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La vigencia del libro ¿Es Chile un país católico?

Intervenvión del Cardenal Francisco Javier Errázuriz, Arzobispo de Santiago, en la presentación de la reedición del libro "¿Es Chile un país católico?, del Padre Alberto Hurtado.
Fecha: 20/08/2009
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Francisco Javier Errázuriz


Saludo cordialmente a todos ustedes que hoy asisten a este nuevo paso del Proyecto para el Bicentenario de la Cámara Chilena de la Construcción: la reedición del libro ¿Es Chile un país católico? de san Alberto Hurtado, ante cuyo santuario nos encontramos.

Quisiera, en primer lugar, agradecer esta valiosa iniciativa de la Cámara al ofrecer a nuestro país, próximo a la celebración de su Bicentenario, esta ‘Biblioteca Fundamentos de la Construcción de Chile’, que reúne importantes obras literarias que han forjado nuestra identidad patria, y dan cuenta de que una mirada integral de nuestra historia debe comprender el reconocimiento tanto de las grandes obras materiales como de aquellas que conforman el patrimonio intangible que nos constituye, nos desafía y nos proyecta como nación soberana, como país de hermanos y como constructores del Reino de Dios.

Aunque el título del libro cuya presentación nos convoca hoy: ¿Es Chile un país católico?, es muy sugerente, puede parecernos difícil que un escrito de 1941 contenga reflexiones que se mantengan vigentes hasta nuestros días. Sin embargo, el Padre Hurtado ha sabido observar y diagnosticar con tal profundidad y agudeza los signos de los tiempos que vivió en el Chile de esos años, que nos ofrece una mirada que abraza no sólo la realidad de su tiempo. En efecto, exploraba ya entonces las fibras más íntimas de la vida humana, y los desarrollos culturales de nuestra historia. Por eso lograba exponer las preocupaciones más permanente que debe tener la sociedad, y las tareas de entonces y de nuestros días, que muestran a la Iglesia el cauce de su acción evangelizadora. En el marco de esta breve presentación, sólo podré rememorar algunas de ellas.

Las palabras con que san Alberto comienza su libro son claras, directas, y nos ponen en perspectiva: “El fin que nos proponemos en este libro es estudiar la situación de Chile desde el punto de vista católico, con la mirada fija en el porvenir que esperamos confiados ha de mejorar mediante nuestros esfuerzos sostenidos por la Gracia divina” (p. 5). Estas palabras han de comprenderse como una verdadera clave de lectura que muestra la profunda conciencia que el autor tenía de la luz y fortaleza que infunden la fe y la gracia de Dios a los conocimientos, las propuestas y las acciones de los hombres en favor de la transformación del mundo y de la sociedad.

El propósito de san Alberto lo recogió recientemente nuestra Iglesia Latinoamericana, cuando reflexionaba sobre nuestra realidad en la Vª Conferencia General del Episcopado en Aparecida, Brasil, en el año 2007. En el documento conclusivo reconoció con valentía y audacia que “el Evangelio llegó a nuestra tierras en medio de un dramático y desigual encuentro de pueblos y culturas”, y que en la historia de la evangelización de América “la Iglesia ha experimentado luces y sombras”. Agregaba con fuerza que hemos de reconocer, sin embargo, que “la fe en Dios amor y la tradición católica en la vida y cultura de nuestros pueblos son sus mayores riquezas”, y que éstas se manifiestan en la fe y en la piedad de los pueblos, en la caridad que anima sus obras solidarias, en la conciencia de la dignidad de la persona, en la sabiduría ante la vida, y en la pasión por la justicia, la esperanza y la alegría de vivir. Aparecida confirma que “el don de la tradición católica es un cimiento fundamental de identidad, originalidad y unidad” (cf. DA 4-8).

Por eso, teniendo presentes las constataciones que el Padre Hurtado hace acerca de las orientaciones filosóficas que denigran el rol de la fe, acerca de la decadencia de la moral, que ha aumentado en estos decenios, y del alejamiento de la Iglesia y de las prácticas religiosas de tantas personas, todo esto en contraposición a las innumerables y fructíferas acciones de los creyentes en favor de sus hermanos y de la edificación y animación de las comunidades cristianas, que también en nuestro tiempo se han intensificado y extendido, no podemos sino evidenciar la actualidad de las motivaciones del autor al escribir este libro, a saber, “mostrar a nuestros hermanos en la fe, sobre todo a los jóvenes, las realidades del catolicismo de nuestra Patria a la luz de la realización mundial del plan divino, e invitarlos a mirar esta realidad sin pesimismos derrotistas y sin optimismos beatos, sino con un sentido de responsabilidad fundado en la verdad” (p. 24).

San Alberto Hurtado nos habla de responsabilidad, y nos interpela con cifras sumamente preocupantes sobre la falta de educación, la deficiente constitución familiar, las carencias en el ámbito de la salud y de la vivienda. Todas estas realidades ya entonces conllevaban amargura y desesperanza ante la falta de un testimonio solidario de parte de todos los que tienen más posibilidad de revertir estas situaciones. Las palabras del Padre Hurtado son categóricas y mantienen su actualidad: “Nobleza obliga. Fortuna obliga. Cultura obliga… Y mientras más se ha recibido de estos dones, mayores son las responsabilidades sociales” (p. 37).

