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Homilía Tedeum Fiestas Patrias 2012

Templo Catedral de Talca
Fecha: 24/09/2012
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Talca
Autor: Luis Felipe Egaña Baraona


Lecturas:
Is. 55, 6-11
Sal 103 (102) 1-14
Lc. 8, 4-15


Queridos hermanos
Nos reunimos para agradecer a Dios por tantos bienes que nos ha prodigado durante este año.

También, para pedirle con insistencia al Señor de la vida que ilumine nuestro caminar en nuestra Séptima Región del Maule, para que, en medio de los gozos y de las esperanzas, de las tristezas y de las angustias de nuestro tiempo (cf. GS 1), trabajemos incansablemente para hacer de Chile la tierra buena a la que alude el Evangelio, en la que sean abundantes los frutos de caridad y de justicia, y en donde todos seamos capaces de reconocer en el prójimo una persona a quien amar y servir.

1. El Evangelio de Jesucristo y la fe que despierta en nosotros permite contemplar la historia con el ‘realismo de la esperanza’, buscando descubrir en los acontecimientos presentes, también en los dolorosos y desconcertantes, la presencia viva y eficaz del ‘Sembrador’.

Porque la “fe que actúa por el amor se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre” (PF 6).

Así, las transformaciones que se visualizan en diversos ámbitos de la vida nacional y regional, revelan un dinamismo cultural que exige actitudes nuevas; también nos impulsan a comprender que la ‘tierra’ de nuestra comunidad regional y nacional, y de nuestros propios corazones, requiere ser preparada, cultivada, cuidada con mayor esmero para que la semilla germine y dé buenos frutos (cf. GS 40).

2. Un signo preocupante de estos cambios es el descrédito y desconfianza en el que han caído diversas instituciones, entre ellas la misma Iglesia.
Por razones, muchas veces justas, existe un descontento creciente en las formas como varias instancias de la comunidad nacional han actuado y actúan.
Esto, que tiene un ‘rostro’ preocupante, muestra, al mismo tiempo, un valor: para la comunidad lo que hagan los actores sociales, especialmente a quienes se les ha confiado una responsabilidad en el bien común, tiene relevancia y por ello se les exige rigor.
La inoperancia, la acción poco transparente o la desidia de éstos frente a diversos problemas provoca una justa ‘tormenta’ que nos interpela una y otra vez, pareciendo arruinar el sembrado.
Como Iglesia, en particular, reiteramos nuestra petición de perdón por las dolorosas fallas que hemos cometido y que han suscitado esa desconfianza, y manifestamos nuestra decidida voluntad de cambio. Las medidas que ya hemos adoptado y seguiremos adoptando buscan superar nuestras faltas y vivir nuestra misión con renovada fidelidad al Señor.

3. En este contexto, las movilizaciones sociales son un síntoma que pone al descubierto situaciones aún no resueltas.

Estas expresiones populares, protagonizadas por diferentes actores sociales, nos cuestionan con reivindicaciones, muchas de ellas justas, exigiéndonos acoger sus demandas, empatizar con sus inquietudes y revisar nuestras maneras de proceder.

Este acontecimiento no puede dejarnos indiferentes. No basta dar respuestas de carácter económico o material; tampoco desconocer las demandas sin un mayor diálogo.

Hemos de reconocer que en las expresiones populares mencionadas, hay una queja más profunda que tiene que ver con un vacío existencial y con una sociedad que no se ha preocupado de cuidar adecuadamente su tierra. Las movilizaciones sociales han de ser un motivo de reflexión para que todos nos preguntemos si estamos cuidando bien nuestra tierra, si estamos trabajando por ella, si estamos buscando las bienaventuranzas en los lugares adecuados.

4. Paulatinamente, madura en la conciencia nacional un principio cristiano esencial: el respeto irrestricto por la dignidad de toda persona humana.

Este año, con dolor, hemos sido testigos de injustas discriminaciones, ajenas absolutamente al Evangelio, que nos dicen que muchos de nuestros esfuerzos han caído al borde del camino sin dar frutos (cf. Lc 8, 5).

Pero, al mismo tiempo, estos hechos nos ayudan a revisar nuestras formas y maneras de trato para que en ellos jamás pasemos a llevar la dignidad de ninguna persona.

Porque nada de lo humano es ajeno al cristiano y en la Iglesia somos consientes que hemos de seguir trabajando, junto a toda la comunidad, para que cada persona sea respetada en su integridad y dignificada como tal, asumiendo con responsabilidad que nuestra misión, en una realidad plural, es ser fieles a la verdad sobre el hombre que nos ha sido revelada por Jesucristo, transmitiéndola íntegramente (cf. GS 22).

5. El ‘nosotros’ es parte distintiva de nuestra fe cristiana.
Por ello hacemos una opción prioritaria por resguardar el bien común, reconociendo que este último no puede ser reducido a un materialismo galopante que lo transforma en cifras, escondiendo en ellas el flagelo de la marginación.

Este último fenómeno, que tiene múltiples nuevas formas, a veces es ensombrecido por el sostenido desarrollo y por los indicadores económicos positivos.

Hermanos ¿Cuántas personas teniendo casa, comida y educación no son dignificados, están solos, olvidados, están excluidos?

Esa nueva pobreza debe provocarnos a trabajar en comunión para que nada de lo humano sea soslayado en el proceso de desarrollo que estamos haciendo como país.

Hoy los nuevos pobres tienen otro rostro: ancianos, pueblos originarios, diversas minorías, trabajadores y trabajadoras temporeros de todo tipo, los abandonados y pobres, las mujeres solas, los jovenes sin estudios, entre muchos.
A ellos nos debemos y por ellos hemos de trabajar sin sosiego “mientras haya un dolor que mitigar”, según nos enseña San Alberto Hurtado.

6. Pero el bien común también nos exige preocuparnos con celo por erradicar la pobreza material.
Si bien hay signos de que esta disminuye, lo que indica que el esfuerzo que han hecho nuestras autoridades a través de los años va rindiendo fruto, son muchos los que hoy viven en situación de indignidad..

Todos los que tenemos alguna responsabilidad en nuestra Región del Maule y en el País, hemos de refrescar nuestra conciencia, no siempre atenta a esta realidad, para seguir trabajando desde los diversos frentes con el propósito que en nuestra patria ninguna persona viva sin dignidad.

Nos dice San Pablo que la caridad de Cristo nos apremia (cf. 2 Co 5, 14) a no contentarnos con las metas alcanzadas, a experimentarnos aún disconformes con la ‘siembra’, a seguir trabajando con pasión para erradicar para siempre la pobreza extrema, porque “no debemos dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia” (AA 8).

7. Unido a lo anterior, el Evangelio una y otra vez nos evidencia el valor de la austeridad y sencillez de vida.
Para quienes no vivimos en situación de pobreza, resulta un imperativo moral de vida sembrar el aprecio por la sobriedad de vida, en la buena tierra que queremos que sea el corazón de nuestra patria, en las presentes y futuras generaciones.

Este anhelo del que estamos llamados a ocuparnos todos supone que tengamos claro el orden de las prioridades y una auténtica sencillez de corazón.

La crisis económica que viven países hermanos en el llamado primer mundo, y también las situaciones complejas que hemos vivido en nuestro país en el pasado reciente, nos dan cuenta de una sociedad marcada por el consumo muchas veces irresponsable, por la comodidad como paradigma de vida y por la acumulación de bienes suntuarios que poco ayudan a una vida austera y que hacen más evidente la desigualdad.

La sobriedad, en cambio, da libertad, permite tener bien puesto el corazón y centrar las motivaciones de la vida en lo realmente importante, ensanchando las posibilidades de la felicidad personal y social.

8. La vida de Cristo y su predicación del Reino está en íntima relación con la creación.
“La tutela del medio ambiente constituye un desafío para la entera humanidad: se trata del deber común y universal, de respetar un bien colectivo” (CDSI 466).

El medio ambiente, y su cuidado responsable, no resulta algo ajeno para los cristianos, sino, muy por el contrario, es una provocación de Dios para cuidar la creacion con esmero y decidido esfuerzo.
Esto exige una reflexión que integre los diferentes matices y que jamás soslaye que el cuidado la creación y su ambiente, está en razón del bien común y no solo de intereses particulares.

Pero, también, que la creación está al servicio del hombre y, por lo mismo, su atento cuidado, su racional utilización y el respeto al orden que Dios le ha dado, redundará en un camino de plenitud para todos.

9. “El camino de la Iglesia es el hombre” (RH 16). Nuestra primera misión es servir al mundo anunciando el Misterio de Dios que conlleva la plenitud de lo humano (cf. GS 41).
Esto nos exige abordar la realidad buscando siempre llevar a todos a su mayor realización humana, y por ende espiritual.

Esta misión no siempre es comprendida. Anunciar el Evangelio, en efecto, es un desafío profético que nos obliga, por fidelidad, a ser testigos de la verdad que a veces es incomoda e impopular.

En efecto, anunciamos la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Cor 11, 26). La antropología de sentido nos impulsa a anunciar, con razones y con respeto, que Cristo, el crucificado y resucitado, está al servicio de la bienaventuranza de todo ser humano y que la enseñanza de la Iglesia sobre el hombre y la mujer trasluce una belleza cautivante y alegre.

Por ello, una y otra vez, proclamamos la verdad del amor humano, el carácter nuclear del matrimonio entre un hombre y una mujer, la centralidad de la familia y la importancia de que ellas estén alegremente abiertas a la vida.

Al mirar hacia el futuro, es especialmente preocupante el impacto que está teniendo sobre la calidad de vida y las relaciones al interior de la familia, el tipo de desarrollo que estamos llevando adelante y que, no pocas veces, se manifiesta en situaciones de crisis y, aun, de violencia intrafamiliar.

10. Nuestra sociedad va mostrando rasgos de pluralismo del todo novedosos.
Este hecho exige a los diversos actores sociales sabiduría y entendimiento, dones del Espíritu Santo, para que en medio de las legítimas diferencias busquemos el bien común anclado en principios sólidos.

El pluralismo es un valor, y creemos que hemos de vivirlo en una atmósfera de amistad cívica madura que compromete el respeto reciproco, la auténtica tolerancia y que no desconoce la existencia de la verdad.

No es propio de una convivencia fraterna que en nombre de las mayorías se transgredan principios inalienables propios de la naturaleza humana. Tampoco resulta legítimo que las minorías, en el uso de los medios de presión, busquen imponer valores o principios que vulneran las raíces más profundas de nuestra cultura. El diálogo y el respeto, tan propios del cristianismo, han de ir acompañados de la caridad y de la verdad evangélicas que le dan consistencia a una autentica comunidad humana.

11. En este mismo espíritu de diálogo y respeto, nuestro país lleva adelante con dignidad y profesionalismo un proceso judicial, iniciado por el gobierno de Perú, en el Tribunal Internacional de La Haya.

Gracias a Dios por ambas partes se ha logrado cautelar un ambiente de serenidad en el corazón de ambos pueblos. De modo especial pedimos al Señor que ilumine y fortalezca a las autoridades chilenas y peruanas y a los miembros del Tribunal de La Haya para que actúen con serenidad y sabiduría al adoptar sus resoluciones.

12. En el ámbito de nuestro país, en la vida de la Región y de nuestras comunas, estamos próximos a las elecciones de alcaldes y concejales para conducir, por encargo popular, los municipios en los que vivimos.

Y, aunque nos parece muy prematuro para la marcha del país, a través de los medios de comunicación podemos vislumbrar preocupación por las próximas elecciones presidenciales.

Una vez más hacemos presente que nuestra conciencia como personas integradas en la comunidad nacional nos mueve a asumir con responsabilidad el deber ciudadano de votar libre e informadamente.

Desde los valores cristianos de la caridad, la fraternidad, la justicia y la solidaridad, pedimos a todos actuar con sabiduría y serenidad en estos procesos eleccionarios.

13. Queridos hermanos. Nos encontramos en una coyuntura donde la tierra de nuestro corazón y de nuestra cultura vive hondas transformaciones; quizás jamás vistas en la hondura y significación que hoy tienen.

Estos cambios, que muchas veces se presentan como verdaderas tormentas, no pueden desestabilizarnos ni hacernos dudar que la semilla dará su fruto.

Al celebrar este año, el 50 aniversario del Concilio Vaticano II recordemos su inestimable legado subrayando en esta oportunidad la categoría de los signos de los tiempos.

Como sabemos, éstos son señal de esperanza porque creemos que Dios actúa en la historia y la va llevando misteriosamente hacia la plenitud de Cristo.

En medio de la prueba, el realismo de la esperanza que brota del Evangelio una y otra vez, nos anima el corazón a ir al encuentro de la historia y de los acontecimientos para testimoniar, con palabras y obras, el mensaje de Dios que salva y que promete que nunca dejará a su pueblo peregrino.

En un tiempo de profundas transformaciones, con renovada esperanza proclamamos que la fe en Jesucristo es el camino de la perfecta alegría, que el Evangelio es la buena noticia para toda la humanidad y que la fe testimoniada es un desafío que ayer como hoy nos mueve a mostrar nuestro tesoro, sabiendo que lo llevamos en vasijas de barro (cf. Sal 103, 14) pero teniendo la certeza que donde abunda la debilidad, sobreabunda la gracia transformadora de Cristo que hace nuevas todas las cosas.

14. Por eso, llenos de esperanza, confiamos todas nuestras intenciones a la Virgen del Carmen, reina y patrona de Chile.
Que ella, estrella de nuestra bandera, guíe esta navegación para que, cada uno desde su responsabilidad y competencia, ayude eficazmente para que nuestra patria navegue hacia su destino feliz.
AMÉN


Talca, 18 de Septiembre de 2012
Pbro. Luis Felipe Ega
ña Baraona
Vicario Episcopal de las Zonas Talca Ciudad y Talca Rural
Diócesis de Talca - Chile