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Homilía en Te Deum de Fiestas Patrias

Iglesia Catedral de Puerto Montt, 18 de Septiembre de 2012
Fecha: 18/09/2012
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Puerto Montt
Autor: Monseñor Cristián Caro Cordero


Lecturas (del día): 1 Cor 12, 12-14. 27-31; Sal 99,1-5; Lc 7,11-17

1. Nos reunimos en este templo Catedral, más que centenario, para agradecer a Dios por la Patria que nos ha dado- al cumplirse 202 años de su vida independiente- y por tantos bienes que nos regala diariamente. Este nuevo aniversario de la Patria nos debe motivar para ver todo lo positivo con que contamos en el país, y así brote el agradecimiento al Señor. En especial, mirando la historia ya de cinco siglos de nuestro Chile, redescubrimos sus fundamentos cristianos: desde los albores del descubrimiento la fe en Cristo iluminó la visión de la persona, de la sociedad, del matrimonio y de la familia, y esa fe se tradujo en obras de bien, primero en la defensa de los indígenas y luego, en el plano de la educación, de la salud, de la preparación al bien morir y de la cristiana sepultura de los muertos. Por eso, en nuestros campos e islas, junto a la capilla, está la escuela, el policlínico, el cementerio, por dar ejemplos muy patentes. Y esa presencia evangelizadora y promotora de la dignidad humana y de sus derechos continúa hasta hoy, como todos lo pueden atestiguar.

El salmo expresaba con elocuencia nuestra alabanza y gratitud a Dios: “¡Qué bueno es el Señor! Su misericordia permanece para siempre, y su fidelidad por todas las generaciones”. “Reconozcan”, por tanto, que “El nos hizo y a El pertenecemos; somos su pueblo y ovejas de su rebaño”.

Entre los motivos ciudadanos de gratitud al Señor está el esfuerzo de autoridades y compatriotas por mejorar la calidad de vida de nuestro pueblo más necesitado, a través de diversas políticas públicas y de iniciativas mixtas o privadas. En especial, damos gracias a Dios y a quienes ofrecen trabajo por el aumento de la ocupación en nuestra región, que tiene uno de los índices más bajos de cesantía. Particular mención debe hacerse del voluntariado, de jóvenes y adultos, que en diversos ámbitos entregan su tiempo, su trabajo y compañía solidaria al que sufre corporal o espiritualmente.

También debe destacarse el rol social de las Fuerzas Armadas, y hoy especialmente del Ejército que celebra sus glorias como parte de las festividades patrias. Nacido junto con la República e identificado con el devenir de la Patria, el Ejército -al igual que las otras ramas de la defensa nacional y del orden- resguardan la soberanía, cooperan internacionalmente en misiones de paz y participan activamente en el desarrollo integral de nuestra nación. Con ocasión del servicio militar, muchos jóvenes completan la escolaridad; los uniformados realizan tareas en lugares alejados, de difícil acceso, y prestan una valiosa ayuda en las emergencias.

