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Homilía en la Misa y Te Deum de acción de gracias por la Independencia Nacional

Catedral de San Bernardo, 18 de septiembre de 2015.
Fecha: 18/09/2015
Referencia:
País: Chile
Ciudad: San Bernardo
Autor: Mons. Juan Ignacio González Errázuriz


Hermanos y hermanos, hijos todos de esta amada tierra chilena. Autoridades civiles y militares, del cuerpo de Bomberos, de la Defensa Civil, miembros de las corporaciones de beneficencia, juntas de vecinos, ciudadanos de nuestra Provincia.

1. Reunidos para alabar a Dios y para examinar el camino

Reunidos en este día solemne en que con alegría celebramos la independencia de la Patria, queremos elevar nuestro corazón al Dios de todas las bondades para dar gracia por los bienes que hace recaer sobre nosotros y sobre esta amada tierra chilena.

También es este un momento de serena reflexión a la luz de la Palabra de Dios, para examinar nuestros derroteros como país, como autoridades, como ciudadanos de la casa común, que nos legaron los padre fundadores.

Acabamos de escuchar las palabras de San Pablo a los Colosenses, que nos insta a todos a vivir como hermanos: "revístanse de entrañas de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia. Sobrellévense mutuamente y perdónense cuando alguno tenga queja contra otro; como el Señor los ha perdonado, háganlo así también ustedes. Sobre todo, revístanse con la caridad, que es el vínculo de la perfección".

2. Un malestar que recorre la Patria

Son palabras exigentes, escritas por el Apóstol Pablo a las primeras comunidades cristiana, cruzadas, al igual que nosotros hoy día, por divisiones, disensiones y controversias, que amargan la vida de la nación, en medio de un mundo también convulsionado por la violencia y el terror y por la falta de solidaridad con quienes mas sufren.

Todos notamos este malestar que cruza el horizonte de la nación entera y se expresa en violencias verbales y físicas, distancias y conflictos, que parecen ir en aumento. Hay en el ambiente un exceso de recurso a las palabras fuertes y a la violencia verbal y física. Lo notamos al caminar por nuestras calles, plazas y caminos, al ver las noticias de diario acontecer, al diálogo en nuestras casas y en los círculos que frecuentamos.

El futuro social, político y económico del país preocupa a muchos y cierta desesperanza comienza a invadir los ambientes y la vida nacional. Mas allá de las causas de este fenómeno, cuyo análisis corresponde hacer a los llamados al ejercicio de la noble actividad publica, la Iglesia no permanece ajena a estas preocupaciones, buscando siempre hacer un aporte que ayude a retomar los caminos de la paz y la concordia, del progreso, la justicia y la dignidad. Nos preocupa, particularmente, que este estado de conflicto termine afectado a los mas necesitados y carenciados de la sociedad, que tantas veces pagan en sus vidas la incapacidades de las clases dirigentes para encontrar acuerdos y vivir en armonía. El Papa Francisco, en su reciente Encíclica sobre el Cuidado de la Casa común, ha reiterado muchas veces, que no puede ocurrir que al final los grandes perdedores con las discusiones de los poderosos, sean los mas pobres. También en nuestro caso esta afirmación es válida: las grandes discusiones y reformas que se proyectan y estudian no deben olvidar en ningún momento que un objetivo esencial de las mismas debe ser ayudar a los mas desposeídos a elevar su calidad de vida, sus posibilidades y expectativas de desarrollo espiritual y material. ¡Ay¡ de los gobernantes que hagan cambios que perjudiquen a los mas pobres. ¡Ay! de las reformas que provoquen que los mas pobres pierdan lo que ya tienen o no puedan acceder a un trabajo digno, y cada vez a mas justas remuneraciónes o pierdan la posibilidades que ya tienen.

3. Los fundamentos de la Patria y su abandono

La Patria, como todo edificio y construcción de los hombres, tiene sus fundamentos. Sus bases se afirman en rocas que no es posible cambiar. Sobre ellas la pusieron nuestros antepasados, los padres fundadores, los que nos han antecedido en su servicio, los que por ella lucharon y por ella murieron. Esta casa común, nuestra nación chilena, se ha ido construyendo sobre esos fundamentos y nadie puede negar que uno de ellos, el mas principal y a su vez el mas firme y seguro, es el cristianismo y la cosmovisión que de el nace en lo relativo a nuestra organización social y comunitaria. Somos una nación cristiana. Quien niegue esto, o intente construir sobre otro fundamento, termina por destruir mas que consolidar y hacer sufrir a la Patria misma y a sus hijos. Sólo sobre el fundamento del cristianismo es posible construir una nación donde habite la misericordia y la bondad, la mansedumbre y la paciencia, la justicia y la paz, auténticos fundamentos de una verdadera convivencia. Chile es una nación cristiana. Ello no se opone a que el Estado no sea confesional, porque la Nación es mucho mas que el Estado y porque uno de los elementos esenciales es la visión cristiana del hombre y de la sociedad y la libertad una de sus grandes conquistas.

