, célula básica de la sociedad, recibe el impacto de estos cambios.

12. Va naciendo una nueva cultura que marca profundamente nuestros modos de ver, de sentir, de razonar, de amar. Es una cultura de carácter planetario, con una fuerte acentuación antropocéntrica y eminentemente científico-técnica, rica en nuevos signos de esperanza. Inmensas posibilidades se abren al ser humano que va dominando la naturaleza y que, por primera vez en la historia, puede tener influencia sobre una parte importante de las variables de la vida.

13. En esta cultura que nace hay valores de honda resonancia cristiana que expresan una gran nostalgia de Evangelio (1) . Entre esos valores habría que señalar la preocupación creciente por el hombre mismo, por sus derechos y necesidades; la preocupación por la dimensión social del ser humano; la preocupación por la condición de la mujer y su participación en la vida social, política, económica y cultural; el deseo del hombre por asumir la responsabilidad que Dios le dio al colocarlo en la tierra; el deseo de participación y de crear condiciones más justas para la vida humana; la creciente conciencia del deber de preservar la tierra de la destrucción; el anhelo de libertad y de borrar todas las formas de discriminación y segregación; los proyectos de unir a los pueblos superando las barreras artificiales, históricas e ideológicas, que los separan, etc. Muchos aspectos de los valores señalados pueden ser interpretados como signos de un ansia de Dios.

14. Pero, como toda obra humana, esta cultura tiene elementos negativos que amenazan al hombre y que deben ser confrontados con los valores del Evangelio. Fácilmente el ser humano olvida su condición de criatura y su dependencia de Dios. Esta cultura, en tantos aspectos positiva, a menudo, es muy ajena a lo religioso y puede opacar la condición espiritual del hombre y su trascendencia; ella se muestra impotente para dar respuestas a las exigencias de verdad que el ser humano tiene (2). Con frecuencia esta cultura produce un cierto hedonismo materialista que descentra las relaciones humanas. Reflejo de eso es el fenómeno de la publicidad, que pone como fin el consumo, recurriendo muchas veces a los instintos, el egoísmo y deseo de un triunfo fácil, perdiendo todo norte ético. Buscando satisfacer sus necesidades, el hombre ha descuidado responder a su necesidad más trascendental: para qué vive y cuál es el sentido último de su existencia en la tierra. Pregunta ésta para muchos hoy anticuada, pero que, aunque se acalle, sigue resonando en lo más hondo de todos los proyectos humanos.

15. En tal contexto, los últimos Papas nos han hablado del secularismo: “Una concepción del mundo según la cual este último se explica por sí mismo sin que sea necesario recurrir a Dios; Dios resultaría superfluo y hasta un obstáculo. Dicho secularismo, para reconocer el poder del hombre, acaba por sobrepasar a Dios e incluso por renegar de Él” (3). Como nos recuerda el Papa Juan Pablo II: “embriagado por las prodigiosas conquistas de un irrefrenable desarrollo científico-técnico, y fascinado sobre todo por la más antigua y siempre nueva tentación de querer llegar a ser como Dios (4) mediante el uso de una libertad sin límites, el hombre arranca las raíces que están en su corazón: se olvida de Dios, lo considera sin significación para su propia existencia, lo rechaza poniéndose a adorar los más diversos ídolos” (5).

16. En América Latina, donde se entrecruzan, no siempre en armonía, diferentes culturas, las desigualdades sociales y la masiva presencia de jóvenes dan un ángulo particular para considerar todas estas realidades. La pobreza hiriente, que con frecuencia se considera algo normal y casi insuperable, confiere urgencia y especial relevancia a ciertos problemas y deja en segundo plano otros, tal vez más importantes en países desarrollados. En estas tierras es un desafío entender los cambios culturales teniendo muy presente a los jóvenes y la situación y perspectiva de los pobres (6). Bien asumida, la nueva cultura a la que nos estamos refiriendo, podría dar en este continente posibilidades de promoción humana, económica y espiritual a las grandes mayorías. Por el contrario, mal asumida, puede hacer crecer las frustraciones y ahondar las injusticias.

17. Casi nadie duda que estamos, como decíamos, ante un cambio de época. En esas circunstancias fácilmente la cultura emergente irrumpe desconcertando no sólo las culturas autóctonas sino las antiguas tradiciones, arrebatando, a veces, la identidad a pueblos enteros. Lo pasado, incluída la religión y la moral, puede aparecer con facilidad como caduco e irrelevante. Los grandes ideales por los cuales las generaciones precedentes daban la vida, pueden perder capacidad para movilizar los corazones... y, por desgracia, no surgen todavía los ideales que harán razonables el sacrificio, el dolor y el trabajo. Mientras el sentido hondo de los cambios no se aclare, la humanidad andará fácilmente buscando sustitutos y los hombres, sobre todo los jóvenes, se evadirán en el sexo, la violencia, la drogadicción, el alcohol o el consumo.

18. Cuando se están produciendo cambios que parecen indicar el tránsito de una época a otra, la Evangelización de la Cultura se hace especialmente necesaria. Ella nos ayuda a comprender el verdadero sentido de esos cambios, y resalta aquellos que hacen avanzar a la humanidad hacia el Reino definitivo, mientras denuncia aquellos que detienen ese avance. Lo que es perenne aparece más con fuerza al ser presentado con renovada validez.

19. La Iglesia está urgida por evangelizar la cultura. S.S. Juan Pablo II nos dice que “sólo desde dentro y a través de la cultura la fe cristiana llega a hacerse histórica y creadora de historia”... Y añade: “frente al desarrollo de una cultura que se configura como escindida, no sólo de la fe cristiana, sino incluso de los mismos valores humanos, como también frente a cierta cultura científica y tecnológica, impotente para dar respuesta a la apremiante exigencia de verdad y de bien que arde en el corazón del hombre, la Iglesia es plenamente consciente de la urgencia pastoral de reservar a la cultura una especialísima atención” (19).

20. El Señor nos da la misión de ser sus testigos en medio del mundo, compartiendo las búsquedas, sufrimientos y esperanzas humanas. El Señor nos invita hoy a imitar la aventura de San Pablo que “ se hizo todo para todos”, para anunciarles a sus contemporáneos la salvación (8). Es una tarea ineludible para nosotros: en este momento de la historia tenemos que discernir los signos del Espíritu y compartir desde dentro la historia humana, sin temor al futuro, mostrando, en nuestra propia existencia, que hoy es posible vivir el Evangelio y que es ese el camino que da plenitud al hombre. Ese testimonio fiel ha demostrado tener una particular eficacia, a lo largo de los siglos, para purificar y crear culturas.

