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HOMILIA

Te Deum 18 de Septiembre

Mons. Fernando Chomali G. Arzobispo de Concepción
Fecha: 18/09/2017
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Concepción
Autor: Mons. Fernando Chomali Garib


Hermanos y hermanas:

Agradezco la presencia de cada uno de ustedes y saludo con mucho aprecio y estima a las autoridades civiles, tanto del Senado como de la Cámara de Diputados, de la Corte de Apelaciones y el Ministerio Público.

Un saludo también a las autoridades de Gobierno, encabezadas por el Señor Intendente y su distinguida esposa; a las autoridades regionales, provinciales y comunales.

Un saludo afectuoso a las FF. AA. y de Orden y Seguridad; a las distintas delegaciones que han venido a rezar por nuestra Patria y nuestra región.

Saludo también al Cuerpo Consular, a las autoridades universitarias y a quienes se están presentando como candidatos a las próximas elecciones parlamentarias.

Saludo a quienes nos acompañan, a las parroquias, a los sacerdotes, a los diáconos y también a los dirigentes sindicales y empresarios.

Un saludo a quienes han preparado esta solemne celebración del Te Deum, que nos convoca año a año para celebrar la Independencia, la Primera Junta Nacional de Gobierno, en que Chile se convierte en una Nación.

Agradezco también a las personas que han querido venir para rezar junto a las autoridades, por nuestro Chile maravilloso que nos ha regalado el Señor.

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Nos hemos reunido para dar gracias a Dios por el país y nuestra región, como lo hacemos año a año. Es una tradición que nos llena de alegría y esperanza; cada año venimos a encontrarnos en la casa de Dios para pedirle fuerza, esperanza, alegría y coraje para continuar caminando como nación, como país.

Cada año vemos las banderas en las casas y en los autos y sentimos la música por doquier, son las Fiestas Patrias y hay que celebrarlas. Pero si bien es cierto que la vida y la historia tiene de dulce y agraz y el trigo y la cizaña crecen juntos, seríamos muy mal agradecidos si no somos capaces de ver cuántos regalos nos ha hecho Dios, a través de nuestro país y su gente. Tantos de millones de chilenos que día a día se levantan abnegadamente a trabajar y se ganan el pan con el sudor de su frente, de manera honesta y sacrificada. Son muchos y anónimos y ahí están.

Cuántos jóvenes son los que estudian en las universidades por primera vez en la historia de sus familias y en los institutos de Educación Superior; un hecho impensable hace muy pocas décadas ¡cómo no dar gracias a Dios por ello!.

Tantos jóvenes que quieren participar de las Fuerzas Armadas y de Orden y Seguridad, que quieren participar también en Gendarmería, que quieren servir en el servicio público. Tantas personas que educan a sus hijos en la fe, en las buenas costumbres, los valores perennes de la Patria, fundado en valores cristianos. Hay que ir a Yumbel el 20 de enero y el 20 de marzo o el 8 de diciembre al Cerro La Virgen, para darse cuenta de este don extraordinario que tenemos, la fe de las personas sencillas.

Cuántos servidores públicos, militares, carabineros, policías que están en las fronteras de manera abnegada, cuidándonos y protegiéndonos. Cuántos diplomáticos sirviendo a Chile, celebrando las Fiestas Patrias, fuera de su tierra. Agradecer es parte fundamental de la vida. Tantos empresarios que día a día, con esfuerzo y tesón, dan trabajo a tantas familias. Tantos funcionarios públicos, en los más amplios sectores de la sociedad, colaboran en múltiples formas para promover un aparato estatal que dé garantía de igualdad ante la ley de los chilenos y promuevan el bien común. Tantos son aquellos que con esfuerzo y a pesar de tantas dificultades, sonríen y se sienten orgullosos de su patria, de Chile, de nuestro Chile. Tantos extranjeros que han llegado buscando nuevos horizontes, aquellos que no les dio su patria.

Tantos que con dolor, con lágrimas, con desarraigo dejaron su patria y aquí están en medio nuestro. Nadie sale de un país porque quiere y es la hora no sólo de acogerlos, sino también de quererlos, cuidarlos y de amarlos, como lo hicieron en otros países a nuestros propios compatriotas. La fraternidad, la solidaridad, el amor se ve en las dificultades y no en la bonanza. Acoger al inmigrante es vivir el mandamiento del amor, de hacer con los demás, lo que quisiéramos que hicieran por nosotros. Gracias Chile, gracias. Te lo repito una y mil veces: Chile querido, por tus habitantes, por aquellos que sirven, que aman, que trabajan y que van construyendo el tejido social, que nos da esperanza y nos anima a seguir trabajando, a seguir rezando, a seguir confiando.

Esta acción de gracias también es una posibilidad de mirar el país desde los ámbitos que nos duelen. Sí, hay ámbitos que nos duelen. Mirar al país desde aquellos que no tienen acceso a una vida digna, aquellos que no alcanzan el desarrollo que el país macroeconómicamente ha visto. Y ello hay que ponerlo delante de Dios, porque esta mirada profundamente agradecida no es una mirada ciega, está llamada a ser una mirada lúcida, la lucidez que da la luz del Evangelio. Chile ha cambiado y esos cambios no siempre han ido en la dirección de nuestros sueños, de una auténtica libertad, de una auténtica fraternidad y de una real justicia social y de oportunidades para todos.

