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Iglesia servidora de la vida. Orientaciones Pastorales 1986-1989 (Segunda Parte)

Fecha: 01/12/1985
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Los Obispos de Chile


Viene de la Primera Parte

Reconciliación en la Verdad
Atentos al Dios de la Vida, los Obispos sentimos que El nos encarga la misión de reconciliar. Porque tenemos tanto en común, los chilenos estamos llamados a ser “un pueblo de hermanos”. Si, en cambio, vivimos en un país tenso y polarizado es porque no logramos erradicar la práctica de la violencia. En el clamor que nace de las heridas de nuestro pueblo, percibimos la urgencia de llamar a cuantos formamos la Iglesia a ser esos instrumentos de reconciliación en la verdad, en la justicia, en la libertad, en el amor, que Chile necesita hoy.
Parcial sería nuestra mirada si sólo nos quedáramos en el conflicto social. Sería también superficial. Gracias al don de la fe, sabemos que las raíces de la reconciliación se encuentran en el corazón del hombre, porque de allí procede la ruptura con Dios que ha desfigurado el conjunto de la creación. En el origen de la vida a espaldas de Dios. Adán y Babel simbolizan esta tragedia que afecta a la humanidad. Y la consecuencia de este endiosamiento es la ruptura del hombre y la mujer –ruptura con su propia carne- la dificultad de dominar la tierra y de tener sus propios hijos. Y más trágico todavía, la dificultad de amarse a sí mismo así como Dios ama a cada uno. La ruptura con Dios nos ha llevado a desfigurar la creación y construir un mundo con lenguas confundidas.
Sin embargo, el pecado no ha logrado destruir la creación. Nuestro origen divino es mayor que el pecado. Este es sólo un virus que se nos pega, pero no puede con el tejido esencial de nuestra vida. Menos aún después de la venida de nuestro Señor Jesucristo para liberarnos de las garras del maligno y enseñarnos el camino de la filiación. Gracias a Dios hay en el corazón del hombre “una nostalgia” de reconciliación “sin reserva y a todos los niveles” de la vida. Y esa fuerza del Espíritu nos impulsa a hacer el camino inverso al del pecado. Aceptando a Dios como Señor de nuestras vidas queremos reconciliarnos con nosotros mismos y con nuestros hermanos, con nuestras familias, con nuestro pueblo y nuestra historia. Queremos reconciliarnos con toda la creación que gime bajo el peso de la esclavitud a la cual ha sido sometida por nuestra manipulación.
“La Iglesia se encuentra frente al hombre herido por el pecado y tocado en lo más íntimo de su ser, pero, a la vez, movido hacia un incontenible deseo de liberación del pecado”. Y para ese hombre y para el mundo, ella ha sido enviada como “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”.
La reconciliación no es un asunto táctico o episódico. Es misión permanente de la Iglesia que se hace más urgente en la realidad de nuestro país. Pero las raíces de la reconciliación se encuentran en el misterio y la vida de nuestro Señor Jesucristo. El reconcilió en su propia persona a los pueblos enfrentados por causa del pecado y constituyó a sus apóstoles en “embajadores” de la reconciliación para que fueran a decirle a hombres y pueblos “déjense reconciliar por Dios”. Clavado en la cruz. El dio muerte a la enemistad y resucitado de entre los muertos, fue constituido Cabeza del mundo nuevo por El reconciliado.
Es tal la importancia de la reconciliación para la Iglesia que uno de los siete sacramentos que reflejan su vida y su naturaleza más íntima es precisamente el sacramento de la penitencia o reconciliación. Y la historia de este sacramento nos instruye sobre el proceso que hay que recorrer para que ésta sea verdadera. Es decir, nos ilustra sobre el camino de la conversión (penitencia) que nos conduce a la reconciliación y a la paz con Dios y los hermanos.
Este sacramento nos enseña que “la reconciliación no es el simple olvido de la falta por parte del ofendido; sino que exige, por parte del ofensor, el reconocimiento de la culpa, la reparación, hasta donde sea posible, del daño causado y la recepción humilde del perdón de Dios y del hermano, con el propósito sincero de no repetir las ofensas”.
El sacramento de la reconciliación nos enseña que este proceso penitencial se realiza a la luz de la misericordia de Dios que ofrece su perdón a los hombres. Es precisamente la fuerza de Su amor la que mueve al pecador a reconocer su pecado y a recorrer el camino de su conversión. Y en ese proceso el sacerdote ocupa un lugar fundamental. Su ministerio forma parte del sacramento de la reconciliación y su actitud debe ser un signo trasparente del Padre Misericordioso que devuelve a la vida el pecador arrepentido.
Es tal la riqueza del Ritual de la Penitencia vigente que instamos a los sacerdotes a volver a estudiar sus “Observaciones generales” y a celebrar este sacramento según las modalidades que actualmente ofrece la Iglesia. Esta es la mejor pedagogía de la reconciliación que podemos ofrecer a nuestras comunidades. Así lo enseña la historia de la Iglesia y la vida de los santos que, transformados por la gracia de este sacramento, han alcanzado el don de un corazón reconciliado.
Sin este espíritu y esta práctica no podríamos avanzar con fidelidad en el camino pastoral de los años venideros. Cada tarea debe estar imbuida de esta intencionalidad. Cada cristiano y miembro de la Iglesia debe impulsarla. Y no podemos olvidar que para ser realmente una Iglesia reconciliadora debemos ser también una Iglesia reconciliada. Es decir, una Iglesia que reconozca su propio pecado, crezca en la práctica del discernimiento e impulse una corriente de comunión y participación para dejarse construir según la voluntad de Dios.

