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Homilía en Te Deum de Fiestas Patrias

Catedral Metropolitana de La Serena 18 de septiembre de 2014
Fecha: 18/09/2014
Referencia:
País:
Ciudad: La Serena
Autor: Mons. René Rebolledo Salinas


Textos bíblicos

Primera Lectura : Col 3,12-17
Salmo Responsorial : Sal 33 (32) 1-3.12.20-22
Evangelio : Jn 14,1-6

Te Deum Laudamus

El Señor nos convoca hoy en su Casa, el Templo Catedral, lugar señalado por su presencia. Hermanas y hermanos encaminan diariamente sus pasos hasta este lugar sagrado para visitarlo y, en un clima de oración, expresarle al Señor sentimientos de gratitud y de alabanza, como también de súplica confiada. Son niños, jóvenes y adultos que reflejan en sus rostros gozos y satisfacciones, pero también, y en muchas ocasiones, dolor y sufrimientos.

Hoy, en este día solemne, somos nosotros, el pueblo de Dios que peregrina en la IV Región, junto a las más altas autoridades civiles, militares y de orden, que nos acercamos ante el altar del Altísimo, Señor de los tiempos y de la historia, para reconocer su obra en medio nuestro, sus innumerables bendiciones y beneficios con que nos ha favorecido, como asimismo suplicarle con humildad su bendición para el presente y el porvenir.

“A Ti, oh Dios, te alabamos;
a Ti, oh Señor, te confesamos”.

Son las hermosas palabras de un antiguo himno, con el cual, siguiendo una gran y noble tradición, Chile celebra cada nuevo aniversario como nación independiente. Por ello, en el culmen de esta liturgia solemne entonaremos el Te Deum, “a Ti, oh Dios”, evidenciando, de este modo, el fundamento cristiano en el cual se forjó y se ha desarrollado a lo largo de los siglos nuestra Patria querida.

Al unirnos en esta sagrada celebración con tal suerte de sentimientos, reconocemos el primado de Dios en todo, le tributamos la alabanza, la acción de gracias que a Él es debida, dado que todo bien procede de Él.

Corresponsables de la edificación de la
ciudad terrena anhelando la eterna

El regalo por excelencia que el Señor entrega a cada chilena y chileno en este aniversario patrio, como también en todas las celebraciones en que lo invocamos, es su Palabra. Ella es un mensaje de amor, que espera una respuesta en igual medida de cada uno de nosotros. Ella puede orientar también el presente y el futuro como lo ha sido en el pasado en nuestra historia patria, si la acogemos y buscamos ponerla en práctica. Agrademos al Señor por este regalo tan maravilloso, pleno de contenido, iluminación y esperanza, en este día y, según sus designios, también para el porvenir.

Acabamos de oír textos muy inspiradores. Ante todo y sobre todo la preciosa página del Evangelio de Juan. En el contexto del anuncio de su partida, nuestro Maestro nos invita a mantener puesta nuestra confianza en Él… “no se turbe vuestro corazón. Crean en Dios y crean también en mí”. Somos discípulos misioneros de quien procede de la Casa del Padre, Cristo el Hijo de Dios. Él ha venido por amor a nosotros y, morando definitivamente en la Casa del Padre, es fuente de vida para cuantos creen y esperan en Él… “en la Casa de mi Padre hay lugar para todos”.

Grande es nuestra alegría y este sentimiento se manifiesta en cada aniversario patrio. Anhelamos vivir este día en plenitud con todos nuestros hermanos de camino, no olvidando que somos peregrinos, hijos de la Patria verdadera, la Casa del Padre, donde está Cristo a su derecha, intercediendo por nosotros, y donde Él nos llevará consigo… “regresaré y los llevaré conmigo, para que puedan estar donde voy a estar Yo”.

No obstante, los discípulos misioneros del Señor, estamos llamados a una identidad profunda con la vida y misión de nuestro Maestro. Invitados a formar parte de su pueblo, gracias a su inmensa bondad para con nosotros, nos llama también a empeñarnos en la construcción de una nación de acuerdo al proyecto que le confió su Padre, el Reino.

A la Casa del Padre eterno, la Patria definitiva, nos encaminamos construyendo corresponsablemente la ciudad terrena, donde el aporte de cada cual es significativo e importante, como también un grave deber que no podemos soslayar.

Jesús Camino, Verdad y Vida.
Él nos conduce al Padre

Del santo Evangelio de hoy hemos oído que Jesús señala al apóstol Tomás que Él es el Camino que nos conduce al encuentro con Dios su Padre y “nuestro Padre”. Él nos ha anunciado también que Él es la Verdad. Ante todo es verdad de Dios, pero igualmente es verdad acerca del hombre. Él nos ha revelado para siempre quien es Dios su Padre y cual es su voluntad de amor y de salvación para con el género humano. Su anuncio en la Palabra, escuchada y acogida, llega a plenitud cuando Él se revela como la Vida.

La invitación que nace de la Palabra de Dios, acogida en la comunidad de la Iglesia, es a preguntarnos frecuentemente: ¿es sólida nuestra aceptación de Jesús como Camino, Verdad y Vida, para nosotros, nuestras familias, la sociedad chilena, la gran nación que constituimos? Y si es así, ¿cómo adentrarnos siempre más interiormente en el camino señalado por Cristo y que debemos seguir? ¿cuál es la Vida verdadera que debe animar la existencia de nuestro pueblo? ¿cuál es la Verdad llamados a encontrar que dé sentido a nuestras búsquedas, intentos y anhelos?

Propicia es la ocasión y de gran significado emblemático para asumir el desafío que nos plantea la Palabra del Señor.