2.2. La Iglesia ante el paso de Chile a la Democracia

21. Los cristianos, que compartimos la historia que vive Chile, tenemos la vocación de descubrir en ella la presencia de nuestro Señor. Tenemos, al mismo tiempo, la misión de anunciar la Palabra de Jesús para que en nuestra Patria se afiance un tipo de convivencia genuinamente humana. En los párrafos siguientes veremos ciertos aspectos de la vida de Chile que merecen nuestra atención.

22. Chile, en un proceso largo, que no se limita a los últimos años, ha ido madurando y acumulando experiencias. Esperamos que pueda afianzar sus logros y avanzar hacia un reencuentro en profundidad como nación, asumiendo los valores del Evangelio de Jesucristo y sus consecuencias en la vida personal y social.

23. En los últimos decenios, la mayoría del país quedó cansada de proyectos globales excluyentes. Los fanatismos ideologizados, que creyeron poseer toda la verdad en casos discutibles, produjeron mucha frustración, violencia y dolor. Existe hoy un aspiración, no sólo en Chile, a una política menos ideologizada que nos permita a todos hacer nuestro aporte en la sociedad. Todos tienen algo que aportar y necesitan de todos los demás. Es necesario crear una sociedad auténticamente pluralista y respetuosa, sin que ello signifique desconocer los principios morales que descansan en la naturaleza y dignidad del hombre y que son reflejo, para los creyentes, de la sabiduría de Dios. La democracia ofrece un marco a estas aspiraciones.

24. El paso a la plena democracia se ha ido haciendo de modo sereno, pacífico y maduro. Eso es motivo de legítima alegría. Sin embargo, probablemente, el camino no será fácil. Será necesario sacar experiencia de lo vivido y recurrir a nuestras mejores tradiciones. El Gobierno y la oposición, los civiles y los militares, los trabajadores y los empresarios, y todos los actores sociales deberán buscar ante todo el bien común que se construye siempre a partir de una preocupación preferente por los más débiles.

25. En los años pasados, y en el presente, se comprueba la profunda vocación de paz de la enorme mayoría de nuestro pueblo que se niega a aceptar la violencia fratricida y destructora; que rechaza el terrorismo y la tortura. Hemos podido experimentar, tanto en nuestros campos como en nuestras poblaciones y fábricas que, en medio de grandes privaciones, el hombre de esta tierra es capaz de actos de heroica solidaridad; hemos podido apreciar el valor de la mujer pobre y su coraje; y finalmente se ha manifestado una capacidad de iniciativa y creatividad en los hombres de empresa que debe ser justamente reconocida. Dios nos ayude a no perder nunca estos valores. Es una tarea fomentarlos entre nosotros y compartirlos con nuestros hermanos.

26. Esperamos todos que en el futuro exista un irrestricto respeto a la persona humana y sus derechos, sobre todo al más fundamental que salvaguarda la integridad de la vida, desde el momento de su concepción en el seno materno y hasta la muerte. Reafirmar con fuerza los derechos e insistir en los deberes de todo hombre, será tarea importante en los años que vienen. La Iglesia, madre y maestra, deberá educar en el cumplimiento de los deberes propios y en el respeto de los derechos ajenos como una condición para construir una convivencia sana.

27. Se siente la necesidad de cerrar las heridas en un clima de verdad, de justicia y de perdón. No se quiere dejar la herida sin cicatrizar... pero tampoco se quiere la venganza. La justicia de Dios se expresa, ante todo, en la misericordia.

28. Resulta indispensable, en nuestra sociedad, enseñar a vivir en la verdad, a arrepentirse, a reparar el daño causado, a pedir perdón a Dios y a los hermanos y, sobre todo, a perdonar. En este mismo sentido será importante que trabajemos para desterrar el miedo entre nosotros, entre otras cosas, oponiéndonos a toda forma de terrorismo. En un clima de miedo no puede haber convivencia sana.

29. Es también un desafío reintegrar en el tejido social, y en la medida de lo posible, a quienes han vivido en el exilio; apoyar a aquellas familias de civiles y uniformados que, por causa de la violencia, perdieron a algunos de sus miembros, y recordar la participación que les corresponde a las Fuerzas Armadas en la convivencia democrática que el país desea.

30. En Chile la brecha entre los que tienen más y los más pobres ha crecido (9). La injusta distancia entre los grupos sociales puede llegar a producir subculturas tan diferentes que se haga casi imposible tener un lenguaje y un proyecto comunes. Esto amenaza con destruir en su base el deseo de crear una sociedad de hermanos.

31. Con grandes sacrificios se ha modernizado y perfeccionado, en muchos aspectos, la estructura económica y el sistema productivo del país. Los resultados de este cambio, en cierta medida, pertenecen a todos. En él todos han colaborado, por lo que a todos ha de permitirles vivir con dignidad. Es una verdadera obligación cuidar e incrementar este patrimonio y velar para que cumpla su función social. Es ésta una tarea inmensa que reta a todos: gobernantes, obreros, campesinos, empresarios, políticos, científicos y economistas.

32. En los años pasados, los más pobres han pagado una parte importante del precio para producir los cambios de la estructura económica. Su situación ha sido muy dura. Los problemas de los pobres exigen una pronta y eficaz solución... y ellos “no pueden esperar” (10). Sin revanchismo y sin destruir lo positivo que se ha logrado, es evidente que se impone un esfuerzo por redistribuir mejor los beneficios y construir una economía de la solidaridad (11). Los pobres deber ser los primeros y principales beneficiarios del progreso. Los que tienen más deberán aceptar esta realidad y mirar a sus hermanos pobres con aquel criterio que Jesucristo nos dio: “Hagan ustedes con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes. En esto se resume la Ley y los Profetas” (12). A la luz de este principio básico deben revisarse con altura de miras y con generosidad los criterios que rigen la economía y las relaciones laborales.

33. Esta mirada quedaría incompleta si, considerando los desafíos que nos presenta la realidad de Chile, no nos ocupáramos especialmente de los jóvenes. Ellos son la mayoría y deberían ser el grupo más dinámico y dinamizador de la sociedad. Es normal que ellos tengan una presencia creciente en el cuerpo social. Sin embargo, los problemas de la educación y del desempleo, entre muchos otros, les impiden desarrollar sus enormes potencialidades. Es necesario ayudarlos a enfrentar sus dificultades, a corregir sus defectos y a prepararse sólidamente y con reciedumbre para asumir responsablemente un rol cada vez más protagónico (13). Es un verdadero desafío darles a ellos la prioridad que les corresponde en nuestros desvelos.

34. Encerrados entre cordilleras, mares y desiertos, los chilenos tendremos que abrirnos, acogiendo los valores y culturas de otros pueblos, sin perder nuestra identidad y aportando lo que somos. No sólo nos interesa el intercambio económico sino que hemos de contribuir a la fraternidad universal. De un modo especial ha de ocuparnos el destino común que tenemos con los pueblos pobres de América Latina.

