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Homilía en Fiesta de Santiago Apóstol 2009

Fecha: 25/07/2009
Referencia:
País: Santiago
Ciudad: Santiago
Autor: Mons. Francisco Javier Errázuriz Ossa


Nos hemos reunido a celebrar la Eucaristía en la fiesta del Apóstol Santiago, Patrono de nuestra diócesis y de esta gran ciudad. Nos acercamos al Señor Santiago, como lo llaman en Compostela, decididos a ser discípulos misioneros de Jesucristo, como él lo fue, para que nuestro pueblo tenga vida en Cristo. Nos acercamos, agradecidos por la reciente carta encíclica del Santo Padre, que nos invita a centrar nuestra vida en el amor, vivido en la verdad.

Para ello, nos preguntamos: ¿Quién era Santiago? ¿Por qué caminos Jesucristo formó su corazón de discípulo y misionero?

Recordemos su vocación a orillas del lago de Genesaret. Al parecer, Santiago se quedó junto al lago, trabajando en la pequeña empresa familiar de pescadores junto a su padre, y no partió al encuentro de Juan Bautista como su hermano Juan, ni tuvo la alegría de conocer a Jesús junto al Jordán, poco después de su bautizo. Santiago, oriundo de Betsaida, era un pescador, un hombre de trabajo, un hombre del lago, un colaborador de su padre.

Jesús se acercó a su vida mientras él remendaba las redes a orillas del lago, después de una noche de trabajo infructuoso. En medio de la decepción de no tener ese día pescados para la venta, ve venir a Jesús con un gran gentío, al mismo Jesús del cual le había hablado su hermano Juan. Silencioso lo ve subirse a la barca de Pedro y hablarle a la gente con palabras llenas de sabiduría, que hacían arder el corazón de quienes lo escuchan. También su propio corazón. Y después no podía creer lo que estaban viendo sus ojos. Pedro no estaba en sus cabales. A media mañana está lanzando nuevamente las redes en el lago que carece de peces en esa orilla. Y ahora lo ve tan atareado. Tiene una multitud de peces en la red. Tuvo que acudir en su ayuda. También a él casi se le hunde la barca por esta pesca realmente extraordinaria. Santiago está ante un hecho sorprendente. No sólo ante la pesca milagrosa, sino ante el Señor de la sabiduría y del gran poder, ante el Señor de los milagros. Santiago está ante la sobreabundante caridad de Cristo, y ante Aquél que es la Verdad. Se llena de admiración. Nunca junto a su padre había vivido una hora tan sorprendente como ésta. Se le abre un nuevo horizonte a su vida cuando Jesús le propone que sea pescador de hombres. Había estado junto a su padre; ahora, sin saberlo, está ante el reflejo del rostro del Padre celestial. Sí, está dispuesto a seguir a Aquél que es la Caridad de Dios y la Verdad. Lo deja todo: las barcas, los jornaleros, la seguridad del oficio, aun a su querido padre.

Su ejemplo nos invita a descubrir la sobreabundancia de los dones de Dios, y a acercarnos día a día a su sabiduría, encontrándola en los evangelios. Santiago aceptó de corazón ser discípulo del Maestro que lo llamaba. También nos llama a nosotros, para que seamos como él seguidores de Jesucristo, con la inmensa libertad de dejar todo lo que nos impida seguirlo. También nosotros queremos vivir la caridad de manera nueva, como discípulos de Jesús, en la verdad del Maestro y Pastor.

Jesucristo también quiso que Santiago tuviera la experiencia de la ternura y la compasión de su caridad. Por eso lo llevó consigo cuando subió al segundo piso de la casa de Jairo para resucitar a su querida hija. “Niña, a ti te lo digo, levántate” fueron sus palabras. Seguramente las palabras de Jesús tuvieron un eco muy profundo en su corazón. Las recordaría cada vez que se acercó a escenas tan dolorosas como ésa, por la muerte de un ser querido. Tal vez las recordó cuando lo iban a decapitar por orden de Herodes. Estaba plenamente dispuesto a beber el cáliz de Cristo, a morir como Él, sabiendo que el Señor le diría: “Santiago, a ti te lo digo, levántate a vivir conmigo, disfrutando de mi paz por toda la eternidad.”

El relato del apóstol Mateo que acaba de ser proclamado nos recordó otra etapa del camino espiritual de Santiago, y de nuestro propio camino. En esto Juan y Santiago están de acuerdo con su madre. Hay que pedirle pronto a Jesús los mejores puestos en su Reino. Es tal la fuerza del deseo de conseguir este favor, que no les da vergüenza ser escuchados por los demás apóstoles. Por lo demás, suficientes muestras de predilección les había dado el Maestro a los hijos de Zebedeo. Seguramente les concedería también ésta. Conocemos la respuesta de Jesucristo. Entre ellos, no debía repetirse la conducta de los grandes y poderosos de los pueblos. Por la historia de Israel y la experiencia que estaban viviendo bajo la dominación romana, ya tenían suficientes y dolorosas muestras de la manera como los grandes oprimen a los pueblos y a los pequeños. Entre ellos, el que quisiera ser el mayor, como Santiago y Juan, que se hiciera servidor y esclavo de todos. Ésa sería la lección de Cristo el día de la celebración de la Pascua cuando les lavó los pies, como lo hacían sólo los servidores y los esclavos. Quiso dejarles en herencia ese ejemplo que debían imitar, ya que Él había venido a este mundo no a ser servido sino a servir.