2. Junto con agradecer, también queremos pedirle al Señor que ilumine con su Palabra y su Espíritu nuestro caminar como nación para que en medio de los gozos y esperanzas, de las tristezas y angustias de nuestro tiempo (cf. GS, 1), trabajemos juntos para hacer de Chile una familia de hermanos donde cada persona sea respetada en su dignidad y cumpla sus deberes para con Dios, la familia, la sociedad, el prójimo y la creación. Como ha dicho sabiamente el Papa Benedicto, “el desarrollo de los pueblos depende, sobre todo, de que se reconozcan como parte de una sola familia” (Ca in Ver, 53). Por otro lado, “el desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común” (ib., 71). Por lo mismo, es necesario siempre una autocrítica para renovarse y caminar hacia una mayor perfección. Como decían los antiguos, lo primero que hace el justo es examinarse a sí mismo. Por esto, junto con agradecer y pedir ayuda a Dios ante tantos desafíos actuales –no sólo materiales sino culturales, morales y religiosos- queremos pedir perdón a Dios por nuestras faltas, entre ellas, la poca amistad cívica que se percibe a nivel de los representantes políticos y entre los poderes del Estado; la violencia generalizada, de palabra u obra, que quiere conseguirlo todo aquí y ahora, que siega vidas y destruye la convivencia familiar y social, y que tiene sus causas en las injusticias y desigualdades extremas, en el materialismo que se sustituye a los valores espirituales y a Dios. En especial, nos preocupa la deficiente formación moral y religiosa de los niños y jóvenes, el embate ideológico contra la concepción natural y cristiana de la sexualidad, del matrimonio y de la familia, lo que ha traído la liberalización de costumbres, la desvalorización del matrimonio, la baja creciente de la natalidad junto al nacimiento de tantos niños fuera del matrimonio. Las carencias familiares, unidas a la pobreza indigna y a la falta de oportunidades, están en la raíz de muchos de los problemas que vemos en la juventud: drogadicción, alcoholismo, delincuencia, desorden moral, sinsentido de la vida, que llevan con no poca frecuencia al suicidio. Como sostiene la doctrina social de la Iglesia, no pueden estar separados los temas de la justicia social del respeto por la vida y la familia. Gracias a Dios, hay muchas familias que con trabajo y esfuerzo logran educar y formar bien a sus hijos. También hay numerosos jóvenes que responden a los talentos recibidos de Dios contando con el apoyo de sus familias y colegios.

3. Las lecturas bíblicas proclamadas son las correspondientes a este día. Son palabras que vienen de Dios, para esta ocasión, y por lo mismo son actuales, no pasan, “son espíritu y vida”, como dice Jesús. Frente a una tendencia al individualismo y a buscar los intereses particulares, con olvido del bien común, que caracteriza nuestra cultura actual, el apóstol Pablo presenta la sociedad y la Iglesia bajo la imagen del cuerpo humano, que, teniendo miembros diversos es uno solo. “Así también es Cristo, porque… hemos sido bautizados en un solo Espíritu para no formar más que un cuerpo y todos hemos bebido de un mismo Espíritu”. Hay una interdependencia entre los miembros del único cuerpo, de tal modo que “si sufre un miembro, todos los demás sufren con él; si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su alegría” (v.26). Esto debiera excluir las envidias y discordias, tanto en la sociedad civil como eclesial. “Cristo entero está formado por la cabeza y el cuerpo… La cabeza es nuestro mismo Salvador… y su cuerpo es la Iglesia… la que se halla extendida por todo el mundo y abarca los siglos de los siglos”, enseña san Agustín.

Hay diversas funciones en la comunidad civil igual que en la comunidad cristiana. El rol de la autoridad es servir y conducir, velando por el bien común. Por eso, finaliza la primera lectura de hoy con estas palabras: “Aspirad a los carismas mejores. Pero, les voy a mostrar un camino más excelente”, y ése es el de la caridad, entendida en su sentido originario, es decir, el amor recibido de Dios y ofrecido a los demás. Es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad, tiene su origen en Dios, Amor y Verdad absoluta, se concretiza en el servicio a los demás y alcanza su plenitud en Dios. El amor es inseparable de la justicia pero va más allá, la completa siguiendo la lógica de la entrega y del perdón, nos recuerda el Papa (cf. Ca in Ver, 1.5-6). Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Este es el ideal que debe animar a los servidores públicos, y es bueno recordarlo en tiempo de elecciones. Siguen siendo actuales las palabras de san Alberto Hurtado: “Es necesario, antes que nada, producir un reflotamiento de todas las energías morales de la Nación… el sentido de responsabilidad, de fraternidad, de sacrificio, que se debilitan en la medida que se debilita su fe en Dios, en Cristo, en el espíritu del Evangelio” (Te Deum, 1948).

