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Catedral de la Arquidiócesis de la Santísima Concepción Chile

Te Deum 2015

18 de septiembre 2015
Fecha: 18/09/2015
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Concepción
Autor: Mons. Fernando Chomali Garib


Nos hemos reunido para celebrar el 18 de Septiembre, con una acción de gracias, un Te Deum. Lo hacemos con solemnidad, porque la Independencia que gozamos lo amerita.

La misma solemnidad nos obliga a trazar nuestro futuro de cara a Dios. Lo hacemos en medio de aguas turbulentas en lo político, social y eclesial. Pero lo hacemos porque amamos a Chile, sus instituciones y porque tenemos fe en Dios que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos.

Lo primero es una mirada agradecida de todo cuanto Dios nos ha regalado. Sí, gracias por la naturaleza, los recursos naturales, y sobre todo por cada uno de quienes en esta tierra bendita habitan.

Gracias los cientos de miles de padres y madres que madrugan día a día para darles un mejor porvenir a sus hijos; gracias a los obreros y obreras, que de manera silenciosa y eficaz, construyen la patria.

Gracias al empresario, desde el más pequeño hasta el más grande, que genera empleo, produce bienes y contribuye así al desarrollo del país.

Gracias a las Fuerzas Armadas y a las Fuerzas de Orden y Seguridad, que están vigilantes para que los habitantes podamos vivir tranquilos.

Gracias a los profesores de todos los estamentos de la educación, que van armando la trama arquitectónica de la cultura y del futuro de Chile. ¡¡Cuánto le debemos y qué ingratos hemos sido con ellos!!

Gracias a los profesionales y trabajadores de la salud, que con desvelo cuidan al enfermo. Gratitud especial a quienes les dedican lo mejor de sí en los servicios de salud del Estado.

Gracias a los gendarmes, que buscan reinsertar, a quienes han delinquido, en su vida familiar, laboral y social. Hemos de hacer nuestra su labor. Reinsertar en la sociedad al que ha delinquido es tarea de todos. Trabajemos todos juntos a ver si logramos que la cárcel el Manzano se convierta en el Campus el Manzano. ¡Cuánto talento hay allí adentro por descubrir!

Gracias a los jóvenes, especialmente a quienes en medio de penurias económicas y mucha soledad, se esfuerzan por sacar adelante su carrera.

Gracias a los ancianos, que han contribuido grandemente en la construcción del país y que, no siempre son adecuadamente reconocidos. Muchos de ellos están solos y abandonados con pensiones muy por debajo de lo que necesitan para vivir dignamente. Un reconocimiento especial a quienes entregaron lo mejor de sí en las minas de la región y que hoy se encuentran pobres, enfermos y desvalidos.

Gracias a los profesionales de la prensa, que nos mantienen informados.

Gracias a todos, quienes trabajan en los tribunales velando para que los ciudadanos alcancen verdad y justicia.

Gracias a los pueblos originarios, que con sus tradiciones y cultura enriquecen al país y nos recuerdan el amor a la tierra, a la familia y el respeto a los ancianos, que la cultura occidental fundamentada en la competencia y el lucro, los tiene cada vez más abandonados. Cada día me pregunto con más fuerza ¿por qué hemos de imponerles la cultura del consumo, del éxito y la depredación a ellos? ¿No será mejor valorarlos desde su cultura y construir desde allí un Chile más respetuoso? ¡Es tanto lo que nos tienen que enseñar los pueblos originarios! ¡Tanta riqueza humana silenciada y poco conocida! ¡Tanto prejuicio que hiere las entrañas de la sociedad! ¡Tantas demandas legítimas no escuchadas suficientemente!

Gracias a los inmigrantes que han ido llegando y que enriquecen la patria con nuevas expresiones culturales.

Gracias a los sacerdotes, diáconos y religiosas que anuncian el Evangelio y trabajan en favor del necesitado. ¡Qué agradecidos hemos de estar de ellos¡ Hoy, movido por la solemnidad de la ocasión, la Iglesia Católica, en este día de acción de gracias, se compromete nuevamente y públicamente a cumplir su tarea de anunciar el Evangelio que nos trae Jesús, el Señor; de promover incansablemente la paz y de ayudar al débil y al necesitado. La Iglesia Católica, al contemplar a su maestro, aspira a que su horizonte de comprensión del mundo, sea el pobre y dar esperanza donde no la hay.

Bienaventurados todos ellos, nos diría el Señor, porque con su trabajo diario están tejiendo un Chile mejor.

Son muchas las situaciones que nos conmueven que las podemos descubrir con los ojos de la fe, que nos regala Jesús y nos genera un corazón agradecido por esta patria maravillosa, Chile. Incluso, en medio de las dificultades propias de la vida, es posible agradecer.