Del abandono de estos fundamentos arrancan los dolores que actualmente sufrimos y de los cuales todos tenemos alguna responsabilidad. Medio afirmado el edificio sobre ideologías de momento, algunas de ellas de antigua y fracasada factura, otras completamente contrarias al verdadero ser de la persona humana, como la ideología de género, la Patria tambalea y se inclina hacia la división y la violencia. Es propio del buen conductor avizorar los peligros antes que ellos ya estén encima y precaverlos con medidas adecuadas que salvaguardan el pasaje y la carga.

Todos los que hoy nos encontramos aquí, sea cual sea nuestra pensamientos filosófico o moral, hemos de ser capaces de descubrir cuales son las causas profundas de las actuales zozobras y desde ese análisis adoptar las medidas para corregir los errores y enmendar los rumbos. Dios nos los exige y la patria nos los demanda.

4. Una nación cristiana

¿Pero qué entendemos por Cristianismo? Es la religión fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. La persona y las enseñanzas de Jesús son las bases sobre las que se asienta la religión cristiana. Los cristianos consideran a Jesucristo su Redentor y su Maestro: le reconocen como su Dios y Señor y se adhieren a su doctrina. En una hora precisa del tiempo y en lugar determinado de la tierra, el Hijo de Dios se hizo hombre e irrumpió en la historia humana. El lugar de nacimiento de Jesús fue Belén de Judá; la hora, cuando reinaba en Judea Herodes el Grande y Quirino era gobernador de Siria, bajo la autoridad suprema del emperador de Roma, César Augusto. La vida de Cristo entre los hombres se prolongó hasta otro momento de la historia, bien preciso también: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo que tuvo lugar en Jerusalén, a partir del día 14 del mes de Nisán del año 30 de la Era cristiana. Caifás desempeñaba el cargo de Sumo Sacerdote, gobernaba Judea el «procurador» Poncio Pilato y reinaba en Roma el emperador Tiberio.

Ser miembro de una nación cristiana es volverse siempre hacia quien es el fundador de nuestra fe. Conocer y reconocer a Jesucristo es una obligación moral de una persona que se diga su seguidor y su discípulo. Jesucristo se presentó a sí mismo como el Cristo, el Mesías anunciado por los Profetas y esperado ansiosamente por el Pueblo de Israel. En Cesárea de Filipo, ante la diversidad de opiniones que corrían sobre su persona, el Señor preguntó a los Apóstoles: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» La respuesta de Pedro fue rotunda: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Jesús no sólo no enmendó en un ápice estas palabras, sino que las confirmó de modo inequívoco: «No te han revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos». En la noche de la Pasión, ante los príncipes de los sacerdotes y todo el Sanedrín, Jesús declararía abiertamente que era el Hijo de Dios, el Mesías. A la solemne pregunta del Sumo Sacerdote, la suprema autoridad religiosa de Israel: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?», Jesús respondió: «Yo soy»

5. Gravedad y consecuencias de apartarse de los fundamentos

Pero aun siendo miembros de una nación cristiana, hay algunos que lo rechazan y quieren construir sobre otros fundamentos.

También en nuestra Patria hay personas y grupo que niegan este fundamento y quieren cambiar esas bases esenciales. De ese derrotero es del que se siguen las controversias y divisiones que hoy sufrimos. Se esta intentado cambiar aquello que la inmensa mayoría consideramos esencial. El respeto irrestricto a la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, la familia, fundada en la unión entre un hombre y una mujer, la educación de nuestra juventud como prerrogativa esencial de los padres, que son lo primeros educadores y a la cual el Estado contribuye subsidiariamente, la sexualidad humana, fundada en la complementariedad entre varón y mujer y tantos otros aspectos de nuestra convivencia social, cuyo fundamento verdadero se encuentra en la ley del amor, que Jesucristo nos enseñó.

La amistad cívica, que nace de la fraternidad propia de ser todos hijos de Dios, no
puede subsistir fundada sólo en fuerzas humanas, como se pretende. El amor al prójimo, ley suprema de la fe cristiana, no puede abandonarse sin grave deterioro de las convivencia entre todos nosotros. El perdón, con que el cristianismo supero la antigua ley del Talión, ojo por ojo diente por diente, debe ser el fundamento de nuestra convivencia nacional.

