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Homilía en el responso por la Sra. Hortensia Bussi de Allende

Fecha: 20/06/2009
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: P. Cristián Precht Bañados


Con la serenidad que dan los años y el sufrimiento asumido con entereza, se cerraron a la luz de este mundo los ojos de la Sra. Hortensia Bussi de Allende. Esos mismos ojos de mirada clara y penetrante, que se habían abierto hace noventa y cuatro años – en verdad, casi 95 – y que, por esos misterios de la vida, fue una mirada que contempló de cerca los acontecimientos dolorosos y gozosos de nuestra historia reciente.

Los suyos fueron ojos curiosos, estudiosos, que la llevaron a ser profesora de Historia y Geografía, a incursionar en el campo de la estadística. Y cuentan sus cercanos que fue esa misma mirada la que conquistó a Don Salvador Allende cuando, agitado por unos remezones del terremoto de Chillán, se tranquilizó al ver los ojos verde azulosos de la Sra. Tencha que le infundieron serenidad en medio de ese trance. El noviazgo sería muy corto y el 17 de marzo de 1940 contraerían matrimonio.

Esos mismos ojos contemplaron embelezados el nacimiento de sus tres hijas: Carmen Paz, Beatriz – que en paz descanse – e Isabel. Y esa misma mirada recorrió incansablemente el país, acompañando la vocación de servicio público de su esposo, tanto de médico como de político. Eso la conmovió profundamente y, sensible como era, dedicó sus energías a promover a la mujer chilena, a insertarla en la vida laboral y acompañarla fundando el COSEMA y la Secretaría Nacional de la Mujer, en el Gobierno de su esposo.
No fue fácil ese tiempo que comenzó para ella lleno de esperanza y terminó de forma tan abrupta. Y muy doloroso el recuerdo de ese 11 de septiembre en que, mientras su casa en Tomás Moro era bombardeada, pudo encontrar refugio gracias a las Hermanas del Sagrado Corazón, cuyo Colegio deslindaba con su hogar, y a la pericia de su chofer que pudo ponerla a salvo en casa de unos amigos. Nada supo de la suerte del Presidente Allende, ni de la suerte de sus hijas que lo acompañaban en el Palacio de la Moneda, hasta que fue llamada para acompañar sus restos mortales al Cementerio de Santa Inés, en Valparaíso, y darle una última mirada sin tiempo siquiera para despedir su pena.
Ahí aparece la mujer fuerte que, antes de emprender su largo exilio, toma una flor de una tumba cercana, la pone sobre la de su esposo y exclama en voz alta: “Sepan Uds. que aquí estamos enterrando a Salvador Allende, Presidente de Chile. Está siendo enterrado en forma anónima; pero les pido a quienes trabajan en el cementerio, a los jardineros, a los cuidadores, que lo cuenten en sus casas para que nunca le falten flores a Salvador”.

Dura esta vida en que pierde a su esposo, a su cuñada Laurita, a su hija Beatriz. Dura esta vida de exilio en que México la acoge con cariño y debe ser puntal y referente de muchos que buscan una mirada acogedora, inteligente, comprensiva y que ella sufre con gran dignidad. Dura la larga espera para regresar a su tierra, la propia, en que todos tenemos derechos primordiales para habitar, para sembrar y cosechar. Y duros los días en que se nubla la mirada y no se ve futuro ni se ve final.

Poco puedo decir como esa mirada preñada de historia haya visto a la cara los ojos de Dios ya que no era un tema en que abundara. Sin embargo, sus más cercanos la oyeron decir muchas veces que tenía una relación directa con Dios y acudía a él cuando lo necesitaba. Y así también expresó su deseo de que, cuando llegara su hora, la despidiéramos con un Responso en la Iglesia de la Recoleta. El Cardenal Arzobispo de Santiago, sin embargo, en cuyo nombre expreso las condolencias de la Iglesia, quiso abrirle las puertas de la Iglesia Catedral, la Casa de todos, donde se ha puesto en manos de Dios a figuras de distinto signo que han dado parte importante de su vida al servicio de la Patria.

En esta hora, la más solemne, le deseo de todo corazón – querida Sra. Tencha – que junto al vidente del Apocalipsis pueda ver lo nuevo, lo más luminoso, lo que nunca acaba. “Vi los cielos nuevos y la tierra nueva”, ese lugar anhelado por el cual nos fatigamos porque llevamos su semilla impresa en el ADN de la humanidad. Ese lugar que, aunque llega al final de nuestra peregrinación, se nos adelanta en los momentos gozosos de nuestra historia, como tantos que Ud. habrá celebrado, y que nos sirven de acicate para no desfallecer en el camino.

Y en los cielos nuevos y en la tierra nueva, vamos a ver a Dios que, desplegando su encanto y su hermosura, va a celebrar las bodas definitivas con su esposa amada que es la humanidad. Y dice con belleza, el texto del Vidente, que el primer gesto de Dios al recibir en sus brazos a la humanidad doliente, será limpiar las lágrimas de nuestros ojos – también las de sus ojos, Srta. Hortensia – porque en ese lugar ya no habrá llanto, luto, ni dolor, porque la muerte habrá muerto para siempre y la vida se hará Resurrección.

Ese mismo texto se ha hecho poema en un hermoso canto que reza:

“Vi los cielos nuevos y la tierra nueva,
Cristo entre los vivos y la muerte, muerta,
Dios en las creaturas y eran todas buenas”.

Con las palabras de este poema quisiéramos acompañarla en este tránsito desde el más acá al más allá, desde la tierra hasta el cielo, donde con sus propios ojos contemplará la mirada misericordiosa de nuestro Dios. Y junto a él, purificada de todo lo que nos impide ver, amar y esperar en plenitud, podrá contemplar lo que en su vida sembró, muchas veces, desde el silencio, el dolo, la dignidad y la fidelidad.

Sra. Hortensia Bussi, en nombre de todos y en nombre propio, le deseo la mejor bendición: descanse Ud. en la paz del Señor.

P. Cristián Precht Bañados
Vicario General de Pastoral
Arquidiócesis de Santiago

Santiago, 20 de junio de 2009