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Documentos

Te Deum de Fiestas Patrias

Fecha: 18/09/2017
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Punta Arenas
Autor: Mons. Bernardo Bastres Florence


Isaías 32, 15-18
Salmo 84, 9ab. 10-14
Jn 14, 23-29)


Una vez más nos hemos reunido en este Templo Catedral, para orar por nuestra Patria. Hace 207 años resonó el grito de libertad de aquellos que constituyeron el primer gobierno independiente de Chile, comenzando el proceso que nos condujo -en el año 1818- a la proclamación definitiva de nuestra Independencia Nacional.

Nuestra “Acción de Gracias” se remonta a los albores de nuestra tradición republicana, cuando el año 1811, por solicitud de Don José Miguel Carrera, la autoridad eclesiástica comenzó a celebrar el Te Deum para conmemorar el aniversario de la Junta Nacional de Gobierno, con la entonación del Himno “A ti, Oh Dios, te alabamos”, al finalizar la Eucaristía.

Desde entonces y hasta el día de hoy, año tras año, la Iglesia ha invitado al pueblo fiel y a sus autoridades a orar por Chile y su destino. Ni en los momentos más difíciles y complejos de nuestra historia se ha interrumpido esta tradición, que expresa y refleja “el alma de Chile”, y en la que se unen el amor a Dios y a la Patria.

Los pastores de la Iglesia, cuando invitamos a esta oración de agradecimiento, pensamos en primer lugar a nuestros fieles, a los cuales deseamos anunciar el Evangelio e iluminar desde la Doctrina Social y la tradición de nuestra Patria, en aquellos valores y visión cristiana de la sociedad que estamos todos llamados a construir. A veces, nuestra palabra ha sido mal interpretada desde concepciones ajenas al Evangelio y a nuestra misión pastoral. Nuestra mirada, ajena a la política contingente, tiende a orientar hacia el bien común, privilegiando a los más vulnerables de nuestra sociedad, que deseamos sea el mejor reflejo de nuestra condición de hijos de Dios y hermanos entre nosotros.

Los textos bíblicos, que acaban de ser proclamados, nos presentan a Jesucristo como fundamento de la paz, una paz auténtica que brota de la justicia. Lo que anuncia la profecía de Isaías, “Mi pueblo habitará en un lugar de paz, en moradas seguras, en descansos tranquilos”, prefigura al Señor Jesús, a quien reconocemos como Buen Pastor, fuente de Vida en abundancia, Señor de la Vida y de la Paz.

En Cristo -nuestra paz- el corazón no se turba. En Él, Señor de la historia, hay esperanza cierta para toda fragilidad, preocupación y angustia. Creemos que el tiempo que vivimos y el modo en que, como sociedad, lo encaramos y asumimos, hace necesaria una reflexión sobre el auténtico sentido de la paz.

La paz no brota espontáneamente ni por azar en la sociedad. Ella es consecuencia de valores y virtudes humanas, de procesos sociales orientados al bien común. “La obra de la justicia será la paz –proclama el profeta Isaías- y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre”.

1.- “Mi paz les doy”.

En el relato del evangelista Juan, que hemos escuchado, el Señor Jesús nos entrega y nos deja su paz, que es el fruto de su Espíritu. Vencidos el mal y la muerte por el amor de Cristo en la cruz, toda inquietud y turbación encuentra en Él la fuente de su paz. No estamos solos, no quedamos huérfanos. Ante toda desesperación, el Espíritu de Dios nos transmite su paz y su esperanza.

“Mi paz les doy”. Esta cita del evangelio de Juan constituye el lema con que la Iglesia ha querido marcar la próxima visita a Chile del Papa Francisco, un regalo que confiamos sea fuente de unidad y esperanza para todo nuestro pueblo. En la visita que los obispos de Chile hicimos al Papa Francisco a comienzos de este año, él nos ha expresado su gran cercanía hacia este país que conoce y quiere, como también su interés por encontrarse con su gente, con las familias y comunidades. Con gran esperanza, deseamos que este acontecimiento sea un fuerte impulso al reencuentro de esta familia común que somos, a la recuperación de las confianzas y a una mejor convivencia.