Queremos, una Iglesia que sea lugar permanente de encuentro y reconciliación. Una Iglesia que dialogue e invite al diálogo. Una Iglesia que, desde su interior, dé testimonio de que es posible confrontar posiciones contrapuestas en un clima de libertad y fraternidad, con serenidad y lealtad. Una Iglesia cuya mejor característica sea la calidad de su amor.
Llamar a la reconciliación es, entonces, responder a una urgencia para la Iglesia y para el país. Es también responder a los llamados profundos del Espíritu que habita en nuestro corazón. Pero es también emprender un camino de gozo, de vida, de paz en el Señor. Sabemos que es un camino difícil de recorrer y que para hacerlo hay que echar mano de las mejores reservas morales que hay en el hombre. Sabemos también, por la experiencia de Jesús, que la reconciliación sólo se logra en la cruz. Pero, por esa misma experiencia, estamos ciertos que cuando se da el paso de la reconciliación se obtiene un fruto de resurrección. Es la satisfacción del mal reparado, la alegría del reencuentro, la profunda humanidad que hay en “hacer las paces” y volver a vivir la fraternidad perdida.
Formación de personas
Poner en práctica la opción preferencial por los pobres y asumir el camino de la reconciliación son exigencias que formula el Señor a su Iglesia. Los Obispos creemos que, con igual fuerza, nos pide un tercer compromiso: la formación de personas cuya primera opción sea Jesucristo y el Evangelio.
Un pueblo no se puede gestar sin personas de convicciones profundas y arraigadas, y sin pequeñas comunidades donde la vida se valore y se comparta. Tanto la Iglesia como la Patria requieren de hombres y mujeres capacitados para ofrecer lo mejor de sí mismos a los demás. Y en este campo la Iglesia puede hacer un aporte propio, vital, enriquecedor. Por eso insistimos en la formación de personas que transparenten en su vida la experiencia fundante de Jesús, la fuerza contagiosa del Espíritu, los criterios creativos del Dios de la Vida. Esta es parte de nuestra misión esencial a la cual siempre hemos procurado responder con fidelidad a través de nuestras Parroquias, Movimientos y Colegios. A través de la predicación, la catequesis, la liturgia y la práctica de la caridad.
Contenido de la formación
La Iglesia está llamada a formar un “hombre nuevo” sobre esta tierra. Una persona abierta a Dios y a los hombres, que rompa con todas las formas de individualismo y se atreva a vivir íntegramente la aventura de la fraternidad. Persona cuya formación abarque la integridad de su vida. La base de esta formación está dada por las bienaventuranzas. Esa es la mejor expresión de la “ley nueva”. Según esta ley, nada de lo humano puede resultarnos ajeno porque en todo lo humano, Dios tiene una cabida que debemos hacer presente. Por eso, lo espiritual, lo doctrinal, lo social, lo laboral, lo político, lo cultural son dimensiones del hombre que queremos abordar con la riqueza de nuestra fe. Y para que la formación sea realmente integral, no podemos separar la formación de personas del seno de su pequeña comunidad o de la comunidad de la Iglesia. De Jesús hemos aprendido que los discípulos se forman en la comunidad.
Pensando en la formación que queremos aportar, subrayamos algunos aspectos:
Queremos una formación sustentada sobre una experiencia personal y comunitaria del Dios de la Vida. San Pedro vio a Jesús transfigurado en la montaña. Santa María Magdalena recibió la gracia de su perdón, San Pablo experimentó su presencia en el camino de Damasco, San Francisco lo besó en el leproso, Santa Teresa intimó con El a través de la oración. Sin una experiencia fundante de Jesús, la formación crece sin raíces.
Queremos formar discípulos, es decir, aprendices y servidores del Reino. Esto significa dejarnos penetrar profundamente por los criterios de Jesús expresados en la Palabra viva del Evangelio. Si su experiencia nos atrae, entonces nos dejaremos seducir por su Reino. Si hay una experiencia personal del Señor, es más fácil que fluya en nosotros la admiración por su Persona. Y, sobre todo, si ponemos la formación en esta perspectiva, el Maestro podrá criticar y convertir nuestros criterios que fácilmente se contaminan con las ideologías y costumbres dominantes.
Queremos formar testigos. Es decir, personas cuya actuación se comprenda cabalmente a la luz de la Encarnación y la Resurrección del Señor. Si optamos por los pobres es porque así se encarnó el Señor. Sin nos queremos reconciliar es porque así lo aprendimos al pie de la Cruz. Si practicamos el perdón es porque creemos que hasta los muertos resucitan. El testimonio es más que ser bueno o portarse bien. Es vivir lo que vive Jesús y lo que en definitiva sólo se entiende desde la perspectiva de Jesús.
Queremos formar personas profundamente humanas. Estamos convencidos de que el Evangelio es la respuesta más acertada a los deseos profundos de humanidad que anidan en el corazón de cada hombre. Y esta convicción tiene que hacerse presente en todo el camino de nuestra formación. Según el plan de Dios no puede haber contradicción alguna entre lo natural y lo sobrenatural, entre los criterios del Reino y las aspiraciones humanas, entre la racionalidad y la emotividad (*). Presentar el Evangelio como lo que es: la respuesta viva de Dios al hombre, nos lleva a recorrer un camino de profunda integración de la personalidad humana. Y, por el efecto de la gracia que obra en nosotros, nos permite trascender infinitamente nuestra humanidad.
