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Cuanto he deseado comer con ustedes esta Pascua antes de mi Pasión

Fecha: 24/03/2016
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Cardenal Ricardo Ezzati Andrello


1.- En comunión fraterna

“Gracia y paz a ustedes de parte de Jesucristo el testigo fiel…, aquel que nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su sangre y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y Padre”. Son las palabras del libro del Apocalipsis, con las cuales saludo a todos, con afecto de Padre y Pastor, agradeciendo su calurosa compañía y participación en esta solemne Misa Crismal. “La condición de discípulo – nos recuerda el Documento de Aparecida – brota de Jesucristo como de su fuente, por la fe y el bautismo, y crece en la Iglesia, comunidad donde todos sus miembros adquieren igual dignidad y participan de diversos ministerios y carismas.” (DA. n 184). En este espíritu, los saludo a ustedes, fieles laicos y laicas, “discípulos y misioneros de Jesús, luz de mundo”; a ustedes consagrados y consagradas, “discípulos misioneros de Jesús Testigo del Padre”; a ustedes diáconos permanentes “discípulos misioneros de Jesús Servidor”, a ustedes presbíteros, “discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor” y a ustedes hermanos obispos “discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote”. Gracia y paz a Ustedes.

Una vez más, quienes por el Bautismo somos discípulos misioneros de Jesucristo, podemos experimentar el gozo de sentirnos congregados por el amor de Cristo”. Alegrémonos y exultemos: “donde hay caridad y amor, Dios allí está”. Todos juntos, fieles y pastores, aunque marcados por nuestra pequeñez y pecado, somos profecía de la comunidad redimida por la Sangre de Cristo, unificada en virtud del Espíritu Santo, en camino hacia el Padre que siempre abre sus brazos misericordiosos, para acogernos y perdonarnos, especialmente en este Año Santo de la Misericordia que celebramos atravesando la Puerta Santa que es Jesús, aprendiendo a ser misericordiosos como el Padre.

2.- Misa Crismal

Comenzando el Triduo Santo que nos prepara a la Pascua, con esta la Eucaristía, celebramos la institución del Sacerdocio jerárquico, consagramos el Crisma que sellará la vida de los nuevos bautizados, de quienes serán confirmados y de quienes serán configurados a Cristo en el Sacramento del Orden. También bendecimos los oleos destinados a fortalecer el itinerario cristiano de los catecúmenos y ungidos quienes buscan consuelo de Dios en su enfermedad o están por emprender el viaje definitivo hacia el corazón misericordioso de Dios.

Nos conmueve y alienta la presencia de tantos hermanos y hermanas que han venido a acompañar a sus presbíteros, Más que nunca, la liturgia de esta mañana les presenta al Obispo y a su presbiterio, como signo de Cristo: pastores, llamados a continuar en la historia, su mismo estilo de vida, que sirve y da la vida por los hermanos. Al mismo tiempo, en la renovación de sus promesas sacerdotales, ellos les confirmarán su propósito de unirse más fuertemente a Cristo, como fieles dispensadores de los misterios de Dios y como seguidores del Maestro, cabeza y pastor, buscando incesantemente configurar sus vidas a la del único Buen Pastor, en el ministerio de la unidad, para que “todos sean uno en Cristo por la caridad”. Para nosotros sacerdotes, la renovación de las promesas hechas en la Ordenación, son un llamado a dar más espesor a la vida espiritual que “aleja el enemigo de la tibieza” y recuerda “el derecho de los fieles que buscan en nosotros al hombre de Dios, al consejero, al mediador de la paz, al amigo fiel y prudente, al guía seguro en quien se pueda confiar en los momentos más difíciles de la vida, y para hallar consuelo y confianza”.


3.- En comunión fraterna

Delante de sus ojos, junto al Obispo y alrededor del Altar, están los presbíteros que acompañan el itinerario cristiano de Ustedes, en parroquias y capillas, en colegios y universidades, en movimientos y comunidades eclesiales. Con Ustedes, doy gracias a Dios por todos y cada uno de ellos: por los sacerdotes jóvenes que, llenos de entusiasmo, inician el ministerio pastoral; por quienes, desde años, permanecen fieles al servicio del Señor y de las comunidades, a veces, entre pruebas y sufrimientos no indiferentes; acompañando la peregrinación de Ustedes, con la fe puesta en “la esperanza que no defrauda” (Rom 5,5). Doy gracias a Dios por los sacerdotes ancianos o postrados, que a causa de una edad avanzada o por enfermedad, han debido dejar el servicio pastoral directo. A todos ellos, y estoy seguro de interpretar también el sentir de Ustedes, deseo expresarles todo el afecto y la gratitud de la Iglesia Diocesana: afecto y gratitud que, en esta mañana, se hacen oración y Eucaristía para que, junto a Cristo Cabeza, Sumo y Eterno Sacerdote, puedan vivir con gozo la bienaventuranza de la elección vocacional que han recibido. Nuestra oración abraza también a quienes, por motivos que sólo Dios puede juzgar, han abandonado el servicio ministerial y han emprendido nuevos horizontes. El Señor los acompañe y los bendiga.

La celebración de este día reavive en quienes hemos recibido el encargo de ser pastores, la gracia de la ordenación para vivir el gozo de saber Quién nos ha elegido y la bienaventuranza de ser signos y portadores de amor y de esperanza para sus hermanos y hermanas. También, en cada uno y en todos Ustedes, queridos fieles laicos y consagrados, reviva el propósito de acompañar a sus sacerdotes con la oración, el afecto, el consejo y la colaboración sincera. De una manera especial, lo pido a las mamás, a los papás y familiares de los sacerdotes, que hoy acompañan a sus hijos y parientes sacerdotes.


3.- Signos e instrumentos de Cristo Pastor

En la oración, hemos pedido la ayuda de Dios para ser testigos fieles de la redención que Jesús ofrece a todos los hombres. Pidámosla intensamente, como presbiterio de esta Iglesia de Santiago, contemplando con silencioso asombro las palabras y los gestos del Maestro.

- En el Cenáculo

“Cuanto he deseado comer con Ustedes esta Pascua antes de mi pasión… Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Esta es la copa de la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (Lc. 22,14 ss.)… En la noche de Pascua, amor y fidelidad se mezclan con traición e intriga: es el amor y la ternura de Jesús, reflejo de la misericordia del Padre y la intriga y cobardía de aquel y de aquellos que lo va a entregar… Allí, en el Cenáculo, nace la Eucaristía y de allí brota nuestra participación en el sacerdocio de Cristo; allí comienza a germinar el “sacramento de nuestra fe” y la misión de ser testigos: “Ustedes son los que han permanecido conmigo en la prueba, por eso les encomiendo el reino como mi Padre me lo encomendó…” (Ib.). Este misterio envuelve toda la aventura de nuestra elección y de nuestro servicio ministerial.… Investidos de esta gracia, participamos de la entrega y de la efusión de la sangre del Redentor. Serenamente, conscientes de nuestra fragilidad pero, a la vez, profundamente agradecidos por la suerte que nos ha tocado. Confiados en su amor, renueven las promesas que un día hicieron en las manos de su Obispo, seguros de la bondad y ternura de quien los ha elegido para servir a su pueblo, ese pueblo que, como pastores, acompañan en sus comunidades y que hoy les ofrece su oración y cercanía. Vuelvan una y otra vez al Cenáculo; únanse a Jesús para que la vida de ustedes sea semejante a la suya: entregada y desgastada por amor.

- En el Huerto de los Olivos

Del Cenáculo, Jesús se encamina al Huerto de los Olivos. Allí, sumido en oración, experimenta la tentación más trágica de su existencia terrena: el abandono de su Padre y la sensación de la inutilidad de su misión. Lo que había prefigurado en el signo del pan y del vino pocas horas antes, comienza ser dolorosa realidad: su cuerpo será entregado y su sangre será derramada en la cruz. Ha llegado su hora, y esta hora amarga lo angustia, lo entristece, hasta sudar sangre.

Una tristeza de muerte, anota San Marcos. Se siente solo, rechazado, un descarte, y sobre todo, abandonado de su Padre: “Padre, si es posible, que se aparte de mi esta copa; Padre ¿porqué me has abandonado? Es la hora, “su hora”. También la hora que no deja de prolongarse en los discípulos: “Si el mundo los odia, sepan que primero me odió a mi.” (Jn 15, 18). La hora de Jesús, nuestra propia hora… Son las horas de abandono y de dolor, de descredito de persecución y de desaliento y amargura. Acaso, ¿la queja de Jesús no se prolonga también en nuestra propia queja, en la queja de tantos? ¿Acaso su impotencia no se prolonga en la nuestra? Su plegaria angustiosa ¿no es también la nuestra? Padre, que pase de mi este cáliz; Padre ¿por qué me has abandonado?

La agonía de Jesús en el Huerto y sus últimas horas en la Cruz nos sugieren la respuesta confiada del Hijo y nos enseñan el camino para transitar del miedo a la paz, de la angustia a la confianza: “No se haga mi voluntad, sino la tuya…Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. En tus manos misericordiosas y providentes…En tus manos confío mi vida...

- En la noche de Pascua

Será en la noche de Pascua, cuando Jesús revele el sentido último de de sus y de nuestras heridas y llagas. Resucitado se hace presente en medio de sus discípulos mostrándoles los signos de su pasión: las manos, los pies que estuvieron clavados en la cruz, el costado del cual manó la última gota de sangre y un poco de agua, permanecen intacto. Y sin embargo no son los mismos: se han convertido, en fuente de vida nueva, de paz y de esperanza. Por la por la fuerza invencible de la Pascua, permanecerán para siempre, llagas gloriosas, signo de un dolor y de una muerte que han sido derrotados, fuente viva y memorial imperecedero de un amor que va más allá de la muerte, llagas gloriosas que Jesús muestra a Tomás para que acierte pasar de la incredulidad a la fe. “Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado, en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe” (Jn.20,27). Llagas gloriosas en las que nuestras propias heridas pueden alcanzar la sanación y la paz que anhelamos.
Señor, “dentro de tus llagas escóndeme… No permitas que me aparte de ti.


4. Conclusión

La primera lectura bíblica del profeta Isaías y el texto del Evangelio según san Lucas, vuelven a recordarnos nuestra fundamental identidad de cristiano y nuestra peculiar vocación de ministros: consagrados y ungidos “para anunciar la Buena Noticia a los que sufren; para vendar los corazones desgarrados, proclamar la libertad a los cautivos y a los prisioneros la libertad; para proclamar el año de gracia del Señor, consolar a los afligidos, cambiar la ceniza en corona y el traje de luto en perfume de fiesta y el abatimiento en cánticos”.

Es la identidad de Jesús. “Esta Escritura que acaban de escuchar” se ha cumplido y se cumple en él; para eso ha venido. Es también la identidad que deberá marcar a los discípulos de Jesús, los de ayer y los de hoy.

La Unción sagrada del Espíritu del Señor siga produciendo en todos nosotros, sacerdotes, la gracia de vivir cuanto implora el Prefacio de hoy: “Tus sacerdotes, Señor, al entregar su vida por ti y por la salvación de los hermanos, van configurándose con Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad y amor”.


Guiados por ti, MADRE DE LA MISERICORDIA,
queremos ser Apóstoles de la Misericordia divina,
llenos de gozo por poder celebrar diariamente
el santo sacrificio del altar
y ofrecer a todos los que nos lo pidan
el Sacramento de la Reconciliación.
Abogada y Mediadora de la gracia,
tú que estás totalmente unida
a la única mediación universal de Cristo,
pide a Dios por nosotros
un corazón completamente renovado,
que ame a Dios con todas las fuerzas
y sirva a la humanidad como tú lo hiciste.
Repite al Señor
esas eficaces palabras tuyas:
“No tienen vino”(Jn 2,3),
para que el Padre y el Hijo
derramen sobre nosotros,
como una nueva efusión,
el Espíritu Santo”.

Amén.


+ Cardenal Ricardo Ezzati Andrello
Arzobispo de Santiago