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Educación: recuperar las confianzas

Fecha: 05/08/2011
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Héctor Vargas Bastidas


En los últimos veinte años, a través de los gobiernos y distintas instituciones de la República, se han venido haciendo grandes y valiosos esfuerzos por mejorar la educación chilena, lo que la ha fortalecido en su condición de auténtica política de Estado. Ello se ha plasmado en una serie de reformas y políticas públicas, con niveles históricos de financiamiento, que han colaborado a que el sistema educacional chileno haya salido de una suerte de postración y retroceso en que se mantuvo por años.

A lo anterior han colaborado grandes esfuerzos desde el ámbito municipal, privado y estatal. De esta manera se ha hecho posible un gran aumento en la cobertura de atención tanto en la educación escolar como en la superior, logrando que no pocos estudiantes sean primera generación de sus familias en alcanzar grados académicos.

En la cada vez más plural realidad chilena, con una sociedad que cree profundamente en la democracia y anhela siempre mayores grados de tolerancia y respeto por los derechos de cada persona y la diversidad, resulta impensable que las propuestas y soluciones educativas sean únicas o excluyentes, y menos aún impuestas a todos. El Estado, desde una pluralidad de ofertas públicas y privadas, que respondan a los principios y valores de las familias, ha de buscar formas, generar instituciones supervisoras y otorgar los recursos necesarios que aseguren a todos y todas, independientemente en donde hayan elegido formarse, una educación de calidad. En ello se juegan dos derechos humanos fundamentales y complementarios, como son la libertad de enseñanza y el derecho a la educación.

El actual debate y cuestionamiento en que se encuentra nuestro sistema educativo, demuestra que no obstante los avances, existe un malestar objetivo del cual es necesario hacerse cargo, y demuestra que aún queda un largo camino que recorrer para consolidar un modelo educativo con aprendizajes de calidad, justo y equitativo, en donde cada estudiante, al margen de su condición personal, social y económica, tenga asegurada la formación necesaria para desarrollarse integralmente, construir un proyecto de vida pleno, y aportar generosamente toda su riqueza a la sociedad de su tiempo. Desde la Iglesia aspiramos a que ningún joven y ninguna familia, ya sea por su falta de recursos o por las características de créditos universitarios con aval del Estado, queden endeudados por años, y menos por mecanismos o tasas de interés que pueden llegar a ser incluso inmorales. La educación es un bien colectivo, al servicio de la sociedad, y no un recurso para el lucro de algunos.

La calidad de la educación escolar no se agota, sin embargo, en soluciones de tema económico. De hecho, la considerable inversión realizada en los últimos años no ha ido a la par de los resultados que siguen siendo magros. Los grandes desafíos pasan también por proyectos educativos que cuenten con un modelo de persona y grandes valores a formar, que inspiren toda la vida escolar y acción curricular. Proyectos en que la persona, la vida, los intereses y el acompañamiento de cada joven, sean el centro y sentido de todo el accionar de la escuela. Se requiere mejorar sustancialmente la formación, evaluación y remuneración docente, las prácticas pedagógicas y el perfeccionamiento sistemático de los maestros; contar con un ambiente educativo rico en propuestas, tanto asociativas, artístico-culturales y deportivo-recreativas, que favorezcan la sana convivencia, el respeto por las personas y los bienes comunes, el espíritu de familia y el sentido de pertenencia. Una escuela en donde los padres de familia, los educadores y los alumnos, en cuanto miembros de una auténtica comunidad educativa, cuenten con suficientes grados de participación y corresponsabilidad.

Frente a la crisis del momento presente, las propuestas y los debates en curso, es fundamental que las partes den lo mejor de sí para apurar los necesarios acuerdos. Ello requiere por parte de los demandantes una gran capacidad de discernir y acotar los desafíos que consideran más esenciales, utilizar los espacios y formas que ofrece la institucionalidad democrática para hacerlos presente a las autoridades legítimas, sabiduría para proceder con racionalidad y civismo, dar claras señales que lo que se busca es alcanzar soluciones posibles para la actual realidad del país, por sobre el conflicto, teniendo siempre presente el bien común de la entera sociedad. A las autoridades e instituciones del Estado, y no sólo a ellas, corresponde la tarea de generar confianzas, a través de una gran capacidad de escucha y de diálogo con el mundo político y los principales actores de la educación chilena. Todo con la finalidad de acoger lo que objetivamente es urgente, justo, verdadero y bueno acerca del sistema educativo, y consensuar las mejores respuestas posibles por el bien de las presentes y futuras generaciones de estudiantes.

† Héctor Vargas Bastidas
Obispo de San Marcos de Arica
Presidente Área Educación Conferencia Episcopal de Chile