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Identidad y espiritualidad sacerdotal hoy, sus pilares. Ser sacerdote en una hora de gracia como la actual

Reflexiones ofrecidas en la Reunión General de Coordinación del CELAM, a partir de la invitación del Papa Benedicto XVI a vivir el Año Sacerdotal, con ocasión de los 150 años de la muerte del Santo Cura de Ars.
Fecha: 13/08/2009
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Concepción
Autor: Mons. Ricardo Ezzati Andrello, sdb


1.- Sacerdote en una hora de gracia.

Me asiste la certeza que el Señor nos permite vivir una hora de gracia excepcional. Un “cronos”, tan peculiar el nuestro, lleno de desafíos y provocaciones (el de nuestra cultura), desestabilizador y cuestionador de la fe cristiana, y, en particular, de la vida y ministerio sacerdotal, destinado, sin embargo, a transformarse en “kairós”, en una hora de gracia. Y esto por una única razón: porque el Señor no deja de estar presente en la Iglesia y en el mundo, hasta el final de los tiempos. “No tengan miedo…Yo estaré con Ustedes…”. Una certeza que funda la “parrecía” de la Iglesia y de nuestro ministerio, siempre y en toda circunstancia.

A partir de esta certeza, Aparecida, ha llamado ha todos los bautizados a vivir con “audacia” el ser “discípulos misioneros de Jesucristo, para que nuestros pueblos en Él tengan vida”, ya que, “conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo, seguirlo es una gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y elegirnos nos ha confiado.”(DA 18). De manera especial, el llamado se dirige a los obispos y los presbíteros a fin de que sean “testigos cercanos y gozosos de Jesucristo, Buen Pastor (cf Jn 10,1-18)” ( DA 187).

La misión pastoral del presbítero consiste en hacer posible que la gracia de Cristo y la fe cristiana sean profecía de amor y vida abundante para los hombres y las mujeres de este tiempo, siendo para ellos “puente” de la voluntad salvífica de Dios, en la realidad concreta de sus vidas (hombres y mujeres “fenoménicos”, como decía Pablo VI°), es decir, de personas insertas en la historia y cultura que les son propias.

Para quienes hemos sido llamados y escogidos para ser mediadores del proyecto salvador del Padre, esta certeza comporta responsabilidades ineludibles. Se trata de discernir los caminos de Dios y de asumir aquellas actitudes espirituales y pastorales que encaminen las personas al encuentro con Cristo en la comunión de su Iglesia (odegética).

Por eso, la Iglesia entera y, en particular sus ministros, estamos constantemente llamados a “poner en crisis” nuestra manera de vivir la vocación y cultivar aquellas actitudes espirituales y calificación doctrinal-pastoral indispensables que ayudan a garantizar la calidad y la fecundidad de nuestro ministerio, es decir, la misión mediadora de salvación que nos fue confiada por Cristo, para ser ejercida en su nombre, el día de nuestra Ordenación.

La preocupación no puede ser retórica: implica opciones lúcidas e itinerarios concretos que encaminen hacia la identidad presbiteral y hacia la fecundidad pastoral de nuestro servicio eclesial. No es suficiente una genérica llamada al propio deber, es necesario llegar, lo más profundamente posible, a los dinamismos que engendran vida de fe y dinamismos apostólicos, que posibilitan la fecundidad de la misión del pastor, justamente en relación a un mundo cultural cambiante y desafiante.

Los sacerdotes no desconocemos los dinamismos espirituales y apostólicos que sustentan el don de nuestra vocación, sin embargo -es mi opinión personal-, necesitamos re-explicitarlos y re-asumirlos, constantemente, en forma clara y decidida, porque nos puede suceder lo mismo que al viajero: a veces, mientras camina, distraído por múltiples situaciones, llega a olvidar el punto de partida y la meta de su caminar (Chesterton).

El Documento de Aparecida invita a la “conversión” personal y pastoral. “Obispos, presbíteros, diáconos permanentes, consagrados y consagradas, laicos y laicas, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral, que implica escuchar con atención y discernir ‘lo que el Espíritu está diciendo a las Iglesias’ (Ap 2, 29) a través de los signos de los tiempos en los que Dios se manifiesta” (DA 266).

A esto quiere conducirnos también la celebración del Año sacerdotal, asombrados por la fidelidad de Dios y animando nuestra propia fidelidad.

2.- ¿Cuáles los pilares de la identidad y espiritualidad sacerdotal?

Surge una pregunta: ¿Sobre cuáles pilares se podrá fortalecer la identidad y la espiritualidad sacerdotal en el contexto de la Iglesia y de la sociedad de hoy?

