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Homilía Te Deum Fiestas Patrias Catedral de Chillán, 15 de Septiembre 2017

Fecha: 15/09/2017
Referencia:
País:
Ciudad: Chillán
Autor: Mons. Carlos Pellegrin Barrera


1a lectura: 1 Reyes 3, 5-12. Salomón pide sabiduría para gobernar al pueblo.
Evangelio: Mateo 7, 21-27 . La sabiduría de Reino, construir sobre roca.
Salmo 66: Que todos los pueblos te alaben Señor.


La proclamación de la Palabra del Señor nos invita a abrir nuestros corazones para escuchar la voz de Dios, que nos habla a pocas horas del 18 de Septiembre del 2017, en esta solemne celebración que nos une para alabar a Dios por la Patria, a la que pertenecemos todos, pidiendo la gracia de ser cada vez más un pueblo unido en torno a ideales comunes que nos conduzcan a la fraternidad, la justica y la paz.

El Señor de la historia vive y está presente en la historia de la familia chilena. Hoy nos invita, en las palabras del libro de la Sabiduría, a orar para que todos y cada uno encontremos los caminos de la tolerancia, el respeto y el diálogo, que llevan a verdadera sabiduría. De manera especial oramos por los gobernantes para que la sabiduría de Dios los libere de toda inclinación a imponer ideas y formas de vida contrarias a nuestra tradición cristiana y republicana. Junto con cumplir la misión de orar por los que nos gobiernan, en este nuevo aniversario de nuestra Independencia Nacional, agradecemos a Dios el don de la vida, la libertad y la paz e imploramos el bien común para todos los hijos de esta tierra chilena.

Hoy nos hemos congregado para pedirle con insistencia al Señor de la vida que, ilumine nuestro caminar como nación para que, como lo decían los Padres del Concilio Vaticano II, “en medio de los gozos y de las esperanzas, de las tristezas y de las angustias de nuestro tiempo” (cf. GS 1), trabajemos incansablemente para hacer de Chile una gran comunidad comprometida con la Vida Plena, donde cada uno tenga lo que en justicia se merece, comprometiéndose con un aporte personal generoso por el bien común.

La misión de ayer, de hoy y de siempre

Cuando, como Iglesia, en los últimos meses, hemos alzado la voz en defensa de los grandes valores que le dan sentido a nuestra dignidad humana; los mismos que han sido la roca firme de nuestra historia, no siempre nuestra voz ha sido acogida, aún cuando ésta ha sido levantada con el debido tono de respeto y en los contextos apropiados. Algunos parecen olvidar que, desde los albores de la Patria, el esfuerzo de la Iglesia ha sido evangelizar en la verdad, la justicia y la libertad, pues estamos llamados a ser un signo eficaz de reconciliación entre todos los hombres y entre los hombres y Dios. Nuestra misión profética nos ha llevado por el camino de una comunidad que anuncia y denuncia con amor, salvando incluso las vidas de muchos que hoy no parecen entender nuestra misión, con el solo objetivo de iluminar con el evangelio de Cristo.

Cuando algunos desearían que callemos y que nos encerráramos en las sacristías de nuestros templos, es bueno recordar que la Iglesia tiene la hermosa misión de servir al mundo, anunciando el Misterio de Dios que abraza la realidad humana no parcialmente, sino en su plenitud. Como tan hermosamente lo dijo el Concilio Vaticano II, hace ya más 50 años, no hay nada realmente humano que no sea relevante para la Iglesia o que no pueda ser iluminado con los valores del mensaje de Jesús.

La palabra del Señor, proclamada para nosotros esta tarde, es clara y nos recuerda que cualquier proyecto personal o comunitario, cuando no es construido sobre la roca firme está destinado a caer y ser destruido. Para nosotros esa roca firme es solo una: Jesucristo y su Buena Nueva. Ahí está el camino de la felicidad total, del bienestar absoluto y definitivo, que no permite dejarnos llevar ni por las modas, mucho menos diluir el mensaje, silenciando la verdad que siempre incomodará a los enemigos del Reino de Dios.

¿Qué país estamos construyendo?

Estos días, en todos los rincones de nuestro territorio nacional, en un contexto internacional complejo, en el que Chile destaca con ventajas de calidad de vida que atraen a tantos inmigrantes; los logros políticos, económicos, culturales, toman una importancia muy especial, que nos llevan a agradecer por tantos beneficios.

