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Homilía en el Te Deum del 18 de septiembre de 2015

Fecha: 18/09/2015
Referencia:
País: Chile
Ciudad: San Felipe
Autor: Mons. Cristián Contreras Molina


Chile, nuestra patria querida, mira hacia el cielo para dar gracias a Dios. Es el sentir de un pueblo libre y soberano que se enorgullece de sus nobles tradiciones. Es la familia chilena la que vibra en todos los rincones de esta tierra al son del himno nacional mientras mira la blanca cordillera que se prolonga en ese cielo azul que nos invita a soñar con la eternidad. Se me viene a la memoria la figura de Teresa de los Andes quien al contemplar el monte aconcagua se imaginaba el cielo transparentado por la belleza del infinito.

Con los años, no son pocos los acontecimientos que pasan al olvido, sin embargo de mi memoria no ha desaparecido la ramada hecha con ramas de sauce y ornamentada con chupallas, espuelas y chamantos. Me emociona traer a la memoria el desfile junto a mis compañeros de colegio, desfile precedido por el emblema patrio y que culminaba con largas poesías y bailes tradicionales. Todo, ante la mirada de un pueblo orgulloso de sus hijos en una sociedad campesina auténtica, sencilla y generosa. Era frecuente llegar caminando a la escuela en compañía de algún profesor. Ellos me enseñaron a leer, a rezar, a respetar y a querer a mis padres. De ellos aprendí a no botar papeles ni menos escupir en la calle. Los que llegábamos más temprano, preparábamos la leche que compartiríamos a mitad de mañana. Los semaneros lo pasábamos bien haciendo el aseo de las salas y ningún padre se quejaba. Reconozco que todo este itinerario ha formado parte de mi vivir, sufrir y soñar. Nunca he perdido mis ideales. Estos se forjaron mientras caminaba entre las piedras y con el correr de los tiempos, en el silencio de la oración y en aquellas aulas universitarias que salían a la calle enarbolando la bandera de la democracia, la participación, la justicia y la paz social. La hojota, dio paso a la zapatilla, el chamanto a la casaca, y la góndola al trole que bajaba de la comuna de la Reina y me dejaba en la Universidad católica.

Con estas reminiscencias, no pretendo sacralizar el pasado. Solo pretendo destacar, el cultivo de los valores patrios, los sentimientos de gratuidad y sencillez sin esconder el sentido del desprendimiento y entrega en la construcción de una sociedad más humana, más equitativa y solidaria.

Me motiva destacar tantos avances en nuestra sociedad chilena y que dicen relación con el desarrollo humano. La Reforma Procesal Penal, terminó con miles de juicios que permanecían encarpetados por años, mientras los más pobres esperaban su condena en la miseria de una celda. Nos duele el hacinamiento en que viven los presos, hacinamiento indigno que imposibilita su rehabilitación y reinserción social. Junto con esta queja, comparto con Uds. la común preocupación por la delincuencia que por estos días se hace sentir con una inusitada violencia y estrategias o métodos cada día más sofisticados. El cuidado personal y comunitario forma parte de una estrategia que debe ser abordada desde el parlamento y de su aplicación por los Tribunales de Justicia con el apoyo de los órganos pertinentes del Estado. Todos necesitamos vivir sin ser agredidos y caminar con tranquilidad por este suelo que nos pertenece, menos a causa del despojo de la propia dignidad.

Ningún chileno que cree en la integración social, en la importancia del conocimiento para alcanzar el desarrollo y en el desafío de crecer de manera integral, puede estar en desacuerdo con la Reforma Educacional. La Iglesia que cree en la dignidad de todo ser humano, no puede avalar el lucro en la educación, ni menos discriminar por condición social, económica o racial. La iglesia cree en la libertad de enseñanza y en el Proyecto Educativo del colegio, en una formación que contemple una visión trascendente de la existencia y en la libertad de los padres para elegir el colegio donde educar a sus hijos. Quien diga que la educación en Chile está estancada, obedece según mi opinión, a parámetros ideologizados. Chile debe educar personas capaces de relacionarse con el TU trascendente y con el otro que me integra en el proyecto de vivir en armonía mientras se trabaja por el desarrollo que nos encamina hacia una vida plena.

La experiencia cotidiana y las encuestas de opinión, nos permiten percibir la alta valoración que los chilenos sienten por su familia. El amor por los hijos, y por los nietos, de una manera especial, sigue siendo la reserva espiritual que reconcilia y que permite el reencuentro en ese nido que sabe de partida y de regreso. Nuestra primera palabra de gratitud y admiración para todos quienes han tenido la generosidad de sacar adelante su familia. La labor educativa, más el trabajo de los padres y madres, y esa triple función de la mujer que es mamá, esposa y trabajadora, es una realidad que no escapa a la bendición de Dios. Más que la organización política y social, más que las leyes y que la misma constitución, la familia es el verdadero valor constituyente de la comunidad humana.

Por diversas razones hay familias mono-parentales: más razón para acompañarlas. Hay familias cuyos progenitores se casaron enamorados y no pudieron llevar a plenitud sus compromisos nupciales: más razón para estar cerca, porque el sufrimiento de la separación, por mucho que se trate de atenuar, cae sobre ellos y sus hijos. No hay condena de la iglesia. No hay “excomunión” como popularmente se cree. Hay parejas que se unieron sin las condiciones para una vida matrimonial, es razón para que los Tribunales competentes declaren con transparencia su nulidad. Necesitamos leyes laborales y educacionales al servicio de la hermosa aventura de ser familia. Desde nuestra mirada de fe creemos que más allá de los problemas que enfrenta que ella enfrenta, es la célula básica de la sociedad y como tal no debe dejar de transmitir los valores que permiten, con la ayuda de Dios construir la casa sobre roca, anticipo de aquella que nunca se destruye.

Al hablar de la familia, debo decir una palabra sobre los hijos. Un niño engendrado en el vientre de la madre es una vida humana, y por lo mismo, es acreedor del primero de los derechos humanos: que sea respetado y cuidado. Un niño que presenta problemas en su gestación, además de las maravillas que hoy día hace la medicina, es una persona única que trae una misión particular al mundo. La “supresión de un niño considerado “no deseado” (¿se puede hablar sinceramente de “no deseado”? es una injusticia e implica un trauma que puede marcar de por vida a una mamá que, desgraciadamente aborta, muchas veces presionada por terceros. Por eso lejos de condenarla, queremos ayudarla y apoyarla como lo hacen los programas de la Iglesia con las madres adolescentes o con las fundaciones que apoyan legalmente la adopción de los niños así nacidos. Me permito solicitar a los legisladores actuar en conciencia y de acuerdo a sus convicciones cristianas, aquellos que las tienen a la hora de proceder a votar la ley que pretende despenalizar el aborto.

Sin pretender caer en una homilía llena de quejas y lamentos me permito poner sobre la mesa algunas consideraciones que están en el sentir de la comunidad nacional. Asustan los niveles de crispación en el debate público, con una agresión y descalificación sin límites. Avergüenza contemplar a unos gozando y sacando dividendos de la desgracia ajena, en una lógica de enemigos que creíamos superada. Cuando frente a la injusticia se impone la violencia, termina instalándose una cultura del maltrato y del abuso que como sociedad no podemos tolerar, justificar ni encubrir. Duele que nuestra institucionalidad sea incapaz de resolver deudas históricas, como la de los pueblos originarios, o dramas permanentes, como la precariedad en la que viven todavía tantas familias y la inseguridad que se cierne como una creciente amenaza. Cuando el maltrato, la denostación y la violencia se apoderan del discurso y de las relaciones, la convivencia adquiere un deterioro progresivo que por momentos nos ha parecido sin retorno. La recomendación de San Pablo, evitar la amargura, los arrebatos la ira, ser mutuamente buenos y compasivos, es un camino que invitamos a seguir en todas las esferas. Desde el corazón del evangelio, surge un clamor: La dignidad humana es la piedra fundante de toda convivencia y el pilar básico de toda democracia.

Hoy es posible el sueño de una patria justa y buena para todos. El diálogo y la participación, no pueden reducirse a la sola posibilidad de ejercer el derecho a voz. Un auténtico diálogo supone la certeza de no ser descalificado a priori, supone escuchar, acoger, y muchas veces ceder, siempre con respeto y procurando el bien común. Ciertamente son necesarias la verdad y la justicia. Pero ellas no aseguran la resolución de los conflictos ni mucho menos la recomposición de las confianzas. Si cada uno de nosotros aportara el mayor de los esfuerzos para descubrir aquello que hay de bien en cada persona con quien se relaciona, probablemente nuestra convivencia se enriquecería con lo más noble del ser humano: la gratuidad, el don de dar y de darse. Un trato respetuoso, justo y amable a los demás nos ayudará a desterrar la violencia, a sanar las heridas y a recomponer los lazos vitales que nos unen como una sola familia que somos.

Chile cuenta con mucha gente buena, noble y generosa. Los encontramos en todos los ambientes, incluida la política, vocación que consideramos indispensable para la construcción de esta sociedad justa y solidaria. Es mucha la gente que no se desanima frente a la crisis, que no desespera en las tormentas y que perseveran en una esperanza que vence el pesimismo. En ellos contemplamos al hombre prudente que edificó sobre roca firme hasta que florezca la justicia y abunde la paz. Que así sea.


+ Cristián Contreras Molina OdeM.
Obispo de San Felipe