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Palabra de pastores a la Iglesia y al país que amamos

Presentación de la Carta Pastoral del Comité Permanente de la CECh “Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile” Salón de Honor Casa Central UC, 27 septiembre 2012
Fecha: 27/09/2012
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Ricardo Ezzati Andrello


Estimado Sr. Cardenal, Sr. Nuncio Apostólico, Sres. Obispos
Autoridades de Iglesias y confesiones religiosas
Apreciado sr. Ministro Secretario General de la Presidencia, apreciados representantes de los Poderes del Estado, partidos políticos, organizaciones sociales, académicas, empresariales y sindicales
Queridos agentes pastorales de la Iglesia católica, laicos y consagrados
Señoras y señores,

Ante todo, quisiera expresar a todos ustedes, en nombre del Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile, una inmensa gratitud por estar presentes en esta oportunidad, por ser parte de esta ceremonia y por haber acogido con entusiasmo nuestra invitación a conocer y acoger la Carta Pastoral que hoy presentamos: “Humanizar y compartir con equidad el desarrollo de Chile”. Vaya un especial reconocimiento al Sr. Rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile que nos acoge en esta tarde y a todos quienes hacen posible este momento de comunión eclesial.

La Carta Pastoral que hoy presentamos tiene como telón de fondo, por una parte, varios documentos del Magisterio pontificio y episcopal latinoamericano, que se indican en las primeras páginas. Se inscribe, también, en un tiempo de gracia que vive la Iglesia. Porque, en medio de las complejas turbulencias a causa de las fallas y pecados de algunos de sus miembros, la presencia del Espíritu Santo sigue animando, ¡hoy más que nunca! el caminar de su Pueblo. El Año de la Fe y el Sínodo para la Nueva Evangelización, que el Santo Padre Benedicto XVI inaugurará el próximo 11 de octubre, son acontecimientos y procesos que marcarán el rumbo de la Iglesia para los tiempos que vivimos y los que vienen.

En nuestro país, la Iglesia es protagonista de variadas instancias de reflexión de gran interés en torno a nuestro caminar pastoral que, a través de asambleas diocesanas, culminarán el año próximo en una Segunda Asamblea Eclesial nacional: un proceso de comunión y participación en que la comunidad eclesial, en todas sus ricas y diversas expresiones y carismas, y fundamentalmente desde el servicios de los laicos y laicas, se hace co-responsable junto a los Obispos de las Orientaciones Pastorales que nos guiarán por los próximos años.

Una especial alegría en el tiempo de Misión Continental al que la Iglesia Latinoamericana y Caribeña nos convoca desde Aparecida, ha sido en Chile el entusiasmo que ha suscitado la Misión Joven en parroquias, colegios, universidades, congregaciones religiosas y movimientos. Con emoción recibimos la alegría y esperanza con que las nuevas generaciones de católicos dan testimonio de su amor al Señor, hacen suyo el símbolo de la cruz, la cruz de Cristo muerto y resucitado, y portan la cruz de Chile, como signo de su disposición a construir juntos una patria más justa y fraterna. En este tiempo misionero, espontáneamente se congregan los jóvenes, en sus comunidades eclesiales y educativas, para tener encuentros de reflexión, para organizar actividades solidarias, artísticas y también para participar activamente en la discusión de temas sociales que les interesan, como ciudadanos responsables, abiertos al diálogo y conscientes de su misión. ¡Cómo no va ser este un tiempo de gracia para nuestra Iglesia!

Es imposible dejar de recordar, en este contexto, a un chileno ejemplar y pastor sencillo de esta Iglesia de Santiago, cuyo cumpleaños recordamos justamente un día como hoy, 27 de septiembre. Me refiero al Cardenal Raúl Silva Henríquez, cuyo amor a la Iglesia y a la patria todos bien conocemos. Más allá de su reflexión sobre el “alma de Chile” que ha sido el espejo valórico de la patria desde la recuperación de la democracia, sus actuaciones privadas, pastorales y públicas en épocas difíciles de nuestra historia sólo pueden entenderse a la luz de su profunda experiencia de Dios y su clara conciencia de la dimensión profética de la vocación cristiana.