Queremos formar gente capaz de celebrar. Cada día comprendemos mejor este rasgo de la vida humana. El gozo, la alegría, la festividad son elementos fundamentales de la persona y aspectos centrales del Reino que no es comida ni bebida sino justicia y paz y gozo en el Espíritu. Esto requiere una formación litúrgica que nos ayude a experimentar al Señor en los sacramentos de la fe, a hacer fiesta por su presencia viva en medio de nosotros, y a celebrar más que a “administrar” los ritos constitutivos de la vida humana. Los signos, los símbolos, los gestos y las palabras adquieren una vitalidad contagiosa cuando son fecundados por el Espíritu en el corazón de la celebración de la fe.
Queremos formar cristianos convencidos y convincentes. Personas que adhieran de corazón al Dios de la Vida y que, en consecuencia, trabajen incansablemente por establecer la cultura de la vida. No queremos hombres y mujeres moralistas, esclavos de la ley y del escrúpulo. Queremos hombres y mujeres traspasados por la vida del Espíritu que los haga libres para amar y para servir, que los despoje de toda atadura para que puedan asumir el camino de Jesús como camino de libertad. El mejor argumento de su libertad será que aman con el mismo amor del señor.
Queremos cristianos misioneros. Asumimos íntegramente lo que pedimos en las Orientaciones Pastorales 82-85. Sus líneas fundamentales siguen plenamente vigentes. El Señor quiere cristianos capaces de asumir su historia y responder a los requerimientos de la hora presente. Personas que trabajen por la liberación integral de su pueblo y contribuyan a la transformación de la sociedad en que vivimos. A ello agregamos los contenidos surgidos en las presentes orientaciones: cristianos que en su misión opten por los pobres y no ahorren esfuerzos por hacer de la reconciliación una práctica, más que una intención.
Medios para la formación
No es el momento de enumerar todos los medios de formación con que cuenta la Iglesia. Los medios más esenciales son los que nos ha legado el Señor: el Testimonio, la Palabra, la oración personal y comunitaria, los sacramentos de la fe, la práctica de la caridad, el dolor asumido, la abnegación y la entrega voluntaria. Medios son también nuestras instituciones dedicadas a la formación: establecimientos educacionales, como son los Colegios y las Universidades; centros de animación pastoral, como son las parroquias, movimientos, comunidades eclesiales de base, vicarías; experiencias probadas de formación, como son los retiros y ejercicios espirituales, las jornadas, vigilias y convivencias. Toda la riqueza de la Iglesia debe estar al servicio de la formación.
En cuanto a las prioridades, nos parece que tenemos que concentrar nuestros mejores esfuerzos en la formación permanente del personal apostólico. La primerísima atención debe darse a quienes se preparan al sacerdocio y a la vida consagrada. Tenemos que procurar un acompañamiento a los agentes pastorales que tan abnegadamente sirven en la Iglesia. Un servicio preferente deben recibir los que desempeñan ministerios, instituidos o no, al servicio de la comunidad. Y, por ser fieles a los desafíos pastorales antes enumerados, los jóvenes tienen que estar en el centro de nuestra preocupación.
En fin, quisiéramos sintetizar nuestra orientación diciendo que son personas y comunidades cristianas las que queremos formar. Necesitamos cristianos que sean obreros, cristianos que sean profesionales, cristianos que sean agentes de pastoral. Necesitamos hacer de la experiencia cristiana un sustantivo y no sólo un adjetivo calificativo; un nombre y no un apellido; nuestra primera opción, y no sólo el complemento de nuestra vida.

Prioridades Pastorales
Hemos decidido que para el período 86-89, en Chile daremos prioridad al trabajo pastoral con la juventud, la Familia, las Comunidades Eclesiales de Base y los Laicos.
Al nombrar estas prioridades nacionales, no excluimos ningún aspecto de nuestra misión evangelizadora.
Toda actividad de la Iglesia, apostólica y fraternal, ha de estar animada del espíritu evangélico de la opción por los pobres, de la formación de personas y de la búsqueda abnegada e incansablemente de reconciliación en la verdad.
Igualmente, toda labor permanente o especial que emprendamos en liturgia, catequesis, acción social, educación, comunicación social, etc., junto con estar impregnada del espíritu del lema “Iglesia servidora de al vida” y por las líneas orientadoras, ha de asumir también los objetivos propuestos para las cuatro prioridades que presentamos a continuación.
Presentamos ahora, de manera general, orientaciones y líneas de acción para cada una de esas cuatro prioridades pastorales. Serán aplicadas en forma particular en cada diócesis o parroquia; organismo nacional o diocesano.
Juventud
Justificación
En nuestras Orientaciones Pastorales 82-85 expresamos nuestro propósito de hacer una real opción pastoral por la juventud. La formación que los jóvenes alcancen hoy, es decisiva para el futuro de nuestra sociedad. Ellos pueden renovar nuestra Iglesia y nuestro mundo acogiendo la gracia de Jesucristo con su entrega al servicio de la verdad, de la justicia, del amor y de la libertad. “Se puede pensar con toda razón que el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar”.
