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La presencia del Resucitado es siempre fuente de vida y esperanza

Homilía del Señor Cardenal Secretario de Estado en la Santa Misa celebrada en la Catedral Metropolitana de Santiago, el domingo 11 abril 2010, durante la cual entregó la imagen de la Virgen del Carmen Misionera regalada por el Papa Benedicto XVI al pu
Fecha: 12/04/2010
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Cardenal Tarcisio Bertone


Señor Cardenal Arzobispo de Santiago,
Señor Cardenal Jorge Arturo Medina,
Señor Nuncio Apostólico,
Señor Presidente de la Conferencia Episcopal,
Venerados Hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio,
Distinguidas autoridades que nos acompañan,
Queridos diáconos, seminaristas, religiosos, religiosas y laicos que hoy participan en la celebración de esta Eucaristía en la Iglesia Catedral de Santiago.

Como nos dice el Evangelio que acabamos de escuchar, el Señor se presenta a los discípulos reiterando un saludo: «La paz esté con Ustedes». Él ha traído la paz (cf. Jn 14,27), la ha dejado a los suyos, quiere la paz entre ellos y desea que la promuevan en todos los ámbitos como un logro de la humanidad redimida. Con este espíritu, me dirijo a Ustedes, transmitiéndoles también el saludo y la bendición de Su Santidad Benedicto XVI, que sigue con particular cercanía las alegrías y los anhelos de este País, y lo acompaña con su plegaria en sus vicisitudes y dificultades.

El saludo del Señor, que es también don de su presencia y muestra de su cercanía constante con los suyos, levanta el ánimo de aquellos discípulos atemorizados y abatidos, dando incluso la posibilidad al incrédulo Tomás de tocar sus llagas y su costado. En realidad, más allá de verle y tocarle, Cristo ofrece el don de la fe, que es lo que permite reconocer su verdadera identidad, y hace confesar al Apóstol: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Ya lo había indicado Jesús a Pedro cuando éste lo llamó Mesías e Hijo de Dios, advirtiéndole que esa confesión no procedía de un saber humano, «de la carne y la sangre» (Mt 16,17), sino de la revelación del Padre celestial. También nuestra fe es así. Hemos sido agraciados con ella a través de la Iglesia, y la guardamos y vivimos como el mayor don de nuestra vida, inmensamente superior a cualquier expectativa que pudiera surgir sólo de nuestro corazón humano.

Esta presencia del Resucitado es siempre vida y fuente de esperanza firme también hoy, no obstante nuestras flaquezas, no obstante la consternación ante las durezas que nos depara la vida, como las que han sufrido y siguen sufriendo tantos chilenos a causa sobre todo de la enorme tragedia sísmica que ha azotado recientemente a gran parte del País. Que el saludo confortador del Señor llegue a todos ellos y aliente su fortaleza de espíritu ante la adversidad, avive la vocación al trabajo diligente, al esfuerzo por construir y reconstruir que los caracteriza, y dé un impulso generoso y duradero a la solidaridad unánime, que en estas circunstancias ha mostrado lo mejor del alma del pueblo chileno. Y, sobre todo, que su aflicción no llegue a ser aquella de los hombres que no tienen esperanza, como dice san Pablo (cf. 1 Ts 4,13), sino que sea iluminada por la roca firme de la fe en Cristo, fuente de amor, de vida plena para todos, de justicia y fraternidad.

A las palabras de saludo, el Evangelio de Juan une las del envío: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo» (Jn 20,21). Por eso, en los Hechos de los Apóstoles se reproducen escenas similares a las que los Evangelios nos presentan en la vida de Jesús: las gentes se admiraban de la predicación de los Apóstoles y llevaban ante ellos los enfermos (Hch 5,12-16). El Señor ha querido perpetuar en el mundo su misión por medio de sus enviados, de manera muy especial de los presbíteros.