Me han pedido que introduzca el diálogo acerca del tema: identidad y espiritualidad del sacerdote. Me parece poder decir que en la vida presbiteral la identidad alimenta y fortalece la espiritualidad y la espiritualidad, a su vez, hace posible la identidad. Por eso, en mi intervención, mezclo ambos aspectos como elementos inseparables de esa “gracia de unidad” que nos confiere el sacramento del Orden. En esta intervención, destaco cinco dinamismos de identidad y espiritualidad. No son los únicos. El diálogo posterior enriquecerá la reflexión. Como guía para la reflexión del primer punto, me sirvo de la introducción hecha a un pequeño opúsculo publicado por la Librería Editrice Vaticana: “Benedetto XVI., Pensieri sul Sacerdocio”, 2009.

2.1.- In persona Christi: testigos del Padre.

Elemento esencial que define la identidad sacerdotal es la persona del Señor. Los obispos y los presbíteros somos “vicarios de Cristo”; servimos “in persona Christi Capitis”, nos recuerda LG 10 y SC 7. Esta realidad esencial del sacerdocio nos refiere a la Trinidad Santa, a la relación del Hijo con el Padre y el Espíritu Santo. Supone, en palabras de Benedicto XVI, “ser personas consagradas a Dios”; una consagración que define también el sacerdocio: “un cambio de propiedad: un ser sacado del mundo y donado a Dios”(cf. Homilía del 9.4.09) y que, en la medida en que es sacado del mundo, entra en una intimidad, en una relación y en un coloquio tal con Dios, que se vuelve condición necesaria para que el sacerdote pueda traer Dios al mundo, pueda satisfacer la sed de Dios que hay en los hombres y su “la necesidad de ser orientados hacia fin último de la existencia.” (Discurso, 16.04.08). Por esta intimidad, el sacerdote llega a ser ‘ícono’ de la visibilidad de Dios, a imitación de Jesús. Insiste el Papa, “este es el cometido central del sacerdote: llevar Dios a los hombres. Lo podrá hacer sólo si él mismo viene de Dios, si vive con y desde Dios.”(Discurso del 22.12.06).

Aquí está el objetivo de la formación inicial y permanente del sacerdote. Un antiguo documento de la Sede Apostólica sobre la formación sacerdotal, lo describe de esta manera: “Quien lleve a Jesucristo, única respuesta verdadera, a esta generación, deberá estar sólidamente armado él mismo y haber encontrado en Cristo no sólo la luz, sino la fuerza: la verdadera razón de vivir, el verdadero modelo de humanidad a seguir, el Salvador con quien vivir en comunión, y a quien hay que “ayudar”, según la expresión tan familiar a Santa Teresa de Ávila”(cf. Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los seminarios)

La relación del sacerdote con Dios lo llevará en permanecer en su verdad, y en la verdad que es Cristo (Jn 14,6). Injertado en Cristo, a través del Hijo en comunión con el Padre, se hace capaz de revelar al mundo la vida y el proyecto salvador de Dios, “no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano; el Dios-con-nosotros, el Dios del amor hasta la cruz”. (cf. Discurso en Aparecida, 13.05.2007).

En virtud del sacramento del Orden, el presbítero puede entrar en contacto con el Yo de Jesús y, en su nombre, habla y actúa. ‘In persona Christi’, su ministerio prolonga los gestos salvíficos del Señor, especialmente, anunciar la Palabra, partir el pan de la Vida y perdonar los pecados (cf SC 7). “Alter Christus”, se dice del presbítero. En esta “alteridad” se funda el sacrificio eucarístico que el sacerdote celebra y la absolución que imparte (“esto es mi Cuerpo…”, “Yo te absuelvo”), haciendo de sí un humilde instrumento que orienta a Cristo y a su sacrificio, ofrecido por la salvación del mundo. En síntesis, y con palabras de Benedicto XVI, podemos decir que “el sacerdote recibe su nombre, es decir la propia identidad de Cristo. Todo lo que hace lo hace en nombre suyo. Su “yo” es totalmente relativo al “Yo” de Jesús” (Homilía 3.05.09).

En este misterio de comunión e identificación con Cristo y el Padre Dios, el sacerdote encuentra y cultiva la espiritualidad propia y específica del propio estado de vida, la oración y la misión apostólica, es decir su forma peculiar de “vivir en presencia de Dios” y de “permanecer en Cristo”.

2.2.- Para la vida del mundo.

