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Conferencia inaugural Asamblea eclesial 2012

Fecha: 12/10/2012
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Concepción
Autor: Mons. Fernando Chomali Garib


1. Nos hemos reunido una vez mas en Asamblea eclesial para reflexionar en torno a nuestra vida como comunidad creyente, discípula del Señor y misionera. Lo hacemos en un contexto del todo particular. En efecto, en mayo del 2013 la arquidiócesis cumple 450 años. Hoy celebramos 50 años del Concilio Vaticano II y 20 años de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. Además en ese contexto iniciamos el año de la fe convocado por Benedicto XVII.

2. Lo primero que surge es una gran acción de gracias por el trabajo realizado por todos y cada uno de ustedes. El trabajo de los sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, laicos y laicas en una amplia gama de lugares y circunstancias. Gracias, muchas veces muchas gracias por el testimonio de fe y abnegación que han dado en medio de tantas dificultades. Pero también he visto la alegría que se vive al interior de las comunidades y el celo apostólico manifestado por tantas personas. También quisiera agradecer el trabajo realizado en las parroquias en vistas a las asambleas decanales y a esta asamblea arquidiocesana. Ha sido un esfuerzo inmenso por parte de todos y cada uno de ustedes pero que sin duda nos ha permitido llegar mejor preparados a este encuentro. Más de 850 personas han podido expresarse y sin duda que hacer una síntesis no es fácil. Sin embargo queda claro en primer lugar que ha habido logros en el anhelo de tener un plan pastoral arquidiocesano que nos ayude en nuestra tarea, así como una pastoral orgánica. Pero también se presentan dificultades que las hemos de asumir con compromiso y decisión. Dificultades que surgen tanto de las mismas comunidades como del exterior. Con todo no podemos sino que dar gracias a Dios por todo cuanto ha acontecido cifrando mucha esperanza en este día eclesial puesto que nos permitirá valorar lo hecho, reconocer donde estamos débiles y sobretodo poner lo mejor de nosotros mismos para superar las adversidades y problemas propios de la vida.

3. El Papa ha llamado al año de la fe en el contexto de una sociedad que sufre grandes cambios culturales marcados por el intento de sustituir a Dios del espectro público y hacer de los conocimientos científicos y técnicos el criterio de verdad y medición de la realidad. Pero, por otro lado, nos dice el Santo Padre en el corazón del hombre hay un anhelo de trascendencia, un anhelo de Dios inextinguible que encuentra en Jesucristo nuestro Señor la respuesta adecuada. Nuestra misión se centra en ese anhelo. Esta invitación del Papa se da en un momento particularmente doloroso para la Iglesia dado los escándalos que han acontecido en su interior fruto de los abusos sexuales que han cometido algunos consagrados. Los abusos nos duelen de sobremanera por el daño causado y nos duele de sobremanera por ser la negación misma de la respuesta a la cual nos llama el Señor. Estamos sufriendo por estos hechos que nos obliga a cuestionarnos seriamente muchos aspectos de nuestra vida eclesial, el modo como ejercemos la autoridad y el modo como nos ayudamos en la corrección fraterna y el modo como prevenimos para que estos hechos nunca más se vuelvan a dar en ningún lugar. Los niños son los predilectos del Señor y los hemos de cuidar. Esa es tarea de todos. Y ese será el fundamento y la base para reconstituir la confianza que muchas personas han ido perdiendo en relación a la Iglesia. Los cambios culturales, sumado a la situación de dolor por la que pasa la Iglesia donde ha quedado de manifiesto su propio pecado nos obliga a fortalecernos en Jesucristo y a vivir más en la fe en Él que en nuestro propio querer. Porque a pesar de todo seguimos creyendo en El como nuestro Salvador y lo seguimos anunciando su muerte y su resurrección y seguimos diciendo, “Ven Señor Jesús”.

4. Si, hemos de promover y acrecentar la fe. La fe que se profesa, la fe que se reflexiona, la fe que se ora, la fe que se vive, la fe que se celebra. En estos cuatro pilares, la fe profesada, la fe orada, la fe reflexionada y la fe vivida encontraremos el camino seguro de un nuevo impulso misionero. Además, desde estos cuatro pilares podremos hacer una adecuada lectura de la realidad y poder así poner énfasis en las propuestas pastorales y en los aspectos que hemos de acentuar. Desde ese punto de vista esta asamblea eclesial será muy importante dado que nos permitirá ver de qué manera todos juntos nos lanzamos en esta nueva fase de la labor evangelizadora, dónde concentraremos nuestros esfuerzos y de qué manera cada uno de nosotros acrecienta su fe, su formación y su caridad. Nunca nos olvidemos que cada uno de nosotros hemos de ser todavía catequizados y cada uno de nosotros aún vive y vivirá hasta el último día de su vida el proceso de conversión al que nos llama el Señor. Esta es tarea de todos y es responsabilidad de todos porque todos juntos constituimos la única Iglesia de Jesucristo nuestro Señor que nos ha dado el mandato de evangelizar, de anunciar la buena nueva de la salvación, de anunciar la fraternidad entre los hermanos. Para ello hemos de rezar más y mejor, hemos de formarnos más y mejor, y hemos de servir más y mejor. Nuestra fe tiene un horizonte testimonial fundamental que ha de ser fuente de asombro, de admiración. No hemos de descuidar ningún aspecto en la perspectiva de la misión.

5. En relación al año de la fe y siguiendo las enseñanzas del Papa, este nos recuerda la necesidad de acrecentar la adhesión a la fe, de orar lo que se cree, de vivir lo que se cree y celebrar lo que se cree.

6. Fe profesada. Somos creyentes. Pero no creemos en cualquier cosa. Creemos en Dios uno y trino, es decir en una comunidad del todo particular de personas que constituyen la única realidad de Dios. Creemos en la Iglesia santa por ser fundada por Jesucristo y cuya cabeza es él y necesitada de purificación en virtud de sus miembros, nosotros, que somos pecadores. Nunca nos olvidemos que la Iglesia está constituidas por pecadores que requieren conversión y que se la pedimos a Dios porque somos incapaces de dárnosla a nosotros mismos. Creemos en el perdón de los pecados, es decir en la misericordia de Dios y que es posible recomenzar siempre a una vida nueva en él y creemos en la resurrección de la carne en virtud de que el mismo Cristo murió y resucitó y vendrá a recapitular todas las cosas en él, tanto en el cielo como en la tierra. Esta profesión de fe ha de ser reflexionada constantemente y estudiada. No escatimaremos esfuerzos para que los cursos, las charlas, la formación permanente sea un elemento fundamental en nuestra vida eclesial. Seguiremos por la senda de los cursos a nivel decanal, a nivel parroquial y a nivel arquidiocesano y trabajaremos muy de la mando con el Instituto de teología de la UCSC. Todo esto se potenciado con el CECAF - Centro de Coordinación Arquidiocesana de la Formación, en especial a través charlas, conferencias, semanas teológicas, y las Escuelas de la Fe de verano e invierno que ya comenzaron en Concepción, Coronel, Cañete y Penco. No basta con creer, hay que saber que es lo que cree para profundizar los contenidos de ellos. Si no damos ese salto de madurez en la fe fácilmente podemos caer en un fideísmo inconducente o hacer de la fe una ideología. Será responsabilidad de cada uno de nosotros valorar este esfuerzo y participar activamente en las instancias ofrecidas. Una fe que no es reflexionada, es una fe que no calará en lo más profundo de nuestra persona, no transformará nuestra vida y terminará por decaer terminando, usando palabras de Benedicto XVI en un vida cristiana de un gris pragmatismo. El mismo nos invita insistentemente a valorar el catecismo de la Iglesia Católica y a estudiarlo. Es una gran riqueza este documento y gracias a las nuevas tecnologías es fácil tener acceso a él. La palabra de Dios meditada y el estudio del Catecismo sin duda que será una gran ayuda para formarnos en nuestra fe. El año de la fe al que nos invita el santo padre debe ir en la dirección de crecer en una fe madura y ella es impensable sin una reflexión profunda en torno a ella.