Es muy hermoso apreciar en toda su grandeza el don que Dios ha dado al mundo con sus ministros, particularmente en este año proclamado por el Papa Benedicto XVI como Año Sacerdotal. Ellos son los primeros responsables de que el saludo de Cristo llegue a todos, para que lo conozcan y siembre en ellos un horizonte de vida nueva, gozosa, plena y perdurable; ellos son quienes han de hacer escuchar su Palabra, que acompaña todas las etapas y facetas de la vida, de manera fiel e íntegra, hablando con fervor de lo que han aprendido del Maestro, y con el aplomo de los Apóstoles, que no podían dejar de contar lo que habían visto y oído (cf. Hch 4,20); ellos son los escogidos para reconciliar con Dios y con la Iglesia a los pecadores y, sobre todo, para ofrecer sacramentalmente el sacrificio de Cristo, que está realmente presente bajo las especies eucarísticas. Todo ello actuando en su nombre, como dispensadores de los misterios de Dios, reconociendo al mismo tiempo que son servidores conscientes de llevar este «tesoro en vasos de barro» (2 Co 4,7). En la Carta de convocatoria del Año Sacerdotal, el Santo Padre resume esto con unas palabras muy expresivas del Santo Cura de Ars: «Si desapareciera el sacramento del Orden, no tendríamos al Señor. [...] Después de Dios, el sacerdote lo es todo. [...] Él mismo sólo lo entenderá en el cielo».

Antes de regresar a Roma tras la apertura de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, el Santo Padre quiso dejar como recuerdo un tríptico que la acompañara e inspirara en sus trabajos. En el cuadro central se representa al Señor poco antes de ascender a los cielos, dando a quienes lo seguían la misión de hacer discípulos a todos los pueblos, evocando así la estrecha relación de Jesucristo con sus discípulos y misioneros para la vida del mundo. Quisiera retomar hoy en Chile aquella inspiración, para pedir con Ustedes insistentemente al Señor que mande trabajadores a cultivar su tierra en este País (cf. Mt 9,38), donde también se necesitan más personas entregadas en cuerpo y alma a seguir a Cristo y hacerlo presente y vivo en cada comunidad cristiana.

La Iglesia en Chile ha acometido con decisión la gran iniciativa de la Misión Continental planteada en Aparecida por los Episcopados de Latinoamérica y el Caribe, con el fin de «confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros» (Documento conclusivo, n. 11). Es un gran desafío para este pueblo de marcada identidad cristiana, llamado ahora a reafirmarla y darle nuevo impulso mediante un encuentro profundo y personal con Cristo, afianzando así la fe, la esperanza y el amor que hacen reverdecer la vida de las personas y transforman las culturas de los pueblos. Esto es especialmente importante ante el riesgo de una vida cristiana pasiva, superficial o fragmentaria, que sigue tal vez afirmando las verdades de la fe, pero olvidando, en ocasiones, la belleza y la hondura de su más genuino significado, así como el compromiso cristiano y humano que comportan (cf. ibíd., 13).

A este respecto, también el Evangelio que hoy hemos leído ilumina una vertiente esencial de toda comunidad cristiana. El Resucitado, nos dice, se presenta a los suyos el primer día de la semana, mientras estaban reunidos. Los Evangelios nos presentan frecuentemente a Jesús acompañado del grupo de quienes lo seguían. Lo seguían en común, no cada uno por su cuenta o separados. También lo reciben juntos una vez resucitado, y harán después de esta unión su forma de vida, acudiendo a la fracción del pan, permaneciendo en comunión y viviendo con un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 2,42; 4,32). Esto nos abre los ojos sobre la importancia capital de la Eucaristía dominical en todos los tiempos de la Iglesia. En efecto, dice el Concilio Vaticano II, los creyentes, «al participar en el sacrificio eucarístico, fuente y cima de la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y a sí mismos con ella» (Lumen gentium, 11). Así, en la celebración de la Eucaristía, recibimos a Cristo y Cristo nos recibe, formando un solo cuerpo con Él, que es la Cabeza, y del cual nosotros somos sus miembros. Y, como dice San Pablo, en este cuerpo no cabe la desunión, todos son a la vez importantes e imprescindibles, se preocupan unos de otros y, «si uno sufre, todos los demás sufren con él» (1 Co 12,26). Apartarse de Cristo es mutilar su cuerpo y abandonar la vida que nos da; flaquear en la fe, lo debilita; desentenderse de los hermanos, lo desgarra.