Como Iglesia hemos avanzado en la valoración y respeto a los jóvenes, principalmente expresados en la realización de significativos esfuerzos de formación permanente y sistemática de asesores y animadores juveniles a lo largo del país. Reconocemos aquí una mayor preocupación de los responsables diocesanos y del personal consagrado, por los jóvenes.
Muchos jóvenes participan en actividades eclesiales como catequistas, misioneros, alfabetizadores, animadores de liturgia, monitores de colonias urbanas de niños, en fin, asumiendo variadas tareas apostólicas. Se han logrado así interesantes avances en la integración de jóvenes y adultos en la Iglesia.
La formación profunda y la participación activa de tantos jóvenes en la Iglesia han sido importantes factores para suscitar el rico despertar vocacional que vivimos, especialmente hacia la vida consagrada. Interesantes esfuerzos en la pastoral vocacional apoyan el necesario discernimiento de muchachas y muchachos que descubren su verdadera vocación laical o consagrada.
Aunque todavía notamos en todos los campos de la vida juvenil, la necesidad de una formación más profunda y capaz de mayor proyección social, percibimos igualmente que en los jóvenes se ha desarrollado una mayor apertura a la realidad social y un mayor espíritu crítico ante ella.
Para mejorar la formación y el acompañamiento a los jóvenes todavía faltan, en muchos lugares, programas de formación sistemática para asesores y animadores. Necesitamos aumentar los asesores, consagrados y laicos que, convenientemente formados, acompañen a los jóvenes en sus procesos de maduración de la fe y compromiso cristiano.
Vemos que, como Iglesia, debemos prestar mayor dedicación a la falta de afecto y de trabajo que conducen a muchos jóvenes a la drogadicción, prostitución y alcoholismo. En este ámbito habrá que abordar una adecuada educación afectiva y al amor orientada a la vida familiar.
En la esperanza de responder a los desafíos que el Señor nos hace desde los jóvenes, reiteramos nuestra opción por ellos y proponemos las siguientes orientaciones para el trabajo con la juventud.
Opción por los pobres
Orientación
Procurar que los jóvenes, por amor al Señor Jesús, cultiven en sus vidas la solidaridad con los pobres, el rechazo de las idolatrías del dinero, el poder y el placer, y se comprometan con toda iniciativa que promueva justicia y libertad.
Líneas de acción
Proponer a los jóvenes un estilo de vida sobrio, sencillo y humilde, en seguimiento de Cristo.
Procurar que los jóvenes conozcan la espiritualidad del Siervo de Yahvé y cultiven, de modo que por la generosidad del amor ofrezcan sus vidas al servicio de los pobres.
Lograr una mayor dedicación de personal apostólico al servicio de los jóvenes de todos los sectores para que, viviendo el espíritu de pobreza evangélica, asuman como propia la causa de los pobres, respetando y promoviendo para todos la justicia y la libertad.
Promover entre los agentes pastorales una dedicación preferencial por los jóvenes más desamparados y los afectados por la droga, la prostitución y la delincuencia.
Prestar especial atención al acceso y participación de los jóvenes más pobres en las instancias formativas de Iglesia y a la educación en general.
Promover en las escuelas de Iglesia un proyecto educativo y un estilo de vida coherentes con la opción evangélica por los pobres que se expresen en sencillez, sobriedad y austeridad de vida.
Reconciliación en la verdad
Orientación
Fomentar en los jóvenes los valores cristianos y las formas de compromiso que favorecen la reconciliación con Dios, cuyo fruto será la reconciliación con ellos mismos, con los demás y con la naturaleza.
Líneas de acción
Ayudar a los jóvenes a revalorizar el sacramento de la Reconciliación para que experimenten el perdón de Dios y sientan su llamado a ser testigos de su amor.
Procurar que todos los organismos que trabajan con jóvenes ofrezcan una sólida formación moral orientada a que ellos comprendan el respeto sagrado a la vida, y vivan expresando integralmente la reconciliación.
Ayudar a los jóvenes a descubrir en la naturaleza una manifestación gratuita del amor de Dios.
Proponer a los jóvenes que por amor al Señor Jesús asuman el método de la no violencia activa, como “fuerza de la verdad” con sus exigencias de dominio de sí mismo, respeto y valorización de cada persona.
Promover lugares y momentos de encuentro entre jóvenes de diferentes ambientes socioeconómicos y culturales, para conocimiento y enriquecimiento mutuo y colaboración en el estudio y solución constructiva de problemas comunes.
Realizar, cada año, en todo el país, un Día Juvenil de Oración y Reconciliación, con el apoyo de la Comisión Nacional de Pastoral Juvenil.
Formación de personas
Orientación
Promover en toda la Iglesia renovados esfuerzos de formación y acompañamiento a los jóvenes para que sigan a Cristo y vivan los valores del Evangelio y, a su luz, sepan discernir los desafíos de la realidad.
Líneas de acción
Promover retiros espirituales y una vida litúrgica y sacramental que hagan nacer en los jóvenes una mística profundamente evangélica.
Crear conciencia en la Iglesia entera de la responsabilidad que todos tenemos de acompañar a los jóvenes, apoyarlos y colaborar en su formación y capacitación para que asuman su vida de cristianos en el mundo y en la Iglesia.
Preparar a los jóvenes para asumir los compromisos familiares mediante una oportuna educación al amor.