7. Fe orada. El padre nuestro es el corazón de la oración cristiana. Hemos de ser una Iglesia orante. Reconocer en la oración una forma insustituible de encuentro con Dios. La oración es un don del espíritu Santo pero que se educa y se aprende. Las escuelas de oración y las comunidades persistirán en la medida que sean orantes. En los Evangelios encontramos muchos textos en que después del encuentro con el Señor surge la oración de alabanza. Los primeros discípulos se reunían en torno a la oración. Es allí donde adquiere fuerza nuestra relación filial con el Padre a la que tenemos acceso por Jesucristo en el Espíritu Santo. Hemos de promover en todas las instancias pastorales momentos de oración, fomentarla en las propias familias, en las comunidades, en las parroquias, en los movimientos. La oración asidua no queda fuera del corazón de Dios que nos escucha y nos conforta. Una Iglesia agradecida de los dones recibidos es una iglesia orante. De allí la invitación a rezar sin cesar porque al que pide se le dará. Fundamental resulta potenciar todas las instancias litúrgicas que forman parte de la tradición de la Arquidiócesis como las peregrinaciones, el mes de María, y las propias fiestas parroquiales.

8. Fe celebrada. La vida sacramental es la instancia fundamental que tenemos para recibir la multiforme gracia de Dios. Hemos de crecer en una vida sacramental más madura y asidua. El corazón, la culminación, la fuente de la vida cristiana, litúrgica y comunitaria está en la celebración eucarística. Es allí donde debemos hacer grandes esfuerzos en todos los aspectos para que en cada comunidad haya una vida litúrgica bien celebrada, bien preparada, llena de la belleza del misterio que estamos celebrando. Para ello es fundamental reforzar los equipos litúrgicos al interior de las comunidades y darles una adecuada preparación. Hemos de promover una vida litúrgica tal de que arda nuestro corazón al ver el pan convertido en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Y que al reconocer a Cristo sacramentado, reconozcamos la fuerza viva desde donde brota toda la vida de la Iglesia y toda su misión. Un proyecto pastoral que no parte la oración es un proyecto que está llamado al fracaso. Un proyecto pastoral será eficaz en la medida de que esté cimentado en la oración puesto que de allí brota la certeza de la presencia de Dios en medio de nosotros que nos ilumina y acompaña con su espíritu. El domingo ha de ser el día de la asamblea porque es el día del Señor. Debemos reforzar mucho esa idea. Sin la Misa la fe flaquea, se debilita y se pierde. Una comunidad madura es aquella que toda las instancias de su ser y actuar se nutren de la Misa y encuentran en ella la fuerza para continuar. Nos queda mucho camino por recorrer dado que hay muchos católicos que aún no van a Misa. Más aún son muchos aquellos que han dejado de ir a Misa. No tenían una fe madura. Henos de ir a buscarlos uno por uno. Esa es parte de la misión. De este encuentro privilegiado con el Señor surgirá el anhelo de una vida sacramental más profunda. Desde allí, junto a la comunidad surgirán vocaciones matrimoniales, sacerdotales, religiosas, diaconales y laicales, y sobretodo un profundo anhelo de santidad de vida y de hacer la voluntad del Señor. La vida en el Señor nos lleva a acercarnos al sacramento de la reconciliación y al anhelo de una profunda y verdadera conversión a El. Es allí donde está la verdadera alegría que tanto buscamos y que tanta falta hace en el mundo y que tanto nos anhelamos al interior de nuestras propias comunidades. Sí, la alegría, el gozo completo proviene de ese encuentro transformador con Jesucristo.