El Salmista, contemplando su vida personal, la de los suyos y, particularmente la de su pueblo, afirma: “dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que Él se eligió como herencia”. La bienaventuranza, “dichosa la nación”, es, ante todo, una invitación a maravillarnos porque cuanto el corazón humano anhela lo encontramos, plenamente, en Jesús. En Él, nos disponemos a entregarnos al amor del Padre y por Él, también a los hermanos. No dudemos en hacer presente a nuestro amado pueblo, con serenidad y humildad profunda, que la vida se construye sobre la roca firme que es Cristo, único cimiento verdadero y perenne. Sin Él, corremos el enorme riesgo de recorrer un camino equivocado, o de aceptar una verdad parcial y limitada. ¡No nos privemos de la Vida verdadera, la única que satisface plenamente los anhelos más profundos de nuestro corazón!.

Por ello, en esta ocasión solemne, la Iglesia sale al encuentro de sus hijos e hijas para manifestar con humildad su disposición a acompañar su camino histórico e indicar la fe en Cristo como respuesta cierta a las grandes interrogantes de la existencia humana y para que “en Él Chile tenga vida”. La belleza de la fe como uno de los grandes dones de Dios nos anima a afrontar los retos y desafíos del tiempo presente pensando y actuando en vista del bien común.

Jesús, Camino y Verdad, es Vida y quiere serla para todos. Llamados a agradecer cotidianamente el don de nuestra propia vida, ampliamos el agradecimiento a Dios también por el precioso y sagrado regalo de la vida de los demás, la que nos proponemos respetar en su plena dignidad en todo tiempo y circunstancia, desde su concepción hasta su término natural. Esta disposición, que debe ser permanente, es la mejor expresión de correspondencia al don recibido.

Jesús, Camino y Verdad, es Vida y quiere serla para todos, especialmente para las personas en situación de pobrezas, hermanas y hermanos que por diversas razones viven excluidos de los bienes materiales y que son patrimonio de todos. Nuestro anhelo de que en Chile todos tengan acceso a los bienes necesarios para crecer, desarrollarse y vivir con dignidad, se manifestará en la opción concreta por superar las grandes y graves inequidades sociales. La disposición de todos para integrar en una sociedad equitativa a los pobres del Señor, abriéndoles a los medios para una existencia digna será el mejor índice que el desarrollo alcanzado es verdadero y auténtico.

Jesús, Camino y Verdad, es Vida y quiere serla para las familias e igualmente para la gran familia que conformamos todos, nuestra Patria. ¡Cuanto aprecia nuestro pueblo esta gran institución: la familia que se funda en el matrimonio!. Es un bien fundamental que debemos salvaguardar. En el corazón de ellas se acrisolan los ideales que nos acompañarán a lo largo de nuestra vida. Constatamos que de ellas depende ciertamente lo que somos en el presente y gran parte de lo que seremos en el porvenir. Nunca serán suficientes los esfuerzos que debemos concretar, para que la familia refulja en su hermosura y trascendencia, en sus valores e ideales. La disposición de todos para acompañar, dedicar medios al fortalecimiento de la institución madre en la que se edifica toda sociedad será, sin duda, una de las mejores y de las más “rentables inversiones”. Si la familia sigue siendo la célula fundamental de la sociedad, el estado también está sin duda llamado a ir asumiendo, cada vez más, un rol protagónico en su defensa, en su promoción y en generar políticas públicas que la favorezcan.

Jesús, Camino y Verdad, es Vida y quiere serla para los niños, adolescentes y jóvenes, que son presente y futuro de nuestro pueblo. Felizmente son apreciables las instituciones que salen a su encuentro para discernir con ellos sus anhelos y esperanzas, como también para acogerlos en sus dolores y sufrimientos. La disposición de todos por responder generosamente a la vida más plena que anhelan los jóvenes liceanos, universitarios y trabajadores, es la mejor opción para evitar frustraciones y el descontento que pudiere agudizarse y manifestarse en explosiones sociales.

Jesús, Camino y verdad, es Vida y quiere serla para cuantos han sufrido y sufren a causa de actos violentos, o son víctimas de irracionales formas de discriminación y exclusión, o viven al margen de una sociedad que no los considera y valora. ¡La violencia nunca es el camino!

Discípulos del Buen Pastor, que se entrega totalmente para que tengamos vida, y vida en abundancia, estamos llamados, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, a crear una cultura del encuentro, donde el otro nunca es un enemigo, ni un obstáculo, sino ante todo un hermoso don.

Jesús, Camino y Verdad, es Vida y quiere serla para cuantos están sufriendo en nuestra Región a causa de la sequía que la afecta por varios años consecutivos. Con fe y constancia le hemos suplicado al Señor la nieve y la lluvia para que vuelvan a reverdecer los campos y ofrezcan generosamente el alimento necesario para todos. Solidariamente salimos al encuentro de los hermanos que están sufriendo las consecuencias de la prolongada sequía, al tiempo que pedimos para ellos que sean atendidos con justicia, eficacia y prontitud. Cuanto nos puede ayudar también forjar una cultura del “cuidado del agua”, en su más amplia expresión, la que, sin dudas, nos favorecerá a todos.

A Nuestra Señora del Rosario de Andacollo, confiamos a nuestra querida Patria, a sus gobernantes y autoridades, como también a todas las chilenas y chilenos.

A Ella entregamos estos desafíos que vislumbramos y a los cuales solicito con todo respeto, dediquemos nuestros mejores esfuerzos.

“Bendice a nuestra Patria
con el don de la unidad y de la paz,
que no falte a sus hijos el pan de cada día,
que nadie abuse del que está desamparado.

Aseméjanos a ti en la fe,
la esperanza y el amor,
para ser hijos fieles de la Iglesia
y honrar así con nuestras vidas
al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén


+ René Rebolledo Salinas
Arzobispo de La Serena