4. El Evangelio de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, relatado únicamente por san Lucas, el evangelista de la misericordia, nos presenta a una viuda que ha perdido a su hijo único. Lleva a enterrar a su hijo, acompañada por mucha gente, justo en el momento en que Jesús entra al pueblo. Como pasaba y pasa todavía, ha quedado sola, sin ayuda y protección. Podría representar a tantos adultos mayores, que van quedando en situación desmedrada. Jesús, al verla, se compadeció y le dijo: “No llores”. Es el ejercicio de la consolación que todos podemos realizar, a través de la compañía silenciosa, de una palabra o un gesto. “Nadie es tan pobre que no pueda dar una sonrisa”, decía san Alberto Hurtado. Jesús, acercándose, tocó el féretro, cosa prohibida por la ley so pena de quedar impuro, y dijo al muchacho: “A ti te digo, levántate”. Restituye la vida del joven y en un sentido más amplio, restituye a la mujer el sentido de su vida: su único hijo. Con razón, el asombro se apoderó de todos y alababan a Dios diciendo: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo”.

¿No es éste el clamor de los jóvenes hoy? Más allá de la violencia de algunos y de la delincuencia de otros -que más que nadie necesitan al profeta de Nazaret y que Dios los visite- ¿no esperan los jóvenes que sus padres, educadores, la Iglesia les muestre el sentido de la vida, y les den oportunidad de nueva vida cuando han caído en el vicio, el desorden moral o el delito? El camino es la educación, de calidad como se dice, que es aquélla que presenta “no sólo un saber por adquirir, sino también valores por asimilar y verdades por descubrir” (OOPP, 85.2). Se trata de capacitar no solamente en las ciencias, la técnica o un oficio -cosas ciertamente importantes- sino también y, sobre todo, en el sentido trascendente de la vida, en los valores humanos, morales y religiosos, en una adecuada concepción del hombre y de la sociedad, que conduzca a compromisos definitivos en el servicio al prójimo y a la sociedad, sea en una vida matrimonial y familiar o en una vida consagrada al servicio de Dios.

Por eso, la Iglesia en Chile ha convocado a una “Misión Joven”, cuyo lema es: “Para que los jóvenes, en Jesús, tengan vida abundante”. Por su parte, el Santo Padre llama a la Iglesia universal a celebrar el “Año de la fe”, cuyo objetivo es “conocer de manera más profunda las verdades que son la savia de nuestra vida, para conducir al hombre de hoy, a menudo distraído, a un renovado encuentro con Jesucristo, “camino, verdad y Vida” (Benedicto XVI, 24-V-2012). Es gracias a la fe, que podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro mismo de Cristo, crucificado y resucitado. “Cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace prójimo nuestro en el camino de la vida, hasta que lleguemos a los “cielos nuevos y la tierra nueva en los que habite la justicia” ( cf. Porta fidei, 14). Coincidentemente con el Año de la fe –que se inicia el 11 de octubre- nuestra Iglesia arquidiocesana celebrará un Sínodo, el 3° de su historia, con el fin de agradecer a Dios el pasado, evaluar el presente y proyectar el futuro, como Iglesia, en comunión misionera, con la ayuda del Señor.

5. Volvamos nuestra mirada de fe hacia la Madre común, la Madre de Cristo y de la Iglesia, la Santísima Virgen María. Desde antes de la Independencia, la devoción a Nuestra Señora del Carmen se expandió en nuestra nación, desde la llegada de los padres agustinos y, luego, de las religiosas carmelitas. Dicha devoción arraigó especialmente durante la gesta libertadora gracias a los votos de los Padres de la patria y del pueblo organizado, que juraron levantar un templo en el lugar donde se alcanzara la victoria final que sería también el de su misericordia y de su gloria. A Ella le encomendamos de nuevo esta Patria nuestra para que podamos construirla cada día, en la justicia y la paz, en el amor al prójimo y a Dios en los diversos ámbitos: la vida de familia y el mundo del trabajo, en la cultura, y en la vida política, económica y social. Le decimos a nuestra Patrona: “Protégenos de terremotos y guerras, sálvanos de la discordia, asiste a nuestros gobernantes, concede tu amparo a nuestros hombres de armas, enséñanos a conquistar el verdadero progreso, que es construir una nación de hermanos, donde cada uno tenga pan, respeto y alegría. Amén.”


+Cristián Caro Cordero
Arzobispo de Puerto Montt