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Despedida a Cardenal Errázuriz

Palabras del Pbro. Rodrigo Tupper, Vicario de Pastoral Social y de los Trabajadores, al ofrecer la Santa Misa, a nombre del clero de Santiago, al Cardenal Francisco Javier Errázuriz al culminar su ministerio episcopal como Arzobispo de Santiago.
Fecha: 08/01/2011
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Pbro. Rodrigo Tupper


Muy querido Don Francisco Javier,

Hace doce años lo recibimos a Ud. con gran esperanza en la Iglesia de Santiago. Era el Arzobispo que el Papa Juan Pablo II nos designaba, sabiendo que este paso significaba para Ud. el dolor de dejar atrás una Iglesia tan querida como la de Valparaíso. Hoy lo despedimos con profunda gratitud, habiendo apreciado las bondades de su ministerio pastoral y compartido junto a Ud. las muchas vicisitudes de estos años.

Todos apreciamos en Ud. su cordialidad, y esa forma tan fraterna de relacionarse con los sacerdotes, diáconos permanentes, religiosas y los fieles de Santiago. Más allá de títulos y formalismos Ud. siempre ha tenido conciencia de ser un hermano que es sacerdote, que es Obispo, que es Cardenal, ayudando a crear en sus colaboradores más cercanos semejante actitud. Pero valoramos aún más, la sabiduría para acoger lo que el Buen Dios venía realizando entre nosotros, a través de sus antecesores en el cargo, más que imponer sus proyectos personales. Así fue como Ud. asumió el Primer Encuentro Continental de Jóvenes que fortaleció la pastoral juvenil y las buenas relaciones con los países y regiones que estuvieron presentes, literalmente, “desde Alaska a Tierra del Fuego”.

Y en la hondura de la pastoral cotidiana, asumió con todo el corazón el caminar del IX Sínodo de Santiago promulgado poco antes por su antecesor, el querido Cardenal Carlos Oviedo Cavada. Fue su última decisión antes de presentar su renuncia por su grave enfermedad. El Sínodo marcó nueve años de su ministerio en que se fueron entrelazando, de una manera providencial, las decisiones pastorales de la Iglesia en Santiago con las orientaciones del Papa Juan Pablo II para el Gran Jubileo de la Fe. Esta misma sinfonía del Espíritu se ha observado durante todo su ministerio, también bajo el pontificado de nuestro querido y admirado Papa Benedicto XVI, confirmándonos en la fe y en las intuiciones pastorales del Sínodo de Santiago.

Algo semejante sucedió con la V Conferencia de Aparecida. A Ud. le cupo una presencia decisiva en su gestación, su preparación, su realización por su Presidencia del CELAM y su relación colegial y sabia con los Dicasterios de la Sede Apostólica. Los Obispos del Continente lo saben y lo agradecen, y reconocen que al invitarlo a ser uno de los tres Presidentes de dicha Asamblea, el Santo Padre Benedicto XVI no hacía sino ratificar su confianza en su persona. Nosotros también lo reconocemos y agradecemos en esta Iglesia de Santiago que tuvo el privilegio de beber de primera mano de las fuentes de Aparecida y de apresurarse a dar los primeros pasos de la Misión Continental.

Son muchos los frutos generados en estos años como el Plan de la Esperanza Joven, el Plan de Formación teológico-pastoral para los laicos de la Arquidiócesis, la creación del Instituto Pastoral Apóstol Santiago y la renovación de la Catequesis de Iniciación a la Vida Eucarística. También ha dado una dedicación especial a la formación de los presbíteros y diáconos permanentes, y un fortalecimiento de la pastoral vocacional que augura un futuro más promisorio que la década pasada. Por otra parte, Ud. quiso fortalecer la corresponsabilidad dando mayor atención, responsabilidad y escucha, al Consejo Presbiteral. Así también, con la serenidad de sus decisiones, fue renovando el Consejo de los Vicarios con nuevos rostros y con un espíritu ejemplarmente fraterno. No es menor su apoyo a los Movimientos Apostólicos y nuevas comunidades, así como a los laicos con quien Ud. quiso trabajar los aportes al Bicentenario de nuestra Independencia. Hoy es habitual que en nuestras asambleas pastorales, como en esta misma Santa Misa, se vea la Iglesia en su diversidad buscando la voluntad del Señor que se hace más clara en esta mutua fecundidad.
Estos años no han estado exentos de problemas y dolores: algunos provienen de la misma Iglesia y otros provienen de una cultura que confunde la laicidad con la erradicación de Dios de la vida pública y que pretende suplantar el mismo sitio de los grandes valores del Evangelio que han hecho la grandeza de Chile.

Ud., como buen pastor de la Iglesia, ha defendido el valor supremo de la vida, el valor fundante de la familia, el matrimonio como un rostro del amor de Dios que nos ama de manera estable, indisoluble, para siempre, acogiendo a la vez a quienes no han logrado realizarlo. Por otra parte, ha tenido que corregirnos, también al clero, para procurar nuestra conversión del corazón y de costumbres para que seamos coherentes con nuestra vocación. Ni una ni otra causa ha sido fácil de defender por quienes consideran blandura la misericordia, o bien, alegan incomprensión cuando se vuelve a recordar la vida y la verdad según el Evangelio. Ud. mismo ha reconocido que se ha encontrado ante situaciones nuevas ante las cuales no supo actuar con la premura o la diligencia del caso. Eso habla bien de Ud. y quienes lo conocemos sabemos que estos pasos los ha dado con enorme honestidad y procurando no exacerbar los ánimos.
Al dejar la sede de Santiago en las buenas manos de Mons. Ricardo Ezzati Andrello, Ud. nos deja el sabor de un Pastor amigo, tan amante de la Palabra de Dios que ha logrado introducirnos en la “lectura orante de las Sagradas Escrituras”, muy atento a los brotes del Espíritu que más de una vez “desordenaban” los proyectos pastorales de sus colaboradores para no pasar encima de esas intuiciones.

Su amor a la Virgen Santa es una verdadera herencia espiritual y pastoral que deberemos asumir día a día. Ese amor se ha expresado en el Santuario de la Virgen del Carmen en la Parroquia del Sagrario, en la animación pastoral del Santuario de la Virgen Inmaculada del Cerro San Cristóbal, en la petición al Santo Padre de regalarnos la bella imagen de la Virgen del Carmen Misionera para el Bicentenario y que la V Conferencia fuera en la diócesis de la Virgen Aparecida, en Brasil. Por eso le agradecemos su espiritualidad mariana y porque, en verdad, ha dado un aporte muy importante al rostro mariano de la Iglesia y al corazón mariano de su pastoral.

Querido Don Francisco Javier,
Creo haber dicho al comienzo que lo estamos despidiendo. Después de esta presentación veo que me equivoqué: estamos simplemente dando gracias por su ministerio pastoral, 20 años justos después de su consagración episcopal. Lo hacemos en el presbiterio de esta Iglesia Catedral que Ud. quiso restaurar para celebrar la Liturgia con mayor decoro y honrar en la cripta la memoria de sus antecesores. Y en cuanto a su futuro cercano, deja de ser nuestro Arzobispo pero sigue y seguirá siendo miembro activo de esta Iglesia diocesana, realizando su ministerio pastoral de sacerdote y obispo, con el mismo cariño con el que nos regaló su pastoreo bajo el lema “he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10.10).
Que el Señor lo siga bendiciendo.

Rodrigo Tupper Altamirano. Pbro.
Vicario de la Pastoral Social y de los Trabajadores

Catedral Metropolitana
Sábado 8 de enero de 2011