Nos encontramos en pleno proceso eleccionario, donde constatamos un contexto de descrédito de la política y desconfianza hacia las instituciones, entre ellas la misma Iglesia Católica; es preocupante constatar la creciente polarización, que en algunos casos es llevada hasta el extremo. Hemos sido testigos de disputas verbales en algunos casos muy agresivas, con expresiones fanáticas y violentas, de descalificaciones y actitudes provocativas, en personas y grupos; lamentablemente también, en personalidades e instituciones consagradas al servicio público de quienes la sociedad espera una mayor estatura moral y ética en el desarrollo de la civilidad.

2.- Nuestra tarea es ser constructores de la paz

La política de los acuerdos ha conducido al país a muchos logros, quizá insuficientes, pero que son hitos vitales en la reconstrucción del tejido social dañado por la interrupción de la democracia. Por ello creemos que no le hace bien a Chile prescindir del ejercicio democrático de la búsqueda de grandes acuerdos. Los estilos avasalladores y excluyentes no ayudan a un buen clima social. Tampoco aporta la legislación realizada a toda prisa, particularmente en asuntos que dividen a los chilenos y que tocan valores fundamentales sobre los que se construye nuestra convivencia nacional.

En nuestra alma de Chile, uno de los grandes valores es la promoción y cuidado de la vida humana, desde su gestación y durante todas las etapas de su desarrollo, hasta su muerte natural. Lo reconocemos como principio y fundamento para todo ser humano que tiene conciencia de la misma dignidad de todas las personas, y con mayor certeza cuando se asume desde una perspectiva de la fe. No podemos silenciar la gravedad que conllevan algunas de las causas de la ley de despenalización del aborto. Pero como comunidades religiosas que servimos a Chile, estos retrocesos no pueden paralizar nuestra misión y servicio al país. Por eso hemos anunciado que, “a partir de ahora nuestra opción por la vida se traduce en redoblar nuestro esfuerzo para seguir acompañando a las mujeres que viven situaciones límite en su embarazo, a las que deciden continuar con él y a las que piensan que el aborto es una solución. La Iglesia, pueblo de Dios al servicio de todos, particularmente de los más débiles, siempre ofrece sus manos y extiende su abrazo de servicio a todas las personas que necesiten paz, amparo, apoyo y consuelo” (Mensaje Comité Permanente, 21 de agosto 2017).

Con mucha humildad, y con pleno respeto hacia las instituciones que deciden las normas del Estado, hacemos una especial solicitud a las autoridades y legisladores, actuales y futuras, sobre algunas iniciativas que tocan la médula de los fundamentos antropológicos y humanistas de la tradición cristiana que comparte la mayoría de la población del país, entre ellos la ideología del género y el matrimonio entre personas del mismo sexo. Estos temas necesitan ser estudiados y analizados con la prudencia de la dedicación del tiempo y las ciencias pertinentes.

Nuestra invitación es a preguntarnos sobre las reformas y normas que mayoritariamente espera la ciudadanía en los próximos años. Para ello, es bueno hacérsenos algunas preguntas:

¿No deberíamos privilegiar en la agenda pública a los más débiles y desamparados?
¿No debieran tener mayor relevancia las mujeres agredidas, los niños y jóvenes vulnerados, los inmigrantes maltratados, las familias quebradas por estilos inhumanos de trabajo?
¿Cómo seguir fomentando nuestro esfuerzo y trabajo para acabar con las desigualdades sociales y derrotar definitivamente la extrema pobreza?
¿Estamos entregando una atención digna en nuestra salud pública? ¿Cuándo acabaremos con el lucro exagerado que se da en la atención de la salud privada?
¿Estamos escuchando a aquellos que demandan persistentemente justas pensiones y atención digna para nuestros adultos mayores?
Nos preocupa el aumento de la violencia y la delincuencia en nuestra región? ¿Qué estamos haciendo para evitar y proteger a nuestros hijos de las redes del narcotráfico, que poco a poco se van instalando en nuestros barrios y ciudad?
¿Es preocupante la salud mental y el envejecimiento de nuestra población, temas que no parecen relevantes a la hora de lanzar propuestas y ordenar prioridades?

Pareciera, muchas veces, que las decisiones políticas pasan más por los intereses y objetivos de una reducida élite, que por los clamores más sentidos de la ciudadanía. No nos parece un método sano para una convivencia pacífica que brota de la justicia. La gente más sencilla, los que no tienen poder ni dinero, ni seguidores, ellos deben ser escuchados con mayor atención y sin demagogia. En un momento en que necesitamos recuperar las confianzas, aquellos que tenemos autoridad debemos ser las primeras en testimoniar coherencia entre nuestras convicciones éticas y nuestro actuar público.

3.- La paz se funda en la persona humana y su dignidad, que se encuentran en el centro de la vida social

La actual cultura individualista y materialista es, ciertamente, un gran peligro que amenaza nuestra convivencia pacífica, pues promueve un consumismo y una ambición desenfrenada orientada al éxito particular en cuya carrera no parecen existir límites. “Los rápidos procesos de cambio han puesto en duda los valores que tradicionalmente han dado sentido a nuestra experiencia personal y social. Vemos una preocupación excesiva por el bienestar material, o la búsqueda desordenada de sensaciones fuertes y de placer inmediato” (Orientaciones Pastorales CECh 2014-2020, 11c).

En la raíz del humanismo y su vocación a la fraternidad y a la vida común, la corresponsabilidad solidaria es parte importante de su propuesta social, por ello que la usura y la avaricia han sido resistidas con indignación en nuestra sociedad. Nos lo recuerda el Papa Francisco: “La dignidad y las relaciones interpersonales nos constituyen como seres humanos, queridos por Dios a su imagen y semejanza. Como creaturas dotadas de inalienable dignidad, nosotros existimos en relación con nuestros hermanos y hermanas, ante los que tenemos una responsabilidad y con los cuales actuamos en solidaridad. Fuera de esta relación, seríamos menos humanos” (Jornada Mundial por la Paz. 2016).

La paz, se funda en la autenticidad del corazón y la coherencia de vida. Necesitamos líderes que reconozcan sus limitaciones, que acojan la crítica, que no se nieguen a valorar lo bueno en los adversarios y distintos. Necesitamos líderes con coherencia ética y siempre dispuestos a dar lo mayor de sí. En la política, en la empresa y el trabajo, en las agrupaciones de diversas creencias religiosas, en las instancias educativas y las organizaciones ciudadanas. No podemos resignarnos a que la capacidad de maniobra en las redes de poder sea la condición que determine los liderazgos en nuestra sociedad.

Por eso la elección presidencial, legislativa y de consejeros regionales es una relevante oportunidad para hacer explícito nuestro discernimiento. Los ciudadanos y ciudadanas tenemos, no solo un derecho, también moralmente un deber cívico: conocer el Chile que promueven los candidatos en sus propuestas y programas, y contrastar dichas alternativas con el sueño de cada uno de nosotros. La decisión es personal y en conciencia. Pero cada voto es necesario en la construcción del bien común, que no es la simple suma de preferencias o voluntades.

4.- Promover la paz, trabajar por la paz

La palabra de Dios en el salmo 84, nos ofrece una gran noticia: la Justicia va delante del Señor y la paz sobre la huella de sus pasos.

Son tantos los compatriotas que, desde diversas creencias y disciplinas, han aportado lo mejor de sí para la construcción de una patria más justa y más fraterna, anhelando una convivencia fundada en el respeto por la dignidad de toda persona humana y trabajando en la construcción del bien común. Ellos soñaron un Chile próspero y en paz, sabiendo que promover y trabajar por la paz es una tarea permanente y no exenta de dificultades y costos.

Nuestra historia nos ha enseñado que la paz no se impone por la vía de la fuerza, sino que brota de la razón humana capaz de dialogar y alcanzar entendimiento. La paz se teje con la generosidad de todos y descansa en la recíproca confianza. Es encomiable el empeño de líderes, de ayer y de hoy, que han sabido proponer razones, a partir de convicciones, sin dejarse provocar por la violencia, y siempre con disposición a ceder en aras del bien común. La humildad es siempre presupuesto de la paz.

La paz no consiste en acallar los disensos legítimos, sino que presupone un espacio de libertad y libertades cuyo marco de referencia ha de ser siempre la dignidad de la persona. La paz no esquiva los conflictos, sino que los asume desde la humanidad, como nos recuerda el papa Francisco: “ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!” (Evangelii gaudium, 227).

Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen del Carmen, Madre de Chile, que este tiempo electoral que se avecina y la preparación de la visita del Papa Francisco a nuestro país, sean una oportunidad de caminar hacia el reencuentro. El país requiere de todos nosotros pasos decididos, acuerdos básicos, amistad cívica y protección de los más débiles. Vale la pena el esfuerzo, por el bien de Chile. Nos anima la certeza del salmista: “El amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán” (Salmo 84).

¡Te Deum laudamus… te alabamos, Señor! Amén

+ Bernardo Bastres Florence
Obispo de Punta Arenas