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Acción de gracias y despedida de la Arquidiócesis de Santiago

Homilía del Cardenal Francisco Javier Errázuriz en la Misa celebrada el sábado 8 de enero, en la Catedral Metropolitana, con motivo de concluir su ministerio episcopal como Arzobispo de Santiago.
Fecha: 09/01/2011
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa


Cuando se acerca la hora de devolverle al Santo Padre el báculo de Pastor de esta querida Arquidiócesis de Santiago, y de acoger con mucha fe, cariño y esperanza a Mons. Ricardo Ezzati Andrello como el sucesor de los apóstoles que hará presente a Jesucristo, Buen Pastor, entre nosotros, ustedes han querido acompañarme en esta última Eucaristía que presido en la Catedral Metropolitana, en esta Casa de Dios que ha acogido durante siglos nuestra historia.

La primera lectura alimentó nuestra fe con la profecía de Isaías, anunciando la gran luz que iluminaría al pueblo que caminaba en tinieblas, la luz asombrosa del Emmanuel, de Dios-con-nosotros, del niño que nació para nosotros en la sencillez y pobreza del pesebre, pero trayendo sobre sus hombros la soberanía que le era propia como nuestro Dios y Señor, como Redentor y Rey.

La proclamación del Evangelio culminó con la adoración de los sabios venidos de Oriente. Cuando contemplamos sus figuras en el pesebre, pensamos que son personajes muy lejanos, simplemente de otra época, de otras tierras y culturas. Pero no son seres extraños a nosotros. Por el contrario, somos nosotros mismos, representados por ellos, los que llegamos a Jerusalén, buscando al Rey que ha nacido, y después a Belén a adorar al Niño. Desde el primer momento Dios quiso anunciar que venía a este mundo a salvarnos a todos nosotros, y no sólo a los hombres y las mujeres de la primera alianza. Venía a ser Buena Noticia también para quienes no eran judíos. En los sabios, somos nosotros mismos los que llegamos a Belén. También nosotros, en nuestro tiempo, podemos decir que hemos visto su estrella, la que anunciaba esa impresionante Epifanía, es decir, esa admirable manifestación de Dios, que nos propuso ponernos en camino para llegar al encuentro con Jesús, Dios-con-nosotros, Admirable- Consejero, Príncipe de la Paz.

Notable cruce de caminos el de Belén. Primero partió a nuestro encuentro el Hijo de Dios. Tomó nuestra naturaleza en el seno de la Virgen María. La puso en camino, por ser sierva de Dios y servidora de la familia humana, hacia Isabel, llevando a Jesús a su primer encuentro santificador, con Juan Bautista. Después la encaminó hacia Belén, esta vez con José, el varón justo, para llegar a tiempo a la hora del nacimiento, el más grande de todos los tiempos, en la ciudad de David, a ese nacimiento inolvidable que sería la raíz de todo nacimiento a la vida nueva. Llegó el Hijo de Dios, llegaron los pastores y llegaron los ángeles que cantaban con gozo, venidos de la gloria, a anunciar la paz a los que estaban cerca, a los pastores. Y llegaron nuestros sabios, los que estaban lejos, a encontrarse con quien sería nuestra Paz.

¿Cómo no compartir el gozo anunciado por Isaías, sabiendo que Dios mismo nos llamó a este asombroso encuentro, que es fuente de todo encuentro cercano en la amistad, el amor, la benevolencia y la paz con Dios y entre nosotros? ¿Cómo no agradecerle a nuestro Dios que nos haya llamado como a Abraham y a estos sabios, y nos haya propuesto que dejásemos nuestra tierra para ir a su encuentro, cuando nos hallábamos lejos, o muy lejos de Él?

La Virgen María fue testigo de un acontecimiento de decisiva importancia. Ella vivía llena de estupor porque el Hijo de Dios, siendo de condición divina, se había hecho muy pequeño y humilde, hijo suyo, un pequeño y adorable niño. También sabía que a los poderosos Dios los derriba de su trono, y que exalta a los humildes. Sin embargo, después del encuentro con hombres tan sencillos como los pastores, probablemente no esperaba que sabios venidos desde lejos, que traían preciosos dones de Oriente, se olvidarían de su dignidad, y se postrarían ante Jesús para adorarlo.