35. Será un desafío mantener viva y operante nuestra capacidad de testimonio cristiano para evangelizar esta realidad hasta en sus mismas raíces y para que el Mensaje de Jesús empape la cultura y la convivencia de nuestro pueblo. Es fundamental que vivamos en el seno de nuestras comunidades lo que queremos anunciar: “¡El amor es más fuerte!... ¡El amor puede más!” (14).

36. En el ámbito político y en el económico, los laicos cristianos deberán tomar la palabra con más vigor y hacer su aporte, formados en la fe por sus pastores y apoyados en esta tarea por el conjunto de su Iglesia (15).

37. La Iglesia está llamada a formar la conciencia ayudando a mantener vivos los grandes principios: el señorío de Dios en la historia; la dignidad de la persona, ser espiritual invitado por Dios a la eterna comunión con El; el valor de la vida y de la libertad; el valor de la paz; el rechazo a la violencia; la importancia del bien común y la solidaridad; la especial preocupación por los más pobres; el respeto mutuo en la solución de los conflictos; la importancia de la confianza entre los hombres, del diálogo civilizado y de la reconciliación; el valor del trabajo, de la austeridad, del sacrificio y de la honestidad; la paciencia para saber esperar, sin que eso se convierta en pasividad; el sano equilibrio entre los deberes y derechos; la importancia de la fe y el derecho del hombre a vivir en profundidad esa fe y a expresarla públicamente.

38. Un lugar privilegiado para la formación sólida y estable de esta conciencia moral, que se dispone a hacer el bien y evitar el mal, es la familia, como principal escuela de fe y de convivencia humana (16).

2.3. La Iglesia llamada a renovarse y convertirse

39. Los anhelos y las contradicciones que agitan al pueblo de Chile nos llaman a revisarnos con honestidad y a convertirnos para permitir al Señor expresar su gracia a través nuestro. Nuestra conversión ha de hacer crecer nuestro amor y nuestra dedicación a la justicia, porque “el que no obra la justicia no es de Dios, y tampoco el que no ama a su hermano” (17). La Iglesia misma, en sus fieles, sus comunidades, su mensaje, su oración debe ser como un sacramento, un signo visible del mundo nuevo y definitivo nacido del Misterio Pascual de Jesús.

40. “La Iglesia siempre tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, su impulso y su fuerza para anunciar el Evangelio” (18). Como nos dice en ese mismo texto el Papa Pablo VI: “La Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma”.

41. En la visita ad Límina de comienzos de 1989, el Papa nos recordaba a los Pastores chilenos que la necesaria renovación de la vida interior de la Iglesia ha de ser una tarea apremiante a la que tendríamos que dedicar nuestras mayores energías. En la aurora de la Nueva Evangelización resulta indispensable sensibilizar a la Iglesia frente a los verdaderos problemas del hombre y, a la vez, empaparla de Evangelio (19). La renovación de la Iglesia pasa por una apertura a Dios y al hombre.

42. Es urgente acercar a los fieles a la Palabra viva de Dios, y ayudarlos a participar plenamente de la vida sacramental. Es también urgente renovar la vida de oración personal y comunitaria, y la capacidad de contacto profundo con el Señor. Y, de un modo especial, es necesario fomentar la participación activa en la liturgia. Así resonará en las comunidades, y en cada uno de nosotros, el llamado radical a la santidad (20).

43. Es un doloroso desafío constatar, como lo hace el Papa Pablo VI, que “una muchedumbre hoy día muy numerosa de bautizados que, en gran medida, no ha renegado formalmente de su bautismo, está totalmente al margen del mismo y no lo vive”... a menudo “tratan de explicar y justificar su posición en nombre de una religión interior, de una autonomía o de una autenticidad personales... ellos oponen a la evangelización, la resistencia de la inercia, la actitud un poco hostil de alguien que se siente como de casa, que dice saberlo todo, haber probado todo y ya no cree en nada” (21).

44. Es también preocupante la situación de aquellas personas de buena voluntad que han quedado desconcertadas por algunas actitudes de la Iglesia y que, a menudo, la critican con amargura o se alejan de ella. Es tarea pastoral importante preocuparse, con caridad, de aquellos hermanos que tienen fe pero que, con razón o sin ella, se sienten marginados de la Iglesia.

45. Otros hermanos, buscando tal vez una vida comunitaria y espiritual más intensa, atraídos por ciertas formas de participación o desilucionados por nuestros defectos, se han apartado de la Iglesia Madre e incorporado a diferentes sectas que, a menudo, reducen o mutilan el Mensaje de Jesús.

46. Podemos completar y ampliar lo dicho con las palabras del Papa a los Obispos del CELAM en Haití: “Vuestros pueblos, marcados en su ser íntimo por la fe católica, imploran la profundización y fortalecimiento de su fe, la instrucción religiosa, el don de los sacramentos, todas las formas de alimento para su hambre espiritual”... “Problemas graves pesan sobre este pueblo desde el punto de vista religioso y eclesial: la crónica y aguda escasez de vocaciones sacerdotales, religiosas y de otros agentes de pastoral, el consecuente resultado de ignorancia religiosa, superstición y sincretismo entre los más humildes; el creciente indiferentismo, si no ateísmo, a causa del secularismo actual, especialmente en las grandes ciudades y en las capas más instruídas de la población; la amargura de muchos que, a causa de una opción equívoca por los pobres, se sienten abandonados y desatendidos en sus aspiraciones y necesidades religiosas; el avance de grupos religiosos, y a veces carentes de verdadero mensaje evangélico y que con sus métodos de actuación poco respetuosos de la libertad religiosa, ponen serios óbices a la misión de la Iglesia católica y aun de las otras confesiones cristianas” (22).

47. Los miembros de la Iglesia y sus comunidades nos sentimos llamados a revisarnos y convertirnos para ofrecer a esos hermanos que están desconcertados o que se alejan, un espacio que les permita vivir una vida auténticamente evangélica. Sólo una renovación de la Iglesia en su misión evangelizadora puede permitirle enfrentar cristianamente el desafío de las sectas y el reencuentro de quienes, por diversos motivos, no se han sentido en casa.

48. Tantos hermanos alejados de la Iglesia, en Chile y en otras partes de la tierra, nos obligan también a revitalizar nuestro espíritu misionero para anunciar con celo renovado, el misterio de la salvación. La santidad de la Iglesia es inseparable de su capacidad misionera.

49. Los laicos jugarán un rol esencial para responder a tantos desafíos. Será tarea primordial formar esos laicos para que lleven la evangelización hasta sus concreciones últimas... para que la Palabra de Jesús ilumine toda la vida del hombre. La relación de comunión jerárquica entre pastores y laicos es condición esencial para dar toda su irradiación al Evangelio.

