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“En sus días florezca la justicia y abunde la paz” (Sal.71)

Homilía en Te Deum de Fiestas Patrias Iglesia catedral de Punta Arenas, 18 de septiembre de 2015.
Fecha: 18/09/2015
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Punta Arenas
Autor: Mons. Bernardo Bastres Florence


Lecturas:
Efesios 4,30 - 5, 2 Eviten la amargura, los arrebatos, la ira
Salmo 71, 1-4a- 7-8, 12-13. 17 Que en sus días florezca la justicia y abunde la paz
Mt 7, 21. 24-29 Edificó su casa sobre roca



La Patria nos convoca nuevamente en esta Iglesia Catedral para celebrar el don de la libertad y para orar por todos sus hijos e hijas. A esta cita venimos agradecidos - desde los albores de nuestra Independencia - en las Iglesias Catedrales de nuestra larga, angosta y hermosa geografía.

Nuestra Patria, ha forjado su “alma nacional”, entre catástrofes y terremotos. Este año no ha sido la excepción, hace dos días, nuestros hermanos del norte, de manera especial la provincia del Choapa y la Región de Coquimbo, han tenido un gran terremoto y un devastador tsunami, que hace sufrir a todo el país y que nos obliga a intensificar nuestra solidaridad y nuestra oración.

Los patriotas que hace 205 añs, un 18 de Septiembre de 1810, constituyeron el primer gobierno independiente de España, pusieron la simiente de nuestra identidad republicana, amante de la libertad y de la paz, del progreso y del bienestar de todos los chilenos y chilenas.

Hoy venimos agradecidos de Dios, por esta “copia feliz del edén” que es nuestra Patria, rica en bellezas y recursos naturales, pero, sobre todo, grande y hermosa en sus hombres y mujeres, que con su esfuerzo y trabajo cotidiano van construyendo una nación con rostro y corazón solidario, responsable en sus compromisos ciudadanos, y con un gran amor a Jesucristo y a su Santísima Madre, la Virgen del Carmen.

Nuestra Patria y nuestra Región forman parte de la “Gran Casa Común”, que es la tierra. El Papa Francisco nos ha llamado en su reciente encíclica “Laudato Si” - que significa “Alabado seas mi Señor” - a cuidar la naturaleza y al igual que San Francisco de Asís verla como nuestra hermana con la que compartimos la existencia y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos. Nosotros mismos somos tierra. Nuestro propio cuerpo está formado por elementos del planeta, su aire nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura.

San Francisco de Asís, al contemplar lo creado oraba así: “Alabado seas, Mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas”.

En muchas ocasiones hemos evocado el sueño del Padre de la Patria, Don Bernardo O’Higgins Riquelme, manifestado en su exclamación en el lecho de muerte: \"¡Magallanes, Magallanes!\"; él presentía la riqueza y el porvenir que para la patria aportaría nuestra región. Así también nos soñó San Juan Bosco: “en Punta Arenas vio las pilas de madera, carbón, hierro y otros metales, a lo largo de un muelle de varios kilómetros… entonces exclamo: “lo que ahora no pasa de ser un sueño, mañana será realidad”.

Efectivamente, el Señor nos bendijo con la belleza y la riqueza de una gran región. Nuestra respuesta a tan grande regalo debe consistir en su cuidado responsable, protección consciente y preservación lúcida.

La riqueza de nuestro ser magallánico, la ha plasmado magistralmente, Fernando Ferrer en la “Oración por Magallanes”:

“Yo te rezo, Señor, por Magallanes…
esa orgullosa tierra conquistada
por caminos que tú mismo trazaste.
Entendemos que el pan nuestro generoso
es el frío que sentimos cada día
coronado con la nieve y con el viento…
No nos dejes Señor que en tentación caigamos
de abandonar la tierra que los viejos nos legaron…
Creo Señor en Magallanes, creo en sus fiordos, sus canales,
sus ovejas, su petróleo, creo en su gente valiente…
que entre los hielos y el viento
hacen su patria y su vida…”


1.- Nuestra sociedad reflejo de nuestra casa común, hoy sufre.

