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Homilía del Te Deum Sábado 17 de septiembre de 2011

Construir la casa sobre roca firme (Mt 7, 24-27)

Fecha: 17/09/2011
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Copiapó
Autor: Mons. Gaspar Quintana Jorquera cmf


Introducción

Una vez más esta nuestra Iglesia Catedral, corazón espiritual de la Diócesis de Copiapó, nos sirve de punto de encuentro, cuando ya estamos cerrando los festejos del Bicentenario de nuestra independencia nacional. Durante este tiempo hemos tenido momentos de gran alegría y esperanza, a la vez que acontecimientos de un dramatismo que nos ha golpeado como país. Están claramente en nuestra memoria colectiva los sismos y tsunamis de febrero del año pasado, y lo que fue en nuestra Región el hundimiento de la Mina San José, aunque con el exitoso final del rescate de los 33 mineros. Junto a estas fechas hemos conmemorado los 200 años de la existencia del Congreso Nacional, hecho que nos habla de la madurez y civilidad de nuestra vocación a la democracia.

Pero no podemos dejar fuera del corazón el reciente impacto doloroso de las 21 víctimas fallecidas en la golpeada isla de Juan Fernández, y la última, con ocasión de las operaciones de recuperación de sus restos.

El canto solemne de nuestra alabanza al Dios Uno y Trino, es nuestra acción de gracias expresada con las palabras de San Ambrosio, Obispo de Milán: Te, Deum, lauda-mus, es decir, a Ti, oh Dios te alabamos y te damos gracias.

Pero al mismo tiempo este momento de oración debe servirnos para dar un especial lugar a dos especiales tareas. La primera es agradecer de corazón todas las maravillas que el Dios de la vida, anunciado por Jesucristo, Señor de la historia, ha hecho en nuestra patria, a través del esfuerzo y la colaboración de todos, tanto las personas, sea gobernantes, representantes de la ciudadanía, como las familias y las diversas instituciones nacionales.

La segunda tarea nos lleva a mirar el futuro de Chile, que se está gestando ya hoy en el quehacer cotidiano. El gran desafío es continuar y perfeccionar la obra que se va haciendo en orden al verdadero desarrollo integral de la nación. La historia vivida debe ser un buen aprendizaje de las lecciones que fortalecen el alma de Chile. Las naciones crecen en verdad si se comprometen a reforzar cada día sus virtudes y a evitar los errores cometidos en el pasado.

1.- Iluminados por la Palabra que da vida

En el relato del Evangelio que hemos escuchado Jesús, Palabra viviente de Dios para nosotros, hace una profunda referencia a la vida de cada discípulo, y por extensión, a toda persona o instituciones que conforman la sociedad. La construcción de una casa viene a representar lo que es edificar la propia vida, la historia de una nación, en dos maneras que son claramente contrapuestas.

Una es la construcción superficial, sin profundidad, de la propia existencia en base a valores meramente aparentes o egoístas, con una consistencia más bien frágil, sin solidez para afrontar las grandes crisis de la vida, y por esto se viene abajo fácilmente.

La otra supone construir la casa, símbolo de la vida y de la historia, sobre cimientos sólidos, poniendo el amor solidario y la verdad del pensamiento como bases firmes y compactas que integran lo que es la dignidad humana de cada persona, de cada nación o grupo humano. Decir “casa” es pensar en cada persona, la patria, la familia, las instituciones sociales: estos con los lugares donde vivimos, crecemos, nos desarrollamos como familia, como país, con una real vocación de amor fraterno, de justicia social y de unidad nacional.

Los pueblos que hacen historia con sabiduría saben construir su proyecto-país en profundidad, y dando solidez a las respuestas de los verdaderos desafíos que le van saliendo al paso. Mirar los 200 años de nación independiente que hemos vivido nos permite discernir la realidad de lo que es nuestro país, y detectar los momentos y situaciones especiales, para darles respuesta con esperanza.

A propósito indico, como ejemplo, un punto de referencia. Alguien se ha pregunta-do si como nación seremos capaces de asumir lo que encierra el legado humanista que nos han dejado los 21 que perecieron en Juan Fernández, o si volveremos a ser los mismos de antes del doloroso accidente?

En medio de los acontecimientos de este último tiempo cabe plantearse de cara al país, cuestiones como, por ej., de qué modo iremos asumiendo las legítimas diferencias, de manera que nadie se convierta en un apostador del todo o nada, confundiendo negociación con imposición, diálogo con monólogo, conciliación con traición, tolerancia con debilidad, argumento con descalificación, pasión con odio, interés nacional con provecho personal, razón con popularidad, lo que es posible con lo que es deseable.

En medio de todos los problemas o difíciles situaciones que tenemos siempre resulta muy útil poner en un buen primer lugar, los grandes valores de la vida. Entre ellos podemos poner la dimensión trascendente de la vida, la búsqueda de un desarrollo integral de la persona, el valor del matrimonio y la familia, la dignidad de cada trabajador, la entrega desinteresada a los más necesitados, la superación de los proyectos individuales por el compromiso comunitario.

En el fondo de todo esto se puede percibir lo afirmado por Jesús de Nazaret, Señor de la historia y Maestro de vida: “no hay prueba de amor más grande que dar la vida por la persona amada”. (Jn 15, 13). Por esto la cruz es la señal de la victoria sobre todo lo que destruye la dignidad humana.

2.- Camino del verdadero desarrollo

Nuestro país va creciendo y avanzando en muchos aspectos, pero todavía nos queda mucho por ser y por hacer. Chile tiene hoy todas las posibilidades de llegar a un desarrollo con rostro más humano y nadie puede restarse a esta tarea. No podemos errar en el intento ni retrasar su realización.

Es bueno recordar que construir la patria no es cuestión sólo de producir más o mejorar el entorno material. No deja de ser sensata la afirmación de que el alma del progreso es el progreso del alma. Por eso, como hombres y mujeres de fe creemos que podemos contribuir a poner en el centro de nuestra cultura el respeto irrestricto a la dignidad de la persona que para nosotros es la imagen de Dios y la solidaridad entre todos. Sólo así generaremos un dialogo que haga posible enfrentar los problemas que atraviesa hoy nuestra patria. Sin duda el desarrollo económico es un elemento importante para el progreso pero él no debe desviarnos del origen y destino de todos los esfuerzos. No podemos permitir que el desarrollo se realice al precio de injusticias, marginaciones, atropellos y deshumanización.

Un ejemplo de esto es lo que hemos experimentado estos últimos meses. Lo pasado en colegios y universidades nos ha mostrado las demandas de nuestra juventud. Ya en su tiempo el cardenal Silva Henríquez nos decía: “Pido que se escuche a los jóvenes y se les responda como ellos se merecen… Pido y ruego que la sociedad entera ponga su atención en los jóvenes, pero de un modo especial eso se lo pido y ruego a las familias. ¡No abandonen a los jóvenes! Escúchenlos, miren sus virtudes antes que sus defectos.”

Es bueno preguntarse, tanto las autoridades como la ciudadanía: ¿qué nos quiere decir este amplio movimiento ciudadano? Jesús hablaba a sus discípulos de un tipo de discernimiento de los signos que va presentando la vida cuando decía: “cuando ven levantarse una nube sobre el horizonte Uds. dicen “va a llover” y así sucede Y cuando sopla el viento sur dicen “va a hacer calor” y así sucede” (Lc 12, 54-55). Tenemos que aprender a discernir los signos de los tiempos para leer sabiamente las lecciones de la vida.

Hoy ha aparecido una palabra nueva en el vocabulario del mundo: “los indignados”. ¿Será que la gente ha logrado hoy niveles mayores de cultura se ha hecho más consciente de sus derechos y con razón exige más? Los así llamados “pobres” también tienen derecho a lo digno, a lo bueno, a lo hermoso.

En momentos difíciles y complicados como los vividos, los creyentes
sabemos que éste puede ser un momento de gracia, en que no retrasemos las soluciones, superemos los intereses particulares, y así convirtamos la crisis en una gran oportunidad.

3.- El rostro de nuestros problemas

Recorriendo los diversos escenarios donde se desarrolla la vida de los chilenos y chilenas es conveniente identificar los grandes temas que parecen preocupar a nuestro país, y que entrelazados unos con otros hay que enfrentar en conjunto. Los enumero simplemente.
a) La estabilidad del matrimonio entre un hombre y una mujer, y la dignidad familiar, aceptando y cuidando la vida desde el seno materno hasta el último momento de la peregrinación en este mundo; b) la desigualdad social y las discriminaciones injustas, b) el acceso de todos a una educación de calidad, c) el mejoramiento de la vocación democrática y la estructuración política, d) el final del solo lucro como meta indiscutible de la sociedad, e) la salvaguardia de la naturaleza en que vivimos y f) una nueva relación con el pueblo mapuche y las etnias originales, con el debido respeto a sus respectivas culturas y derechos.

Pedimos a Dios que dé sabiduría y eficacia a nuestras autoridades y personas responsables en orden a enfrentar en su conjunto estos problemas sin dilaciones y con justicia. Chile ya no es una isla protegida por las altas montañas, océanos y desiertos, sino que, querámoslo o no, hoy estamos todos en el centro del planeta. A pesar de ser un país pequeño, aislado, lejano, somos ciudadanos del mundo.
Para sobrevivir y progresar dignamente es razonable valorar el emprendimiento económico pero que esto no sea a costa de muchos valores ciudadanos y éticos. Hechos recientes en el mercado nacional, tristes y escandalosos a la vez, nos enseñan que una valoración excesiva del éxito económico como signo del poder personal fácilmente lleva a la corrupción. Nos cuesta aceptar que la sociedad quiere relaciones de solidaridad, de amistad, de colaboración y de respeto a la propia dignidad.

Por lo demás los líderes deben recordar que la violencia y la destrucción nos llevan por caminos inimaginables. Una sociedad civilizada, más aún si está marcada por los valores del Evangelio, asume los derechos y deberes de ser solidarios, de respetar a los demás, y de servir, en particular a los más débiles.

4.- Conclusión

Chile luchó hace 200 años sin descanso contra un adversario de fuera, buscando ser libre. Hoy, creo que estaremos de acuerdo, la lucha fundamental es por la dignidad de la vida humana para todos y la igualdad de oportunidades. Esto requiere las debidas reformas políticas, con espacio para una participación ciudadana efectiva, que encare oportunamente los verdaderos problemas sociales, y así permita construir el Reino de Dios en la realidad chilena.

No hay duda que esta Iglesia que llamamos católica, es decir, universal y abierta a todos, debe entrar a renovarse con su mensaje transformante para que Chile sea una casa construida sobre roca. Ella ha estado siempre en el corazón de la Patria, y a imitación de María del Carmen, tiene que escuchar y servir a su pueblo, a los pobres como lo hizo Jesús.

Los que partieron a la casa del Padre desde la isla Juan Fernández murieron en el accidente que todos lamentamos. En ellos Chile mostró lo mejor de sí mismo en el respeto, la solidaridad y la comprensión del sentido último de la vida humana, la que, como dice Jesús el Ungido por el Espíritu, se gana cuando se da en servicio a los otros. El Señor de la vida los acoja a ellos y a nosotros en la gloria de su Reino por los siglos de los siglos. Amén.

† Gaspar Quintana Jorquera cmf
Padre Obispo de Copiapó