Justamente al Cardenal Raúl le tocó despedirse de la Iglesia de Santiago en tiempo de Misión Joven. Lo que don Raúl dijo entonces en su Carta a los jóvenes no parece muy distinto de la palabra que hoy queremos ofrecer los Obispos en el Chile de hoy a los jóvenes de hoy. Cito al Cardenal Raúl su carta de Pentecostés del año 1982:

Hijos míos: No rehuyan el llamado del Maestro a caminar con Él. No pregunten por qué ni adónde los llama. Corran con Él la aventura de la fe. Experimentarán que nada hay, fuera de Él, que les entregue esperanza y salvación duraderas. Acérquense al Señor en los sacramentos y escúchenlo en la oración para que, por sobre todas las cosas, sean capaces de un amor sin límites. Amen sus propias vidas juveniles donde Dios habita. Amen a los demás jóvenes que abrigan tantas esperanzas en ustedes. Amen a sus padres y familiares y tengan por ellos actitudes de comprensión y de perdón. Amen a la Iglesia y a sus Pastores y ayúdenla para que sea fiel al Evangelio. Amen a la humanidad y al mundo y háganse servidores y constructores del Reino. Pero para poder amar con la intensidad necesaria no olviden amar al Señor con todo el corazón, con todas las fuerzas y con toda el alma” (1) .

Una palabra para cada tiempo

Queridos hermanos y hermanas:

El recurso metodológico a la “carta pastoral” está inscrito en la historia de nuestro país y en el tejido de sus valores más profundos. En los años Cincuenta las cartas pastorales del Episcopado convocaban a encuentros formativos en la Catequesis, seguían la marcha de la Acción Católica, o definían criterios para la enseñanza en colegios y universidades de la Iglesia. Después, los acontecimientos sociales y políticos en Chile y el mundo comenzaron a demandar de los Obispos una palabra oportuna frente a la coyuntura desde el Evangelio y la ética cristiana.

En 1961, en su Carta pastoral titulada “Mientras el mundo marcha, la Cruz permanece”, afirmaban los obispos: “La Iglesia sabe que las civilizaciones pasan, que los tiempos cambian y los problemas varían. Ella no se liga a lo perecedero y caduco, pero lucha porque en cada nueva civilización que surge los valores eternos permanezcan” (2).

La Iglesia y el problema del campesinado”, “El deber social y político en la hora presente”, “Chile, voluntad de ser”, fueron los títulos de algunas de las cartas pastorales de la década del Sesenta. Y en los años siguientes los campesinos siguieron siendo un destinatario preferente en la palabra episcopal. También lo fueron los adultos mayores en una época en que todos les llamábamos “ancianos”.

El clima de violencia y polarización que vivió el país en las décadas sucesivas marcó las temáticas de la palabra episcopal, y ella fue centrándose muy significativamente en la reconciliación entre los chilenos, la defensa de la vida y de la dignidad de las personas, y la opción preferencial por los más pobres. Tras el Año Santo de la Reconciliación en 1974, y con el Documento latinoamericano de Puebla como trasfondo, el Congreso Eucarístico de 1980 y la visita del Papa Juan Pablo II en 1987 fueron acontecimientos relevantes en la renovación de la Iglesia, desde la Palabra de Jesucristo, la vivencia de los sacramentos y a partir de una clara opción por la Vida, por los más pobres, sufrientes y perseguidos.

El inicio de un nuevo milenio fue el contexto de la carta “Vida, solidaridad y esperanza”, publicada el año 2001, un mes después del atentado a las Torres Gemelas. Decíamos los pastores entonces: “El país recuperó la democracia. Pero ella no ha sido asumida en plenitud en la mentalidad de los chilenos” (3). La desigualdad, el individualismo, las amenazas a la familia ya eran parte entonces del diagnóstico. Cuatro años después, el Episcopado plasmaría en su Carta Pastoral “Matrimonio y Familia, una buena noticia para la humanidad” los desafíos que la nueva situación legal del matrimonio presentaba a los jóvenes, novios y familias cristianas. La última carta pastoral de los Obispos, el año 2007, recogiendo ya el espíritu del Documento episcopal de Aparecida, fue dirigida a los hombres y mujeres del campo chileno, como fruto de encuentros de diálogo sostenidos desde Copiapó a Punta Arenas.

Es importante valorar que, en los últimos años, también los obispos en sus respectivas diócesis han escrito cartas pastorales sobre diversas temáticas de interés eclesial y social. Varias de ellas han tenido importante eco más allá de sus respectivas jurisdicciones. Cabe recordar también el reciente documento de trabajo “Florecerá el desierto”, en el que la Conferencia Episcopal de Chile invita a mirar ‘el don de la creación y sus desafíos en nuestro tiempo’.