La enseñanza es clara. Tan sólo reconociendo en lo más hondo del corazón nuestra pequeñez, somos capaces de adorar a Dios, a Aquél que se anonadó a sí mismo, para ser la Buena Noticia del Padre para toda la humanidad. Es el camino de los discípulos y misioneros de Jesucristo, que quieren entrar al Reino de Dios, y para ello optan por ser como niños, es decir, por la ruta de la pequeñez de María, una ruta colmada de gratitud y de bendiciones, entre éstas, la de cargar la cruz del Señor. Si no fuera nuestra pobreza personal, nuestra pequeñez la que se encuentra con Jesús, nuestro corazón no sabría reconocer su grandeza. No se postraría ante Él ni estaría abierto a recibir sus dones. Tampoco sabría ser dispensador de los misterios de Dios, ni le daría a Él la gloria por las acciones que Él nos inspira conforme al Evangelio.

Se postraron para adorarlo, y le ofrecieron sus dones: oro al Rey, incienso al Dios-Niño, y mirra, al que moriría por amarnos hasta el extremo. Compartimos seguramente una convicción: Ante nuestro Dios, que nos ha hecho administradores de sus bienes, toda generosidad es poca. Muchas veces he quedado asombrado durante estos años al constatar la generosidad de personas adineradas y también de incontables pobres. No querían idolatrar los bienes de este mundo y esclavizarse ante su poder. Querían ser libres, y devolverle a Dios todo lo que Él quisiera emplear en bien de su Pueblo y de los pobres, siguiendo el ejemplo de los sabios de Oriente, de Zaqueo y de los santos.

Pero también le ofrecieron otros dones, aún más valiosos. No los traían en cofres, sino en sus corazones. En primer lugar, la fe con que respondieron al llamado de Dios. Ésta los indujo a creer en su vocación de peregrinos, sin que fueran un obstáculo las inclemencias del tiempo y de la ruta. Si no hubieran creído en los signos de Dios, ¿cómo habrían podido emprende el largo viaje para hacer la locura de adorar a un recién nacido? Además, día a día le habían ofrecido su esperanza de hallar al niño, conducidos por la estrella de Dios. Y ya al partir, al escoger sus dones, le estaban entregando su admiración y su amor. Mayor fue el amor que le ofrecieron cuando lo encontraron en brazos de su madre, María, y se unieron a la ternura y la generosidad del cariño y la solidaridad con que ella le manifestaba su amor incondicional y su plena disponibilidad. Ella quería ser en todas las circunstancias de la vida de Jesús, la fiel esclava del Señor. Con ella, también nosotros.

Estamos llamados a ser siempre peregrinos, a ir siempre al encuentro de Jesucristo, a dejarnos cautivar por su encarnación, su nacimiento y su pascua, y a pedirle humildemente al Espíritu Santo que arranque de nuestro pecho el corazón de piedra, para tener un corazón de carne, capaz de llevarlo muchos regalos a Jesús, y porque ha aprendido a latir al unísono con el corazón de Dios, capaz de trabajar con Él a favor de los pobres y afligidos de nuestra sociedad. No podemos ser malagradecidos, y no retribuirle al Señor tantos dones recibidos en esta bendecida Diócesis de Santiago, sobre todo el encuentro con Él -y con sus santos, sobre todo con la Virgen María-, que nos hace discípulos y misioneros de Jesucristo, como asimismo el don de la comunión entre los hermanos y de la solidaridad con ellos.

Podemos preguntarnos: ¿Cuáles son los dones que le ofrecemos día a día a nuestro Señor? ¿Somos generosos con Dios, o somos mezquinos con Él, dejando en sus manos tan sólo algunos tiempos y algunas cosas sobrantes? ¿Le ofrecemos al Niño Dios toda nuestra fe, esperanza y caridad, nuestra fortaleza y nuestra prudencia, como los sabios de Oriente? ¿Le ofrecemos toda nuestra vida y sus proyectos, ya sea que Él nos llame al sacramento del matrimonio o a la alianza sacerdotal con su Hijo, Buen Pastor, al servicio diaconal o a la entrega virginal como consagradas? ¿Abrimos a toda hora el cofre de nuestro corazón para adorar a Dios, postrarnos en oración ante su presencia, ofrecerle los mejores dones y servirlo en los más necesitados; para amarlo y servirlo la vida entera por los senderos que indica el Espíritu Santo, en camino a la santidad?

Llegó la hora de partir de Belén. A los tres sabios Herodes había querido engañarlos. Había averiguado en Jerusalén el lugar en que nacería el Cristo. Hacia Belén ya apuntaban sus dardos y sus temores. También había conseguido de los sabios que le revelaran la fecha de la aparición de la estrella. No contento con ello, les pidió que volvieran con todas las noticia acerca del niño, simulando que también él quería ir a adorarlo. Pero el Padre de los cielos protegía a los tres peregrinos, y protegía al recién nacido. Sabiendo de las intenciones de Herodes, Dios les avisó en sueños que no regresaran a Jerusalén. Había que tomar otro camino para regresar a su tierra, porque el camino de Herodes estaba cortado por los ídolos y manchado por la sangre.