Al observar estos problemas hoy, nos damos cuenta de que ha habido significativos avances en algunos campos y dolorosos retrocesos en otros. Pero nuestro santo chileno no nos enfrenta a este panorama para hacer de nosotros meros espectadores. Los individualiza como “problemas espirituales de Chile que solicitan la atención del católico con alma de apóstol” (p. 25). Son problemas que aquejan al hombre en su totalidad y que interpelan a la totalidad de los hombres; que despiertan en el hombre y la mujer de fe el anhelo de encarnar “en sus corazones y en sus obras la concepción de los hombres que tuvo el Maestro” (p. 38). Es el impulso al que nos invita también en estos días el Papa Benedicto XVI en su reciente encíclica Caritas in veritate, cuando nos dice que: “Ante el ingente trabajo que queda por hacer, la fe en la presencia de Dios nos sostiene, junto con los que se unen en su nombre y trabajan por la justicia” (CV 78).

El Padre Hurtado dedica largas y comprometidas páginas en su libro a concientizar acerca del debilitamiento de la fe y de la vida cristiana en general en nuestra Patria, debido en gran parte a la insuficiente educación religiosa que conlleva la falta de un cristianismo integral. Sin embargo, san Alberto reconoce que hay un fondo profundamente cristiano en nuestro pueblo, que tantas veces acaba encontrando de manera incompleta fuera de la Iglesia aquello que nosotros no hemos sabido transmitir del tesoro de nuestro propio encuentro con Jesucristo. La invitación que nos hace el Padre Hurtado de “ir al pueblo, darle a conocer nuestra santa religión, hacérsela gustar y amar para que la viva intensamente” (p. 67), tuvo un eco profundo en Aparecida, que nos invitó a ser discípulos misioneros de Jesucristo, y a formarlos, para que nuestro pueblo tenga vida en Él. El suyo fue un llamado a encontrar nuestro propio camino de encuentro y seguimiento de Cristo, y a ofrecer la riqueza que adquirimos por este camino como testimonio a los demás. Su actualidad la ha traducido hermosamente el Documento de Aparecida cuando nos dice: “La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida; y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (DA 29).

De entre todos los problemas que plantea en su libro, san Alberto no duda en señalar la falta de sacerdotes como el más grave de todos. No sólo en número, sino también en fervor y entrega generosa al servicio de sus hermanos en la Iglesia. Nos narra alarmantes testimonios de heroicos sacerdotes que, a pesar de su incansable labor, no son capaces de atender a las necesidades de todos los fieles que hay en sus enormes parroquias. Hoy no contamos con ese gran porcentaje de sacerdotes extranjeros que en esa época colaboraban con el escaso clero chileno. Gracias a Dios, los que han partido han sido reemplazados por sacerdotes chilenos en estos años. Pero siguen siendo del todo insuficientes. Su preocupación de entonces, la necesidad de muchos más sacerdotes en Chile, no ha perdido urgencia en nuestro tiempo. Baste recordar que nuestro santo constataba que un sacerdote puede atender pastoralmente a unas 1.000 personas, y llegaba a la conclusión de que 4 millones de chilenos no tenían ese apoyo de los ministros ordenados del Evangelio. ¿Cuántos son los millones de chilenos que actualmente siguen al margen de esta necesaria atención pastoral?
La vida y el testimonio del sacerdote en la Iglesia, cuando transparenta verdaderamente la imagen de Cristo, ofrece a los hombres un encuentro personal con el Señor que buscan, con el Buen Pastor que no se reservó nada para sí, sino que lo dio todo en favor de sus hermanos. Así nos lo recalca el Santo Padre Benedicto XVI en su convocatoria al Año Sacerdotal que estamos celebrando: “La misión del presbítero… se lleva a cabo “en la Iglesia”. Esta dimensión eclesial, de comunión, jerárquica y doctrinal es absolutamente indispensable para toda auténtica misión y sólo ella garantiza su eficacia espiritual. (…) la misión es “eclesial” porque nadie anuncia o se lleva a sí mismo, sino que, dentro y a través de su propia humanidad, todo sacerdote debe ser muy consciente de que lleva a Otro, a Dios mismo, al mundo. Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote”.
El santo chileno nos invita a involucrarnos activamente en el esfuerzo por pedir a Dios y cooperar con Él para que aumenten los sacerdotes. Nos dice: “Es, pues, incuestionable que el celo por ver incrementarse las vocaciones sacerdotales ha de ser característico de todo católico que ame a su Madre la Iglesia. No es más que el eco de la sublime enseñanza del Maestro que nos ordenó rogar al Señor de la mies que envíe operarios a la mies” (p. 94). La vigencia entre nosotros de las palabras del Santo Padre y de san Alberto Hurtado es tan imperiosa, que recientemente me sentí ante el deber de escribir una carta pastoral sobre la vocación al sacerdocio ministerial.

Pero la Iglesia, tan necesitada de sacerdotes, no se compone sólo de ellos, ni les confía sólo a ellos la tarea de la evangelización, sino que invita con ardor a los laicos, de la Acción Católica en tiempos del Padre Hurtado y de los diversos movimientos, colegios, comunidades eclesiales y obras de inspiración cristiana de nuestra época, a la desafiante tarea de la “restauración cristiana de las conciencias”, como la llama san Alberto. Nos mueve la certeza que regala la fe de que Dios da sentido y consistencia a la vida humana en toda su grandeza y en toda su pequeñez, como nos lo transmitía el Papa Benedicto en su discurso inaugural en la Conferencia de Aparecida: “Dios es la realidad fundante… sólo quien reconoce a Dios, conoce la realidad y puede responder a ella de modo adecuado y realmente humano” (DI 3).

La vigencia de este libro no se encuentra en las estadísticas ni en las meras observaciones empíricas, sino en la visión de la realidad y en las tareas y los desafíos concretos y permanentes que Dios propone a nuestra Patria y a cada uno de nosotros, y que san Alberto Hurtado ha sabido señalar con precisión. Su actualidad se renueva con ese anhelo que cada chileno comparte con nuestro querido santo: hacer “mejor y más bella la vida en este Chile que nos vio nacer” (p. 3).

† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago