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Homilía para la Misa por el P. Mariano Arroyo Merino

Fecha: 17/07/2009
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Copiapó
Autor: Mons. Gaspar Quintana J. cmf.


Introducción

El pueblo de Dios gusta de reunirse en asamblea santa, porque en ella el Espíritu de santidad se manifiesta con poder y alegría, para reconocer las maravillas de quien tiene un brazo poderoso, como dice el lenguaje de los salmos.

Hoy somos nosotros los que nos reunimos como pueblo santo para proclamar las maravillas que el Dios de nuestros padres, ha realizado en nuestra Iglesia diocesana, a través de tantas personas, hombres y mujeres, de diversos sectores sociales, y en tan diversas situaciones, de gozo o de dolor.

Es en este sentido que nos constituimos esta noche en asamblea santa que expresa su confianza en el Dios Uno y Trino. Por sobre la profunda tristeza que nos ha golpeado la impactante noticia de la trágica muerte del P. Mariano Arroyo Merino en su casa, el Santuario de Nuestra Señora de Regla, en La Habana, queremos abrir un gran espacio en nuestro corazón, a la esperanza que sólo da el Dios de la vida.

La Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos iluminará y consolará a los que hemos conocido y querido de corazón al P. Mariano.

Toda la vida en el servicio (1 Ped 5, 1-4)

En la Primera Carta de Pedro podemos notas cómo este apóstol tiene en cuenta a los presbíteros de la Iglesia, es decir, los ancianos que sirven a la comunidad, para darles algunas orientaciones que son fundamentales para el bien ejercicio de su función pastoral. Es interesante ver que este apóstol, en el estilo y lenguaje de su carta, se pone a la altura de los demás pastores de su tiempo, como presbítero o anciano más entre ellos.

El contenido básico del mensaje de Pedro es que los pastores deben ejercer su ministerio con fidelidad, con una preocupación constante, con una responsable dedicación a su servicio de conducir, enseñar y santificar a los fieles. Y en este punto es notable que el lenguaje de Pedro describa los detalles de la imagen del buen pastor por excelencia que es Cristo.

No hay duda de que el autor de la carta conoce por experiencia los peligros concretos que conlleva la tarea del pastor de la comunidad eclesial, tarea que es dura, pero hermosa. El apóstol menciona la recompensa que espera en el día en que se manifestará el Pastor Supremo. En efecto la corona de justicia prometida y esperada será el reconocimiento de parte del Señor de la labor realizada día a día por el siervo fiel y prudente. Este ha dado la vida por el rebaño que le ha sido recomendado por el Dios de la vida, que es el gran Pastor de su pueblo.

Poniendo la figura del P. Mariano en este escenario que nos ofrece el dato revelado de la Escritura, constatamos cómo se ha realizado la serie de exigencia o condiciones que el apóstol propone a los presbíteros que pastorean a las ovejas que pertenecen al Señor.

Teniendo en cuenta los muchos detalles que expresan su perfil de hombre entregado al servicio pastoral de sus hermanos y hermanas podríamos señalar algunas de las muchas facetas de su rica personalidad, en especial las que le conocimos durante su estadía entre nosotros.

De partida, es oportuno comenzar recordando en este Año Sacerdotal las palabras con que el Santo Cura de Ars definía el sacerdocio: “el sacerdocio es el amor del corazón de Cristo”. El P. Mariano era un hombre lleno de la caridad pastoral, que los hizo hacerse todo para todos, en la expresión de San Pablo. Cercano a la gente, en especial los más pobres y débiles. Siempre atento y generoso, disponible para las diversas tareas que la diócesis le encomendó.

Hombre leal e incondicional colaborador de su Obispo, el recordado don Fernando. Con una gran capacidad de escucha y el don de consolar en la situaciones difíciles, de modo particular en los tiempos complicados y dolorosos del quiebre de nuestra democracia.

Su amor a la Iglesia y su inmensa capacidad de servir le pusieron siempre allí donde alguien lo necesitaba y lo hicieron un creativo iniciador de experiencias sanadoras o reparadoras de la dignidad de la persona humana: la pastoral del alcoholismo y las drogas, la obra Anawin es hija suya, su valioso aporte a la pastoral de la piedad popular, de manera especial desde el Santuario de la Candelaria.