La Iglesia, animada por la esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva, ve el acontecer apartándose del pesimismo estéril, que sólo crítica y no propone, y apartándose también del optimismo ingenuo, que cree que todo está muy bien.

El discernimiento espiritual nos obliga a mirar aquello que pone en peligro o atenta en contra de la dignidad de la persona humana, y su camino a la felicidad plena, y proponer caminos desde el Evangelio.

Quisiera detenerme en algunos aspectos que debiésemos mirar con mucha atención.

Mi primera preocupación son los jóvenes. El país ha crecido económicamente, pero muchos jóvenes están y se sienten solos, sus manifestaciones de rabia que vemos en muchos de ellos no es más que el efecto del abandono en que se encuentran. Hay un grupo de ellos que no ven para sus vidas, horizonte de futuro y no se sienten parte de la sociedad. En Chile, más de 700 mil jóvenes no estudian ni trabajan. En la región son más de 120 mil. ¿Podemos quedar indiferentes frente a ello? Ciertamente no.
Muchos dejan la universidad por falta de recursos económicos y por falta de apoyo. Es alta la deserción de los universitarios, especialmente entre los más pobres. Muchos pasan hambre. Si, en nuestra región, eminentemente universitaria, muchos jóvenes pasan hambre y viven en condiciones muy duras. ¿Podemos quedar indiferentes frente a ello?

Se requiere una ayuda más efectiva de los intelectuales, del mundo político, de los empresarios, de los profesionales, de la sociedad toda, para que cada estudiante universitario tenga la tranquilidad suficiente para poder estudiar. El estudio para estos jóvenes es el futuro de la región y de Chile. Chile y la región serán lo que son los jóvenes hoy. Les pido que no los abandonemos; lo vuelvo a repetir, no los abandonemos. Todo lo que hagamos por los jóvenes, vale la pena. Han de ser los destinatarios de nuestros mejores esfuerzos. Es un deber ético que lo exige Chile. ¡Y lo exige hoy!

Hacer de esta hermosa región una gran sede universitaria, de innovación, de investigación de alto nivel, de creación artística, de generación de nuevos conocimientos, es tarea de todos, y pasa por una preocupación más activa de toda la comunidad penquista. Las condiciones están dadas, porque los talentos y la infraestructura están. Los animo a ello. Ahora.

Como arzobispado nos hemos sumado a la reforma educacional. Esperamos permita que, por un lado, los padres puedan elegir el proyecto educativo que quieren para sus hijos y que, por otro, la calidad de la educación recibida no dependa de la situación económica de los padres. Ello es una injusticia que clama al cielo y que requiere ser enmendada. Para ello, es urgente fortalecer y mejorar la educación pública. En eso, cuentan con el apoyo de la Iglesia.

También hay que reconocer que muchos jóvenes, en virtud de la fragilidad de sus vínculos familiares, se sienten desamparados. El mejor servicio que podríamos hacer es generar instancias para promover y ayudar a las familias, para que los vínculos familiares se afiancen y se consoliden. Allí, hay gran fuente de alegría y de felicidad, que los jóvenes valoran. Razón tenía el gran filósofo Inglés Chesterton, cuando afirmaba: \"El lugar donde nacen los niños y mueren los hombres, donde la libertad y el amor florecen, no es una oficina ni un comercio ni una fábrica. Ahí, veo yo la importancia de la familia”. El gobierno y los legisladores tienen, en esta materia, una gran responsabilidad. Acogiendo con respeto y amor a todo ser humano, la Iglesia seguirá promoviendo la familia fundamentada en el matrimonio porque cree firmemente que es el camino que permitirá mirar el futuro con optimismo. El futuro de la humanidad se fragua en la familia y su debilitamiento es un retroceso para el país. Los ancianos pagarán las consecuencias. Miremos Europa.

Preocupa también el empobrecimiento del valor del trabajo. El trabajo es sagrado porque lo hace una persona. Allí, radica su riqueza y su dignidad, y no es una mercancía que se transa en el mercado, ni un mero hacer en el engranaje de la producción. Hemos de colaborar activamente para generar más y mejores trabajos. Duele el alma ver cómo se cierran industrias y los sueños de tantos. Duele el alma ver cómo son tratados los pequeños empresarios y obreros que quedan lanzados a su propia suerte y, en la más absoluta indefensión, frente a los grandes. Lo acontecido en la Mina Santa Ana de Curanilahue es una prueba de ello. El afán de lucro llegó allí a su máxima expresión, así como la total indiferencia frente a quienes sacaron el carbón de la mina. Esa es una herida que aún supura en muchos. Soy testigo de esas situaciones a diario. Ello, hay que enmendarlo porque representa una injusticia que daña a las personas y sus familias, la confianza pública y el futuro de la pequeña empresa, gran fuente de trabajo.
Volver a recuperar la dignidad del trabajo y del trabajador es una urgencia primaria del siglo XXI, si queremos paz social, porque la paz es fruto de la justicia.