Hermanos y hermanas, desde la perspectiva de ese cristianismo, me permito advertir que nuestra nación va encaminando por sendas erradas, de las cuales saldrán mas lagrimas, mas división y mas violencia, mas atropellos a la dignidad de la persona humana. Hay momento en que a todos se nos piden un supremo esfuerzo y creo que nos encontramos en ese preciso instante.

Le corresponde asumir ese esfuerzo, primeramente, a quienes ha sido llamados por los ciudadanos a ejercer la autoridad y el servicio al bien común, pero todos somos responsables de advertir los caminos errados y de intentar corregirlos.

6. Los cambios, necesarios pero paulatinos y con diálogo

La Iglesia mira con agrado los cambios que en muchos ámbitos se promueven, los ampara y apoya. Creemos firmemente que en el orden social siempre es necesario cambiar, especialmente cuando esos cambios tienen por finalidad hacer una sociedad mas justa, inclusiva y donde las oportunidades puedan llegar a todos, de manera que los bienes espirituales y materiales sean también a todos accesibles. Pero la Iglesia, experta en humanidad, sabe que una sociedad no se cambiar de un día para otro, que los procesos sociales y políticos requieren maduración y un racional crecimiento y que ellos se consolidan paulatinamente. Los cambios provocados abruptamente, provocan conflicto profundos y traen asociados males sociales y quiebres que arrastran mayores males que los que se pretendía evitar.

Por eso, la nación pide a quienes hoy conducen sus destinos actuar con prudencia y sabiduría extrema y actuar sobre el fundamento de acuerdos y consensos, que son el camino propio de una sociedad pluralista y democrática.

Esos cambios no son sólo de las estructuras, sino mucho mas profundos, son cambios en los corazones, en las actitudes, en la comprensión de lo diverso, en la aceptación de la pluralidad de ideas, caminos y sendas que se pueden recorrer. No es suficiente tener la legitimación política para intentar cambios sustanciales. Por eso, uniéndome a otros ámbitos del quehacer nacional, la Iglesia pide y exige hoy capacidad de dialogo, esfuerzo de acercamiento, amistad cívica verdadera. Sólo desde ellos alcanzaremos cumbres mas altas y mayor bienestar para nuestro pueblo chileno.

Todos los que tenemos responsabilidades publicas, del orden que sean, hemos de saber que hoy vivimos un momento de desprestigio y crisis de autoridad. Recuperar las confianzas de los ciudadano en sus instituciones y en las personas que las lideran, es un desafío del momento.

Ello solo será posible con el ejercicio evidente, constante y publico, de la honradez y la transparencia. Pido a todos hoy día, en este día solemne, un personal compromiso en este sentido. Que no vean como fieles servidores de los demás, que pueda decirse de cada uno de nosotros lo que dijo el Señor Jesús. "Yo estoy en medio de ustedes como el que sirve" sin jamas dejarse servir y si servirse de los cargos, responsabilidades, bienes o recursos que la patria ha puesto en nuestras manos.

7. Algunas realidades especialmente preocupantes

Desde la atalaya que me concede el conocer bien la realidad social de esta parte de la Región Metropolitana, sus hombres mujeres y jóvenes, quisiera bajar a realidades que todos conocemos y que entre todos deberíamos abordar. Son realidades que afecta a nuestras comunidades día a día y provocan dificultades diversas en muchas personas, en sus familias, en nuestros barrios y comunas y expresión clara de la perdida de los valores y virtudes de una sociedad cristiana. Me referiré a solo algunos, que considero de especial gravedad.

- Vivimos cada vez mas en villas y barrios encerrados, donde la inseguridad ha creado el temor y donde los hechos delictuales - muchas veces hechos de sangre - tiene una presencia diaria y dolorosa. Su consecuencia es el miedo, el enrejamiento de nuestras casas, y el abandono de la vía publica como el lugar del encuentro común, para ser el espacio delictual. Es necesario reestudiar en profundidad los cambios introducido en nuestros sistema jurídico penal y en el accionar de los agentes del orden publico. Una sociedad donde se pierde en respeto a la autoridad legitima tiene hipotecado su futuro y el camino por delante no es otro que una anarquía y que cada ciudadano se tome la justicia por su propia mano, lo que implica el fracaso del Estado, como ha señalado recientemente un alta autoridad política.