50. Finalmente, debemos recordar que, al interior de la Iglesia, hay actualmente diversas interpretaciones teológicas, diversas espiritualidades, diversas apreciaciones sobre la realidad que general tensiones. Es probable que, en un clima de mayor libertad, esas tensiones se manifiestan con más fuerza. Será una tarea siempre actual construir comunidades donde se respete una legítima libertad en materias opinables y que sean, a la vez sólidamente unidas en la caridad, en la fe y en la doctrina, e inquebrantablemente ligadas a su Señor y a su Iglesia apacentada por quienes Jesús puso como Pastores.

III La Nueva Evangelización como horizonte de las Orientaciones Pastorales

1. La Nueva Evangelización


1.1. El Papa nos convoca

51. Al acercarse el tercer milenio del cristianismo, asumiendo el ejemplo de tantos hermanos (23) que, con su fidelidad de cada día durante cinco siglos, han anunciado a Jesucristo en América, y recordando a tantos santos y mártires que testimoniaron hasta con su sangre al Señor, el Papa Juan Pablo II nos invita a emprender una Nueva Evangelización del continente: “nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión” (24).

52. El Santo Padre nos convoca a ponernos de pie como Iglesia para que, llenos de esperanza, reiniciemos la marcha. El nos dice: “Con la fuerza de la Cruz... con la antorcha de Cristo en tus manos llenas de amor al hombre, parte, Iglesia de la nueva evangelización” (25).

53. La Iglesia, que sigue la misión de Cristo en Chile, hace suyo el llamado del Papa y desea enmarcar en un horizonte de NUEVA EVANGELIZACION las Orientaciones Pastorales de los próximos cuatro años. Hemos de levantar la mirada: El Señor hará algo nuevo. Dios nos ofrece una oportunidad y somos convocados a dar lugar a la esperanza (26). Guardando la fidelidad a una larga tradición, nos abrimos al Dios de la esperanza para anunciarlo cuando se acerca un nuevo milenio de nuestra historia.

54. La Nueva Evangelización es un proceso que ha de involucrar a todas las personas (27) y agrupaciones de la Iglesia (Diócesis, Parroquias, Congregaciones, Colegios, Universidades, Comunidades, Movimientos, Servicios) para llevarlos a una profunda renovación según las orientaciones del Concilio y el Magisterio, con el fin de desarrollar un gran esfuerzo misionero que haga presente la persona, el mensaje, la doctrina y la vida de Jesucristo a todas las personas, ambientes, estructuras que conforman nuestra cultura (28).

55. La Virgen María, con su ejemplo personal de docilidad al Espíritu, con su entrega total a la obra de Salvación, con el amor a su Hijo, con su dedicación a la Iglesia naciente, con su espíritu nos acompaña en esta empresa. A ella, que ha sido llamada “Estrella de la Evangelización”, nos volvemos hoy con confianza. A ella le encomendamos la tarea.

56. Sin quitar valor a otros puntos importantes, vamos a detenernos en algunos aspectos de la Nueva Evangelización:
la necesidad de abrirse a la esperanza;
la centralidad de Jesucristo;
la evangelización de la cultura;
la necesidad de nuevos métodos y de una nueva expresión;
el escándalo de la cruz que acompaña al mensaje de salvación.


1.2. La Nueva Evangelización se abre al Dios de la Esperanza.

57. En las últimas Orientaciones Pastorales asumimos como marco de referencia que “El Señor nos llamaba a hacer una opción radical y profunda por Él como Dios de la Vida” (29).

58. El Señor de la Vida fue el horizonte de nuestras reflexiones. Confiando en El quisimos dar una orientación clara a la pastoral de la Iglesia (30). Al destacar este rasgo de nuestro Dios, autor fin último de nuestra vida, nos interesaba señalar el valor pleno y trascendente de la vida humana. Al mismo tiempo queríamos superar el camino de violencia y muerte, anunciando la Buena Noticia a todos, en especial a los pobres, y animando a los jóvenes en la construcción de Chile.

59. Hoy, cuando nos acercamos a un nuevo siglo, y se está acuñando una cultura, en muchos aspectos nueva, es necesario recordar que el cristiano, que cree en el Dios de la Vida, confiado en el Señor, debe mirar el futuro con esperanza. El Señor le ofrece al hombre de hoy la salvación: “La salvación que conduce a la vida verdadera es el contenido y el fruto de la Evangelización” (31).

60. A pesar de su aparente debilidad y en medio de los obstáculos, la vida busca, sin descanso, germinar y florecer. Ella procura cicatrizar las heridas, se renueva y viste de mil formas. En el hombre esa vida no es puramente material: ella está llamada hasta la trascendencia y la eternidad adentrándose con Cristo en Dios (32). El Espíritu puede hacer brotar en el seno del hombre un manantial que salta hasta la vida eterna (33)... Por eso un cristiano, a quien se le ofrece “la vida en abundancia” (34), que se alimenta del “pan de la vida” (35), y que escucha al único que “tiene palabras de vida eterna” (36) en medio de sus penas, jamás empequeñece su esperanza. Para nosotros, iluminados por la fe cristiana, esperar no es huir ni es cobardía: es saber que la última palabra en la existencia humana no es la muerte (37) y es reafirmar con vigor que, en el compartir, en el dolor y las dificultades, tenemos razones poderosas para no levantar la mano del arado (38).

61. La historia de Israel nos enseña que todos los creyentes, desde Abraham hasta María, confiaron en Dios y creyendo en El miraron adelante. “El Señor dijo a Abraham: sal de tu tierra nativa y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré... y Abraham marchó, como le había dicho el Señor” (39). También María, llena del Espíritu Santo, pues había sido cubierta con la sombra del Altísimo, dejó todas sus seguridades para que se hiciera en ella la Palabra del Señor (40).

62. En los momentos de mayor dolor y desventura de Israel, el Señor se acordó de su Pueblo y lo hizo marchar a su liberación poniéndose al frente de los suyos (41). Muchas veces se cansaron del camino y quisieron volver a la esclavitud de Egipto y a sus engañosas seguridades (42). En esos momentos difíciles el Señor estuvo presente con su solicitud suave y delicada. El suscitó profetas y eligió hombres cuya misión fue reanimar la esperanza en las promesas... y alentar a ese Pueblo a reanudar su marcha.

63. La Epístola a los Hebreos nos recuerda que tener fe es tener la plena seguridad de recibir lo que se espera (43) y a lo largo del capítulo 11 relee la historia humana desde la perspectiva del creyente que, en última instancia, juega su vida confiando en las promesas del Señor. El autor de esa Epístola nos invita a que “corramos con fortaleza la carrera que tenemos por delante... y que confiemos en Jesús, pues de El procede nuestra fe y El es quien la perfecciona. Jesús sufrió en la Cruz sin hacer caso de lo vergonzoso de esa muerte, porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría” (44).

