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Nuestra esperanza

Publicado en La Tercera, Domingo de Pascua 8 de abril de 2012.
Fecha: 08/04/2012
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Ricardo Ezzati Andrello


La existencia humana siempre reclama algo más. No sólo cuando una vida ha sido marcada por la injusticia y el fracaso, sino también cuando una vida puede ser calificada como exitosa: la fragilidad y la muerte siempre ponen un límite a la vida. La presencia de la muerte nos recuerda que algo quedó incompleto, que algo no llegó a su plenitud. Frente a ella nos invade la confusión, la incomprensión y, a veces, la indignación, sobre todo cuando se trata de la muerte injusta, una muerte que podía ser evitada: allí había una historia, había un proyecto, una esperanza… pero no llegó a realizarse. Lo curioso es que también la vida de los que pueden ser llamados «exitosos» está amenazada por la muerte, y esa amenaza relativiza todos los éxitos. Ante esta constatación, el padre Hurtado se preguntaba: ¿Será que la vida humana es como una ola que trepa y que trepa, para luego desplomarse? ¿Valdría la pena vivir así? Y aún las experiencias positivas de la vida: el amor, la amistad, la generosidad, la fidelidad, reclaman algo más. Es posible esconder la precariedad de la vida, es posible no hablar de la muerte o no pensar en ella, pero la muerte permanece allí. La medicina puede aplazar la muerte, pero no puede eliminarla. Los hombres y las mujeres de todos los tiempos vivimos nuestra vida entre nuestro evidente deseo de plenitud y la certeza de la muerte. ¿Cómo se resuelve esta contradicción?

La Semana Santa ilumina esta pregunta. La historia de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que recorre hasta el fondo la existencia humana, nos muestra el verdadero rostro de Dios y el verdadero rostro del ser humano. Dios no está junto a los que provocan el dolor y la muerte, sino junto al que lo padece, porque Dios no es el autor del sufrimiento, sino que se identifica con el que sufre. Y la historia de Jesús nos revela también el verdadero rostro del ser humano, porque él recorre su camino como hermano nuestro, y a nombre de nosotros. Por eso, la vida de Jesús ilumina el enigma de nuestra propia existencia. Jesús, el Hijo, vivió en plena comunión con el Padre, movido por el Espíritu y entregado completamente a los demás. Su vida de entrega y de fidelidad se estrelló contra la injusticia y el pecado, y por eso fue llevado hasta la muerte, y muerte de cruz. Pero la muerte no fue la última palabra: Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Cristo no venció a la muerte esquivándola, ocultándola o aplazándola, sino pasando por ella, atravesándola, y mostrando que el amor del Padre es más fuerte que la muerte. La resurrección, que aconteció en Jesús, ilumina el sentido de la existencia de cada ser humano: la vida humana, nuestra vida, está llamada a trascender los límites de la muerte, porque la fidelidad del Padre no permite que se pierda lo que ha sido hecho con amor. Así, al celebrar la resurrección de Jesús, celebramos la vida de cada ser humano. Nuestra esperanza de plenitud recibe al fin su respuesta. Por ello, en estos días, la liturgia canta: «Resucitó Cristo, nuestra esperanza».

+ Ricardo Ezzati Andrello
Arzobispo de Santiago