- La droga y el alcohol se han tomado algunas zonas, por desgracia amplias, de nuestras comunas. Nuestros jóvenes, varones y mujeres, son lo grandes perdedores. Conocemos las consecuencias y son muchas la madres y padres de familia que lloran por sus hijos y se acercan pidiendo soluciones. Esto lo sabe la madre Iglesia. Mientras esto ocurre, algunos parlamentarios proponen liberar el uso de algunas drogas, sin descubrir y, quizá conocer, en toda su realidad los males que acongojan por esta razón a miles de familias. Tenemos que descubrir políticas nuevas, claras y certeras, que no pueden excluir la formación moral y ética de la juventud, hoy casi completamente abandonada en nuestros establecimiento de educación y en las políticas de Estado. Es necesario dedicar seria y permanentemente muchos mayores recursos y personas para que se dedique a erradicar esta flagelo y a ayudar a los que han sido ya invadido por el. Es cierto que todos, desde nuestro ámbito, intentamos hacer algo, pero digámoslo con claridad. Es poco, muy poco, lo que hemos hecho.

- En una sociedad hiper erotizada, donde los medios de comunicación y las redes sociales destinan parte importante de su espectro al fácil atractivo de la pornografía, hemos abandonado el intento de restablecer una visión de la sexualidad fundada en la naturaleza del ser humano, para seguir el camino de precaver los efectos del ejercicio desordenado de sexualidad por medio de los fármacos u otros mecanismos, haciendo algunas veces el problemas de fondo mas grave y amenazador. Hoy un 70% de los nacimientos en nuestros hospitales se producen en mujeres jóvenes que no tiene vinculo formal de ninguna especie con el progenitor del recién nacido. Algunas veces ese vinculo de hecho se mantendrá, en muchos caso no. Estimo que esta es uno de las mas graves problemas del presente y futuro de la nación, porque como todos sabemos, destruida la familia, el camino del progreso de hace imposible.

-La falta de sentido de pertenencia de algunos de nuestro ciudadanos a las realidades en que viven, se manifiesta en la falta de cuidado de los lugares públicos, prueba de los cual es la suciedad que no invade, los basurales urbanos en medio de nuestras ciudades, pese a los esfuerzo de las autoridades. Es necesario pensar qué existe en la base de estos comportamiento, de manera que podamos corregirlos y ayudar a nuestras comunidades a superarlos. Como ha señalado el Papa Francisco: “Hoy advertimos, por ejemplo, el crecimiento desmedido y desordenado de muchas ciudades que se han hecho insalubres para vivir, debido no solamente a la contaminación originada por las emisiones tóxicas, sino también al caos urbano, a los problemas del transporte y a la contaminación visual y acústica. Muchas ciudades son grandes estructuras ineficientes que gastan energía y agua en exceso. Hay barrios que, aunque hayan sido construidos recientemente, están congestionados y desordenados, sin espacios verdes suficientes. No es propio de habitantes de este planeta vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza.” (LS, 44)

- Me refiero por último, a un tema particularmente notorio en nuestros jóvenes, grave y doloroso a la vez. Es cada día mas notorio su desarraigo histórico - social. A las actuales dificultades de la educación de los jóvenes, se une la completa ignorancia acerca de la historia de la patria, de su ciudad y de los personajes que en ella nos antecedieron. y les dieron su grandeza. Caminan nuestros jóvenes y adultos por las calles y cruzan las plazas, si saber la razón de sus nombres y el nombre de sus estatuas. Las miran como extraños en su propia casa. Desde hace décadas el país camina por la senda de la perdida de la memoria histórica, sustituida por la visión - por desgracia muy ideológica - de los hechos del pasado mas reciente. Es necesario trabajar para recuperar los símbolos que a todos nos une, los relatos verdaderos que a todos animan, la virtudes de los próceres que todos querríamos imitar. De aquí el valor insigne y único que tiene que, en un momento mas, bajemos a la cripta de esta catedral a presentar nuestros honores al fundador de nuestra ciudad y a los soldados que por ella combatieron y que otrora con nosotros vivieron.

Hermanos y hermanas, pero la Patria no se agota en nosotros. Somos una parte del camino, mas llano o áspero, pero constructores de su futuro haciendo el presente. Miremos la vida de Chile y de cada uno desde la trascendencia que da la fe. Vamos de paso a la Patria definitiva. Quien lo olvida o no lo sabe, construye aquí utopia irrealizables, que cuestan dolores, lagrimas y sangre. Quien viven con los pies en la tierra - bien puestos - pero su cabeza es capaz de mirar al cielo, sabe bien que la esperanza en Dios es el motor que no hace seguir sirviendo a la patria terrena para luego ganar la patria celestial y definitiva.

Pidamos a la Virgen del Carmen, Reina y Patrona de Chile, que nos conceda la unidad, la tranquilidad en el orden y la capacidad de amar a Chile y servirlo hasta el último suspiro. Pidamos a nuestro celestial Patrono, San Bernardo de Claraval, que no conceda ser hombres y mujeres de paz y de servicio a los demás, especialmente a los mas pobres.


+ Juan Ignacio González Errázuriz
Obispo de San Bernardo