El hombre que quería matar al niño Jesús, y que saturó de dolor a las jóvenes madres de la ciudad de Belén, dando muerte a sus hijos inocentes, sólo tenía por dios a su propio poder, su yo y su vanagloria. Grandes construcciones y donaciones le sirvieron para rendirse culto, aprovechando la prosperidad de Palestina. El abandono de la fidelidad a la Alianza y a la cultura de sus antepasados, la formación de una corte que extendía otra cultura, la helenista, y que se entregaba en todo al poder del Imperio romano, no fueron el único precio que pagó por conservar el triste prestigio y el gran poder que tenía. Cambió sus diez sucesivas mujeres al ritmo de sus caprichos. Mandó dar muerte a la segunda, porque sospechaba de ella, e hizo ejecutar a dos de sus propios hijos, acusándolos de tramar contra él, de querer quitarle el poder. Después dio muerte a un tercero. No era ése un camino para los tres sabios de oriente.

El camino de Herodes era la negación misma del camino de felicidad y de vida que Dios le había mostrado a su pueblo en el Sinaí, al entregarle los diez mandamientos. Pero Herodes no quiso descubrir la asombrosa obra salvadora de Dios. Sólo realizó obras pasajeras, hechuras de sus lamentables manos, y no de las manos de Dios. Puso su confianza en ellas, mató y murió. La grandeza de Herodes el Grande, construida sobre pies de barro, se desplomó para siempre. Con razón los tres sabios no enfilaron la caravana de camellos hacia la majestuosidad hueca y desgraciada del palacio de Herodes. Tomaron otro camino.

¿Y cuál es el camino de nuestros pasos? Por nuestra vocación bautismal estamos resueltos a ir siempre al encuentro de Jesús, a ser siempre discípulos suyos. Nunca queremos hacer un pacto con Herodes, con los poderosos que usan su autoridad para oprimir, destruir y matar, con los que corroen la cultura y las costumbres de su propio pueblo, que tienen sus raíces en la alianza con Dios, con los que en el mundo tratan infructuosamente de denigrar y hacer desaparecer la persona de Jesucristo, sus enseñanzas y la comunidad de quienes lo aman y le siguen. Por el contrario, nuestros pasos quieren orientarse siempre al encuentro con Jesucristo en todos los lugares en los cuales se celebra Epifanía, su manifestación asombrosa, quieren encaminarse a todos los Belenes de nuestro tiempo. Como discípulos nos acercamos y escuchar a Aquél que se reveló como Admirable-Consejero, como Siempre-Padre y Príncipe de la Paz. Acogiéndolo con la Virgen María, san José y los pastores, adorándolo como los magos, y escuchándolo y siguiéndolo como los apóstoles, nos ponemos a su disposición para que cada uno de nosotros, nuestras familias y nuestro pueblo tenga vida en Cristo, vida en plenitud.

Al término de esta Eucaristía, acción de gracias como ninguna otra, ustedes volverán a sus hogares, a sus trabajos, a sus parroquias, a sus comunidades y a sus movimientos. Yo también volveré a lo más mío, inspirado en el amor y la fidelidad de la Sma. Virgen María, al silencio y la paz de la vida sacerdotal. Volveré a la contemplación de Dios en la “lectio divina”, a la Mesa del sacrificio y del pan bajado del cielo para la vida del mundo, al servicio pastoral que ayuda a descubrir el paso del Señor, sobre todo en las situaciones de desconcierto, de dolor y también de gratitud, para que sus discípulos misioneros vivan en mayor plenitud la alianza con Él. Volveré al trabajo cotidiano pastoral, que nos llena de alegría, fecundidad espiritual y gratitud.

Lo importante para ustedes y para mí, es que regresemos a nuestras tierras “por otro camino”. Era imposible que el camino interior de los tres Reyes Magos fuera el mismo por el cual llegaron. Era imposible, después de haber encontrado a su Dios, manifestado en la pequeñez y el amor del niño recién nacido. Tampoco pudieron Andrés y Juan regresar por el mismo camino, después de encontrarse con Jesús junto al Jordán, y de pasar esa tarde con Él. Se despidieron de Él como misioneros suyos.