Organizar en cada diócesis un equipo de asesores de pastoral juvenil que asuma la formación permanente de personal multiplicador al servicio de la juventud.
Iniciar a los seminaristas de los cursos superiores en una adecuada pedagogía para la acción pastoral juvenil, con programación especial y asesoría para ellos.
Preparar y realizar en cada diócesis, con colaboración de los servicios pastorales para la juventud: Comisión Nacional de Pastoral Juvenil, Instituto Superior de Pastoral Juvenil (ISPAJ), Departamento de Educación (DECH), Oficina Nacional de Catequesis (ONAC), entre otros; un proyecto de formación gradual y diferenciado según los ambientes.
Propiciar la formación de grupos juveniles y comunidades de base donde el joven pueda practicar el discernimiento evangélico, desarrollando su vocación como ciudadano del mundo y testigo de la Iglesia.
Organizar o fortalecer en cada diócesis, con la colaboración de CONFERRE, una pastoral vocacional coordinada con la pastoral juvenil.
Promover la coordinación entre pastoral juvenil, familiar, educacional y catequética para acentuar en la formación de los jóvenes, a partir de su vivencia de Cristo, la opción por los pobres y la reconciliación en la verdad.
Acentuar la formación socio-política de los jóvenes en base a la enseñanza social de la Iglesia.
Familia
Justificación
La Institución familiar se ve hoy día cuestionada y debilitada en sus valores fundamentales por la secularización de la cultura que tiende a quitarle todo carácter sagrado.
A esta secularización de la cultura se agrega, para debilitar la familia, la incitación indiscriminada al consumo de bienes a través de los medios de difusión. El afán de consumo lleva a valorar la familia por lo que tiene y no por su amor solidario y fiel. Además, la propaganda comercial tiende a sobrevalorar el erotismo en las relaciones humanas, desconociendo la dignidad de la mujer.
Secularismo y consumismo, como también la agudización de la pobreza y frustración, han llevado a un aumento muy significativo de situaciones irregulares: convivientes, separaciones, divorcio, relaciones extramatrimoniales, inseguridad en las parejas jóvenes que rehúyen el compromiso, inseguridad de los educadores.
En los ambientes de mayor pobreza, agravan la destrucción de la familia la falta de vivienda, la cesantía y éxodo en busca de trabajo, el alcoholismo y la drogadicción, la imposibilidad de fundar un hogar por falta de condiciones dignas, produciéndose gran aumento de madres solteras y allegados.
Este debilitamiento de la familia, empobrece a toda la Iglesia y a la sociedad entera, puesto que en la familia se viven, en primer lugar, todos los desafíos de la vida. Ahí se preparan los constructores de la sociedad futura y nacen las vocaciones de Iglesia, laicales, religiosas y sacerdotales.
En las difíciles circunstancias que nos ha tocado vivir, las mujeres han desempeñado un rol importante desplegando gran fortaleza y ocupando mejor el lugar que les corresponde en la sociedad y en la Iglesia. Se requiere progresar aún más en la justa valoración de ese rol para una mayor participación suya en la vida social y eclesial.
El documento de Juan Pablo II, “Familiaris Consortio”, ha venido a dar mayor importancia a los esfuerzos pastorales a favor de la familia, y le mismo Santo Padre en la visita de los Obispos de Chile en 1984, destacó especialmente la familia “como verdadero centro a partir del cual hay que reestudiar y planificar, con esperanza, la pastoral “.
Existe una conciencia más clara de la importancia fundamental de la familia como célula básica de la sociedad y de la Iglesia. La mayor conciencia es fruto del trabajo de muchos agentes pastorales, que por años dedican su tiempo y su energía a la familia. En los últimos años la catequesis familiar y otros servicios han creado expectativa en muchas familias, lo que exige un nuevo desarrollo de la pastoral familiar, para dar mejores frutos.
Opción por los pobres
Orientación
Promover en las familias, un estilo de vida coherente con el Evangelio, educando a sus miembros en la sobriedad cristiana, en el compartir, en la solidaridad con los más necesitados, con las familias en situación irregular, y en el compromiso por la transformación de la sociedad, reconociendo y valorando las diferentes formas de vida familiar existentes en los diversos ambientes.
Líneas de acción
Educar a las familias en los criterios evangélicos para el uso de los bienes y el estilo de vida mediante la catequesis, la pastoral educacional y familiar.
Promover los tiempos litúrgicos de Cuaresma y Adviento, a través de la Campaña “Cuaresma de Fraternidad” y en el Mes de María, para fomentar la solidaridad entre las familias invitando a realizar gestos concretos de compartir y a practicar las obras de misericordia.
Valorar a la mujer en los sectores populares y marginados colaborando en su personalización y desarrollo familiar, a través de programas de salud, de capacitación laboral, de relaciones humanas y educativos.
Promover la multiplicación de agentes pastorales de los sectores populares y su participación en los departamentos pastorales, movimientos y servicios para la familia.
Asumir en la Pastoral Familiar la preocupación por las necesidades básicas de las familias (vivienda, cesantía, éxodo de trabajadores, etc.), fomentar la solidaridad y orientar a los organismos de apoyo: Caritas-Chile, Departamento de Acción Social, entre otros; de tal modo que colaboren eficazmente en mejorar las condiciones para desarrollar una vida familiar digna.
