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Iglesia servidora de la vida. Orientaciones Pastorales 1986-1989 (Primera parte)

Fecha: 01/12/1985
Referencia:
País: Chile
Ciudad: Santiago
Autor: Los Obispos de Chile


Nuestro Caminar

Nuevas Orientaciones Pastorales
Evangelizar es la misión de la Iglesia
Llevar la Buena Nueva a todos los ambientes y, con su influjo, transformar desde adentro la misma humanidad, constituye la misión propia de la Iglesia. Misión permanente e inagotable. En ella encuentra la Iglesia su alegría y su realización más profunda.
“Existe un nexo íntimo entre Cristo, la Iglesia y la evangelización. Mientras dure este tiempo de la Iglesia, es ella la que tiene a su cargo la tarea de evangelizar. Tarea que no se cumple sin ella, ni mucho menos contra ella”.
La Iglesia hace un breve alto en su peregrinación para pedir la gracia de ser renovada en su misión. Se reúne como los apóstoles que, al volver de la misión, le cuentan al Señor todo lo que han hecho. Con ese espíritu, la Iglesia escruta los signos de los tiempos, hace un diagnóstico pastoral y propone –a través de los Pastores- las líneas orientadoras y las prioridades de su acción evangelizadora.
Esto lo hemos hecho durante el presente año al evaluar nuestras orientaciones pastorales 1982 – 1985.
Sin detener nuestra acción -lo que sería imposible- nos hemos dado el tiempo para reflexionar sobre nuestra misión. Consultamos a nuestros Vicarios de Pastoral y pedimos a muchos hermanos su parecer. La Comisión Justicia y Paz nos entregó un valioso diagnóstico de la realidad nacional. Algunos teólogos y pastores aportaron su reflexión evangélica y pastoral. Oramos para escuchar qué nos pide el Señor. Así -en comunión y participación- hemos preparado este documento que, con afecto, entregamos a nuestras comunidades. Es el fruto de nuestro discernimiento pastoral.
En los 500 años de evangelización americana
Queremos renovar nuestra misión de anunciar en Chile el Reino de Dios. Reino de la Verdad y la Vida, de la Justicia y la Paz, de la Gracia y la Libertad. Reino del Amor. No sólo queremos anunciarlo. Queremos poner todo nuestro empeño en hacerlo presente. Para esta tarea urgente, esta tarea hermosa, esta difícil tarea, convocamos a todas nuestras comunidades de Iglesia y a cada uno de nuestros agentes pastorales. Los urgimos a ofrecer a Chile una opción radical por la Vida que haga posible la reconciliación de todos. Opción cuya raíz ha de ser una profunda reconciliación personal y también comunitaria con nuestro Señor, el Dios de la Vida.
Hacemos este llamado cuando en el horizonte aparece la celebración de los 500 años de evangelización en América Latina. Es decir, en los albores de una fecha memorable que debe movilizar a toda la Iglesia del continente americano para una nueva evangelización. El Papa nos llama a desplegar vigorosamente en este tiempo “un nuevo potencial de santidad, un gran impulso misionero, una vasta creatividad catequética, una manifestación fecunda de colegialidad y comunión, un combate evangélico de dignificación del hombre, para generar desde América Latina, un gran futuro de esperanza”.
El llamado del Santo Padre lo asume la Iglesia de Chile en las Orientaciones Pastorales que ahora presentamos. Ellas son el primer paso de este movimiento misionero y evangelizador que contribuirá a hacer germinar la esperanza, especialmente para quienes en esta Patria y en este Continente nos dicen desde su miseria: “¡Soy tu hermano!”.
Un camino actual de santidad
Con estas Orientaciones Pastorales no estamos convocando a todo el Pueblo de Dios para entregarle ciertas tácticas y algunas estrategias, sino para proponerle un camino de santidad. Creemos que de una opción decidida por el Dios de la Vida parte un camino de santidad. Santidad que se juega en la opción preferencial por los pobres. Santidad que se desvela por lograr la reconciliación en la verdad. Santidad que se expresa en la dedicación a formar personas. Porque creemos que el llamado de Dios a la fidelidad de su Pueblo pasa por estos caminos, ellos serán las líneas fundamentales de nuestra pastoral. Son nuestra contribución a la Vida y a la Paz.
La Santidad no consiste en una mera repetición de los aprendido en el pasado. La gracia de la santidad consiste en re-crear en cada época la experiencia de Jesús; en responder con los criterios del Señor a los desafíos que la vida y la historia nos plantean. A través de estos desafíos nos llama el Dios de la Vida en forma nueva y original. Los que escuchan su voz y siguen sus pasos encuentran los caminos actuales de santidad. Escuchar al Señor y seguirlo es lo que han hecho los santos y santas de Dios. Cada uno de ellos fue santo para su época porque respondió con su vida al llamado del Señor en la historia de su tiempo.
Con la mirada puesta en los 500 años de Evangelización del continente americano, ponemos estas Orientaciones Pastorales bajo el cuidado maternal de María cuyos santuarios jalonan los caminos de nuestra América mariana. A la vez, invocamos a los santos del Continente, a los mártires que hoy derraman su sangre por anunciar el evangelio de la dignidad humana. Invocamos también a los hermanos que en nuestro país son venerados como ejemplos de vida cristiana, especialmente el Padre Alberto Hurtado y la Hna. Teresita de Los Andes. Ellos nos ayuden a vivir hoy día la fidelidad al Dios de la Vida, sirviendo al pueblo que busca en la Iglesia una nueva luz de esperanza.
En continuidad con las Orientaciones Anteriores