64. Tenemos esperanza porque no ponemos nuestra confianza en nosotros, sino en Jesús que murió para salvarnos. “No podemos salvarnos a nosotros mismos: es el Señor quien nos salva... y la salvación es vida, la verdadera vida en Cristo que comienza acá... abarcando toda la realidad del hombre... y que adquiere su dimensión última en la vida eterna” (45).

65. El mismo texto a los Hebreos prosigue: “Por tanto mediten en el ejemplo de Jesús, tantas contradicciones de parte de los pecadores: por eso no se cansen ni desanimen...así pues, renueven las fuerzas de sus manos cansadas y de sus rodillas debilitadas, y busquen el camino derecho, para que sane el pie que está cojo y no se tuerza más” (46).

66. Al reconocer al Señor como Dios de la esperanza queremos rechazar toda tentación de detener nuestra marcha y abandonamos todo desaliento a pesar de los obstáculos y de nuestra propia debilidad.

67. Podemos mirar con confianza el futuro, a pesar de los riesgos, porque marchamos, desde ya, a un encuentro con Dios, nuestro Padre. La vida no se acaba, es eterna, y el Señor, que es compañero en los desvelos, es el fin definitivo de todas las jornadas. El nos espera en su morada, la Jerusalén celestial, para enjugar todas nuestras lágrimas e invitarnos a participar en el Banquete del Reino (47).

68. El don de la fe nos da una perspectiva profunda sobre el hombre y sobre el mundo. Hemos de limpiar nuestra mirada (48), desterrar el miedo, rechazar la tentación de cerrarnos ante el futuro. Un mundo nuevo va emergiendo y somos convocados por Dios para ayudar con el Evangelio a esta nueva gestación. Una cultura diferente surge con vigor y la Nueva Evangelización pretende iluminar esa nueva cultura humana (49). Tenemos la misión de ayudar a los hombres para que, en lo más hondo de todas las búsquedas, resuene la invocación última de la Biblia que debe orientar todas las esperanzas: “¡Ven, Señor Jesús!” (50).

69. Podremos repetir con el Profeta Isaías: “Levántate, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti... tu sol no se ocultará jamás ni tu luna perderá su luz porque yo, el Señor, seré tu luz eterna; tus días de luto se acabarán” (51). Reanimar la esperanza es esencial para la Nueva Evangelización.

1.3. Jesucristo, centro de la Nueva Evangelización

70. La Nueva Evangelización comienza con un reencuentro profundo con Jesucristo, una conversión personal y comunitaria que nos permite alcanzar la plenitud de la vida cristiana y la perfección de la caridad. De ahí nace un ardor apostólico renovado que no es fanatismo sino coherencia de vida cristiana (52). El ardor del reencuentro y la confianza en el Señor nos llevan a buscar los métodos y las palabras más adecuadas para difundir nuestro amor en el mundo de hoy.

71. Como Pedro, en los albores de la evangelización, la Iglesia debe decirles a los hombres que Ella no posee otro tesoro ni otra fuerza que su Señor. “Plata y oro no tengo, lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo el Nazareno, echa a andar” (53). Hemos de procurar que esta frase exprese una verdad.

72. El Señor, redescubierto, amado, imitado, seguido y anunciado por la comunidad de los creyentes, es el alma de la tarea que queremos emprender. De este modo queda en claro que la Nueva Evangelización comienza por una conversión y un reencuentro. Sin eso, todo será sólo palabras. A lo largo de la historia, comenzando por los apóstoles, los grandes evangelizadores estuvieron dispuestos a dar la vida por su Señor a quien amaban entrañablemente.

73. “El más hermoso testimonio se revelará a la larga impotente si no es esclarecido, justificado, explicitado por un anuncio claro e inequívoco del Señor Jesús. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazareth, Hijo de Dios” (54).

74. Su persona, su mensaje, su estilo de vida, sus criterios... su coherencia hasta la muerte, su glorificación y el don de su Espíritu deben iluminar nuestro modo de vivir y de morir. Anunciar valerosamente a Jesús en medio de los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias del mundo actual debe ser una de las tareas que tiene ante sí el ministro de la Palabra de Dios. No se puede emprender una Nueva Evangelización si, como cristianos, no estamos íntimamente convencidos de que
Jesús es la única respuesta al hombre de hoy.

1.4. La Nueva Evangelización implica la Evangelización de la Cultura

75. Evangelizar la Cultura es un servicio que hace la Iglesia al hombre, la mujer y la sociedad actuales para que crezcan hacia la plenitud y hagan germinar en ellos desde ahora los valores del Reino definitivo.

76. Cuando hablamos de Evangelizar la Cultura no nos referimos a un área o sector determinado de la sociedad, por ejemplo los intelectuales, los artistas o el mundo de las letras. Buscamos partir evangelizando las personas (55) pero tomadas en toda su realidad histórica. No sólo queremos formar la mente, sino iluminar con el Evangelio todo ese mundo de criterios, gustos, prácticas, relaciones sociales, normas que el hombre lleva dentro y que hacen humana la vida (56). Por eso puede decir S.S. Pablo VI que lo que importa es evangelizar no de una manera decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta las raíces (57). Todo lo que el hombre hace, piensa y sufre le interesa a la evangelización.

77. El ser humano no es pura materia ni es un espíritu desencadenado. Su realidad compleja lo obliga a buscar formas de relacionarse con otros, a buscar modos de ubicarse frente al mundo, a desarrollar una vida interior y maneras de adorar a Dios. El recibe una tradición de generaciones pasadas que, en cierto modo, forma parte de su ser, que él transmitirá a otros. El ser humano está llamado a transformar el mundo y a trabajar con sus semejantes en esta tarea. La Iglesia ha tomado conciencia de que la evangelización no puede ser algo abstracto sino que tiene que tomar en cuenta esta realidad compleja del hombre histórico y permitirle iluminar hasta la raíz esa realidad.

78. El hombre no está predeterminado. Por la cultura de la cual es “autor y artífice” (58), el hombre “se hace más hombre” (59) y llega a un nivel “verdadera y plenamente humano” (60). “Con ella afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre... hace más humana la vida social... comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones” (61). Desgraciadamente estos ideales expuestos por el Concilio Vaticano II y por el Papa Juan Pablo II no siempre se logran. Si la cultura se extravía, puede deshumanizar profundamente al hombre; por eso es tan importante su evangelización para que la gracia de Dios sea plenamente operante en ese proyecto humano.