Con el método del Ver-Juzgar-Actuar que nuestras comunidades bien conocen, recogiendo y madurando las reflexiones de las asambleas plenarias, los Obispos han venido traduciendo ese discernimiento a documentos de carácter pastoral. Es el proceso que hemos vivido para elaborar esta Carta Pastoral que hoy presentamos. En ella se plasma el fruto de varios años de reflexión episcopal sobre la realidad nacional y eclesial, así como sobre aspectos específicos como la pobreza y el trabajo, la educación, el medio ambiente, las comunicaciones, el rol de la mujer y los cambios en la vida familiar.

La Carta, firmada por el Comité Permanente de la Conferencia Episcopal, es fruto de un proceso trabajado en comunión con todos los Obispos, y en el que hemos contado con la colaboración de numerosas personas, sacerdotes y, en su mayoría, laicos y laicas, a quienes agradecemos su valioso servicio a la Iglesia. Sus aportes, consideraciones, sus críticas y sus interpelaciones han sido y seguirán siendo de gran ayuda para iluminar, no sólo este Documento que hoy presentamos, sino todo el caminar pastoral de la Iglesia.

El texto recoge la palabra con que la Iglesia, a través de sus pastores, ha venido pronunciando sobre asuntos de prioritario interés social, como han sido la promoción y defensa de la vida humana desde su fecundación hasta su muerte natural, con las mínimas condiciones para que esta se desarrolle conforme a la dignidad de hijos de Dios; la valoración de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, como espacio privilegiado para el crecimiento integral y la felicidad de las personas; la necesidad de una vivienda y un trabajo digno con un sueldo ético; una educación humanizadora de calidad; el cuidado del medio ambiente como casa común; la necesidad de ubicar la economía a una escala humana y solidaria.

Nuestro propósito: volver la mirada hacia el Señor

¿Cuál es nuestro propósito?

Al comienzo de su primera encíclica, Deus Caritas est, el Papa Benedicto XVI nos recordaba una verdad relevante que los obispos latinoamericanos han citado en el Documento de Aparecida y que permite situar el trasfondo y propósito de la Carta Pastoral que hoy presentamos. Dice el Santo Padre: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (4).

Y como señala el Instrumento de Trabajo para la Asamblea del Sínodo de los Obispos, sobre la Nueva Evangelización: “Transmitir la fe significa crear en cada lugar y en cada tiempo las condiciones para que este encuentro entre los hombres y Jesucristo se realice” (5).

A la Iglesia nada humano le es ajeno, porque nada de lo que acontece a los hombres y mujeres es indiferente para Dios. Por eso la realidad que hoy vive nuestro país, en el contexto de un cambio de época sin precedentes, y la realidad que vive nuestra Iglesia, con sus luces y sombras, nos interpelan como pastores en nuestra “ineludible misión que todos tenemos de anunciar a Jesucristo en este momento de la historia de Chile” (6). No lo hacemos con la actitud impositiva o normativa con que muchas veces lamentablemente se percibe nuestro mensaje. No lo hacemos desde el poder sino desde la sencillez y humildad de una Iglesia discípula de Cristo que, precisamente por su discipulado, se siente experta en humanidad.

Por eso afirmamos en nuestra Carta Pastoral: “Nuestro deseo más sincero es que entre todos podamos dar un testimonio fraternal al pueblo chileno del cual somos parte y con el cual marchamos hacia nuestro destino. Particularmente, quisiéramos ser escuchados por aquellos que pueden haber sido ofendidos por nosotros. Deseamos también presentar el mensaje de Jesús a quienes tienen una mayor responsabilidad en la construcción de la sociedad. (…) Esperamos que aquellos que se sienten que han sido marginados y excluidos del progreso escuchen nuestra voz como una muestra fraternal de cercanía y preocupación, y como un motivo de esperanza” (7).

