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Una ausencia que reveló la fuerza de la presencia

Fecha: 27/07/2009
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Iquique
Autor: Mons. Marco Antonio Órdenes Fernández


Este mes de julio ha sido para el Norte Grande de Chile un tiempo difícil. Acostumbrado a ver su desierto, florecer la fe con las solemnes fiestas del Carmen de la Tirana, debió enfrentar por tercera vez en cien años la suspensión de su fiesta más tradicional y multitudinaria por razones sanitarias. Esto trajo diversas situaciones de gran complejidad y de diversa índole. Y con ello, son muchas las reflexiones que podemos realizar de los hechos acontecidos.

Un dato muy significativo es el extraordinario valor que posee la devoción a la Madre del Señor en las tierras nortinas. La eliminación de muchos elementos, que pueden ser considerados distractores de una verdadera veneración a causa de la suspensión, nos ha permitido revalorar la potencialidad que tiene este sentimiento de amor entrañable a la Señora del Carmelo en la Tirana. No fue la simple suspensión de un evento masivo, pues en la fiesta, nos encontramos frente a una profunda expresión personal y colectiva que forma parte de la identidad de un pueblo. Así, la ausencia de la fiesta generó una sensación de vacío. No era posible para el imaginario colectivo establecer el simple pensamiento común “no hay fiesta” sin experimentar su ausencia, un dolor frustrante y el duelo. De allí que fue necesario buscar formas de expresión del sentimiento religioso de otra manera, porque era imposible dejar de expresar la fe y la devoción. Pero ¿dónde radica la fe y la devoción del pueblo nortino?

Es interesante observar frente a las diversas situaciones acontecidas, cómo se generaron en la diversas ciudades del Norte de Chile, movimientos celebrativos que permitieran expresar el vínculo incondicional que está establecido entre el nortino y la Reina del Tamarugal. Esta unión está fundada sobre el vínculo de la maternidad y la filiación. Es el sentimiento del hijo que anhela el espacio de encuentro con su madre. Ella es la expresión ante todo del refugio, la esperanza y el consuelo; donde los vínculos que se establecen son principalmente en base a la gratuidad, pues el amor de la madre es siempre una experiencia incondicional. La madre ama al hijo sin colocar condiciones. Esta es la experiencia que se guarda en el corazón del creyente; y que busca los más variados modos de expresión. La danza religiosa, la peregrinación al santuario, la permanencia, el encendido de una vela, la contemplación de su imagen, la participación en los rituales del santuario, etc. son los modos como se expresa el amor. En el Norte, la expresión de este amor está principalmente mediada por los signos.

El vínculo con la Madre y la confesión de la totalidad de la Fe, requieren de una mediación humana integral. Incluyendo la razón, esta expresión va más allá y entra en la honda espesura del encuentro de lo humano con lo divino. El hijo necesita de este espacio de encuentro con la Madre, pues en ella encuentra la “puerta siempre abierta” al diálogo con Dios. La cercanía al ícono de su presencia, su permanencia son cuestiones intransables. Esto nos permite comprender el por qué del duelo y la sensación de vacío que produjo la suspensión de la fiesta, como también entender algo de lo que significa el corazón de la expresión de la Piedad Popular.

El vínculo entre la Madre y el hijo, da a éste identidad. El Norte Grande la posee, y en sus más variadas expresiones vive la experiencia de un vínculo que es espacio de encuentro, diálogo, memoria y profecía de la identidad del ser. Aquí, en el ícono de la Señora del Carmelo, y con sus otros hábitos nortinos, como el del Rosario de las Peñas, Ayquina, la Candelaria, etc. se establece ese nexo que, vivido como experiencia existencial, se aleja del diálogo superficial, porque entre el sencillo peregrino y su Madre sobran las palabras. Basta con mirarse y ambos comprenden lo fundamental: la vida no se agota en lo que vemos y tocamos, en lo que sufrimos y lloramos. La vida tiene un gran más allá, y desde este horizonte de Dios y de sentido, el hijo recibe el abrazo de la esperanza para no perder en la realidad que vive la confianza ni el sueño por una realidad de justicia y equidad, ni la capacidad de ser solidarios y misericordiosos con los demás.

No hemos tenido la gran fiesta del Norte Grande de Chile, pero hemos realizado la experiencia de celebrar de un modo distinto; y su ausencia ha revelado y fortalecido la presencia y la conciencia de este vínculo entrañable entre el hijo y su Madre; entre el pueblo y su Patrona. Cuando nos acercamos al bicentenario de la Patria, y urge plantearnos la reflexión por nuestra identidad, una lección que podemos sacar, es que el Norte Grande no se comprende sin su expresión e identidad religiosa, pues este no es un dato anecdótico o meramente folklórico, sino que nos encontramos frente a verdaderos elementos de identidad. Lo cierto es, que tanto el Norte Grande como el conjunto de la Patria, en su contexto de pueblo latinoamericano, no puede desconocer la presencia y el aporte de la fe cristiana tan arraigada a su nacimiento y desarrollo ni la figura femenina y maternal de María. Clasificar estos hechos como una información lateral, es desconocer los elementos constituyentes del alma y la identidad de Chile. La fiesta no se realizó, pero la fe floreció en las ciudades de Norte, y volverá Dios mediante a florecer con mayor fuerza, el año que viene en la Pampa del Tamarugal.

† Marco A. Ordenes Fernández
Obispo de Iquique