Promover y fomentar iniciativas de apoyo solidario a familias en dificultades, en la línea de un desarrollo alternativo, tales como los huertos orgánicos familiares, la rehabilitación de alcohólicos con el apoyo de sus familiares, los talleres laborales, los clubes de ancianos, los encuentros de familias de cesantes.
Favorecer, en los medios de difusión, la defensa solidaria de las familias más pobres y marginales y de las organizaciones populares que promueven una vida familiar digna.
Reconciliación en la verdad
Orientación
Hacer de la familia una escuela de reconciliación capaz de irradiar con espíritu misionero más allá del hogar la comunicación en la verdad y el encuentro en el amor.
Líneas de acción
Promover desde la preparación al matrimonio y en las familias, encuentros de oración para fundamentar la unidad familiar y las posibilidades del mutuo perdón.
Promover encuentros y talleres de comunicación familiar entre esposos y entre padres e hijos.
Fomentar en las familias de diferentes estratos sociales la solidaridad con los que han sufrido un fracaso matrimonial, situaciones anormales, la violencia, el exilio o las dificultades inherentes al retorno.
Alentar a las familias a participar en organizaciones comunitarias intermedias (centros de padres o de madres, organizaciones comunitarias y poblacionales), como testigos del Evangelio por la verdad, la justicia y el amor.
Formación de personas
Orientación
Formar a los cristianos en los valores de la familia, desarrollando en ellos un discernimiento evangélico frente a los desafíos del medio.
Líneas de acción
Enriquecer y coordinar los distintos recursos formativos (liturgia, catequesis, movimientos apostólicos, escuelas) para prestar una atención sostenida a las familias, ofreciendo material sencillo y encuentros que fomenten la formación de comunidad de personas, el servicio a la vida, la participación en la sociedad y en la Iglesia.
Formar con orientaciones nacionales comunes, agentes pastorales comprometidos en el servicio, la reflexión, evangelización y celebración de la vida familiar.
Desarrollar en las familias, el espíritu crítico y el discernimiento evangélico frente a los medios de difusión, promoviendo talleres familiares de formación activa para su uso, especialmente de la televisión.
Promover a nivel diocesano o zonal servicios de orientación a la familia, a los matrimonios jóvenes, a los matrimonios en crisis, y servicios de asistencia a las familias más necesitadas, especialmente a las familias con allegados, incompletas y disgregadas.
Crear, en todos los equipos diocesanos de pastoral familiar, centros de planificación natural de la familia, junto a programas de formación moral positiva para el servicio a la vida, diferenciados para sacerdotes, agentes pastorales y familias.
Comunidad Eclesial de Base
Justificación
La CEB, es otro campo pastoral que también fue señalado como prioritario en las Orientaciones Pastorales 82-85. En este centro de comunión y participación donde los fieles comparten, en diálogo fraterno, su compromiso creciente con Jesucristo, ponemos una fundada esperanza para hacer cada vez más efectiva y profunda la formación de personas, la opción por los pobres y la reconciliación en la verdad. Hemos visto cómo la Comunidad Eclesial de Base ha sido nuestro interlocutor mejor dispuesto en las frecuencias reflexiones y orientaciones que hemos ofrecido en servicio a la Iglesia y al país.
Al mirar el camino recorrido estos cuatro últimos años, podemos alegrarnos, porque en las CEB se han vivido gestos, campañas misioneras y solidarias que ha hecho significativa la presencia de la Iglesia en los sectores populares y campesinos.
Son incontables y de gran riqueza las experiencias de fe, de fraternidad, de vida litúrgica que han vivido innumerables comunidades eclesiales de base a lo largo del país.
A pesar de la existencia de variadas y ricas experiencias, nos damos cuenta que aún tenemos mucho que avanzar:
Falta todavía en muchos sectores de Iglesia una mayor decisión por impulsar y desarrollar las CEB.
Aún existe una significativa cantidad de personal apostólico que no tiene claridad acerca de la identidad, importancia y rol que tienen las CEB.
Todavía persiste una orientación intraeclesial en muchas CEB y muchas veces una desconexión entre Fe y Vida.
Además, el impacto sociopolítico ha generado en los miembros de la CEB: temor a tratar temas de la realidad, miedo a las consecuencias del compromiso, miedo al conflicto, etc.
Renovamos nuestra prioridad pastoral por la CEB porque están llamadas a ser signos de un ideal cristiano de sociedad, centros de renovación pastoral y apoyo en la fe, esperanza y caridad para el compromiso de sus miembros en la construcción de la sociedad.
Opción por los pobres
Orientación
Cultivar en la CEB el estilo de vida de Cristo, mirando la vida desde la perspectiva de los pobres y abriéndose a la sociedad en una solidaridad efectiva con los que más sufren.
Líneas de acción
Lograr que en la CEB, junto con la celebración de la fe, se profundice el conocimiento y vivencia de las bienaventuranzas y de la enseñanza social de la Iglesia con sus consecuencias.
Lograr que la CEB conozca los problemas más importantes y urgentes de su sector y realice un discernimiento que le permita descubrir y responder organizadamente a los llamados a la solidaridad que el Señor le hace desde la realidad.
Que la CEB, desde la perspectiva evangélica, impulse y anime a sus miembros a la transformación de la vida familiar, laboral, cívica y eclesial.
Multiplicar en los sectores populares poco atendidos por agentes pastorales, los lugares sencillos de oración y encuentro en torno a la Palabra de Dios, abiertos a todos y tendientes a originar nuevas CEB.