Naturalmente, esta dimensión no significa segregación o exclusión del mundo. Muy al contrario, ella le permite “servir a los hermanos y ser disponibles para todos, a partir de Dios” (cf Benedicto XVI, Homilía 9.04. 09), encontrando su razón de ser, el motivo de su servicio a los demás, la fuente de su actividad incansable y el celo por el cuidado pastoral de los hermanos. El capítulo 13 del Evangelio según San Juan, que presenta a Jesús lavando los pies de los discípulos, expresa plásticamente, en qué consiste el amor llevado al extremo del sacerdote. “¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el ‘Maestro’ y el ‘Señor’, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros”(Jn. 13, 12-15). El “hacerse todo para todos”, en la expresión de Pablo (1 Cor 9,22), el servicio, la cercanía cotidiana a los últimos y la atención a cada persona, especialmente de los pobres, brota de esta radical experiencia.

En efecto, el presbítero no es miembro activo de una ONG poderosa y eficiente; es un discípulo y un apóstol del Señor Jesús, que, como Jesús, se da y se entrega, haciendo verdad en la vida de cada día lo que celebra en el misterio eucarístico: una vida entregada... y una sangre derramada… El Documento de Aparecida recuerda que “el presbítero, a imagen del Buen Pastor, está llamado a ser hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades… , atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad…”(DA 198 y 199).

2.3.- La caridad pastoral.

La Caridad pastoral se revela, entonces, como el centro y el motor de la vida y misión del presbítero, como la fuente y la expresión más genuina de su identidad y de su espiritualidad. La caridad de Cristo es la “causa” por la cual el presbítero vive, porque esa es la causa de Cristo. Según la expresión de Pablo, el apóstol es siervo de Cristo Jesús, escogido para el Evangelio (cfr. Rom.1,1), que vive “urgido por la caridad de Cristo” ( ). Es un elegido y un enviado por Cristo para el Reino. Esta es su “gracia”(Rom. 1,5). A los Apóstoles, Jesús les recuerda que la consistencia de su opción de vida no es otra que esta: “por Mi y por el Evangelio.”(Mc. 10,28-31).
La caridad pastoral, es la gracia que unifica los horizontes de vida del presbítero. Por eso, parece urgente alimentar esta “gracia” con la oración, la vida litúrgica y sacramental y la formación permanente, entendida como proceso de maduración humana y de configuración con Cristo Pastor, para responder adecuadamente a las exigencias siempre nuevas de la evangelización. Una formación permanente oportunamente estudiada y ofrecida, para los diversos ámbitos de la vida presbiteral: la espiritualidad, la pastoral, la teología y las ciencias humanas, una formación capaz de mantener encendida la lámpara de la fidelidad y que, al mismo tiempo, de espesor motivacional y sentido a la vida del pastor. En otras palabras, se trata de fortalecer la identidad sacerdotal. No hay que olvidar que las crisis y los abandonos de la vida sacerdotal tiene su origen en “la pérdida del sentido vocacional”, es decir en la pérdida de fuerza de la “causa” por la cual se quiere vivir ( Cfr. Boletín Oslam – Edición Especial, n.28). Los problemas en torno al celibato, al manejo de los bienes económicos, a la libertad de proyecto, o las frustraciones, nacen del ofuscamiento de la “causa”. Me parece válida, también para la vida presbiteral, la reflexión del P. Tillard acerca de la vida consagrada: “A la raíz de cada vida religiosa auténtica encontramos como motivación primera y omni-comprensiva no un “para”, sino un “a causa de… y, el objeto de este “a causa de”, no es otro que Jesucristo.” (J.Ma.R. Tillar, Carisma e sequela, EDB 1987, pág. 64).

2.4.- En clave pedagógica.

El corazón de la identidad y de la espiritualidad sacerdotal es la ‘caridad pastoral’. Ahora bien, si el término caridad orienta, principalmente, la mirada hacia Dios, que “es Caridad”( 1ª Jn 4,8), el término pastoral la orienta hacia las personas, en sus situaciones concretas de vida, especialmente si débiles y caídas. Habla de pedagogía, de procesos, de itinerarios, de metodología… Lo que no es indiferente para el sacerdote. Jesús, Buen Pastor, Buen Samaritano, Señor y Maestro que lava los pies, paciente y acogedor, que anima y perdona y levanta es el modelo del ejercicio de la caridad pastoral.

La Iglesia y el Presbítero en ella, se encuentran a vivir y a ejercer el ministerio en una situación de “diversidad cultural y religiosa” y en tiempo de “movimiento y cambio acelerado”. No es el momento de detenernos en el análisis de este fenómeno. Sin embargo, los tiempos nuevos y los desafíos que plantean, hablan de la necesidad imperiosa de nuevos métodos para que el anuncio de Jesucristo llegue al corazón de las personas, modele las comunidades cristianas e impregne la vida social de nuestro tiempo. Debieran, además, inducirnos a recoger la esencialidad del Evangelio y de la experiencia creyente cristiana, pensada y propuesta a las nuevas generaciones y en sus contextos de vida. Ya en tiempos del Vaticano Segundo, algunos pastoralistas hablaban del “tuciorismo de la empresa audaz”. La nostalgia del pasado o la vuelta a expresiones arcaicas son una tentación y no una respuesta adecuada a los tiempos. El Documento de Aparecida lo pide con mucha claridad: “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera… Obispos, presbíteros…, estamos llamados a asumir una actitud de permanente conversión pastoral…, que nos lleva a vivir y promover una espiritualidad de comunión y participación…” (cf DA 365-372).