El Papa Francisco en la encíclica “Laudato Sí”, se hace algunas preguntas, que se encuentran en el centro de su mensaje y que vienen a iluminar nuestro momento actual, “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?” (n. 160). Y continúa: “Esta pregunta no afecta sólo al ambiente de manera aislada, porque no se puede plantear la cuestión de modo fragmentario”, y nos conduce a interrogarnos sobre el sentido de la existencia y el valor de la vida social: “¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra?”: estas preguntas de fondo nos pueden ayudar a resolver las preocupaciones ecológicas y pueden tener consecuencias importantes.

Esta mañana hemos llegado con el corazón sensible debido a diversas situaciones que hemos vivido en este último tiempo y que parecen ser un verdadero torbellino de diversas situaciones y dificultades, todas complejas, que han remecido a toda nuestra sociedad. La política, el mundo empresarial, la misma Iglesia, las instituciones en general, hemos sido interpelados en una crisis de credibilidad y confianza que revela profundas grietas en nuestra convivencia social.

Queremos, como ciudadanos y cristianos, aprender de esta grave situación que estamos viviendo, en la perspectiva de sanar, recomponer y reconstruir. Sólo fructifica, crece y se dignifica quien reconoce con humildad la insensatez de construir sobre arena, como hizo el hombre del Evangelio que hemos escuchado, que no fundó su proyecto en cimientos sólidos y sufrió el rigor de la tormenta.

• A todos nos preocupan las relaciones impropias entre el dinero y la política que agravan el persistente escándalo de la desigualdad social.

• Asustan los niveles de crispación en el debate público, con una agresividad y descalificación sin límites. Avergüenza contemplar a unos gozando y sacando dividendos de la desgracia ajena, en una lógica de enemigos que creíamos superada. Cuando frente a la injusticia se impone la violencia, termina instalándose una cultura del maltrato y del abuso que como sociedad no podemos tolerar, justificar ni encubrir.

• Duele que nuestra institucionalidad sea incapaz de resolver deudas históricas, como la de los pueblos originarios y la de los pensionados que viven su ancianidad con pensiones miserables, o dramas permanentes, como la precariedad en que viven tantas familias y la inseguridad fruto de la delincuencia que se cierne como una creciente amenaza.

• Estremece que aún existan heridas del pasado abiertas, donde la vida de algunas personas fue arrebatada y los derechos humanos conculcados. Ante la muerte y el atropello de la dignidad humana, nada justifica guardar silencio y debemos con urgencia sanar y dar consuelo.

• Conmueve lo poco que aprendemos de nuestra historia, cuando el primero de los derechos humanos, el derecho a la vida, se pone en jaque en la agenda legislativa. O cuando la dignidad de las personas se atropella a diario, o se viola la intimidad de las comunicaciones privadas. Nos hiere la denigración de la mujer y de los inmigrantes, el abuso a los menores de edad, el maltrato a los abuelos, y el concepto mercantilista del trabajo que reduce a la persona a producto y hace sucumbir la vida familiar.

• Nos carcome una deshumanización, que es ajena a nuestra “alma nacional” y que se hace presente en todos los ámbitos: en escuelas y cárceles, en clínicas privadas y hospitales públicos, en el transporte público, en el campo y la ciudad. Respetar al otro como un igual es un mínimo gesto para la convivencia que cada día nos cuesta más garantizar.

• Nuestra región no está ajena a lo que sucede en el país, y nos preocupa como poco a poco estamos perdiendo nuestra identidad de personas acogedoras, amables y serviciales. El saludo amable y cortes a los vecinos y conocidos va quedando en el pasado. Surge - sin darnos cuenta - un individualismo que es ajeno a nuestra condición de zona aislada.

2.- El cuidado por la ecología, tiene que tener incorporada las dimensiones humanas y sociales, que son inseparables de la situación ambiental.

