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LA EDUCACIÓN CÍVICA COMO NUEVA ASIGNATURA ESCOLAR

PARECER Y PROPUESTAS DEL ÁREA DE EDUCACIÓN DE LA CECH
Fecha: 30/10/2015
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Héctor Vargas Bastidas


+Héctor Vargas Bastidas, sdb
Obispo de San José de Temuco
Presidente Área Educación CECH


Desde el Gobierno se ha venido dando a conocer la decisión de efectuar un cambio curricular en los últimos niveles de la Educación Media, con la finalidad de incluir una nueva asignatura, relacionada con Educación Cívica. La mencionada iniciativa no puede ser más pertinente como laudable, ya que tanto el concepto, los valores y principios implicados, como los mecanismos para el sano y necesario ejercicio de la civilidad, son claves para el fortalecimiento de una auténtica democracia, las instituciones republicanas, la convivencia pacífica y el bien común de la entera sociedad.

Sin perjuicio de lo anterior, estimamos que previo a todo ello, se requiere una completa revisión del actual marco curricular. Luego de varios años de su utilización, no cabe la menor duda que no ha resultado ser un instrumento eficaz para el logro de más y mejores aprendizajes, lo cual ha perjudicado la obtención de una educación de mejor calidad.

En efecto, los objetivos fundamentales establecidos en la LOCE terminaron transformándose en objetivos totales, y los contenidos mínimos de ella, se tradujeron en máximos, copando así cerca del 90% de los espacios curriculares. Y de los objetivos transversales de la propuesta para una formación justamente valórica, no terminó nunca de implementarse. De este modo el espacio disponible para elaboraciones curriculares por parte de las distintas instituciones educativas quedaron reducidos al mínimo.

Así, los intentos por construir planes y programas propios, que hagan realidad los proyectos educativos de cada establecimiento, ha quedado reducido a una suerte de maquillaje de la propuesta oficial. Las consecuencias para la libertad de enseñanza , el respeto a la autonomía y el aseguramiento a la diversidad, no han sido menores. En efecto, no basta declarar que se promueve un sistema mixto en cuanto a dependencia, y que se desea favorecer la pluralidad de propuestas y proyectos educativos, si luego, en los marcos curriculares no se generan los espacios básicos para que ello pueda concretizarse en la propuesta científica, humanística y cultural propia de cada de la escuela, ya sea ésta pública como particular.

Entre las consecuencias, está el haber generado docentes con dificultades para construir curriculum, planes y programas e incluso formas de evaluación, pertinentes a la realidad integral y concreta de los alumnos que tienen delante. Menos aún, si el Estado les proporciona todo el material para sus clases, incluida las planificaciones e incluso sugerencias de evaluación. De este modo se ha corrido el riego que se vuelvan repetitivos, poco creativos, y en cierto sentido en meros trasvasijadores en el aula de lo que otros han elaborado a nivel central. No ha sido un bien a la profesionalidad de nuestros maestros. En Finlandia, el mayor porcentaje de los espacios curriculares son de libre disposición de las escuelas de acuerdo a sus proyectos, y el impacto en los aprendizajes, interés, metodologías y ambiente educativo es muy grande.

Esto se ve aún más agravado por el hecho que todos los alumnos de Chile sean evaluados respecto de este único curriculum, con pruebas estandarizadas, lo que ha llevado a reforzarlo absolutamente para obtener esos resultados, al margen de tanta diversidad de nuestros alumnos. Pero aún, esos resultados se han tomado como criterio de calidad, desconociendo que no es lo mismo lograr una nota 4.0 en ciertos segmentos que en otros de la población. Tal vez ese 4.0 en ambientes de gran vulnerabilidad equivale a un 7.0 respecto de otro por los hermosos esfuerzos de maestros que son verdaderamente heroicos. Al no ser así el sistema, termina además desvalorizando aprendizajes, favoreciendo aquellos pocos que por estar considerados en ese tipo de pruebas, son los más priorizados. Más aún, si éstos últimos en modo insostenible, se les considera como indicador de calidad de una escuela. A partir de esa medición y visión tan reducida sobre lo que es educar, se elaboran y publican los nombres de la mejores escuelas. Es un método eficiente para desvirtuar lo que es una verdadera formación de las personas, la labor docente para una educación integral y la estigmatización de los más pobres.

