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Gracias a Dios por un nuevo aniversario de la Patria

Homilía Te Deum 2016

En un amplio marco de público, Parlamentarios, Autoridades Provinciales, Comunales, Civiles, Militares y Sociales, se desarrolló la Solemne Eucaristía de Fiestas Patrias y Te Deum, continuando así con la tradición instituida por Don José Miguel Carr
Fecha: 18/09/2016
Referencia: Te Deum 2016
País: Chile
Ciudad: Linares
Autor: Mons. Tomislav Koljatic Maroevic


Como cada 18 de septiembre nos reunimos en nuestra hermosa Iglesia Catedral para elevar nuestro corazón y nuestra mente al Dios Creador de Cielos y tierra para dar Gracias por todas las bendiciones que día a día nos regala a manos llenas, especialmente el don de la vida y la familia, del trabajo y la paz.

Con la celebración de este Te Deum nos unimos a centenares y centenares de comunidades de todas las denominaciones religiosas que en estos mismos momentos reciben a sus más altas autoridades para juntos orar a Dios por la Patria y sus necesidades.

En esta celebración nos unimos también a nuestra historia, ya que esta oración es un eslabón más de esa cadena que nos une a aquel histórico 18 de septiembre de 1811 en que, a solicitud de don José Miguel Carrera, se realizara el primer Te Deum en la Catedral de Santiago.
A lo largo de estos 205 años de vida, año tras año nos hemos reunido, pueblo y autoridades, para elevar nuestras manos a Dios cumpliendo la invitación del Apóstol Pablo que acabamos de escuchar:

Recomiendo ante todo, que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, por los gobernantes y por todas las autoridades, para que podamos disfrutar de paz y de tranquilidad y llevar una vida piadosa y digna. Esto es bueno y agradable a Dios, Nuestro Salvador.

Queremos orar, elevar nuestras manos al Dios de la historia para pedirle su bendición y sabiduría. Él escucha nuestra oración y nos habla a través de su Palabra.

El S Evangelio recién escuchado nos habla de un tema de gran actualidad y pertinencia: Es la parábola del administrador corrupto que debe dar cuentas de su gestión.

Bien sabemos que en estos últimos meses y años nuestra sociedad ha sufrido duros golpes en la confianza pública por casos de irregularidades y de corrupción en diversos ámbitos de la vida pública y privada, particularmente en los negocios y en la política.

Es un tema que a todos nos preocupa . Son muchos los síntomas de malestar, de inquietud y de rabia que se empiezan a incubar entre nosotros con consecuencias imprevisibles si no se les pone remedio oportuno y a tiempo.

Por cierto somos todos responsables del bien común, pero también es cierto que aquellos revestidos de autoridad tienen un desafío mayor.

Vivimos un tiempo de discernimiento social, personal e institucional.

Nos debemos preguntar: ¿Cómo podemos avanzar para recuperar las confianzas, para reencantarnos con los desafíos que como país tenemos, para superar estas heridas sociales que tanto daño nos han hecho en este último tiempo?

A la luz del Evangelio de este domingo podemos preguntarnos:
¿Cuáles son las cualidades de un buen administrador, especialmente de aquella persona que ocupa cargos de responsabilidad social, ya sea en la política, en la economía y en cualquier otra área de la vida social?

En esto las exigencias de la razón, de la justicia y del evangelio coinciden ampliamente.
Lo primero de todos es que el servidor público debe buscar el bien común, es decir, poner todos sus talentos y capacidades que Dios le ha regalado al servicio de la comunidad, especialmente de los más pobres y desamparados.

En esto la sentencia de Jesús es un modelo claro a seguir: No he venido a ser servido sino a servir.

Definitivamente el servidor público es alguien que ha hecho la opción de poner a los demás por delante de sus propios intereses, lo cual muchas veces significará sacrificios personales, renuncias e incomprensiones, sabiendo que lo importante es la misión, la tarea que cumplir, el servicio encomendado, más que el propio beneficio o la utilidad particular, por legítima que fuera. Así lo han vivido los Padres de la Patria que con gratitud hoy recordamos en estas fiestas.
En este contexto de la búsqueda del bien común surgen virtudes cívicas que se esperan de los servidores públicos.

Esa búsqueda del Bien Común que debe ir rodeada de una constelación de virtudes, según las palabras inolvidables del Papa Juan Pablo II en la Cepal en Santiago.

Hablando de las causas morales de la prosperidad nos decía:
Ellas residen en una constelación de virtudes: laboriosidad, competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio; cumplimiento de la palabra empeñada, audacia; en suma, amor al trabajo bien hecho.

En suma, amor al trabajo bien hecho.

A esta constelación se le puede agregar algunas virtudes hoy más exigidas por la sociedad como por ej. la transparencia. Transparencia es aquella característica de los objetos que permite dejar pasar la luz, es decir, ver en su interior. Lo contrario es la opacidad, es aquello que no deja ver su interior. Hoy por hoy es una demanda muy sentida por la ciudadanía, la transparencia económica y también en lo que se piensa, se dice y se hace.

Esto está muy unido a la coherencia de vida. Tantas veces vemos que se promete algo y no se cumple, o lo que es peor, se dice tener ciertos principios y valores y sin embargo se actúa en la práctica según otros principios y valores. Toda persona o autoridad tiene derecho a pensar según su conciencia y criterio. Pero otra cosa es traicionar lo que se dice pensar en busca de un provecho temporal pasajero.

Estas acciones van mermando la confianza de los ciudadanos en sus instituciones, las aleja de ellas y nos expone a aventuras sociales fruto del rechazo a estas malas prácticas.

Por cierto que de todo servidor público se espera que obre conforme a la ley y la justicia. Es muy sentida la necesidad de ser tratados sin exclusiones, ni discriminaciones o cualquier forma de injusticia. En esto hemos avanzado mucho en nuestra patria y es la senda correcta que se espera de aquel que ejerce autoridad.

Pero me parece que estas virtudes cívicas, con todo lo importantes y necesarias que son, no nos alcanzan para avanzar hacia la meta más alta que anhelamos. No solo nos amenaza como sociedad la corrupción, el abuso, la codicia sin límites, el descarte de las vidas no amadas.
La peor amenaza social es la indiferencia de un corazón encerrado en su propia soledad e interés, la expansión de un materialismo práctico que mata el alma propia y como consecuencia la vida de los demás.

Y en este punto es que necesitamos de un plus que nos viene muy providencialmente en este Año de la Misericordia.

Necesitamos urgentemente crecer como comunidad en la virtud de la misericordia.

¿Qué es la misericordia? Literalmente podemos decir que es poner el corazón en la miseria del otro, es decir, ponerse en el lugar del otro que sufre, en su dolor y sentimientos, en sus llagas.
Este es un tiempo en que en el mundo entero crece la indiferencia, la globalización de la indiferencia como lo ha calificado el Papa Francisco.

A lo largo del planeta vemos los millones de refugiados abandonados a su suerte, los niños muertos al atravesar el mediterráneo (casi 500 solo este año), el hambre, la pobreza y la enfermedad en el mundo, la falta de trabajo de los jóvenes, la exclusión de los descartados, los niños que no son amados y finalmente abortados, los ancianos abandonados con pensiones miserables, la destrucción de la naturaleza y de nuestra casa común.

Por ello es una grave urgencia darle un rostro más humano a la vida social, a las leyes, a la convivencia, al trabajo, a los negocios, en definitiva, a la vida entre nosotros.

En un día de oración por Chile podemos hacernos estas preguntas. ¿Cómo construimos una sociedad más justa, libre, humana?

El Papa con enorme sabiduría nos da un camino: el camino de la misericordia.

Las obras corporales nos hablan de lo concreto del sufrimiento: tener hambre, sed, frío, falta de vivienda, estar enfermo, estar en la cárcel.

Y las obras de misericordia espirituales: dar consejo, enseñar, corregir, consolar, perdonar, tolerar, orar por los demás.

Las 14 obras de misericordia se contraponen a las 4 categorías de pobreza conocidas: las de orden material como la del hambre y la sed, la de la cultura, como es la falta de acceso a una educación de calidad, la pobreza relacional como es el abandono y la soledad, y finalmente la de sentido de la vida, cual es la desesperanza.

Para los cristianos, servir y tocar el cuerpo del hermano, es servir y tocar el cuerpo de Cristo, tal como lo recordó el Papa Francisco hace 2 semanas al canonizar a la Madre Teresa de Calcuta.

La misericordia no anula la justicia. La supone y la exige. Pero la sola justicia no alcanza para dar calidez, ternura, sentido a la vida humana. Los romanos decían: máxima justicia, máxima injusticia.

El ser humano no vive solo de pan. Vive del encuentro con el otro, del respeto, de la dignidad, de la acogida, del perdón dado y recibido, en una palabra, vive en el amor y la compasión. Sin este telón de fondo, todo intento de desarrollo social será insuficiente si no un camino al fracaso.

Que nuestra Madre del Carmen, quien ha estado presente desde el inicio de nuestra historia patria, hace ya más de 500 años, nos acompañe también hoy para que nos ayude a buscar con renovado sinceridad y fortaleza los caminos del Bien común, transparencia, justicia, misericordia que tanto necesitamos en estos días en nuestra amada patria.

+ Mons. Tomislav Koljatic Maroevic
Obispo de Linares