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Homilía en la Santa Misa para conmemorar el día del Seminario Metropolitano de Concepción, San Luis Gonzaga s.j

† Fernando Chomali
Fecha: 23/06/2011
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Concepción
Autor: Monseñor Fernando Chomali Garib


Es un motivo de gran alegría para la Arquidiócesis de de la Santísima Concepción reunirse en torno al altar para celebrar el día del Seminario que está entregado a la protección de San Luis Gonzaga. Un jesuita extraordinario que entregó su vida por los pobres llegando incluso a morir por atenderlos al interior de la misma Iglesia. Un joven que buscó a Dios y que lo encontró sirviendo a los pobres. El Papa Benedicto XVI lo declaró patrono de la juventud.

Es hermoso ver como un aspecto tan fundamental de la Iglesia, como lo es el lugar donde se forman los futuros presbíteros, convoca a obispos, sacerdotes, diáconos, religiosas, laicos. Con esta presencia percibo un gran apoyo a los seminaristas, a los profesores, a los formadores y a todos quienes colaboran en la formación de estos jóvenes que se están preparando para llegar a ser algún día, si Dios así lo quiere, sacerdotes de Jesucristo para siempre.

Es motivo de esperanza ver esta asamblea orante reunida en torno a una intención tan noble: rezar por las vocaciones sacerdotales y por su perseverancia. Labor fundamental puesto que es el mismo Señor quien ha llamado a estos jóvenes y El mismo que, a través del Obispo y formadores, va moldeando un corazón de pastor según su querer.
Ser presbítero es una tarea muy hermosa y exigente. Llegar a ser presbítero exige una preparación de excelencia dada la gran responsabilidad que han de asumir. Es sin duda una responsabilidad grande la que pesa sobre los formadores y profesores y de los cuales estoy particularmente agradecido. Ser instrumentos privilegiados del Señor para esculpir a estos jóvenes para que ejerzan el ministerio sacerdotal en el futuro exige mucha generosidad, entrega y específicas competencias que han ido adquiriendo en comunión con los formadores de los demás Seminarios de nuestro país. Gracias, muchas gracias.

Resulta, por tanto, pertinente dar gracias por cada uno de los formadores, profesores y administrativos que a la largo de la historia del Seminario han colaborado en él. Siempre es bueno tener puesta la mirada y el corazón en quienes nos han precedido en la tarea encomendada. Los tendremos muy presentes en esta Santa Misa y de modo especial a aquellos que han sido llamados a la casa del Padre. A todos ellos nuestro agradecimiento por la labor realizada. Gracias, muchas gracias.

Hemos sido llamados a anunciar el Evangelio y a dar testimonio del amor de Dios en pleno siglo XXI. Se dice que no estamos en medio de una época de cambios sino que de un cambio de época. Hay nuevos paradigmas para comprender la realidad, a Dios, al hombre y al mundo. El hombre ya no se entiende desde Dios sino que cada vez más está tentado a comprenderse desde sí mismo. Es en este nuevo escenario dónde estamos llamados a ejercer el ministerio y llevar adelante la misión a la que el mismo Jesús nos llama. Esta tarea se presenta como un hermoso desafío que llevamos adelante confiados porque nos mueve la certeza de que somos sólo siervos inútiles del único Salvador y Señor, Jesucristo.

Todo proceso formativo ha de hacerse de cara a Jesucristo. Estamos llamados a ser sus discípulos, sus amigos, según el querer y el sentir de El. Jesucristo como buen pastor que conduce a la grey por verdes praderas y va en búsqueda de la oveja pérdida. Esta configuración exige un trato del todo especial con El que se da sólo con una profunda y sincera vida espiritual a través de los medios que la Iglesia de Jesucristo nos ofrece como lo son la oración, la Santa Misa, la lectura espiritual de los grandes maestros espirituales, la devoción sincera y filial a la Santísima Virgen María. Desde el contacto frecuente y de amistad con el Señor se irá cuajando un corazón nuevo, un corazón de carne que vibre con las cosas de Dios.

Todo proceso formativo ha de tener una sólida formación intelectual. Hoy, con más fuerza que nunca se nos exige dar razón de nuestra esperanza. No hemos de temerle al diálogo respetuoso, a las preguntas que los no creyentes y alejados nos hacen. Hemos de temer no darles las respuestas adecuadas. Por lo que el estudio y el trabajo intelectual desde la oración es una exigencia que brota del amor a Jesucristo, al maestro, a aquel que es la verdad, aquel que es el camino y la vida. Todo el tiempo y los recursos que se usen para integrar al ala de la fe el ala de la razón constituye un bien para Ustedes y la Iglesia.

Cuentan con buenos profesores, cuentan con una larga tradición de reflexión, cuentan con la misma Palabra de Dios, luz frente a la oscuridad, palabra de vida eterna y fuente de sabiduría que con la ayuda del espíritu Santo nadie podrá hacerles frente. Esta vida de estudio y de oración se da al interior de la Iglesia que cuenta con un específico magisterio en materia de fe y moral que ensanchan el horizonte de comprensión de la inteligencia humana y se constituye en referente seguro a la hora de ejercer su tarea de maestros. Desde la Escritura, la tradición y el magisterio de la Iglesia están llamados a transmitir la fe, la esperanza y la caridad. Estas tres fuentes los hará crecer en libertad la que no se entiende al margen de la verdad. Es un acto de caridad de primer orden transmitir la fe porque es la riqueza más grande que puede tener un ser humano.
Hace algunos días me reuní con un grupo de niños. Era una actividad pastoral organizada por la pastoral infantil de la Arquidiócesis en el contexto de las mesas de la esperanza. Tuvimos una hermosa y bien preparada reunión en la que los niños fueron invitados a hacerme una pregunta. Yo les dije que junto a la pregunta me den un consejo dado que recién estaba asumiendo como Arzobispo.

Me llamó gratamente la atención que todos los consejos decían relación a la caridad. Que me preocupe de los pobres fue lo que más se repitió. Si la vida espiritual y el estudio no nos conduce a una cercanía efectiva y afectiva con los más necesitados vana es nuestra fe e infecundo nuestro sacerdocio. El sacerdocio al que hemos sido llamados nos configura con Cristo buen pastor que da la vida por sus ovejas. Es en ese contexto en que validamos nuestra fe. La Iglesia tiene por vocación una dimensión profética de anuncio de la dignidad del ser humano que proviene del mismo Dios y de denuncia de todo aquello que ofende esa dignidad. La promoción humana de tal manera que las personas, como dice Pablo VI, pasen de condiciones menos humanas a condiciones más humanas es parte integrante de la acción pastoral y una prioridad. Máxime cuando nos mueve el convencimiento de que la paz, fruto de la justicia, es un sentido anhelo de la sociedad y la que ningún modelo de sociedad aún ha podido alcanzar.
Nuestro ministerio es pastoral es decir pretende llevar a los hombres a que conozcan a Jesucristo, y conociendo a Jesucristo lo amen y amándolo tengan vida nueva en Él. Esta tarea se realiza de cara a la realidad de las personas. Es allí donde se hace historia el misterio de la encarnación y que la Iglesia continúa anunciando mostrando el amor de Dios.

Benedicto XVI nos dijo que el amor es un motor extraordinariamente importante y potente para lograr el desarrollo integral del hombre y de todos los hombres. Desde ese punto de vista los más necesitados nos invitan día a día a formarnos de manera especial en la doctrina social de la Iglesia y las ciencias teológicas que promuevan la dignidad del hombre de manera integral.

Los cristianos en general y los presbíteros en particular somos sacramentos de Jesucristo. Es decir que a través de nuestra vida estamos llamados a reflejar su santidad, su poder y sobretodo su infinita misericordia. En el servicio hacia los demás en los más amplios campos de la vida es dónde hemos sido llamados a dar testimonio de él. Es el servicio a los demás lo que nos dará la autoridad. Es lo que Dios espera de nosotros y la sociedad también. Es el signo distintivo del cristiano. Las obras que están movidas por la fe son el testimonio más claro de que somos hombres de Dios.
Hermanos y hermanas. Recemos por las vocaciones. Hoy son una prioridad de nuestra Iglesia. Ello será posible en la medida que nosotros demos testimonio del amor de Dios y nos vean alegres de haber entregado la vida a la tarea evangelizadora en castidad, pobreza y espíritu de obediencia. Es hermosa la tarea del sacerdote. Es un don inmenso y al mismo tiempo inmerecido pero que acogemos con humildad y disposición sabiendo que contamos con la oración de toda la comunidad de la Arquidiócesis.

Bajo el amparo de la Santísima Virgen María y la intercesión de San Luis Gonzaga, a Él el honor y la gloria, por los siglos de los siglos, amén.

† Fernando Chomali Garib
Arzobispo de Concepción