Hemos sido bendecidos con tantos encuentros con Jesús. De mi parte lo he encontrado en tantas familias y comunidades, en tantas circunstancias hermosas y tristes, en tantos hermanos sacerdotes y obispos, en la generosidad de tantas religiosas y tantos diáconos, en el compromiso con Él de incontables laicos que han querido ser coherentes con su fe y vivir cerca de Dios, y en tanta gente pobre cuya mirada lo refleja y cuya solidaridad lo glorifica. Sólo puedo partir lleno de gratitud y alegría. Me emociona recordar las veces en que se aproximó a nuestra existencia. Se nos hizo imperioso acompañar a la Virgen María, cantando con ella y con todos los santos el Magnificat, porque también nuestra alma está llamada a proclamar la grandeza del Señor, del Dios que ha mirado, elegido y vivificado la vida de sus hijos y de sus hijas, con quienes se propuso hacer maravillas.

Concluyo por ello con el corazón colmado de gratitud. Me extiendo sobre este tema en el periódico Encuentro, que recibirán al salir de este templo. Sin embargo, muy brevemente les manifiesto a cada uno de los obispos auxiliares y a todos mis colaboradores sacerdotes, religiosas y religiosas y laicos, mientras pasan por mi memoria tantos rostros y tantos nombres, mi más cordial agradecimiento. Son innumerables las obras que han enriquecido a nuestra querida arquidiócesis, y que tienen en ellos su origen y su realización. Gracias, de manera especial, a las comunidades contemplativas y a todos los que han rezado por nosotros; también a quienes se han unido a su oración, pidiéndole a Dios que envíe más trabajadores a sus sembrados. Nos está escuchando. Gracias a las comunidades escolares y universitarias, cuyo trabajo pastoral ha llegado a ser más fecundo; así también a los movimientos eclesiales, a las comunidades de base, a las parroquias y a todos los equipos pastorales de la Arquidiócesis, que forman discípulos misioneros de Jesucristo. Gracias a quienes han escuchado la apremiante petición de Jesucristo y se acercan con misericordia a los malheridos al borde del camino. Gracias a todos los que, por razón de su adhesión a Jesucristo, han querido compartir la misión de la Iglesia en el ámbito de la política, la creación de empleos y su dignificación, el deporte y el arte, las juntas de vecinos y las organizaciones de trabajadores y, no en último término, en las universidades, los institutos técnicos y las escuelas; de manera especial, en el ámbito del ardor misionero.

Gracias de corazón a toda mi familia, espacio interior de fe, de vida y de amor solidario; y también a quienes me apoyaron en mi casa y en el trabajo. Mi honda gratitud se dirige a quien me guió y formó como sabio pastor y padre, al siervo de Dios, el P. José Kentenich. Todo mi reconocimiento va a los queridos Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, a quienes siempre he admirado, con quienes colaboré estrechamente, y de quienes recibí tanta confianza, tanta verdad y tanta paz. Y gracias al camino que prolongaron y abrieron mis antecesores, a quienes admiré y de quienes tanto recibí, me refiero a todos los Cardenales que Dios le ha regalado a nuestra Patria, igualmente a mis queridos hermanos en el episcopado. Gracias a todos ellos, con quienes hemos formado una comunidad muy unida, y apasionada por la misión de Cristo en nuestro tiempo. Gracias a los obispos que participaron en la Conferencia general de Aparecida: gracias por la extraordinaria experiencia de comunión con Dios y con su pueblo, y por el documento conclusivo, fuente de tanta vida en la Iglesia latinoamericana y caribeña. Mi reconocimiento va también a los pastores de otras confesiones cristianas, por su acogida fraterna y su compromiso ecuménico, que tanto aprecio.

Concluyo, consciente de haber recibido de Dios nuestro Padre gracia tras gracia. A Él le pido perdón, como también a ustedes, por tantas deficiencias, omisiones y pecados, convencido de que Él es Padre del Perdón y la Misericordia. Tantas veces he experimentado que su voluntad nos lleva a permanecer en su amor y a compartir, por desborde de gratitud y alegría, el gozo de haber encontrado a Jesucristo, de amarlo y de presentarlo a nuestra tiempo, como lo hizo María y José, a los sabios venidos de Oriente.

Mil gracias a Dios, a nuestra Sma. Madre y a todos ustedes. Dios les retribuya su apoyo y colaboración. De hecho, ya lo hace, enviándoles un gran Pastor, a quien podremos ofrecerle en pocos días más tantos dones que Dios le ha regalado con ilimitada generosidad a su Iglesia que peregrina en Santiago, para que nos conduzca y lleguemos a ser una Iglesia santa y misionera.

Así sea.

+ Cardenal Francisco Javier Errázuriz
Administrador Apostólico de Santiago

Santiago, 8 enero 2011