9. Fe vivida. La vida cristiana en la fe se manifiesta en una vida conforme al mandamiento del amor que resume todos los mandamientos. Amar a Dios por sobre todas la cosas y al prójimo como a si mismo. La caridad cubre la multitud de los pecados dice San Pablo. Hemos de insistir de sobremanera sobre este aspecto. Nuestra fe se hará creíble ante el mundo por el testimonio que demos de nuestra propia vida. La fe se hace carne en las obras, de modo especial aquellas que miran al necesitado, al pobre, al desvalido, a aquel que no puede devolvernos nada. Me siento muy confortado y dichoso en el Señor al ver la inmensa cantidad de obras sociales que se realizan al interior de la cada comunidad cristiana. Resultan iluminadoras las palabras de Pablo VII cuando nos dice que más que maestros necesitamos testigos. Testigos del Evangelio que tuvo especial predilección por los pobres, los huérfanos, las viudas, los enfermos, los encarcelados y los pecadores. La fe vivida por medio de una vida en Cristo y preocupada por los demás se ha de vivir no de modo aislado sino que en comunión. Es por ello que los animo a todos a que comprendamos que somos una sola Iglesia con un solo pastor, que profesamos una sola fe y por lo tanto hemos de hacer grandes esfuerzos para vivir una comunión real entre todos nosotros. Para ello es fundamental que todos, parroquias, colegios, congregaciones religiosas, movimientos y nuevos carismas hagan patente su carisma al interior del proyecto pastoral de la arquidiócesis. La fe se vive en comunión porque somos el cuerpo de Cristo y cada miembro al interior del cuerpo está llamado a dar lo mejor de si.

10. Desde ese punto de vista los animo a que juntos revisemos estos cuatro pilares a la luz de la invitación que nos hace el Papa y podamos tener una Iglesia renovada, llena del espíritu del Señor que quiere servir y no ser servida, que quiere proponer el Evangelio como una buena nueva que le da pleno sentido a la vida. Una Iglesia que se reconoce necesitada de convertirse a su Señor y Maestro y que es misericordiosa con el caído, el arrepentido, el que quiere volver a comenzar.

11. En este tiempo tan marcado por la eficiencia, por el lucro, por la competencia, tenemos una misión profética. Si, profética; recordarle a los hombres y mujeres que de nada le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma. Recordarle al hombre que su vida es preciosa a los ojos de Dios y que su vocación fundamental no es competir sino que amar y ser amado. Recordarle al hombre de este siglo que Dios lo ama, que no le tiene en cuenta su delito y que lo ama a tal punto que ha dado su propia vida por él. Somos una Iglesia profética que cree en el hombre, en el hombre integral creado a imagen y semejanza de Dios con una dimensión corporal y espiritual que está llamado a recorrer el camino de la fe, en la cual se vive de acuerdo y conforme a los preceptos del Señor como fuente de vida verdadera y que se materializa en el servicio desinteresado a los demás. Somos una Iglesia profética movida por la convicción de que tenemos una gran responsabilidad, de cara a Dios, de la suerte del hombre. Es por ello que promovemos la justicia social mediante la enseñanza y la puesta en práctica de la doctrina social de la Iglesia, lo que es parte constitutiva de su labor.

12. Todos estos anhelos siguiendo el camino trazado por Aparecida los hemos de vivir como discípulos y misioneros. Como comunidad que hace discernimiento hemos hecho carne este proyecto pastoral en medio de los jóvenes. si, ellos son nuestra prioridad pastoral porque el futuro de la Iglesia y de la sociedad depende de la formación de los jóvenes hoy. Es por ello que hemos creado la vicaría de la pastoral juvenil la que muy en comunión con la vicaría para la educación y la pastoral universitaria, pretende dar un gran impulso evangelizador en medio de los jóvenes con un plan pastoral que los abarque en su integridad y a todos. El encuentro de jóvenes de todo Chile en el mes de enero del 2013 en nuestra Arquidiócesis será sin duda alguna un gran impulso para que muchos jóvenes conozcan al Señor, lo sigan y sienta el influjo de su amor transformante en sus vidas.

13. Dios permita y la Santísima Virgen María a cuyo amparo nos acogemos, que después de esta hermosa reunión salgamos más animados, más fortalecidos, más conscientes del gran don recibido y sobre todo con un espíritu más misionero, de mayor entrega a la misión y con un renovado entusiasmo y alegría en el querer comunicar la fe, que como discípulos el Señor de la historia nos ha encomendado. Gracias y que Dios los bendiga, le muestre su rostro y les regale su paz.

† Fernando Chomali Garib
Arzobispo de la Santísima Concepción
13 de octubre 2012