Esta mirada no es la del político, no es la del sociólogo, no es la del psicólogo, no es la del militar, sino que es la mirada del Arzobispo, que tiene la misión de hablarle a los hombres y mujeres de Dios. Esa es la primera misión. Hablarles de Dios a hombres y mujeres que habitan en nuestra patria. A veces, lo hago de pie para alabar al Señor por todo lo que ha hecho; a veces, también lo hago de rodillas para pedir más paz, más misericordia, más solidaridad.

Desde el querer de Dios revelado en la Biblia, la enseñanza de la Iglesia, quisiera plantear algunos temas, que inquietan el corazón de la Iglesia que represento en esta maravillosa tierra. Pretende ser luz para enmendar el rumbo si hay equivocación. En un espíritu constructivo que es, como decían los antiguos, fuerte en el fondo, pero suave en la forma; como decían los latinos fortiter in re suaviter in modo. Miremos la cultura, es decir, los valores que nos animan para generar el entramado de la convivencia. Creo que lo primero que tenemos que afrontar como sociedad es el paradigma de desarrollo que hemos adoptado. Es demasiado económico y tecnocrático para comprender el mundo, los problemas y las soluciones. La pregunta que uno se hace ¿este desarrollo ha alcanzado a todos los hombres? ¿Ha dado respuesta a hombres reales y concretos que todos conocemos?

El Papa Francisco, que pronto nos visitará, usa mucho el término ensanchar la mirada. Es la gran responsabilidad que tienen las universidades; ensanchar la mirada y comprender que los problemas que nos aquejan y la violencia que todavía existe como método para resolver los conflictos; la incapacidad de comunicarnos con un diálogo fecundo; el aumento del consumo de alcohol, las enfermedades de transmisión sexual, la delincuencia, son problemas éticos, que hunden sus raíces en una concepción demasiado empobrecida de lo que es el hombre. Una antropología pobre lleva a una sociedad pobre. Una antropología rica en reconocer la belleza de cada ser humano, en su condición corporal y espiritual, en su dimensión trascendente, en esa dignidad inalienable de todos los seres humanos, llevará a una sociedad respetuosa y rica en humanidad. Todos los males sociales son consecuencia de una sociedad que no entendió que la inequidad y la paulatina destrucción de la familia es la raíz de todos los males. La inequidad es fruto de las decisiones sociopolíticas, que comprenden al hombre cuya existencia es, en la práctica, como si Dios no existiera. El hombre, cada uno de nosotros, es comprendido en la cultura actual como un mero consumidor. Nos ha hecho creer que valemos por lo que tenemos y lo que consumimos. Nos hemos olvidado de Dios y hemos creado nuestro propio dios. Es cierto, decía el Papa Pablo VI en la ONU, que se puede construir una sociedad al margen de Dios, pero esa sociedad terminará en contra del propio hombre. Por eso, debemos tener mucho cuidado con esta sociedad sin referente último, que hace del hombre un solitario, aislado y competitivo. Así no se llega a una integración social, que es lo que necesitamos. Tenemos que recuperar el hecho que vivimos todos juntos. Dios hace llover sobre buenos y malos; Dios nos da a todos el sol que brilla cada mañana; somos una comunidad y tenemos que pensar en categorías de comunidad más fraterna, más solidaria. No podemos dejarnos abrazar por lo que el Papa llama la globalización de la indiferencia. Debemos avanzar en un proyecto común e integrador, no desde arriba, sino que con todos, participativo, porque los pobres tienen mucho que decir. Creo que tenemos que escucharlos más y estar más con ellos. Dios, sólo Él, el Altísimo, estructura el valor de la fraternidad y nos hace reconocernos como hermanos, una categoría tan ausente, reconocer en el otro una dignidad excelsa, que estamos llamados a respetar. Él es nuestro Padre y nosotros somos sus hijos, todos, sin exclusión alguna. Seguiremos predicando a Jesús el Hijo de Dios, porque nos mueve la convicción más profunda, que desde Él podremos comprender con mayor intensidad el valor de la vida, de toda vida y su sentido.

El dolor que causa la pobreza, en la que viven muchos y el escándalo que significa que, en pleno siglo XXI, sigan hermanos nuestros viviendo en la calle, sigan tantos ancianos abandonados, tantos niños fuera de sus hogares que claman por una familia; sigan tantos hombres y mujeres sin trabajo o trabajos precarios, sigan tantos trabajadores rehenes de políticas económicas extranjeras, que asfixian a los trabajadores y sus familias. Lo hemos visto en estos últimos treinta años cómo se ha ido pauperizando la industria, el lugar del trabajo y la dignidad de los trabajadores y sus familias.

