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Homilía en Santa Misa por los 21 fallecidos en el Archipiélago de Juan Fernández

Fecha: 08/09/2011
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Concepción
Autor: Mons. Fernando Chomali Garib


Tristes estamos. Conmocionados. Muy conmocionados. 21 hermanos y hermanas nuestros que volaban alto en la vida, hoy nos hablan desde el fondo de mar y desde el fondo de la tierra.

Nos reunimos a rezar conmovidos porque hemos escuchado las palabras del Señor “vengan a mi los que estáis cansados y agobiados porque yo los aliviaré”. Nos reunimos para abrazarnos frente a lo que no comprendemos, a lo que sobrepasa toda inteligencia. Nos reunimos frente al dolor que nos invita a guardar silencio. Mucho silencio.
Estaban en medio de nosotros haciendo el bien y hoy los buscamos desesperados y los enterramos con lágrimas en los ojos y muchas preguntas. Muchas preguntas que exigen una respuesta.

Aquí estamos reunidos. Somos muchos los que aún no nos convencemos de que 21 hombres y mujeres de bien, que dieron tanta alegría y tanta esperanza a tanta y tanta gente, hoy ya no estén en medio de nosotros. La vida de vez en cuando se encarga de recordarnos que somos frágiles, muy frágiles y que cada día es un regalo que hay que vivirlo con la intensidad del primer día y la libertad del último. Cuando la muerte se nos asoma en el momento menos esperado es que todo atisbo de altanería suena absurdo y aparece nuestra verdadera vocación, la vocación al amor, a sufrir con el que sufre, a llorar con el que llora, vivir la vida en un espíritu de servicio y de fraternidad.

En estos momentos es cuando descubrimos el sinsentido de la vida centrada en competir y nos dan ganas de comenzar una vida nueva centrada en compartir. Hablan fuerte estos momentos que penetran el corazón más duro, la inteligencia más terca, la vida más torcida.

El dolor nos une, nos hace más humanos. Auténticamente humanos. Chile ha estado unido, muy unido. Chile en estos momentos muestra su alma de fraterna, su lado más claro, su verdadero rostro.

Si, el dolor nos une, nos hace más humano y también más humildes. Porque frente a la muerte sólo cabe arrodillarse y preguntarle al Altísimo aquello que los hombres no podemos responder por nosotros mismos. ¿Por qué no están los padres con sus hijos, por qué muchos en vez de enterrar a sus padres fueron enterrados por ellos, desgarrados, mudos e incrédulos? ¿Por qué?

Estas preguntas nos llevan a una actitud de escucha atenta al único que podrá decirnos algo que valga la pena, nos devuelva la paz y nos transforme nuestra vida. Jesucristo. Si, Jesucristo que nos dijo “yo soy la resurrección y la vida, quien crea en mi aunque muera vivirá”. No hay respuesta fuera de El. No la hay. Y por eso que todos durante estos días nos hemos agolpados como niños para verlo, para escucharlo, para que nos dé el consuelo que necesitamos y que no podemos encontrar. Si, Jesucristo. Mirémolo a El. Para eso nos hemos reunido hoy para mirarlo a El.

Y lo primero que vemos es que fue un hombre que sufrió. Pasó haciendo el bien como ninguno y sufrió como ningún otro. Allí está la respuesta. Jesucristo vivió la experiencia del sufrimiento hasta su propia muerte y es capaz de asumir entre sus llagas todo el sufrimiento que experimentaron nuestros hermanos, experimentan sus padres, hermanos e hijos y amigos, así como todos los chilenos.

Ahí está nuestra esperanza. En Jesucristo, el hijo de Dios vivo que venció a la muerte con su propia muerte y e hizo que su sufrimiento fuese redentor. Ahí está todo. En Jesucristo quien comparte en su propia vida, en su propio cuerpo todo sufrimiento humano. Todo está en el que se declaró “el camino, la verdad y la vida”. Allí está todo.

Ha aquí el mensaje de esperanza y la respuesta que necesitamos hoy. La muerte de estos hermanos y hermanas nuestras no la vamos a comprender si no es de rodillas frente a la cruz de Cristo y sobre todo frente a su resurrección. Si, el resucitó y nos prometió la resurrección. Allí está nuestra fuerza. Allí está nuestra alegría. Allí está nuestro consuelo. Allí está nuestra esperanza. Allí está la posibilidad de quietud de nuestro corazón. No están muertos. Porque la muerte no fue el destino final de Jesucristo sino que la vida, la vida eterna, y por El es el destino de todos los que creen en El. Nos dice el Señor que El enjugará toda lágrima y que lo viejo ha pasado y que nos ha preparado una morada a cada uno de nosotros para que fuésemos a reposar, a descansar en verdes praderas.
Cristo murió por nosotros y eso es lo que hoy venimos a declarar. Jesucristo resucitó y nosotros por la fe resucitaremos con El.

¿Qué nos enseña este drama que con la inteligencia humana no podemos comprender? ¿Cambiará algo en nuestras propias vidas cuando hemos experimentado tan de cerca la fragilidad de la vida? Sería muy duro y triste que el sacrificio por los demás y la muerte de estos hermanos que hacían el bien fuese en vano, que no dejara huellas, que no calara en lo más hondo de cada uno de nosotros.

Viendo nuestros rostros es evidente que no somos los mismos. No podemos ser los mismos. Todo ha cambiado sin estos hermanos nuestros que volaban alto en la vida y hoy desde el fondo del mar nos interpela en nuestro modo de hablar, de vivir, de relacionarnos, de trabajar, de hacer televisión, de ser. Tanto dolor no puede ser en vano. Y no lo será en la medida que recordemos que la vida es un regalo que está llamada a convertirse en un regalo para los demás. Ahí está todo. No hay más. Dar, darse, ser para los demás, como lo fueron estos 21 hermanos y hermanas nuestros.

Estos hermanos fueron a reconstruir una escuela, hoy desde otra dimensión están reconstruyendo el alma de Chile. Si, todos nos hemos conmovido y nos hemos preguntado acerca del verdadero sentido de la vida que se presenta minuto a minuto en su magnificencia y al mismo tiempo en su fragilidad.

Talvez este misterio de la Cruz como fuente de resurrección lo podremos comprender con mayor profundidad si acompañamos a Jesús en su calvario, su crucifixión junto a la Virgen María que con sabiduría guardaba todas estas cosas en su corazón sabiendo que estaba haciendo la voluntad del Padre por nosotros. Y mirándola a ella hemos de preguntarnos: ¿Qué nos está pidiendo Dios? La respuesta es una sola. Una sola. Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. No hay más. Ahí está todo. Ese es el homenaje que merecen estos hermanos que hallaron la muerte haciendo el bien. Vayan en paz. Vayan en paz. Nos dejaron a todos una lección. Una gran lección que esperamos en Dios nos cambie la vida, nos cambie el corazón y nos haga más humanos, más hermanos.

† Fernando Chomali Garib
Arzobispo de Concepción