Como recordó el Santo Padre al Episcopado Latinoamericano y del Caribe reunido en Aparecida, esta celebración tiene lugar de un modo privilegiado el domingo, aquel «primer día de la semana», en que Cristo resucitó, en el que se hizo presente entre los suyos, y en el que ahora sigue acompañándonos de un modo especial en el hoy y ahora de nuestras vidas. Por eso, la participación fiel y activa en la misa dominical es un punto esencial de la identidad cristiana. La Misión Continental en Chile ha de promoverla con esmero y desarrollar toda su inmensa riqueza, como el encuentro personal y comunitario con Cristo, la escucha de su Palabra, la formación en la fe del Pueblo de Dios, el gusto por la liturgia y la contemplación de los misterios sagrados, la oración del corazón, el sentido fraterno, el compromiso de caridad o el empuje misionero.

En el bicentenario de Chile, la comunidad cristiana tiene una hermosa historia que contar, hecha de iniciativas ejemplares de evangelización, de promoción de la cultura, de educación en los valores cristianos y humanos o de atención a los necesitados. Pero tiene, sobre todo, ejemplos admirables de santidad, como el de Santa Teresa de los Andes, que llenó su vida del amor de Dios, o el del Padre Hurtado que, urgido por ese mismo amor, se desvivió por llevarlo a los pobres y desvalidos, con gran ardor y creatividad. Este pasado glorioso es también una fuerza que sigue inspirando e impulsando nuevos pasos para que los chilenos sigan construyendo una historia digna de su propio pasado y, sobre todo, consecuente con la misión encomendada por el Señor de llevar el mensaje de salvación a cada corazón humano, a las familias y a los pueblos. Para ello contamos siempre con la constante protección de María Santísima, discípula fiel de su Hijo Jesús y amorosa Madre de la Iglesia.

Queridos hermanos y hermanas, a Ella, que en esta querida tierra es invocada bajo la advocación del Carmen como Reina y Patrona de los chilenos, agradezco la ocasión privilegiada de celebrar con todos los Obispos de Chile la Eucaristía en esta Iglesia Catedral. Y con mucho gusto hago hoy entrega de esta bella imagen de Nuestra Señora del Carmen, tan querida al pueblo chileno, bendecida solemnemente en Roma por el Papa Benedicto XVI, el pasado veinticuatro de marzo, como signo de su amor y solicitud por esta Nación, en la celebración del bicentenario de los inicios de su independencia.
Ella, como Madre de los misioneros que anuncian con fidelidad a Cristo, que es nuestra Verdad, nuestra Roca y nuestra Alegría, peregrinará por este País, tan presente en el corazón del Sucesor del Pedro, ofreciendo a todos el consuelo y la fortaleza, especialmente a cuantos han padecido las terribles consecuencias del reciente sismo. Ella llegará a muchos lugares, llevando el Evangelio de Chile, escrito de puño y letra por el Papa y tantos hijos de esta bendita tierra, manifestando con ello que están dispuestos a grabar el mensaje del Salvador en sus vidas y en sus corazones, en sus iniciativas familiares, profesionales y sociales, con la certeza de que Cristo es el mayor tesoro de la historia de Chile.
Santísima Virgen del Carmen, mira con bondad a los pastores y fieles de este pueblo, que te venera con humilde confianza, y enséñales a acoger siempre la Palabra de Dios, a celebrarla en la Eucaristía, y a vivirla y dar testimonio de ella cotidianamente. Acompaña con tu corazón de Madre todos sus propósitos y anhelos. Intercede ante tu Hijo Jesucristo, para que ayude a Chile en estos momentos difíciles de su historia, para que bendiga a las familias, en particular a las más afligidas, y multiplique en sus mesas el vino de la concordia y la caridad. Virgen María, alienta y sostén a los chilenos en el camino que quieren recorrer como hijos muy amados de Dios Padre. Madre y Reina de Chile, brilla sobre esta Patria como Estrella de la nueva evangelización, de la esperanza y de la paz. Amén.