Seguiremos promoviendo el amor en la comunidad; seguiremos hablando de verdad, de amor, de solidaridad, de esperanza; seguiremos en el empeño de generar encuentros verdaderos entre quienes están separados; seguiremos promoviendo la reconciliación y seguiremos generando la cultura del encuentro. No el de la división. Seguiremos promoviendo el diálogo y rechazando la violencia venga de donde venga. Aquí, delante de Dios, de cara a Dios, le pido a toda la comunidad, a todos, también a nosotros, no más descalificaciones, no más insultos, no más violencia, ello es inconducente, es un ambiente que no contribuye a construir la sociedad que queremos. Es tarea de todos y cada uno de nosotros poder hacer un aporte. Además, una actitud más comunitaria centrada en el bien de la persona concreta, real y el bien común, será la base de una sociedad donde no haya corrupción; será una sociedad donde la ambición, la avaricia, la indiferencia frente al otro que ha sido invisivilizado, termine.

¿Qué ejemplo somos para los jóvenes que andan buscando líderes probos, honestos, idealistas y comprometidos? Jóvenes que lo único que quieren es estudiar, trabajar y formar una familia. Tenemos que preparar ese campo. Hay carencia de líderes y nos corresponde a nosotros hacerlo, tenemos esa responsabilidad, exigente, pero concreta y real. No hay nada más personal que el mérito y la culpa y este es el momento delante del Dios Altísimo de reconocer nuestro pecado, nuestros errores y pequeñeces y emprender el camino de la excelencia, del ejemplo, de la entrega y de la grandeza.

Pronto llegará el Papa Francisco y él preguntaba a un grupo de trabajadores y empresarios: qué mundo queremos dejarle a nuestros hijos. Creo que se acabó el tiempo de andar quejándonos del mundo que nos dejaron nuestros padres y llegó el tiempo de preguntarnos qué mundo vamos a dejar a las futuras generaciones. Esa pregunta nos lleva a cada uno a pensar, a rezar, porque todos somos responsables de esa respuesta. Los hijos de nuestra tierra serán lo que somos nosotros y ahí está la gran responsabilidad y, por eso, animémonos unos a otros a ser protagonistas del porvenir; no hay tiempo para “balconear”. El Papa inventó ese término, balconear, subirse al balcón a criticar a medio mundo. No tenemos tiempo para eso; sólo tenemos tiempo para dar testimonio de una vida en el Señor, para que nunca más haya hijos sin padres; obreros sin trabajo, mujeres abandonadas y golpeadas; para que nunca más podamos vivir con una situación tan dolorosa, en Chile, como es la del pueblo mapuche, que exige justicia a sus demandas. Seamos protagonistas de este nuevo modo de relacionarnos.

Quisiera aprovechar esta oportunidad, también para agradecer, a todos quienes de distintos campos mostraron lo innecesaria que era una ley de aborto en Chile, que se promovió en el Congreso y que después ha sido promulgada. Agradezco la valentía de ellos y el esfuerzo desplegado. Esa es la llave de la puerta del aborto libre, lo sabemos y nos duele; nos duele mucho lo acontecido, pero no nos cruzaremos de brazos. Ello, nos obliga a trabajar con más ahínco y convicción, para que cada mujer embarazada tenga un adecuado acompañamiento espiritual, psicológico, económico y social y siempre opte por la vida, que es un gran don de Dios, entregado en custodia a la madre y también a la sociedad. Muchas mujeres recurren al aborto porque están solas y desamparadas y, ahí, tenemos una tarea cada uno de nosotros. Es un tema que ha generado mucho debate; lamentamos lo ocurrido y sobre todo la violencia de la que han sido víctima muchos de quienes piensan distinto. La democracia implica el respeto mutuo y es un deber todos cuidarla.

Por último, estamos esperando al Papa. La Iglesia de Concepción invita a todos a acompañarlo en la Misa que se realizará el 17 de enero de 2018, en Temuco. Será un momento importante de fe y un momento importante de esperanza. Allí, nos reconoceremos como hijos de un mismo Dios que hace llover, como dije, sobre justo y pecadores y que hace salir el sol sobre buenos y malos. El Papa nos traerá un mensaje de esperanza, que a todos nos hará muy bien escuchar, asimilar y vivir. Nosotros como Iglesia de Concepción le tenemos un regalo. Estamos comenzando a trabajar fuertemente para organizar una gran campaña pública, que esperamos perdure en el tiempo, que se llamará NOBOTESLACOMIDA. Eso queremos entregarle al Papa. No podemos tolerar que se bote la comida en tantas partes en tantos espacios públicos y privados, mientras haya personas que no tienen qué comer. Trabajaremos para ello, arduamente y, los invito a todos, a sumarse a esta campaña.

Que Dios los bendiga a todos, de modo especial a quienes en marzo próximo, tal vez, dejen sus responsabilidades públicas. Quisiera agradecer el trabajo que han hecho durante este tiempo.

Al Señor damos honor y gloria, por los siglos de los siglos.

Amén.

+ Fernando Chomali Garib
Arzobispo de Concepción