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La confianza y el amor al prójimo hacen posible un Chile más justo y en paz

Fecha: 18/09/2017
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Calama
Autor: Mons. Óscar Blanco Martínez


Estimadas autoridades civiles y militares, invitados especiales, comunidad loina compatriotas todos: BUENOS DIAS. Felicidades en nuestro cumpleaños patrio. Gracias por acoger la invitación a nuestro TEDEUM local y que se une a todos los que se están celebrando a lo largo y ancho de nuestra patria.

Nos reunimos como pueblo, para hacer memoria agradecida, orar y reflexionar por el presente y futuro de nuestra patria. Hoy cuando recordamos los primeros pasos de una larga y heroica lucha por nuestra independencia, que se inicia con la constitución de la primera junta de gobierno (18 /09/1810) y que terminaría con la batalla de Chacabuco el 12 de febrero de 1817.

Fueron los mismos padres de la patria los que nos enseñaron a rezar y agradecer. Ellos tenían muy claro que la unidad de la patria y su futuro son “don de Dios” y “trabajo de los hombres”. Por eso mantenemos esta tradición de elevar oraciones a Dios por el progreso de nuestra patria y la unidad de los chilenos.

Agradecemos a Dios por esta larga y angosta faja de tierra. Con su variedad de climas, que la riegan, la ventean y la secan haciéndola fecunda y rica para el cultivo de nuestros sembrados y la crianza de animales. Su cultura es un conjunto de costumbres, valores y expresiones humanas que le dan una identidad propia. Y que en este mes afloran con mayor fuerza. En esta tierra bendita han nacidos, escritores, poetas, artistas, constructores, políticos, héroes, deportistas y santos. A ellos y a tantos (as) otros, que a lo largo de la historia han tatuado sus nombres en nuestra patria querida, hoy le decimos gracias y nuestro compromiso es cuidar y promover estos valores y riqueza de nuestra nación.

Pero, bien sabemos que en Chile no todo el desierto florece, hay sectores donde las flores son más escasas y en otros la falta de agua y el sol radiante las marchitan y algunas mueren antes de tiempo. Por eso, al mirar nuestra historia, debemos hacerlo con aquella luz que alumbró y guió los pasos de nuestros padres de la patria, Dios y la Virgen María.

Contemplar la forma en que Jesús vivió y transmitió su mandamiento del amor me inspira esta reflexión que les quiero ofrecer.

El evangelio de Mc. que acabamos de escuchar, en su capítulo 12, 28-34, nos presenta una hermosa escena que bien nos puede ayudar a reflexionar en este contexto de país que estamos viviendo. Se trata de una situación de desacuerdos que se daban en torno a Jesús. Los del poder de turno, las normas religiosas y los que se comenzaron a distanciar o serle indiferente el proyecto del reino que Jesús viene a instaurar.

Un escriba se acerca a Jesús para probarlo en su solidez doctrinal. Pero se lleva una gran sorpresa, porque no sólo se encuentra con un compatriota que conoce la justicia de Dios, sino, además, tiene un corazón noble. Las diferencias políticas y culturales y religiosas quedan de lado para pasar a la hermandad por aquel corazón noble del Maestro. Porque sólo un corazón que no deja de amar, como lo manda el mandamiento del que dialogan, nuestros personajes, puede tender puentes y vínculos para la construcción de una sociedad, donde reine la justicia y la paz.

Qué creen que movió a nuestros hombres de la patria, con todos sus vaivenes, errores y diferencias, a echar las bases para la construcción de nuestra nación, sino apostando a la confianza mutua, que es fruto del amor. Sangre y trabajo, renuncias y destierros, triunfos y fracasos llenan las páginas de nuestra historia. Aun así, no hacen otra cosa que confirmar, que el amor y la confianza en un proyecto fundante era lo que llevaba adelante el sueño chileno.

Quien ama a Dios, con todo su corazón y toda su alma, con todo su espíritu y fuerzas, no teme amar a los demás, le sale natural. Quien no ama de corazón y espíritu, vive entre sus especulaciones y miedos, se siente perseguido, se siente amenazado y necesita remediar su poder sin medir consecuencias.

En esta fecha tan nuestra, en que sacamos a relucir nuestra chilenidad, es momento propicio para detenernos y preguntarnos de corazón por “el espíritu y las fuerzas que animan el amor por nuestro país. Ese amor que nos enseña a vivir bien y ayudar al crecimiento de los otros, que viven a nuestro lado y que merecen ser amados como nosotros, por ser personas y compatriotas. Ningún sistema o ideología asegura por sí mismo este cuidadoso y justo trabajo político del bien de los otros y de todos, sino es el AMOR. Para ello hace falta vivir el amor como don precioso, que inspira nuestro trabajo y sacrificio, nuestras relaciones y decisión.