Estamos viviendo un hondo cambio cultural y transformación del tejido social en el que va cambiando nuestro modo de convivir, vemos debilitarse la confianza entre los ciudadanos y en las diversas instituciones del país. A todos se nos exige más transparencia y espacios de participación, y las instituciones debemos ser capaces de empatizar con el sentir de la gente, con sus expectativas y demandas.

El país espera de sus líderes, de todos sus líderes en los diversos ámbitos del quehacer nacional y regional, una estatura que solo se alcanza en la capacidad de crecer y avanzar junto a otros, en humildad, generosidad y diálogo. Cuando los líderes olvidamos que nuestra autoridad reside y se funda en servir a los demás, terminamos imponiendo y hasta avasallando. Del abuso emerge la violencia y, lo peor de todo, los más vulnerables resultan siendo las principales víctimas de la incapacidad de sus líderes.

Cuando el maltrato, la denostación y la violencia se apoderan del discurso y de las relaciones, la convivencia entra en un deterioro progresivo que por momentos nos ha parecido sin retorno. La recomendación de san Pablo que escuchamos en la primera lectura: “eviten la amargura, los arrebatos, la ira”, “sean mutuamente buenos y compasivos”, es un camino que necesitamos seguir en todos los ámbitos de nuestra vida personal y social. Desde el corazón del Evangelio, surge un clamor: la dignidad humana es la piedra fundante de toda convivencia y el pilar básico de toda democracia.

El Papa Francisco, nos ha recordado, que el modelo de desarrollo económico social vigente no ha logrado un desarrollo humano integral. En una sociedad consumista y materialista, el interés individual se convierte en un perverso fin que justifica todos los medios. Así también lo hemos señalado los Obispos, “nuestra convivencia laboral, urbana, cívica y mediática tiende a convertirse en una guerra despiadada”. Y ante ello, “se requieren cambios de actitudes, conductas y prácticas personales y comunitarias”.

El alma colectiva de Chile es una tarea que se construye día a día. La unidad de la nación no sólo se juega en los conflictos internacionales, en la solidaridad ante las tragedias o en los torneos deportivos, sino en la convivencia diaria.

3.- Para construir nuestra casa común, necesitamos cuidar y fomentar el diálogo y el buen trato.

Nos aprestamos a recordar, el próximo 23 de octubre, diez años de esa fiesta nacional que fue la canonización del padre Alberto Hurtado, valorado como un verdadero “padre de la patria”.

Especialmente luminosas para el tiempo actual son las palabras del P. Hurtado en el Te Deum de Fiestas Patrias de 1948, cuando decía: “Chile tiene una misión en América y en el mundo: misión de esfuerzo, de austeridad, de fraternidad democrática, inspirada en el espíritu del Evangelio. Y esa misión se ve amenazada por todas las fuerzas de la vida cómoda e indolente, de la pereza y apatía, del egoísmo”.

Esa cómoda indolencia, hoy ayudada por la pragmática conformidad de última generación que nos vende la sociedad global, sigue siendo una herida lacerante en nuestro Chile.

En tiempos en que muchos hablan más de “este país” que de “nuestro país”, como si Chile nos diera vergüenza, se hace indispensable dirigir nuestra mirada a las virtudes humanas que nos permitieron sortear como nación hasta los más cruentos escollos, guerras civiles y terremotos, dictaduras y aluviones. Desde ellas hemos de superar este trance, como lo hacen las familias chilenas que sobreviven la desventura, se levantan y al día siguiente vuelven a caminar.

Es posible también hoy el sueño de la “patria justa y buena para todos” que emprendió la civilidad al recuperar la democracia. Eso exige que los necesarios cambios en nuestra sociedad sean construidos con el aporte de todos los sectores. El diálogo y la participación no pueden reducirse a la sola posibilidad de ejercer derecho a voz. Un auténtico diálogo supone la certeza de no ser descalificado “a priori”, supone escuchar, acoger, y muchas veces ceder, siempre con respeto y procurando el bien común.