Un sacerdote que lo conoció mucho afirma: “Uno siempre vio en Mariano a un hombre profundamente arraigado a la Palabra y con un sentido de fidelidad al modelo de la Iglesia de comunión y participación propuesto por el Concilio Vaticano II y concretizado en la realidad eclesial latinoamericana por las orientaciones de Medellín y Puebla”.

La gente que lo ha conocido y tratado en las diversas parroquias en que estuvo, Nuestra Señora de Rosario, Sagrado Corazón, Santísima Trinidad, Potrerillos, El Salvador, San José Obrero de Copiapó, San Francisco por algunos meses, se ha dado cuenta de su entusiasta y fervorosa dedicación al pastoreo, y de su facilidad para asumir los problemas más o menos desafiantes de la vida, para buscarles junto con las religiosas y laicos la respuesta adecuada, de acuerdo a las orientaciones del Obispo y de la Iglesia chilena.

Dar la vida por el rebaño (Jn 10, 11-16)

El texto del evangelio de Juan nos presenta la conocida alegoría del pastor que viene a reflejarse con total claridad en la vida y misión de Jesús el Buen Pastor.

Este pasaje exclusivo de Juan, el evangelista teólogo, nos presenta algunos detalles que se pueden dar en cualquier pastor con respecto a su rebaño, pero hay otros que son propios solamente de la persona de Jesús. El más importante de ellos es el de dar la vida por el rebaño.

Ahora bien, no todos los pastores están dispuestos a dar la vida por las ovejas, ni están obligados a darla. Viendo las cosas con serena objetividad, la vida del pastor está en primer lugar por sobre la vida de las ovejas que pastorea.

Sin embargo, la historia total de este pastor llamado Jesús de Nazaret nos muestra que este ha sido el caso de su calidad de pastor: realizar la donación total de su vida por la vida del rebaño que su Padre ha puesto bajo su cuidado.

En este pasaje del evangelista Juan hay un detalle muy significativo que han de tener en cuenta todos los pastores que continúan la tarea de Jesús: a la vez que Él es pastor, es también puerta. O sea, Juan está afirmando que Cristo, el Señor, no sólo es el que da la vida (v. 10), sino que también es el camino o medio para entrar en la vida plena (vv.11-14).

Esta dimensión del ministerio salvífico de Cristo, dar vida, la vida de Jesucristo, una vida abundante y plena, la Conferencia de Aparecida la ha puesto sobre la mesa de la Iglesia, como un tema necesario y de gran proyección para la misión de la Iglesia.

Se trata de la vida nueva en el Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos viene de Cristo muerto y resucitado, vida que crece y madura por la frecuencia sacramental, en especial de la Eucaristía y Reconciliación, una vida que se manifiesta en el testimonio de la santidad de los pastores y fieles, una vida que toca al ser humano entero, en su dimensión personal, familiar, social y cultural (DA 356). Una vida que nos lleva a procurar una “cultura de la vida humana”, desde que se asoma en el vientre materno hasta el momento final de la partida; que nos hace sensibles al compromiso solidario con los pobres y excluidos, y que nos obliga responsablemente cuidadosos e inteligentes con el medio ambiente de esta “casa común” que es nuestro planeta.

El P. Mariano, no hay duda alguna, ha sido un gran servidor de la vida, al estilo de Jesús, su modelo y maestro. Los que le conocimos percibimos claramente el tipo de compromiso con los valores de la vida integral que fomentó a través de su ministerio sacerdotal. En este apartado me gustaría mencionar con una fuerte acentuación su capacidad de ser “puerta” de acceso a la madurez de la vida cristiana y misionera mediante su capacidad de formador.

El documento de Aparecida nos está haciendo un llamado a tomar en serio este aspecto de la formación.