Es lamentable que la casi totalidad de nuestros alumnos, indistintamente donde vivan, el cómo vivan, su condición personal, social e incluso regional, sean instruidos por un marco curricular standard, que da muy pocos espacios para situaciones de aprendizajes distintos y propios, y personas en ocasiones de realidades tan diversas. Resulta evidente que los niños aymaras y quechuas de norte, no pueden tener el mismo curriculum que los mapuche de la Araucanía, que los alumnos de Tierra del Fuego, que los de sectores urbanos vulnerables, o que de los emblemáticos o bicentenarios.

Lo anterior no significa que no se requiera un marco curricular nacional, que asegure unidad y comunión que hoy es esencial respecto del conocimiento, como de nuestra identidad cultural propia. Ello es indispensable, pero en su justa medida.

Son años en que venimos defendiéndonos de varios intentos por ingresar aun más asignaturas y contenidos a un curriculum ya sobresaturado, cuyos objetivos no son logrados por ningún colegio más allá de un 85%. En una Jornada Escolar Completa que no logró mejorar la calidad y que termina por agobiar a maestros y alumnos. En efecto, se pensó en un Marco Curricular para una Jornada extendida en donde habría más tiempo y espacios para maneras diversas y motivadoras para aprender creativamente. Pero la realidad demostró que esos espacios se saturaron de más horas de clases, con idénticas metodologías y centradas en el pasar contenidos del programa. O sea, terminó siendo más de lo mismo, y eso mismo era justamente lo que deseaba cambiarse.


En este sentido, no debe olvidarse que hoy en día los contenidos están en internet y expuestos de manera extraordinaria. Los Docentes deben entonces dedicarse a enseñarles a los alumnos qué hacer con ellos, en metodologías de mucha colaboración, trabajo en equipo, creando proyectos comunes que les implique la aplicación de las ciencias y los conocimientos científico, técnicos y humanistas, en forma integrada.

Ahora parece ser el turno de la Educación Cívica. Pero el marco ya no soporta más parches. Esta es una oportunidad magnífica para una evaluación seria, profunda y completa al todo, especialmente si el desafío actual en el contexto de la Reforma, será justamente el de la calidad, que objetivamente está al debe.

Lo anterior, sin embargo es muchísimo más que una tarea de expertos. Se requiere aquí de un gran debate, reflexión y aportes de cuantos se interesan por la educación y la sociedad. Se trata de establecer valores, principios, objetivos, actitudes a desarrollar, experiencias de vida, que nos involucran a todos. ¿Qué educación cívica? ¿Qué propuesta de ciudadanía? ¿Qué tipo de ciudadano? ¿Qué concepto de persona, historia, de sociedad, de política, de libertades? ¿Qué concepto de Estado? ¿Qué formas para la administración del poder? ¿Qué división política del País? ¿Qué descentralización? ¿Qué concepto de subsidiaridad, de participación, de bien común, de derechos humanos? Estas cosas que no pueden definirse en una oficina, y menos en el riesgo de hacerlo desde una sola visión. Sobre todo por sus consecuencias en la formación de las nuevas generaciones y sus conciencias. Es por ello, que como Iglesia, quedamos a la espera de ser también convocados a tan importante cuestión.

Por otra parte, si paralelamente el Ejecutivo ha dado inicio a las gestiones necesarias para gatillar un proceso que busca elaborar una nueva Constitución Política para el País, entonces en base a qué nuestros alumnos podrían desarrollar aprendizajes al respecto. ¿No deberíamos esperar las características de una nueva institucionalidad?.

Desde ya, una vez más ofrecemos nuestra disponibilidad como Iglesia a colaborar en la educación por el bien de los niños(as) y jóvenes de nuestra Patria.