Pensemos en nosotros. A veces nos engañamos. Suponemos que ya hemos entendido y asimilado todo lo que nos pide el Evangelio, como si nuestra conversión ocurriera de una vez para siempre de manera cabal. No es así. No lo fue así en la vida de los Apóstoles. Siempre mantuvieron su corazón abierto para entender mejor la misión y las palabras de Cristo. Siempre fueron sus discípulos. Aquí, el mayor de los apóstoles descubrió, como discípulo de Cristo, que estaba invitado a ser el más pequeño, el servidor de todos, precisamente porque quería seguir al Señor que vino a servir. Fue invitado a practicar la caridad en el servicio, porque Jesús le había revelado su propia verdad, la de ser Siervo de Dios y de los hermanos.

Es una verdad que siempre nos desafía a abandonar todo afán egoísta de poder y de renombre, y toda dureza, tan propia de los que ejercen autoridad, ya sea en la familia, en la escuela, en la empresa, en las comunidades. Hemos sido llamados a darle paso a la Verdad que es Cristo, que vino a este mundo para que tengamos vida, y para prestarnos el servicio de lavar nuestros pies y purificar nuestros corazones. Él quiere que no sean corazones de piedra, y que aprendamos a amar desde su corazón, y sirvamos desde su amor, como discípulos misioneros suyos.

Los invito a reflexionar personalmente durante esta fiesta del Apóstol en otras etapas de su camino discipular.

De mi parte quisiera concluir con una última reflexión. Impresiona la gracia y la conducción de Dios. El hombre del lago, cuando soltó las amarras que lo mantenían cerca de la orilla, y comenzó la aventura de seguir a Cristo, por la fuerza del Espíritu Santo recibido en Pentecostés, pasó a ser un enviado, un apóstol en el pleno sentido de la palabra. Así fue el primer obispo de Jerusalén, de la querida ciudad del Templo, pero también de la terrible muerte y de la gloriosa resurrección de Cristo. Y según la tradición, fue el evangelizador de las lejanas tierras de España. Es más, llegó hasta estos confines del Nuevo Mundo con los primeros evangelizadores de América, dándoles su nombre a nuestra ciudad y a tantas otras.

El hombre del lago había subido a la barca de Cristo, y partió con Él hacia las orillas hacia las cuales navegaba su Señor. Quiso navegar como su testigo. En Jerusalén predicaba la Buena Noticia del Señor, despertando así la indignación de los jefes religiosos. Pero él, al igual que Pedro y Juan, no podía obedecer a los hombres que le prohibían hablar de Cristo, Él quería obedecer tan sólo a su único Señor. Por eso, navegando como testigo de la pasión de Cristo y de su resurrección, fue decapitado.

Ésta era la verdad que quería proclamar lleno de amor. Ser discípulo, testigo y misionero de Cristo es camino de muerte y resurrección. Hacia la orilla de la resurrección lo condujo el patrón de la barca, el Señor. Él quiso amar como Cristo y proclamar la verdad del camino, del único Camino, que es pascual.

Queridos hermanos y hermanas, estamos iniciando la Misión Continental. ¡Cuántas veces nuestro entorno cultural nos propone amarrar nuestra barca a nuevas o antiguas ideas, a nuevas o vetustas costumbres, a nuevas o a caducas leyes que se apartan de la verdad y la conducción de Cristo! Pensemos tan sólo en la osadía de querer legalizar el homicidio contra los seres humanos más indefensos y pequeños mientras están en el seno protector de sus madres. ¡Cuántas veces hemos de recordar que si queremos ganar nuestra vida la perderemos, y que si queremos perder nuestra vida -amando como Cristo, es decir, amando hasta el extremo, y viviendo en la Verdad de Cristo, que es verdad sobre Dios y sobre el hombre- la ganaremos!

Santiago Apóstol nos invita a la vigilancia, de manera que siempre seamos testigos del Evangelio, hombre y mujeres de esperanza que han optado por el amor y la verdad del Señor, sabiendo que junto a Él seremos felices, haremos felices a nuestros hermanos, y en nuestro pueblo habrán cada vez más expresiones de justicia y solidaridad, y cada vez más vida y más paz.

Es necesario seguir las huellas bienaventuradas del Patrono de nuestra ciudad y de esta arquidiócesis, Santiago Apóstol, en camino hacia el bicentenario de nuestra Patria.

Amén.

† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago