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Abramos la puerta al Chile de la esperanza

Fecha: 15/09/2016
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Chillán
Autor: Mons. Carlos Pellegrin Barrera


En el nombre del Señor, nos congregamos esta tarde, como cada año, para alabar a Dios por la patria querida y pedirle por Chile. El simbolismo de la liturgia, los cantos, la oración, en nuestra hermosa Catedral, le regalan el contexto a esta ceremonia de Te Deum en el corazón de Ñuble; para pedirle a Dios que nos ayude a construir un mejor país, más feliz y en paz; donde nadie sobre y tengan un lugar preponderante los más débiles y desamparados, pues compartimos una historia común que nos desafía hoy a asumir nuestra realidad con optimismo y cultivando la esperanza.

Este año, llegamos a los pies del Señor con el corazón intranquilo por la compleja realidad que enfrentamos en el mundo de la política, la economía, y las instituciones a todo nivel. Vivimos tiempos de cambios profundos y complejos, que aparecen como amenaza a las raíces de la identidad y convivencia nacional; sin embargo, son tiempos de grandes oportunidades que no debemos desaprovechar, pues de nuestra actitud y compromiso depende nuestro futuro como nación.

Nos hace bien recordar que la patria libre tiene raíces, una historia de éxitos y de fracasos, de dolores y alegrías, que nos enseñan a cuidar la tradición y no pensar que podemos comenzar de cero borrando lo que ya hemos construido y que es fruto del esfuerzo de tantos antepasados que con coraje enfrentaron las adversidades de su tiempo.

Esta celebración del Te Deum es un momento privilegiado para agradecer lo que hemos alcanzado, con tanto sacrificio y esfuerzo común. No olvidemos que hace 50 años muchos niños andaban a pie descalzo por nuestras ciudades, como lo decía Gabriela Mistral estaban “azulosos de frío”, en muchas poblaciones no había agua potable, la mayoría de los jóvenes no podían ir a la escuela y ciertamente la educación superior estaba reservada a muy pocos. Muchas familias combatían con el hambre en grandes sectores de la población y ni se soñaba con llegar a tener una casa propia. No hemos alcanzado niveles ideales de desarrollo, pero nadie puede negar como un hecho que los jóvenes hoy pueden ir a la escuela, vestirse mejor, que hemos pasado de una endémica y grave desnutrición infantil a un serio problema de obesidad. A pesar de los muchos y nuevos desafíos por superar, nos hace bien recordar que Chile es el segundo país de América en esperanza de vida después de Canadá y por sobre los Estados Unidos.

Pero no podemos poner toda nuestra esperanza en el mero progreso y bienestar económico. La plenitud de las personas va más allá de aquello y lo que Chile requiere aun consolidar es una profunda vivencia de valores que conduzcan a la vida plena. En palabras del Papa Francisco, “a veces somos duros de corazón y de mente, nos olvidamos, nos entretenemos, nos extasiamos con las inmensas posibilidades de consumo y distracción que ofrece esta sociedad” (EG 196). Proveer nuevas oportunidades, mayor equidad y justicia en el campo de la educación, la salud, el trabajo, son caminos a la plenitud humana pero no fines en sí mismos.

Esta tarde, en medio de un ambiente nacional marcado por el pesimismo y falta de esperanza estamos llamados a cultivar una actitud positiva y constructiva, que una y no divida, que construya puentes y no división. Unidos podemos enfrentar y superar los problemas pendientes que nos preocupan a todos y que deben ser tratados con hondura y altura de miras, en el contexto de una amplia y democrática discusión centrada en el bien común y no en provecho de intereses egoístas.

Cuidar la patria significa no acelerar los procesos de participación y reflexión, no hace bien presionar para sacar leyes a la rápida, que dejarán innecesarias tareas para corregir sus errores. La historia no se puede borrar y, para mejorarla, hay que construir sobre ella fortaleciendo lo bueno y mejorando lo que no está bien.

Hoy nos hace bien admitir que la reforma de la educación superior se debe procurar sin dañar los avances obtenidos hasta ahora, sin cercenar la autonomía legítima de las instituciones para que hagan su aporte específico, haciendo los mayores esfuerzos para dar oportunidades reales a todos los estudiantes, en particular a los más carenciados.

Por otra parte, es necesario renovar un esfuerzo muy grande para aumentar el empleo y que éste sea de calidad, aspirando seriamente a aumentar el salario mínimo para que alcance un verdadero nivel de dignidad ética. Frente a la preocupante división y falta de cohesión de los trabajadores, es bueno para el país que aumente la participación sindical y que dentro de las organizaciones de los trabajadores se verifique la máxima transparencia y libertad para ejercer su importantísima tarea en bien de los más postergados. No olvidemos la complicada situación de los jubilados y el problema de la justa previsión. Los adultos mayores de Chile necesitan poder pasar sus últimos años de vida en condiciones dignas.

Pensando en lo que el Cardenal Silva Henríquez llamaba “el alma de Chile”, perturba lo poco que aprendemos de nuestra historia, cuando el primero de los derechos humanos, el derecho a la vida, se pone en jaque en la agenda legislativa, amenazando las vidas de los inocentes sin nacer, que en vez de favorecer la vida, procura eliminarla. También cuando la dignidad de las personas se atropella a diario a la merced de robos y asaltos, que quedan sin castigo ni reparación. Como cristianos estamos llamados a seguir, respetuosa pero claramente, la tarea de defender la vida desde su concepción hasta su muerte natural.

Pero la hermosa tarea de humanizar no es solo para los creyentes en Dios pues, más allá de una utopía, solo será posible con el esfuerzo y compromiso de todos y de todas. La patria sigue contando con gente noble y generosa que se entrega al servicio de los demás, con alegría y pasión, en un sincero esfuerzo por construir una sociedad más fraterna y justa. Chilenos y chilenas que desbordan energía, bondad y fortaleza, encontramos en todos nuestros ambientes. La vocación política, noble e indispensable para la construcción de una sociedad justa y solidaria, aun motiva los corazones de muchos jóvenes que creen en el proyecto de justicia, paz y libertad, que motivaron a los padres de la patria, en el pasado, y que hoy requiere de un renovado entusiasmo de construir en la esperanza el futuro. Valores que cobran vital importancia de cara a las elecciones municipales del próximo mes, donde el desafío de los candidatos se pondrá una vez más a prueba en poder acortar esa distancia que hoy existe entre la clase política y la ciudadanía.

Desde este hermoso templo Catedral, frente a los desafíos de nuestro tiempo, los cristianos recordamos que tenemos el deber de contribuir con todas nuestras fuerzas a solucionar los problemas de nuestra patria y a recrear la esperanza necesaria en el futuro. Ningún servicio mejor podemos prestar a Chile que ser testigos vivientes, honestos y coherentes, de la persona y el mensaje de Jesús para construir un país más fraternal, en paz y feliz. Con humildad debemos reconocer que no siempre hemos sido fieles ni dignos de la vocación recibida de la gratuidad del corazón misericordioso de Dios.

El Señor que nunca nos abandona, nos regala la figura del Papa Francisco quien, con su cercanía, su ecumenismo, su ejemplo de apertura, de humildad, de sencilla alegría, genera esperanza dentro y fuera de la Iglesia. La misericordia que este año tiene un lugar central es una raíz fecunda de la esperanza que necesitamos y debería marcar nuestro vivir.

A pesar del desaliento que se respira frecuentemente, nuestro optimismo se fortalece al escuchar las palabras del Apóstol Pablo quien nos recuerda “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”. A él se unen los antepasados que han hecho a la patria grande, los que no se desanimaron ante las crisis, no desesperaron en las tormentas, perseveraron en una esperanza que vence al pesimismo y al fatalismo. Que su testimonio nos anime a ser mejores, a relacionarnos mejor, a ser un país cimentado en valores, que es una sana medida de un humano desarrollo, para que también en nuestros días “florezca la justicia y abunde la paz”.

Nuestra misión es unir las manos a las de todos los que desean el bien común y aportar con nuestra actitud positiva y con la súplica al Señor de la historia, para que asista a nuestros gobernantes, a nuestras autoridades, y a cada chileno, para que no descansemos de construir puentes de diálogo y encuentro, en un ambiente de respeto a la diversidad que nos enriquece como nación.

Para los que hoy nos reunimos en oración, acá en Ñuble, noble tierra que espera ser Región, la exigencia de procurar el buen trato, el respeto, y la búsqueda de la unidad, son tareas que requieren de una atención especial. Más que una meta a alcanzar, la Región de Ñuble requiere de todos un gran esfuerzo de unidad, en medio de la diversidad que nos enriquece. Como lo hemos dicho en otras ocasiones, el sueño podría convertirse en una pesadilla si no cultivamos actitudes de escucha, tolerancia y encuentro.

Frente al pesimismo cultivemos la esperanza y el vigor positivo, dejando atrás toda palabra y actitud negativa que solo destruye. Fijémonos en nuestra historia y renovemos la adhesión a los valores trascendentes, resistiendo la ideología de un falso progreso sin ellos, pues ahí se encuentran las raíces culturales cristianas más hondas del alma de la patria, que le dan sentido y plenitud.

Que la santísima Virgen María, nuestra señora del Carmen, Reina y Patrona de Chile, interceda por nosotros y nos asista para alcanzar un servicio humilde y alegre. Amén.

+ Carlos Pellegrin Barrera
Obispo de Chillán