79. Esa cultura, de la cual cada uno participa, y en cierto modo lleva dentro, en muchos aspectos organiza la vida personal y social y es compartida con otros, formando un “patrimonio de cada grupo humano” (62). El Papa nos dijo a su paso por Chile: “La cultura es el “estilo de vida común” (63) que caracteriza a un pueblo y que comprende la totalidad de su vida: “el conjunto de valores que lo animan y de desvalores que lo debilitan... las formas a través de las cuales aquellos valores o desvalores se expresan y configuran, es decir, las costumbres, la lengua, las instituciones y estructuras de convivencia social” (64). “En una palabra, la cultura es, pues, la vida de un pueblo” (65).

80. Por eso al Evangelizar la Cultura, junto con llegar a la raíz de cada hombre, -que debe ser levadura, sal, semilla y luz (66)- se pretende alcanzar la familia, los grupos intermedios y el conjunto de la sociedad para que recreen desde dentro condiciones de vida cada vez más humanas. En este contexto conviene recordar cuanto nos dijo el Santo Padre en su visita a Chile acerca de la cultura del ser por sobre la del tener (67); la cultura del trabajo (68); la cultura solidaria (69); la cultura de la paz (70).

81. Todos podemos y debemos contribuir en la Evangelización de la Cultura y las culturas, pero tienen un rol privilegiado principalmente los comunicadores, los maestros, artistas, políticos e intelectuales, que pueden interpretar mejor el alma de su pueblo (71).

82. Un experiencia profunda de Dios, tal como lo revela Jesucristo, y una experiencia de Iglesia –de comunión, de fraternidad y de participación personalizante- pueden darnos un sano espíritu crítico para detectar la acción del Milagro y los elementos de pecado que hay en nuestra cultura y, al mismo tiempo, proporcionarnos luz para avanzar hacia la verdadera meta de la humanidad.

1.5. Necesidad de nuevos métodos y de una nueva expresión.

83. En esta pastoral que encara la Nueva Evangelización, en virtud de una profunda fidelidad a Jesús y a la tradición, la Iglesia debe “sentirse íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia” (72). Esta solidaridad nos obliga a anunciar con coraje el Evangelio de modo que, por la fuerza de la gracia, penetre en el corazón de cada hombre (73).

84. Las nuevas circunstancias de la humanidad nos llevan a revisar con seriedad el modo como evangelizamos y a buscar nuevos métodos. En primer lugar, es necesario recordar que “la evangelización es tarea de todos los miembros de la Iglesia” (74) y que cada cristiano debe hacerse protagonista de la difusión del Mensaje de Cristo (75). Por otra parte, nuestro ardor por proclamar el nombre del Señor a toda criatura debe hacernos audaces para utilizar correctamente los medios que la técnica y la ciencia nos proporcionan, sin poner jamás en ellos toda nuestra confianza, la que sólo descansa en la gracia victoriosa del Señor.
Por esta razón nos sentimos llamados a utilizar con discernimiento los medios que la nueva cultura pone en nuestras manos, en particular los medios de comunicación social.

85. La Nueva Evangelización no sólo nos exige nuevos métodos, nos pide también una novedad en la expresión del anuncio evangélico. La fidelidad al contenido inmutable de la revelación nos lleva, a veces, a revisar y a reformular con prudencia los contenidos y los acentos de nuestra palabra.

86. La novedad estará dada, en buena parte, por los desafíos que debemos enfrentar. Es un deber nuestro abrir nuestros ojos y hacernos sensibles a las aspiraciones humanas. No hemos de temer mirar la verdad del hombre actual y de nuestra Patria y estar atentos a lo que el Señor nos dice en estas circunstancias... para anunciar la “Buena Noticia con un lenguaje que todos puedan entender” (76).

87. Cada época, con sus pecados y sus grandezas, busca en el Evangelio respuesta a sus problemas, a sus temores y a sus penas; y encuentra en él motivos de esperanza. Es por eso normal que, de época en época, varíen los acentos. Es por eso comprensible, también, que cada región o cada grupo de hombres sean más sensibles a aspectos particulares de la riqueza inmensa de la Palabra de Dios. Así se entiende que cada generación pueda sentir como dirigida a ella esa Palabra y que hoy nos atrevamos a emprender una Nueva Evangelización adaptada a nuestro tiempo y a nuestras circunstancias.

88. El Evangelio exige ser presentado con toda su frescura como un Mensaje Salvador a cada generación. En la práctica, el devenir humano trae novedades y presenta preguntas y problemas inéditos que necesitan la respuesta del mismo Evangelio (77). Sólo su eterna novedad es capaz de proporcionar la verdadera y última dimensión a ese devenir.

89. Pero este esfuerzo de presentar al hombre de hoy el Mensaje introduciéndolo en lo más profundo de su corazón y su cultura, debe ser cuidadoso para evitar mutilarlo. Si la Iglesia establece prioridades pastorales, lo hace en forma que no se silencien jamás aspectos que el Señor, con su sabiduría, nos ha comunicado y que el hombre debe recibir en todo tiempo y lugar. El acentuar un aspecto no puede llevarnos a un reduccionismo que distorsione la Palabra de vida eterna. Para esta tarea es fundamental, en todo momento, una profunda fidelidad al Magisterio de la Iglesia.

90. Del mismo modo, a la hora de revisar nuestros métodos y expresiones, resulta indispensable volvernos a Jesús como primer evangelizador (78). Él nos enseña el camino por seguir: acogida universal, respeto a la persona, uso de medios pobres, formación de la comunidad, importancia de la oración, esfuerzo por encarnarse. Los métodos y las expresiones empleados condicionan fuertemente el contenido del Mensaje y, en algunos aspectos, forman parte de él.


1.6. La Nueva Evangelización asume el camino de la Cruz.

91. Por eso, más que nunca, es necesario recordar que la evangelización, aunque requiere de la colaboración humana, es ante todo un don del Espíritu de Dios. “No habrá nunca evangelización son buenas pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu. La preparación más refinada del Evangelizador no consigue absolutamente nada sin El. Sin El, la dialéctica más convincente es impotente sobre el espíritu de los hombres. Sin El, los esquemas más elaborados sobre bases sociológicas o sicológicas se revelan pronto desprovistos de todo valor... Puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la Evangelización: El es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la palabra de Salvación…” (79).

92. Si no aceptamos esto, el ardor renovado será pasajero y la sensación de fracaso se impondrá tarde o temprano... Somos humildes colaboradores del Señor. Es El quien nos llama y nos envía.

93. Es conveniente dejar en claro, sin embargo, que la Nueva Evangelización no consiste en un entusiasmo fácil que escamotea los problemas. El escándalo de la Cruz; la locura de Dios que es más sabia que la sabiduría de los hombres; la grandeza de los humildes y los débiles, sigue siendo hoy la única puerta estrecha por la que el hombre entra a la vida (80). Esto ha costado siempre y hoy cuesta más que nunca. No podemos ocultarnos que los grandes sabios volverán a decirnos, como San Pablo en Atenas, que regresemos otro día... que no tienen tiempo ni deseo de escucharnos; que tienen cosas más importantes que hacer (81).