Como expresión de esta sencillez y humildad hemos querido comenzar la Carta Pastoral ofreciendo una palabra honesta sobre lo que ha significado para la Iglesia nuestras propias debilidades y faltas. Como lo hacemos cotidianamente en la mesa de la Eucaristía, hemos querido antes de iniciar nuestra reflexión pronunciar debidamente las palabras “perdón” y “conversión”. Pensamos, por una parte, en los vergonzosos casos de abuso sexual a menores de edad. Y lo hacemos con la convicción de estar dando, al interior de la Iglesia y también como una ayuda a la sociedad en su conjunto, los pasos audaces que el Santo Padre nos ha pedido para enfrentar estos casos y, sobre todo, para prevenir su ocurrencia garantizando espacios de confianza en todos nuestros ambientes.

Cuando hablamos de perdón y conversión también apuntamos a nuestro modo de ejercer nuestro rol en la Iglesia, partiendo por nuestro ministerio episcopal. Reconocemos la necesidad de una profunda conversión, que se traduce en las formas de relacionarnos y tratarnos unos con otros, hasta la renovación de nuestras estructuras. Queremos ser una Iglesia que se deja remecer y renovar por la potencia del Espíritu de Dios, y desde allí remecer y renovar a la comunidad social.

Desde esta convicción arranca nuestra Carta Pastoral: “Nuestra propia pequeñez y los problemas que hemos tenido no pueden impedirnos anunciar el mensaje del Señor. En estas graves circunstancias, como dice San Pablo: “¡Ay de nosotros si no evangelizamos!” (8).

“Volver a Jesús”, “volver la mirada al Señor”, “reencontrarnos con Él”. Esa es la invitación principal que hacemos hoy, como la hizo el propio Señor en su tiempo, como lo hicieron, sacrificando incluso su vida, los primeros testigos y discípulos. Aún resuena en nuestra memoria el llamado fervoroso de Juan Pablo II, el sucesor de Pedro, cuando indicando al rostro de Jesucristo recordaba a los jóvenes en el Estadio Nacional: “¡Jóvenes chilenos: No tengáis miedo de mirarlo a Él! Mirad al Señor: ¿Qué veis? ¿Es sólo un hombre sabio? ¡No! ¡Es más que eso! ¿Es un Profeta? ¡Sí! ¡Pero es más aún! ¿Es un reformador social? ¡Mucho más que un reformador, mucho más! Mirad al Señor con ojos atentos y descubriréis en Él el rostro mismo de Dios” (9).

Hace pocos días una serie televisiva nos ha recordado este histórico momento. Hoy, dos mil años después de que la humanidad pudo mirar y tocar el rostro de Dios, 25 años después del paso del Mensajero de la Vida por nuestras tierras, nosotros, pastores de la Iglesia, no tenemos otro tesoro que mostrar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo: Jesucristo, el Señor, Camino, Verdad y Vida. A Él proclamamos en esta Carta como fuente del bien que deseamos para la Iglesia y para Chile. Lo hacemos en vísperas del inicio del Año de la Fe al que nos ha llamado el Papa Benedicto, conscientes de la fuerza transformadora que nos regalará el pasar por “la puerta de la fe”.

El aporte cristiano para humanizar la vida y el desarrollo de Chile

Conscientes de que el momento que vivimos es particularmente prometedor para Chile, también reconocemos que la nueva cultura de la globalización ha engendrado profundos malestares. No podemos mirar el mundo desde un realismo fatalista ni tampoco desde un idealismo ingenuo. Por eso quisiéramos que los fieles católicos y la sociedad en general puedan revisar la mirada acerca de las luces y las sombras de nuestro tiempo y confrontarlas con el mensaje de Jesús.

No es éste es el momento de revisar punto por punto nuestro diagnóstico. Ya hemos visto algunos párrafos destacados en el material audiovisual que se ha exhibido, y bien podrán ustedes leerlo directamente, subrayarlo, comentarlo y divulgarlo cuando tengan en sus manos el documento.

Personalmente, quisiera subrayar determinados aspectos de esta Carta Pastoral, también recogidos en las homilías de los obispos durante las recientes Fiestas Patrias, que dicen relación con los desafíos de fondo que subyacen a algunos de los más urgentes problemas y conflictos que vive nuestra sociedad, y también nuestra Iglesia.

En primer lugar, que no quede duda alguna respecto de que la Iglesia no puede permanecer ajena a los clamores del hombre y de la mujer contemporáneos, ni tampoco a los clamores de los poderosos movimientos sociales que en los últimos años han expresado, con contundentes razones, su indignación frente a la lógica mercantilista que busca extender su dominio a todos los campos de la vida humana, contra la razón y la libertad, contra la humanidad y su felicidad.