Su trato sencillo y respetuoso, su inteligencia comprensiva y su sentido práctico, su capacidad de hacer sencillo lo complicado, su carácter decidido y perseverante, lo hicieron un excelente formador de personas y de comunidades cristianas. Su talante pedagógico lo llevó a iniciar lo que en su momento se llamó la Escuela de Ministerios, en especial de los Diáconos Permanentes, la Teología para Laicos, la preparación de material didáctico o folletos para la catequesis en sus diversos grados, especialmente de adultos, la pastal formativa para atender la piedad popular.

A propósito de esto último, su ágil y fecunda pluma le facilitó la tarea de escribir sobre diversos temas pastorales y sociales, generalmente de carácter popular, iluminando y mostrando caminos para conocer y vivir el evangelio de Jesús el Señor.

En este campo de la formación hay que recordar su aporte, por un tiempo, a la preparación de los futuros sacerdotes de nuestra diócesis, cuando Don Fernando le encargó la casa de formación en Coquimbo.

Las noticias que nos han llegado desde La Habana nos manifiestan que el buen P. Mariano ha sido asesinado cruelmente, en su casa, después de ser torturado en forma inhumana. Hasta el momento no se sabe nada de los posibles motivos ni de quienes pueden estar implicados en el asesinato. Lo dejamos al juicio de Dios y a la responsable investigación de las autoridades pertinentes en Cuba, si humanamente nos preocupa que siendo este asesinato del P. Mariano el segundo hecho delictual, del primero, en el que en febrero de este año cayó como víctima fatal otro sacerdote español, el P. Eduardo de la Fuente Serrano, de 64 años, todavía no se sabe nada, a pesar de haber sido apresadas dos personas.

Este doloroso hecho de la muerte violenta del P. Mariano, por las razones que sea, nos exige echar una mirada a algo que fácilmente se nos puede olvidar a los que tratamos de seguir a Jesucristo desde las orientaciones del evangelio. Me refiero a la dimensión martirial de toda vida cristiana.

Recordemos que martirio significa en griego “testimonio”. Jesús ha enseñado a sus discípulos que el que quiera seguirlo tome su cruz y lo siga (…). En algunos casos, este tipo de seguimiento ha exigido un final violento, cruento, que ha abierto las puertas de la vida definitiva. La propia muerte es la culminación de quien es testigo de que Jesús es el Señor, y de que en la cruz es constituido rey y salvador de la humanidad. Pero en la mayoría de los casos este martirio se va realizando en la vida de cada día, entre las dificultades y renuncias, las persecuciones y tribulaciones que implica seguir al Señor de la vida y ser coherentes con su evangelio. Siempre seguir a Cristo, “el madero seco”, como se define él mismo, supone un alto riesgo de persecución, de marginación, de despojo para quienes somos “leños verdes”, llenos de limitaciones y errores, que muchas veces dan lugar a actitudes o gestos ambiguos con respecto a nuestro fiel discipulado misionero.

Con humildad y sabia discreción queremos pensar que el final de vida que ha tenido el P. Mariano, en la isla caribeña, ha sido una hermosa culminación de su entrega total a Cristo su Señor, de su servicio sacerdotal a la Iglesia su madre, y su donación total y definitiva a los pueblos de nuestra América, en especial a Chile, a Atacama, a quien entregó una parte considerable de su vida.

Estamos seguros que María la madre del Señor, en cuyo Santuario de Nuestra Señora de Regla, junto a La Habana, él sirvió fielmente la última etapa de su vida, lo acoja en su corazón de madre y lo presente a su Hijo nuestro Salvador para el premio definitivo.

Conclusión

Esta noche, al estar juntos aquí en nuestra Catedral, corazón espiritual de Atacama, con nuestros cantos, oraciones y gestos, quiere ser no sólo una fervorosa oración por el eterno descanso del querido y recordado P. Mariano, sino más bien una gran alabanza. Porque a través de él hizo Dios un hermoso y valioso regalo a nuestra Iglesia que peregrina en Atacama, con su fraterna cercanía, su sacrificada donación al pastoreo del rebaño y su testimonio de vida que nos asegura que el amor es más fuerte y que nunca muere, al estilo de Jesús, que vive hermoso y glorioso para siempre.

A Él sea el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. AMÉN.

† Gaspar Quintana J., CMF
Padre Obispo de Copiapó