Invito, con insistencia, a los empresarios de la región, a ser cada vez más audaces en esta materia, para que hagan de la región, un gran polo de desarrollo pesquero, agropecuario, carbonífero, tecnológico y de servicios, convirtiendo sus empresas en una comunidad de personas, respetuosas de quienes allí trabajan y del ambiente.
Llegó la hora de los empresarios que miran el futuro de la región y de sus habitantes, antes que cualquier otra consideración.

No puedo dejar de mencionar, con tristeza la violencia que se está apoderando de las calles. Ello, debe darnos una señal de alerta, que algo anda mal en la sociedad. Ello, exige un análisis que vaya más allá de las lecturas policiales o de inteligencia, que legítimamente podamos hacer. Se trata de una cultura de la violencia, que se ha ido plasmando en la vida diaria. Es consecuencia de una sociedad deshumanizada, donde se ha ido perdiendo paulatinamente el valor de la vida humana y el valor y el respeto por el otro. Podremos realizar un cambio, el que será efectivo y auténtico, si todos y cada uno de nosotros, nos empeñamos en promover una sociedad, donde el diálogo prime por sobre la violencia, en que los aspectos éticos primen por sobre los técnicos, los valores espirituales primen por sobre los materiales y la dignidad de la persona prime por sobre cualquier otra consideración. La violencia le dará paso a la paz cuando haya más justicia, más solidaridad, más equidad, más oportunidades, más amor a Dios y al prójimo. En ello, tenemos que trabajar todos unidos.

Leer la delincuencia desde una mirada meramente jurídica o policial es no comprender el fenómeno en su raíz. Un gran número de internos son hijos de internos. El círculo de la delincuencia se vence con más y mejores niveles de educación, con bajos índice de pobreza, de exclusión social y de marginalidad. Urge generar una sociedad más inclusiva donde todos tengan más y mejores oportunidades y donde haya menos ostentación. La delincuencia terminará cuando cada uno haga un aporte efectivo en mejorar la vida de los más pobres y excluidos. Si el dinero invertido en encerrarnos en nuestras propias casas con sofisticados sistemas de seguridad o en darnos lujos innecesarios, lo hubiésemos invertido en educación y oportunidades reales para lo más desvalidos, tendríamos otro país. Cada uno ha de mirarse a sí mismo. ¿Qué hemos hecho con nuestros talentos, oportunidades y dinero? ¿Lo hemos puesto al servicio de los demás?
Esta sociedad deshumanizada se está abriendo a la posibilidad que, en Chile, se despenalice el aborto. Ello, sólo traerá efectos nocivos para la vida de los más débiles, de los que requieren más cuidado. El talante de una sociedad se mide en la capacidad que tiene de cuidar al desvalido. Aspiremos a ello como sociedad. Las futuras generaciones lo van a agradecer.

En la línea de buscar caminos para lograr una sociedad más humana, en este día de todos los chilenos y chilenas quisiera recordar la necesidad de trabajar con ahínco y mayor esfuerzo para conocer el paradero de los detenidos desaparecidos. Hemos de mirar con mucho respeto y admiración a quienes aún, después de 40 años añoran y claman por despedirlos como se lo merecen.

En estos tiempos, tendrán la oportunidad de generar la cultura del diálogo con altura de mira, la cultura del respeto irrestricto por el que piensa distinto, la cultura de reconocer cualidades humanas también en el adversario político. La cultura de la propuesta de ideas, la cultura de la mirada país por sobre la mirada del partido. La cultura de la unidad. La cultura del trabajo bien hecho y el rechazo a todo interés personal u oportunismo. La cultura del respeto a la vida, desde el momento de la concepción, hasta la muerte natural. La cultura de la esperanza, de la alegría y del trabajo en común. La alegría que nos regala el hecho de vivir.

Eso es lo que Chile hoy necesita. Ese es el legado que nos quisieron dejar quienes entregaron su vida por la patria y ese es el legado del Evangelio que nos recuerda que Dios es amor, es paz y que si El no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Miremos a María nuestra Madre para que nos indique el camino a Jesús, el único que nos da vida y nos muestra el camino para alcanzar un país más próspero para todos.

+ Fernando Chomali Garib
Arzobispo de Concepción