Ciertamente son necesarias la verdad y la justicia. Pero ellas no aseguran la resolución de los conflictos ni mucho menos la recomposición de las confianzas. Tampoco el estado de derecho asegura relaciones humanas de calidad y convivencia de buen trato. Es necesario el esfuerzo de cada uno para aceptar y respetar al otro por ser persona y habitamos la única casa común. Un trato respetuoso, justo y amable a los demás nos ayudará a desterrar la violencia, a sanar heridas y a recomponer los lazos vitales que nos unen como una sola familia que somos.

De la misma manera, en medio de la crisis planetaria que hoy se vive por los migrantes y refugiados, nosotros – como región- tenemos el desafío de saber acoger con dignidad y adecuada legislación a los nuevos rostros que llegan desde fuera a enriquecer a nuestra comunidad magallánica.

Una riqueza de Chile es la capacidad de mirarnos a los ojos y reconocernos hermanos. Desde la valoración de la dignidad humana de cada hombre y cada mujer, es posible edificar sobre roca firme una familia, una amistad duradera, una comunidad de vecinos, un proyecto de país que procure, - no el mezquino interés de una persona o un grupo- sino la consecución del bien común.

También hoy se hace necesario lo que el padre Hurtado en su tiempo llamaba “reflotamiento de todas las energías morales de la nación”, es decir, “devolver a la Nación el sentido de responsabilidad, de fraternidad, de sacrificio”.

4.- Para construir nuestra casa común contamos con hombres y mujeres nobles, abnegadas y generosas.

La crisis que procuramos afrontar y superar no solo ha golpeado a autoridades y a instituciones. Ciertamente todos estamos llamados a dar necesarias garantías de probidad y transparencia en nuestro ámbito de autoridad. Pero la crisis actual también nos desafía a cada chileno y chilena en nuestra responsabilidad cívica. Muchos se han ido aislando de participar en votaciones y elecciones. Nos vamos olvidando que todos somos “co-responsables” de cuidar la democracia y de poner la dignidad de cada persona en el centro de la convivencia en nuestra casa común.

Muchos están cansados de diagnósticos, comisiones y de informes. Ya tenemos suficientes indicadores y análisis sobre esa parte de la casa común que hemos edificado sobre arena. La memoria, que a veces se vuelve frágil, habrá de traer al presente siglos de historia tejidos por compatriotas que ayudaron a construir Chile sobre roca firme, muchos en forma anónima y silenciosa, con el único propósito de heredar a sus hijos y nietos un mejor porvenir.

Chile sigue contando con gente noble y generosa que se entrega al servicio de los demás, con alegría y pasión por una sociedad más fraterna y justa. Encontramos chilenos y chilenas que desbordan bondad y sentido de justicia en todos nuestros ambientes, incluida la política, vocación que consideramos indispensable para la construcción de esta sociedad justa y solidaria. Muchos de estos hermanos son jóvenes y su entusiasmo es admirable. Ellos no se desaniman ante las crisis, no desesperan en las tormentas, perseveran en una esperanza que vence al pesimismo y al fatalismo. Contemplemos en ellos al hombre prudente que Jesús nos presenta edificando sobre roca firme. Dejémonos contagiar por esos compatriotas buenos que irradian valores positivos en sus vidas. Que su testimonio nos anime a ser mejores, a relacionarnos mejor, a ser un país cimentado en valores, que es una sana medida del humano desarrollo, para que también en nuestros días “florezca la justicia y abunde la paz”.

Nuestra Señora del Carmen, Madre y Reina de esta Patria Nuestra, a quien hemos invocado a lo largo de nuestra historia, nos ayude en este tiempo a reconstruir relaciones cívicas maduras, tolerantes e incluyentes, para que seamos “buenos y compasivos”.

A Dios sea el Honor y la Gloria, y nosotros aclamamos: ¡Te Deum laudamus… te alabamos, Señor! Amén.