94. En un mundo donde muchos niegan la existencia misma de Dios, no resulta fácil proponer un camino y ordenar la vida confiados en la Palabra de ese Dios. En un mundo que se encandila con sus triunfos materiales y técnicos, es difícil hablar de la fuerza del Espíritu, del sacrificio y del encuentro eterno con el Señor. Del mismo modo, en un mundo injusto, cuesta proponer las exigencias del Señor a personas que se aferran a sus intereses; o hablar del rostro paternal de Dios a personas que viven en medio de tanta inhumanidad.

95. De un modo preferente los que sufren, los ancianos, los enfermos, los que están solitarios o son segregados por la sociedad han de recibir la buena nueva de la salvación. Su dolor y sus penas pueden tener una inmensa fecundidad en este camino de la Cruz hacia la Resurrección. Hay que recordar que la Esperanza no se confunde con el optimismo. Este último es un estado de ánimo. En cambio la Esperanza surge de la muerte vencida y se debe proclamar precisamente donde están los crucificados de la historia. Este es el aporte original del Evangelio: “Ave, Crux, Spes unica”.

2. Una Iglesia al servicio de la Nueva Evangelización.

2.1. No separar a Jesús de su Iglesia.

96. Jesús encargó el anuncio del Reino a su Iglesia. El la congrega, la anima con su Espíritu y la alimenta con su Palabra y con su Cuerpo. Ella es para El su propio cuerpo y su esposa. Para santificarla entregó su vida (82).

97. Iluminada por el Espíritu, la Iglesia de los primeros tiempos recogió las palabras y los hechos de Jesús; los guardó como un tesoro y, a lo largo del tiempo, ha ido penetrando más profunda y cabalmente en su sentido (83). Siguiendo el mandato del Maestro, ha ido anunciando esa Buena Nueva, de siglo en siglo, hasta los últimos rincones.

98. Unido a su Iglesia, Jesús sigue compartiendo desde dentro la suerte de los hombres. Ella lo hace presente en la historia humana; y El, Resucitado junto al Padre, le muestra a la Iglesia y a la humanidad hacia dónde se dirige el camino.

99. Por eso, un elemento importante de la Nueva Evangelización es ayudar a reencontrarse con el misterio de la Iglesia. Muchos, que hoy quieren seguir a Jesús, no aceptan a su Iglesia... Esta separación destruye el camino que Jesús ha elegido para anunciar el Reino. Porque “existe un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización. Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es Ella la que tiene a su cargo la tarea de evangelizar. Una tarea que no se cumple sin Ella, ni mucho menos contra Ella. En verdad, es conveniente recordar esto en un momento como el actual, en que no sin dolor podemos encontrar personas, que queremos juzgar bien intencionadas pero en realidad están desorientadas en su espíritu, las cuales van repitiendo que su aspiración es amar a Cristo pero sin la Iglesia, escuchar a Cristo pero no a la Iglesia, estar en Cristo pero al margen de la Iglesia” (84).

100. Desgraciadamente, en parte importante, somos nosotros responsables de esta separación. La Iglesia no es algo abstracto. Somos nosotros, pastores y laicos, comunidad de creyentes, su rostro visible. Muchos se separan de la Iglesia porque no ven en nosotros la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace; sienten nuestro lenguaje y nuestra vida alejados del Evangelio y no nos ven servidores como el Señor desea. Nosotros hacemos opaco el Evangelio. La Iglesia lleva en sus miembros las huellas del pecado y manifiesta, a veces, las limitaciones humanas en su organización y en su actividad. Ello no es motivo para menospreciarla, pues, incluso a través de servidores imperfectos, el Señor realiza el misterio de la salvación (85). Por eso, hemos de multiplicar los signos de conversión eclesial a todo nivel y no temer a una san crítica que nos invite a esa conversión.

101. Es verdad que la Iglesia está al servicio del Reino, que Ella no es un fin en sí misma. Es verdad también que, por estar formada por hombres, ha de ser siempre purificada, a pesar de su santidad. Es verdad que tendrá siempre el peligro de encerrarse en sí misma, de aspirar a las cosas de la tierra (86) o de quedarse arrobada mirando al cielo (87). Pero no es menos cierto que Ella es el camino que Jesús eligió en la lógica de la Encarnación para anunciar el Reino a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares. Ella es como un sacramento, signo e instrumento, para instaurar el Reino... y debe ser una semilla que, en su propia vida, lleva los gérmenes y muestra lo que es el Reino al que el Señor nos llama. Ella no es un instrumento más entre otros muchos... es la semilla del Reino. Es necesario cuidarla y hacerla crecer.

2.2. La Iglesia deber ser un signo claro y transparente en este momento de nuestra historia.

102. La Iglesia es un signo cuya misión es la de ser como un verdadero sacramento que haga transparente y comunique la gracia de Dios a este tiempo. Como nos dijo S.S. Juan Pablo II a los Obispos chilenos: “La vida y la acción de la Iglesia deben caracterizarse por una especie de radical transparencia –que le hace creíble y, al mismo tiempo, muestra su identidad propia a fin de que el rostro de Cristo aparezca diáfano y sea Él quien llegue a los hombres a través de la predicación del Evangelio y de la celebración de los sacramentos” (88).

103. Estamos llamados a discernir la realidad contradictoria de esta época para ver de qué manera debe expresarse hoy preferentemente la sacramentalidad de la Iglesia. Si separamos a Dios de las realizaciones humanas y de los grandes desafíos de la historia habremos ocultado el misterio abismante y hermoso de la Encarnación que expresa una coherencia profunda entre la Creación y la Redención. Es tarea nuestra, movidos por el Espíritu, transformar la fe cristiana en una fuerza histórica como lo ha sido y como debe ser. Es una tarea nuestra estar presentes y activos en la historia humana y anunciar desde dentro la salvación que nos ofrece Jesús, liberadora de todas las esclavitudes e idolatrías cuya raíz es el pecado. Para eso nada es más eficaz que una profunda conversión al interior de la Iglesia.