Entonces, ante este mandamiento que pide todas nuestras fuerzas, toda nuestra conciencia cívica y política y que, sobre todo, pide un corazón noble, nos hará bien hoy, con valentía y honestidad hacer un examen de conciencia y preguntarnos en concreto sobre una realidad cotidiana, que la vemos en Calama y todo Chile, y que precisamente es consecuencia del desamor: ¿Qué nos lleva a ser cómplices, con nuestra indiferencia, de las manifestaciones de abandono y desprecio hacia los más débiles de nuestra sociedad?. ¿Qué nos lleva a ser cómplice de un atentado contra el acto de amor más grande, como es la vida del que está por nacer? ¿Qué nos pasa cuando somos cómplices de abusos de menores en nuestra familia, colegios e instituciones religiosas? ¿Qué nos pasa cuando las mujeres son violentadas en nuestras propias narices? ¿Qué nos lleva a ser cómplice de que nuestros pueblos originarios se queden sin tierras y sin sus aguas?, ¿qué nos pasa cuando vemos que nuestro chile está envejeciendo y nuestros abuelos quedan en el abandono? ¿o cuando no acogemos y queremos al amigo cuando es forastero?...

¿Es esto amar al prójimo como a nosotros mismos?, ¿me gustaría que esto lo hicieran conmigo o uno de mis hermanos? ¿es esto la copia feliz del edén, como vamos a cantar en un rato más, en nuestro himno nacional?... Pareciera que el bien público y común poco importara mientras “Yo esté bien” que importan los otros. Nos molestamos cuando la TV muestras realidades sociales escandalosas, pero luego volvemos a nuestro caparazón y nada nos mueve hacer algo por el otro. Y como siempre, en todo esto son los más pobres los que encarnan los males sociales.

Como país estamos a las puertas de nuevas elecciones y son varios los que aspiran al poder y serán múltiples las propuestas y promesas que lanzarán como las soluciones definitivas a las demandas de una sociedad que carece de bienestar social y justicia para todos. Cuando lo que está en juego es el “poder” y no el bien común, el otro se presenta como una amenaza y para destronarlo, debo descalificarlo públicamente. Cuando no hay un proyecto común, cuando no se busca el bien común, el poder no sólo nos deshumaniza, sino que también se despolitiza, (no administra). El amor en cambio impulsa el cuidado del bien común y sobre todo del bien común que potencia los bienes particulares. Una política sin pasión por los demás termina siendo pura negociación para alcanzar poder. Y un poder sin amor es un poder que corrompe.

¿Qué hacer? La respuesta la encuentro en el evangelio que estamos meditando. Dos personas de cultura, intereses y creencias distintas fueron capaces de dialogar, ponerse de acuerdo y compartir la promesa del reino. “Entre la indiferencia egoísta y la protesta violenta, siempre hay otra opción, el DIALOGO. El dialogo entre las generaciones, el dialogo con el pueblo, el dialogo en la familia, con la cultura popular, la artística, la deportiva, la económica, la universitaria, los medios de comunicación. Dialogar… “Un país crece cuando las diversas realidades culturales dialogan de manera constructiva”. Es imposible imaginar un futuro para nuestro país si no es a base de los aportes y el compromiso de todos. Si me aceptan un humilde consejo para un buen desarrollo de nuestro país y comenzando por Calama es la “cultura del encuentro”: “Una cultura donde cada uno tiene algo bueno que aportar y todos podemos recibir algo bueno. Esto se hace posible cuando nos acercarnos al otro sin prejuicios y con humildad social”.

La Patria que hoy celebramos es tarea permanente y de todos, los invito a que nos involucremos como actores y no como espectadores que lo critican todo. La justicia, el acceso a la vivienda, a la salud, a la educación de calidad, fortalecer la familia, crear más y mejores empleos, mejorar las políticas migratorias, así como tantas otras atenciones, exigen nuestro mayor esfuerzo, pero para avanzar en todos estos ámbitos es necesario que retomemos los caminos de la unidad, de fraternidad y la amistad cívica.

Termino con las desafiantes palabras de Sn Juan y que escuchamos en la primera lectura. “Si uno goza de riquezas en este mundo y cierra su corazón cuando ve a su hermano en apuros, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijitos, no amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino de verdad y con hechos. En esto conoceremos que somos de la verdad… Pues si nuestra conciencia nos reprocha, pensemos que Dios es más grande que nuestra conciencia, y que lo conoce todo. Cuando no hay amor, se nos adormece la conciencia y damos paso una cultura de la muerte.
En este día en que se nos mezcla la preocupación y la esperanza, imploramos al Señor del amor a Dios y al prójimo con todo el corazón, para que ilumine nuestro camino y fortalezca nuestras vidas. Que “ponga más amor en nuestras manos”, sabiduría y prudencia a nuestras autoridades, fortaleza a los chilenos, compromiso social y honestidad a los constructores de nuestra sociedad.

Aquí en Calama invocamos la protección de nuestra madrecita Guadalupe de Ayquina para que mire con amor y ternura a nuestra patria que se acoge a su amparo maternal. Amen

+ Óscar Blanco Martínez
Obispo de Calama