Esta lógica, que premia el individualismo y el exitismo, y castiga la solidaridad y la fraternidad, nos ayuda a entender los complejos problemas en el ámbito específico de la educación al que, en los últimos años, se han dedicado tantos estudios, comisiones y sesiones especiales.¡Cómo desaríamos que nuestros colegios y universidades pudieran vivir en un clima de confianza! Sólo en una cultura de auténtica confianza se hace posible educar.

La educación es un lugar clave donde se juega la real voluntad de la sociedad política de terminar con aquello que, hace siete años, la Conferencia Episcopal llamaba “escandalosas desigualdades”. Hoy nuestra Carta pastoral afirma: “Las movilizaciones sociales justas en sus demandas pueden poner en peligro la gobernabilidad si no existen adecuados canales de expresión, participación y pronta solución. Ya no se acepta más que se prolonguen las diferencias injustificadas. La desigualdad se hace particularmente inmoral e inicua cuando los más pobres, aunque tengan trabajo, no reciben los salarios que les permitan vivir y mantener dignamente a sus familias” (10).

Obligar a las personas más vulnerables a cumplir los requisitos de este inmoral concepto de desarrollo es una nueva forma de explotación. El sobreendeudamiento de los grupos más desposeídos es un claro síntoma de esta tragedia. Por eso en la actual cultura “se hace indispensable repensar al ser humano y su destino para que él pueda desempeñar su papel como sujeto de la historia y como destinatario del progreso, dando espacio al sentido más profundo de la vida humana” (11).

Es desde esta realidad, compleja, a veces dramática, siempre desafiante, desde donde queremos “hacer de Chile un país genuinamente desarrollado, un país más fraterno, con mayor esperanza, más libre, más feliz” (12).

Una Iglesia “resituada” desde Cristo

Ciertamente es nuestra responsabilidad hacer actual, comprensible y creíble a nuestros contemporáneos el mensaje de Jesús que nos mostró el rostro de Dios y su presencia en nuestra propia realidad, al mismo tiempo que nos hizo luminoso lo más profundo de lo humano. Esa revelación nos enseña un estilo solidario de relacionarnos, de entendernos, y amarnos.

Así lo explicita nuestro documento: “Jesús nos ayuda a mirar el mundo desde los pobres y los excluidos; desde su propia realidad tenemos un mensaje de esperanza para ellos y para todos. Así podemos ver nuestros propios rostros y los rostros de los demás con mirada de misericordia y bondad. Allí purificamos nuestras historias y nuestras vidas, disponiéndolas para el servicio de los hermanos y hermanas. Es en medio de los sin sentidos, de las soledades, de los falsos ídolos donde debemos discernir la Luz que brilla al fondo de toda realidad humana” (13).

Dejarnos iluminar por Jesús y conducir nuestra vida según los criterios del Evangelio, parece un camino seguro en esta hora. Por eso afirmamos, con plena certeza desde el personal y comunitario encuentro que hemos tenido con Él y que ha cambiado nuestras vidas: “Sí, Jesús nos ayuda”.

Nos ayuda:
- a entender la dignidad de la persona humana,
- a darle sentido profundo a la vida,
- a remplazar el individualismo por el amor y la solidaridad,
- a valorar el servicio y lo gratuito,
- a reencontrar la verdadera libertad,
- a enfrentar el dolor, la debilidad y el fracaso,
- a dar dignidad al trabajo humano,
- a vivir el pluralismo y fundar sólidamente nuestros valores.

Permítanme leer algunos de los párrafos finales de nuestra Carta Pastoral:
Nuestra fidelidad a Jesús y nuestro contacto con la cultura actual nos obligan a ir a la raíz de la fe que profesamos para reconocer y apoyar todo lo bueno y para superar aquello que no corresponde al Evangelio. La Iglesia debe resituarse en el mundo con nuevas coordenadas. Esa fe obliga a la Iglesia a tener una participación activa en asuntos de debate público que interesan a nuestra sociedad como la acogida a los migrantes, la protección de todos los que son más vulnerables, la situación en las cárceles, la lucha contra la discriminación, la defensa y promoción de los derechos humanos, el combate a la deshumanizante drogadicción, las necesarias reformas a la educación, y en general los problemas que atañen a la vida social y política. A la Iglesia corresponde estudiar esos problemas y suscitar su reflexión en la sociedad, ahondar en su comprensión, confrontarlos a la luz del valor fundamental de la dignidad de la persona que nos enseña Jesús.

Estamos en un momento muy privilegiado de nuestra historia. Estamos refundando el país y esto es muy apasionante. De aquí a diez o quince años, es posible que hayamos dado un salto cualitativo que nos permita estar entre los países desarrollados y así poder resolver los problemas mayores de justicia, trabajo, salud y una educación de calidad para todos. La buena educación no consistirá sólo en acumular saberes sino también en tener una moral sólida que haga posible la participación y la convivencia ciudadana. Tenemos que humanizar ese desarrollo y compartirlo entre todos.

Como lo hizo Zaqueo, acojamos a Jesús en nuestra “casa”, para estar con Él. Acojamos al Señor en nuestra patria para que se siente a la mesa con nosotros como lo hicieron los discípulos que, desalentados, iban camino de Emaús.

A Cristo tenemos que escucharlo, amarlo y seguirlo como verdaderos discípulos. Por Él debe recomenzar nuestro camino . En Él debemos reencontrar nuestra credibilidad más que en nosotros. Nuestro testimonio debe ser transparente para encarnar su Evangelio en el corazón mismo de la nueva cultura
” (13).

Hasta aquí la cita del Documento.

Queridos hermanos y hermanas:

Hemos buscado, con esta Carta, poner sobre la mesa común de Chile temas relevantes de la sociedad y de la Iglesia. Estamos ciertos de que abordarlos con realismo no es nada fácil. Cómo va a ser fácil hablar de la recuperación de la confianza a una familia cuya pequeña empresa es asaltada una vez al mes. Cómo va a ser fácil hablar de la “familia primera educadora” a adolescentes vulnerados por sus propios padres. Cómo va a ser fácil hablar del amor de Dios a personas que han sido abusadas y defraudadas. Y precisamente porque no es fácil, y porque en el Dios que hace nuevas todas las cosas fundamos nuestra esperanza, queremos invitar a todas las personas de buena voluntad a asumir esta tarea de construir una patria mejor, como un desafío común del que todos nos sintamos, de algún modo, responsables.

Gracias a Dios, contamos con las valiosas oportunidades que la tecnología nos ofrece para que el Documento sea conocido, reflexionado y dialogado por todos. De hecho, su texto ya se puede descargar desde el sitio web Iglesia.cl junto a las fichas de reflexión y los recursos audiovisuales que las comunidades necesitan para propiciar un diálogo fecundo.

Está lejos de nuestro ánimo suponer que este sea un discurso aplaudido y acatado por todos. Sin embargo, lo ofrecemos con responsabilidad y con inmenso amor, a fin de abrir un diálogo amplio y ayudar a todos los chilenos, especialmente a los católicos y a quienes tienen responsabilidades en la vida política, económica y social, a construir una patria más humana, más justa y fraterna, más solidaria, alegre y esperanzada. En suma, un país más cristiano y más feliz.

Muchas gracias a todos y a todas.

Santiago de Chile, 27 de septiembre de 2012.



NOTAS A PIE

(1) Card. Raúl Silva Henríquez, “Ven y sígueme. Carta a la Juventud de Santiago”. Pentecostés de 1982.
(2) Asamblea Plenaria de la CECh, “Mientras el mundo marcha, la Cruz permanece”, 8 de agosto de 1961.
(3) Comité Permanente de la CECh, “Vida, solidaridad y esperanza”. Carta Pastoral de los Obispos de Chile. 23 de octubre de 2001.
(4) S.S. Benedicto XVI, Deus Caritas est, n.º 1
(5) Cfr. XIII Asamblea Gral. Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Instrumentum Laboris La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana, Ciudad del Vaticano, 2012.
(6) Carta Pastoral, Introducción.
(7) Carta Pastoral, Introd.
(8) Carta Pastoral, II b.
(9) S.S. Juan Pablo II, Discurso a los Jóvenes de Chile, n.º 5. Estadio Nacional de Santiago de Chile, 2 de abril de 1987.
(10) Carta Pastoral III.b.6.
(11) Carta Pastoral III.b.8.
(12) Carta Pastoral IV.
(13) Ibid.
(14) Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte (2001), Nos 28-29.
(15) Carta Pastoral, Conclusión