Es necesario convencerse que, el mundo que cambia, no es sólo un obstáculo, sino también una oportunidad de evangelización y actuar coherentemente. El desafío de ser otros “Justino”, expertos conocedores del Evangelio y de la cultura, en permanente actitud de discernimiento y de diálogo constructivo. Para ser mediador, hay que ser experto de ambas orillas y saber discernir con lucidez lo que es del “Espíritu” de lo que es de la “carne”. Se trata, a la vez, de un desafío cultural, espiritual y pastoral.

2.5.- La comunión en la fraternidad presbiteral.

Me detengo a destacar un quinto pilar de identidad y espiritualidad presbiteral: la comunión con el obispo y la fraternidad sacerdotal. Al inicio del nuevo milenio, el papa Juan Pablo II ha subrayado el desafío de hacer de la Iglesia “la casa y la escuela de la comunión”(cf. NMI 43). No cabe duda que en la persona del sacerdote recae una especial responsabilidad de promover y animar la praxis y la espiritualidad de la comunión en la experiencia de su vida y en su misión apostólica.

En primer lugar comunión con el propio obispo. La Exhortación Apostólica “Pastores Gegis”, explicita su fundamento: “entre el obispo y los presbíteros hay una ‘communio sacramentalis’ en virtud del sacerdocio ministerial o jerárquico, que es participación en el único sacerdocio de Cristo, y, por tanto, aunque en grado diferente, en virtud del único ministerio eclesial ordenado y la única misión apostólica” (PG 47). Al mismo tiempo, destaca su espesor espiritual: “el gesto del sacerdote que, en el día de su ordenación presbiteral, pone sus manos en las manos del obispo prometiéndole ‘respeto y obediencia filial’, puede parecer a primera vista un gesto con sentido único. En realidad, el gesto compromete a ambos: al sacerdote y al obispo. El joven presbítero decide encomendarse al obispo y, por su parte, el obispo se compromete a custodiar esas manos” (Ib.)

Comunión con los propios hermanos en el Presbiterio. Llamándonos al ministerio, el Señor nos ha regalado hermanos a quienes amar y con quienes compartir la misión evangelizadora. “Ningún sacerdote es sacerdote sólo”, ha afirmado Benedicto XVI (Discurso,6.8.08), y añadió: “son una verdadera comunidad de hermanos que deben ayudarse mutuamente. Comunión, hoy, es más urgente que nunca, justamente para no caer en el aislamiento, en la soledad”(Ib.).

3.- Conclusión.

La Iglesia, lo sabemos bien, es fruto del Espíritu, de la gracia divina, de la iniciativa de Dios y no de “nuestra capacidad de hacer y programar” (NMI, 38) o de nuestras políticas eclesiásticas. La fecundidad misionera de la Iglesia es obra del Espíritu Santo, con quien responsablemente, colabora la iniciativa y la libertad humana, especialmente la de los presbíteros. “Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia...”(Ib. 33). Al inicio del nuevo milenio, Juan Pablo II ha querido recordar que la “dinámica intrínseca y determinante” del misterio de la Iglesia es la gracia y que “poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad, es una opción llena de consecuencias”(cf. nn. 30 y 31). El principio esencial recordado es el de “la primacía de la gracia” (Ib.38), por encima de estrategias humanas, comunicacionales o de prestigio social. Estas son vistas como una tentación: “hay una tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra capacidad de hacer y programar”(Ib. 38)…

El Santo Cura de Ars, propuesto como modelo de todo sacerdote, a menudo confesaba su inutilidad, actitud, sin embargo que abría a la confianza, la que, a su vez, abre a la acción.
Una confianza fundada en la certeza de fe, que ubica al pastor en la verdadera perspectiva de su misión, liberándolo de la exaltación triunfalista de los éxitos y de la depresión propia de las pruebas y de las derrotas. Confianza que lo ayuda a vivir y permanecer sereno; a no ser víctima del “burnout” que amenaza y disminuye notablemente la motivación de su vida en todos los ámbitos y reduce la posibilidad de alcanzar el objetivo de su vocación con fecundidad.

La Iglesia le pertenece al Señor. El futuro está en sus manos.

† Ricardo Ezzati A., sdb
Arzobispo de la SSma. Concepción
22 de Julio de 2009.