Sin embargo, más allá del optimismo compartido, siendo muy honestos, constatamos que aún hay grandes tareas por realizar para que Chile llegue a ser el país que soñamos todos, el de la justicia que nos recordó el mes de agosto la figura del Padre Hurtado, quien dedicó su vida a Dios y la los más pobres entre los pobres. A pesar de la riqueza acumulada en los últimos decenios de arduo y responsable trabajo por parte de los gobiernos y mundo empresarial, Chile se mantiene como uno de los países más desiguales del mundo, en urgente necesidad de lograr una mejor distribución de la reservas, que garantice la igualdad de oportunidades.

Muchas leyes aprobadas recientemente, y no pocas en gestión, lamentablemente ignoran la dimensión espiritual y valórica que es parte esencial del alma de nuestro pueblo. Así, en los últimos meses, hemos sido testigos de un verdadero frenesí legislativo, que no desea dejar nada para el futuro y apresura la aprobación de leyes, sin darse el necesario tiempo de reflexión para alcanzar buenas decisiones. Con la bandera de la diversidad se imponen las minorías ante el silencio incrédulo de las mayorías que siguen deseando un país donde los valores trascendentes sean la fuerza inspiradora de nuestra convivencia nacional, que no se alcanza con un decreto ni se decide a mano alzada. Pareciera que la ideología justifica cualquier sacrificio, aún aquel que pone en riesgo la libertad de enseñanza, la calidad de la educación de las futuras generaciones, incluso el futuro económico y estabilidad social de la nación.

La próxima visita del Papa Francisco será una instancia para recordar que nuestra patria se construye sobre la fe de tantos que, antes que nosotros, defendieron el proyecto país que soñamos todos, sin pretensiones de imponerse pero tampoco callando su verdad. En estos meses previos a la llegada del Papa, el anhelo de los que tenemos fe es que la visita de Francisco nos ayude a entender con claridad que el pragmatismo de los resultados inmediatos nos está alejando cada vez más del proyecto de país que soñaron nuestros antepasados y grandes de la historia chilena y pareciera querer convertirnos, en el plazo más corto posible, en una “sociedad sin Dios”.

Para algunos estas palabras son signo de intolerancia y falta de apertura a la diversidad y el pluralismo. No olvidemos que el pluralismo es un valor en la medida en que podamos vivirlo en un ambiente de amistad cívica madura, sin descalificaciones y que compromete el respeto recíproco que valora el grado de verdad que hay en el otro. No es propio de una convivencia fraterna que en nombre de las mayorías se transgredan principios inalienables propios de la naturaleza humana. Tampoco resulta legítimo que las minorías, usando medios de presión, busquen imponer valores o principios que vulneran las raíces más profundas de nuestra cultura.

Justamente por eso, esta tarde de septiembre, comprometidos con el Chile que soñamos, no podemos dejar de insistir en la importancia de defender la Vida, promoviéndola desde su gestación en el seno de la madre hasta su muerte natural. Al proclamar la verdad del amor humano, reiteramos el carácter nuclear del matrimonio entre un hombre y una mujer, la centralidad de la familia, y el derecho de los hijos a tener el referente masculino y femenino, esencial para su desarrollo normal y sano en la vida.

La familia chilena requiere de respuestas que no son solamente de carácter económico o material, requieren de diálogo y búsqueda de grandes acuerdos. También requiere de misericordia, que engrandece el alma de todos; no se puede estar viviendo del odio todo el tiempo, la búsqueda de la justicia también implica misericordia, especialmente hacia los ancianos, que han sido condenados por delitos de lesa humanidad, y que hoy, con enfermedades terminales, se han convertido en las nuevas víctimas de la paradoja de una justicia sin misericordia.

Todo indica que hemos perdido el rumbo cierto y que hemos estado construyendo una sociedad que ha buscado por demasiado tiempo la felicidad en lo material y en lo efímero, descuidando la dimensión espiritual del ser humano.

Los desafíos de construir la Región de Ñuble

Estas fiestas patrias 2017 nos encuentran con la satisfacción de que el gran sueño de la gran mayoría de los ñublensinos es una realidad: ya tenemos la Región de Ñuble. Pero no basta con ello, como está sucediendo en otras dimensiones de la realidad nacional, el sueño podría convertirse en una pesadilla si no cultivamos actitudes de escucha, generosidad, tolerancia y aceptación de nuestras diferencias.

El único camino válido a recorrer, si queremos disfrutar del sueño de nuestra Región de Ñuble, es superar la ciega adhesión a las ideas propias, escudriñar y encontrar en los demás las manos amigas y unidas en búsqueda de la fraternidad que beneficia a todos, especialmente los más postergados. Si la intención profunda que nos ha llevado a procurar la nueva Región es efectivamente mejorar la calidad de vida de los ñublensinos, más allá del cambio concreto en lo administrativo, debemos asumir muy conscientemente la tarea de promover la unidad entre todos.

La clave parece encontrarse en la audacia para cultivar un franco deseo de que nuestra aspiración regionalista se traduzca en un esfuerzo sincero por crear espacios de diálogo y verdad, comenzando por los que estamos en autoridad y representación en la comunidad. De otra manera la alternativa regionalista será un mero cambio cosmético y no un paso concreto del avance material y espiritual, que nuestra gente espera con tanta ilusión.

Constatamos, en todo el país y también en Ñuble, el regreso de la cesantía, los índices de corrupción, el manejo irresponsable de negocios, junto a las descalificaciones y manipulación política ante las próximas elecciones presidenciales, parlamentarias y de consejeros regionales. Ese es el contexto real del momento histórico que vivimos y que nos desafía a mantener la actitud positiva, constructiva, colaboradora y generosa para construir juntos el sueño que se hace realidad ante nuestros ojos: nuestra Región de Ñuble.

En tiempo de elecciones presidenciales y parlamentarias

Acercándonos a un período de elecciones, en el que elegiremos juntos a las autoridades de nuestra patria y congreso, pidamos la gracia de recorrer juntos los caminos del encuentro, el diálogo, y del servicio desinteresado a la Patria. Vivamos este período sin olvidar la nobleza de la vocación política, como un regalo de Dios para la comunidad, procurando el respeto mutuo, evitando la descalificación, y el uso de tácticas poco transparentes para ganar votos.

Sintiéndonos responsables por el futuro de la nación, no nos restemos de emitir nuestro voto, atentos a los programas de cada candidato. Más allá de las sonrisas y las promesas falsas de muchos, fijemos nuestra atención en la gran responsabilidad de elegir a hombres y mujeres que tengan en el alma la vocación de servicio, sin buscar egoístas intereses personales u ostentar cargos para beneficio personal.

Los que creemos en Dios, favorezcamos con nuestro voto los proyectos políticos que mejor representen los ideales cristianos del respeto a la vida humana, favorezcan a la familia, promuevan el bien común, y consideren preferentemente a los hermanos en situación de vulnerabilidad.

Seamos claros: un católico no puede dar su voto a un candidato que haya aprobado la ley de aborto y esté de acuerdo con el matrimonio, mal llamado igualitario, entre dos personas del mismo sexo. Si lo hace se convierte en cómplice de la muerte de tantos inocentes que morirán en el seno de sus madres, sin posibilidad de defensa, y de aprobar leyes inmorales que atentan contra la familia y destruyen el alma de Chile.

Dejémonos fortalecer con la esperanza

En solo unos meses, el sucesor de Pedro nos invitará a no perder la esperanza ni olvidar que la alegría es una característica de los hijos de Dios, pues abundan las buenas razones para celebrar este nuevo aniversario patrio con un corazón alegre y mirar el futuro inmediato con gozosa esperanza.

En un tiempo de profundas transformaciones, con renovada esperanza, en vísperas de un nuevo aniversario de la Independencia Nacional, nos comprometemos a poner a Dios y al prójimo en el corazón de nuestra Patria, ciertos de que es el camino de la perfecta plenitud de vida para todos.

Con los ojos puestos en el cielo, y los pies sobre la tierra, elevemos nuestra oración de acción de gracias y petición, por la intercesión poderosa de la Virgen del Carmen, reina y patrona de Chile. Que ella, estrella de nuestra bandera, sea el modelo que ilumine y guie nuestro peregrinar, haciendo de Chile cada vez más un anticipo del Reino de Dios.

ASÍ SEA.

+ Carlos Pellerin Barrera
Obispo de Chillán