Reconciliación en la verdad
Orientación
Lograr que la CEB dinamice en ella y en su sector o ambiente: la oración, reflexión y acción a favor de la reconciliación en la Verdad.
Líneas de acción
Promover en las CEB las celebraciones penitenciales, el compartir testimonios, los gestos de perdón mutuo y la frecuente celebración comunitaria del sacramento de la Reconciliación.
Profundizar en las CEB el estudio del tema de la Reconciliación y las exigencias morales y pastorales que se desprenden del concepto. Divulgar los contenidos de la Exhortación “Reconciliación y Penitencia”.
Incorporar a las celebraciones litúrgicas todos los esfuerzos de la CEB por superar las divisiones entre sus miembros y con las personas del sector, para que la Eucaristía alcance mayor eficacia como sacramento de unidad y sacrificio de reconciliación.
Lograr que las CEB realicen acciones y campañas de reconciliación a nivel familiar, laboral, vecinal y cívico.
Promover la participación de los miembros de CEB en las organizaciones de base, para que promueven en ellas el respeto a las personas, la superación de las injusticias y el perdón.
Formación de personas
Orientación
Realizar en la CEB un discernimiento constante de la voluntad de Dios, procurando dar una formación adecuada y permanente a sus integrantes.
Líneas de acción
Favorecer en la CEB la conversión permanente de sus integrantes, especialmente a través de los llamados que el Señor nos hace desde los acontecimientos y demás manifestaciones de su Palabra.
Fortalecer los servicios diocesanos (COMIN) destinados a promover las CEB y la formación de animadores y responsables de catequesis, ayuda fraterna y otros servicios permanentes que dan los laicos en ella.
Capacitar a los diáconos, animadores y demás responsables de cada comunidad para que asuman con lucidez los desafíos permanentes y actuales, en un espíritu de comunión y participación.
Asumir en cada CEB gradualmente una mayor formación bíblica, catequética, social y litúrgica.
Lograr que la CEB asuma críticamente la realidad en su tarea formativa.
Laicos
Justificación
La Sagrada Biblia nos muestra a todo ser humano, hombre o mujer, creado a imagen y semejanza de Dios, llamado a ser señor de la creación y de la historia. Esta vocación compromete a transformar la naturaleza para bien de todos por el trabajo y el arte, y a administrar solidariamente el mundo con santidad y justicia en todas las relaciones humanas: familiares, laborales, políticas, internacionales.
A diferencia de los pastores, a quienes toca directamente desarrollar la comunidad eclesial para la santificación de los fieles, “a los laicos corresponde por propia vocación buscar el reino de Dios gestionando los asuntos temporales ordenándolos según Dios”.
“El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento”.
Corresponde directamente a los laicos procurar que en estas realidades terrenales reine Dios y no el pecado. Cristo, salvador del mundo, llama a sus fieles a transformarlo según el designio de Dios. Por eso la Iglesia durante el último siglo ha insistido en las enseñanzas bíblicas urgiendo el reinado de la justicia y del derecho, la dignidad de la persona y del trabajo humano, la obligación de contribuir al bien común, la renuncia a la codicia para asegurar los derechos de los pobres en un mundo fraterno. “El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”.
Todo laico ha de procurar ser efectivamente “hombre de Iglesia en el corazón del mundo y hombre del mundo en el corazón de la Iglesia”. Toda comunidad cristiana ha de ofrecer un lugar de diálogo en la fe, respetando las diferentes opciones, sin exigir a todos sus miembros profesar una misma ideología en cuestiones opinables para el católico.
En “El Renacer de Chile” (diciembre 1982), los Obispos hemos analizado la crisis económica, social, institucional y moral del país, llamando a los laicos a asumir su papel protagónico en la construcción de la sociedad.
La experiencia de los últimos años muestra un laicado cada vez más responsable para participar en la obra de Dios, principalmente al interior de la Iglesia, conduciendo grupos y tareas pastorales. Por otra parte, hay católicos con responsabilidades públicas importantes que se han desligado de la doctrina de la Iglesia, manteniendo, sin embargo, vínculos rituales.
El régimen político que hemos tenido durante más de doce años, al tolerar escasos márgenes de participación organizada, ha dificultado a los laicos realizarse como constructores de un mundo habitable y fraterno. Esta situación plantea en los laicos sus responsabilidades y carismas propios, acompañarlos en su crecimiento y en sus dificultades, cuestionarlos constantemente desde el Evangelio y desde el Magisterio legítimo de la Iglesia, y acentuar los aspectos formativos más necesarios para que colaboren eficazmente con los demás en la construcción de la sociedad pluralista.
La reflexión suscitada por el Sínodo de Obispos, programado para 1987 en Roma, sobre la vocación y misión del laico en la Iglesia, nos mueve a asignar prioridad al laicado en nuestra acción pastoral de los próximos años, esperando poder cumplir mediante su presencia como fermento transformador, el servicio evangelizador que debe la Iglesia al mundo.
Opción por los pobres
Orientación
Acompañar y estimular a los laicos a un compromiso serio con Cristo, viviendo un estilo de vida austero, humilde, sencillo, y a la acción eficaz coherente con el Evangelio destinada a la transformación de la sociedad.
Líneas de acción
Apoyar a los movimientos apostólicos y espirituales y a las asociaciones de fieles, para que aporten a la pastoral diocesana sus carismas propios y animen a los laicos en una clara opción por los pobres en su formación y acción.
Promover seminarios de estudio con profesionales católicos, especialmente educadores y comunicadores, para que conozcan, asuman y difundan el sentido evangélico y las necesarias consecuencias de la opción por los pobres.
Estimular en la catequesis, en las comunidades y en los movimientos apostólicos, la incorporación de los laicos en las organizaciones gremiales, vecinales y políticas que les permitan ser actores eficaces en la construcción de una sociedad justa.
Acompañar y estimular a los laicos, especialmente a quienes participan en las organizaciones populares, para que asuman un papel activo y eficaz en la búsqueda de una transformación de la sociedad de acuerdo al Evangelio.
Orientar las acciones asistenciales y promocionales que realiza la Iglesia con los criterios de la educación liberadora.
Acompañar a los laicos mediante la reflexión crítica evangélica en sus compromisos en organizaciones socio-políticas.
Animar a los laicos que militan en movimientos y partidos políticos que confronten su actuación con los criterios de la opción por los pobres y la defensa de los derechos humanos.
Dedicar una atención renovada a la evangelización y promoción de los pueblos mapuches, huillices, aymaras y pascuense, asumiendo su cultura.
Reconciliación en la verdad
Orientación
Promover la reflexión, la oración y la acción de los laicos a favor de crecientes espacios de reconciliación expresados en niveles más amplios y profundos de comunión y participación.
Líneas de acción
Promover una renovación permanente en los sacerdotes para que, profundizando su propia y personal vivencia del Sacramento del Perdón, en el espíritu señalado por el Santo Padre, se dispongan a celebrarlo con gozo para el servicio de todos los hermanos, ayudándolos también así a acoger en sus vidas el amor misericordioso y siempre renovador del Señor.
Promover la participación cristianamente responsable de los laicos en acciones a favor de valores comunes al pueblo de Chile: consenso para solucionar los problemas nacionales, derechos personales y sociales, no violencia, participación democrática, defensa de las riquezas y producción nacionales, recuperación gradual de los niveles de vida.
Valorar, en los grupos y comunidades cristianas, el compromiso político partidista de los laicos, animando el permanente discernimiento evangélico, evitando identificar las teorías filosóficas falsas con los movimientos históricos originados en ellas.
Promover el compromiso de los laicos en agrupaciones culturales, sociales, gremiales y políticas, animándoles a realizar procesos más amplios de comunión y participación democráticos.
Promover permanentemente a todo nivel, encuentros de laicos de diferentes opciones políticas en orden a asumir la complejidad de los problemas y las legítimas diferencias en las respuestas a los mismos, contribuyendo así a una creciente y creadora reconciliación en la verdad.
Activar la evangelización de los miembros de las Fuerzas Armadas y sus familias, promoviendo su integración en la vida eclesial, diocesana y parroquial.
Valorar como signos del reino de Dios todos los esfuerzos de unión fraterna que han surgido desde el pueblo, y desde allí promover procesos más amplios de comunión y participación democrática.
Formación de personas
Orientación
Formar a los laicos de tal modo que vivan plenamente la vocación cristiana que les comprometa con la Iglesia y les exija trabajar por la transformación del mundo y de la historia.
Líneas de acción
Acentuar una formación a la oración personal y litúrgica que ayude a celebrar la unión entre la fe y la vida.
Proporcionar a las comunidades cristianas una formación bíblica que ayude a comprender el mensaje como iluminador del momento actual, para descubrir los llamados y la acción de Dios en la historia.
Despertar la fe y renovar la vida cristiana, educando para el compromiso del laico en la Iglesia y en el mundo a través de las misiones organizadas en las parroquias y las de carácter diocesano.
Realizar en las diócesis, diagnósticos con buen uso de las ciencias humanas, para ayudar a comprender las causas de nuestros problemas sociales, económicos, políticos y culturales, estimulando a los laicos a actuar sobre ellas con la fuerza del Evangelio.
Preparar documentos de trabajo que den orientaciones morales y prácticas a los cristianos que actúan en medios pluralistas, especialmente en el mundo laboral y en las Fuerzas Armadas y de Orden, de modo que, desarrollando la propia identidad cristiana, sepan colaborar en las acciones de bien común con personas que no son creyentes.
Estimular servicios para la formación laical permanente en todos los aspectos exigidos por su vocación, a través de Semanas Sociales, programas radiales, cursos presenciales y a distancia en relación a los desafíos del presente.
Procurar que el clero y las congregaciones religiosas, en su formación inicial y permanente, preparen personal apostólico capaz de acompañar al laico en su vocación y espiritualidad específica.
Confeccionar ayudas homiléticas que incorporen en la predicación el sentido histórico y convocante de la Palabra de Dios para su encarnación en nuestra realidad.
Mejorar en las Universidades Católicas la vinculación fe y cultura en la investigación y la docencia, de modo que los profesionales contribuyan a la transformación del mundo en armonía con el Reino de Dios.
Atender particularmente a la mujer en su creciente participación con sus valores propios en la vida de la Iglesia y en el desarrollo social, cultural, económico y político.
Fomentar la reflexión permanente de teólogos que en conjunto con cientistas sociales estudien las adecuaciones necesarias para asumir en la pastoral de la Iglesia los elementos éticos que surgen de la vida.
Comprometer y apoyar con formación permanente a profesores cristianos que en las escuelas la formación de los laicos y el surgimiento de vocaciones apostólicas.