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SEGUNDA PARTE

Notas a pie

(1) Cf. Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 55, (en adelante E.N.).
(2) Cf. Juan Pablo II, Christifideles Laici, 4 (en adelante C.L.).
(3) Pablo VI, E.N., 55.
(4) Cf. Génesis, 3,5.
(5) Juan Pablo II, C.L., 4.
(6) Las prioridades de la Conferencia de Puebla.
(7) Juan Pablo II, C.L., 44.
(8) Cf. I Corintios, 9, 20-22.
(9) Cf. Datos entregados oficialmente por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) el 25 de septiembre de 1989.
(10) Juan Pablo II, Discurso a la CEPAL, Santiago, 7 (326).
(11) Cf. Ibid., 6 (322).
(12) Mateo, 7,12.
(13) Cf. Juan pablo II, Discurso a los Jóvenes en el estadio Nacional, Santiago, 2 (181). Ver también el Discurso del Papa a los Jóvenes en el XX Congreso Eucarístico de Italia, 1983. Ayudará también considerar: Pablo VI, E.N., 72.
(14) Juan Pablo II, Parque O\'Higgins, Santiago, 10 (390).
(15) Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 43 (en adelante G.S.).
(16) Cf. Juan Pablo II, Discurso a los Pobladores de Santiago, 4 (81).
(17) 1 Juan, 3,10 (cf. I Juan 5,1-2).
(18) Pablo VI, E.N., 15.
(19) Juan Pablo II, Discurso Visita ad Limina, Marzo, 89,5.
(20) Juan Pablo II, Discurso Obispos Chilenos, Seminario de Santiago, 8 (122).
(21) Pablo VI, E.N., 56.
(22) Juan Pablo II, Alocución al CELAM, Haití, 9 marzo de 1983, 1.
(23) Cf. Juan Pablo II, Homilía sobre los 500 Años de Evangelización, Puerto Montt; sobre todo el n. 5 (467 y ss.). Ver también la Homilía durante la Misa celebrada en Salto, Uruguay, el 9 de Mayo de 1988.
(24) Juan Pablo II, Discurso al CELAM en Santo Domingo, 12 de octubre 1989. Conclusión.
(25) Juan Pablo II, Discurso Santo Domingo, 12 octubre 1989.
(26) Cf. Isaías, 43,12-20 (Dios único salvador le abre un camino a su Pueblo).
(27) Cf. Pablo VI, E.N., el capítulo VI dedicado a los agentes de la evangelización. Juan Pablo II, Homilía durante la Misa celebrada en Salto, Uruguay, 6 \"cada uno debe hacerse protagonista de la difusión del mensaje de Cristo\"… Ver también el n. 83 del Decreto Ad Gentes del Concilio Vaticano II que recuerda que la Iglesia entera es misionera.
(28) No pretendemos aquí repetir todos los elementos del complejo proceso de evangelización señalados por S.S. Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi.
(29) Cf. Iglesia Servidora de la Vida, 69.
(30) Cf. Las Orientaciones Pastorales 86-89 que, con el título de Iglesia Servidora de la Vida, dedicó su parte doctrinal a los llamados que el \"Dios de la Vida hace a su Iglesia y a cada cristiano en particular\".
(31) Juan Pablo II, Discurso Visita ad Limina, Marzo 1989, 2.
(32) Cf. Colosenses 3,3.
(33) Cf. Juan 7,38-39.
(34) Cf. Juan 10,10.
(35) Cf. Juan 6,35.
(36) Cf. Juan 6,68.
(37) Cf. I Tesalonicenses 4,14.
(38) Cf. Lucas 9,62. Para un creyente la Resurrección de Jesús es la fuente que le da la certeza en el camino de la Encarnacxión y de la Cruz hacia el Reino.
(39) Génesis 12,1-4.
(40) Cf. Lucas 1,38.
(41) Cf. Éxodo 13,21-22.
(42) Cf. Éxodo 16,1-3; 17,3.
(43) Cf. Hebreos 11,1.
(44) Hebreos 12,1-2.
(45) Juan Pablo II, Discurso Visita ad Limina, Marzo 1989, 2.
(46) Hebreos 12,3 y 2,12-13.
(47) Cf. Apocalipsis 21,1-7.
(48) Cf. Apocalipsis 3,18 (El Ángel del Señor invita a la Iglesia de laodicea a ponerse colirio en los ojos para ver).
(49) Cf. Viganó, La Nueva Evangelización, una urgencia pastoral, I,2.
(50) Apocalipsis 22,20.
(51) Isaías 60,1 y 60,20.
(52) Cf. Juan Pablo II, Homilía durante la Misa celebrada en Salto, Uruguay, el 9 de mayo de 1988.
(53) Hechos de los Apóstoles 3,6.
(54) Pablo VI, E.N., 22.
(55) Más precisamente el Papa Pablo VI dice: \"tomar como punto de partida la persona\", E.N., 20.
(56) Cf. Pablo VI en E.N., 19 nos dice: \"alanzar y subvertir con la fuerza del Evangelio los criterios, los valores determinantes, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el esignio de salvación\".
(57) Cf. Pablo VI, E.N., 20.
(58) Cf. Juan Pablo II, Discurso en la UNESCO, París, junio 1980, 7.
(59) Ibid.
(60) Concilio Vaticano II, G.S., 53.
(61) Ibid.
(62) Ibid. En este sentido puede ayudar lo que dice el Papa Juan Pablo II en su Discurso a la UNESCO, 6: \"La cultura crea entre los hombres un lazo que les es también propio, determinando el carácter interhumano y social de la existencia humana\".
(63) Concilio Vaticano II II, G.S., 53.
(64) Puebla, 387.
(65) Cf. Mateo 5,13 y ss.; Lucas 13,18-21.
(66) Juan pablo II, Discurso Universidad Católica, Santiago, 2, (273) (en adelante U.C.).
(67) Cf. Juan Pablo II, Discurso en la U.C., 4 (278).
(68) Cf. Juan Pablo II, Homilía en Concepción, con el mundo del trabajo, 7 (530) y 9 (546).
(69) Cf. Juan Pablo II, Discurso en la U.C., 4 (279).
(70) Cf. Juan Pablo II, Discurso en Punta Arenas, 2 (419).
(71) Juan Pablo II, Discurso en la U.C., 2 (274); ver también C.L. 44.
(72) Concilio Vaticano II, G.S., 1.1.
(73) Ibid.
(74) Juan pablo II, Homilía en Salto, Uruguay, 6.
(75) Ibid.
(76) Juan Pablo II, Homilía en Salto, Uruguay, 7.
(77) Cf. Viganó, La Nueva Evangelización, una urgencia pastoral, I, 2.
(78) Cf. Pablo VI, E.N., 14.
(79) Pablo VI, E.N., 75.
(80) Cf. I Corintios, 1,18-25.
(81) Hechos de los Apóstoles 17,32.
(82) Cf. Efesios 5,25-26.
(83) Cf. Juan 14,26 y 16,13.
(84) Pablo VI, E.N., 16.
(85) Cf. Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, 8 (en adelante L.G.).
(86) Cf. Colosenses 3,2.
(87) Cf. Hechos de los Apóstoles 1,11.
(88) Juan Pablo II, Discurso Visita ad Limina, marzo 1989, 2.

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