En el período 1982 –1985
Estas orientaciones pastorales señalan los caminos para la Iglesia en Chile entre los años 1986 – 1989, en continuidad con las orientaciones anteriores, que ya han marcado la vida de nuestra comunidad eclesial.
Decíamos en nuestras orientaciones pastorales anteriores (1982 – 1985) que “el sentido más hondo de nuestra vida cristiana es confesar a Jesús en un momento determinado de nuestra historia”. Y ciertamente este período ha sido para nosotros un tiempo de exigentes desafíos. Las profundas divisiones causadas por intereses contrapuestos; la desintegración personal, familiar y social de parte importante de nuestro pueblo; la violencia creciente y destructora; la honda crisis de valores que padecemos, constituyen un punto de referencia constante y doloroso para nuestro quehacer pastoral.
Continuamente nos preguntamos: “¿en qué medida será posible nacer de nuevo como personas, como pueblo?; ¿será posible cambiar las estructuras incapaces de hacer crecer la vida?”. Otras tantas veces reafirmamos nuestra aspiración “a vivir un Chile fraterno y solidario, que comparta el caminar y se desvele por ayudar al hermano”.
Nos propusimos un objetivo
Para el período de los cuatro años anteriores, planteamos un objetivo general que señala la meta hacia la cual queríamos caminar. Recogía elementos que son permanentes en la misión de la Iglesia y otros que entonces nos parecieron especialmente importantes.
Entre esos elementos destacábamos la opción preferencial por los pobres, la formación de personas, la renovación del espíritu misionero, la promoción y celebración de la liberación integral del hombre. Todo ello para ayudar a construir en Chile la Civilización del Amor.
Hoy evaluamos el camino recorrido
Una evaluación seria y detenida del camino recorrido nos permite afirmar que, gracias al Señor y al esfuerzo generoso de muchos, este objetivo general se ha realizado en una importante proporción.
Quisiéramos destacar algunos logros.
Comprobamos, por ejemplo, que la opción preferencial por los pobres se ha profundizado gracias a un efectivo trabajo solidario. Reconocemos el valiosísimo aporte de la catequesis familiar a la formación de personas, y el mayor espíritu misionero que se ha ido despertando en las comunidades eclesiales de base.
También ha sido positivo el surgimiento de diversas iniciativas tendientes a la liberación integral del hombre. En especial, la promoción y defensa de los derechos humanos continuamente amenazados si no atropellados en el difícil contexto histórico del país.
Sin duda, también ha habido deficiencias en nuestro intento por lograr el máximo cumplimiento del objetivo general que nos propusimos. Nos preocupa que algunos sectores de Iglesia no asuman plenamente las orientaciones pastorales de sus Obispos. Lo sentimos como una falta grave a la comunión eclesial y que afecta parcialmente a la pastoral de conjunto.
La Falta de buena formación del personal apostólico también se ha hecho notar. Algunos se han sentido sobrepasadas por los desafíos de este tiempo; otros se han refugiado en una mentalidad intraeclesial y sin espíritu misionero, así como unos pocos han tendido a reducir la liberación integral a sólo su aspecto político y social.
Cuatro años después, la construcción de la Civilización del Amor continúa siendo una promesa pendiente y una tarea urgente.
Como expresión de nuestro objetivo general, en 1982 llamamos a la Iglesia chilena a concentrar sus esfuerzos en torno a seis prioridades pastorales: los jóvenes, la familia, las comunidades eclesiales de base, la educación, la pastoral de multitudes y los sectores populares y marginados.
La evaluación nos señala que, en estos años, nuestra Iglesia -al intensificar la preocupación por los jóvenes- ha aprendido a valorarlos mejor, a respetarlos, y a dejarse enseñar por su generosidad. Notamos, también, una mayor profundidad en la formación cristiana de muchos jóvenes, la que se traduce en un estilo de vida más consecuente con el Evangelio.
Los esfuerzos por atender mejor los desafíos planteados por la problemática de la familia también fueron relevantes. De gran importancia ha sido la celebración anual de la Semana de la Familia en todas las diócesis del país.
La creación de nuevas comunidades eclesiales de base, y el fortalecimiento de las ya existentes con un renovado espíritu misionero y solidario, constituyen uno de los mejores logros del período. Por otra parte, la valoración de la fuerza misionera de la religiosidad popular fue un aporte importante de la pastoral de multitudes.
La dramática realidad de los sectores populares y marginados puso a prueba la capacidad de la Iglesia para responder con oportunidad y decisión en la defensa de los derechos de los pobres y perseguidos. Miembros activos de nuestras comunidades compartieron también -de un modo muy personal- el sufrimiento del pueblo pobre y la “persecución por la causa de la justicia”.
En fin, en el campo educacional se fue consiguiendo una mayor integración de los colegios de Iglesia en la Pastoral diocesana, y una participación interna en tareas de solidaridad. Pero el logro mayor en este campo ha sido el esfuerzo desplegado por la Iglesia en la formación de nuevos profesores de religión y el valor que se reconoce a la tarea de los educadores.
En ese período ha habido otros frutos que son producto de un trabajo de más largo aliento. Estamos especialmente agradecidos al Señor por la acogida que ha tenido nuestra carta pastoral a los campesinos de Chile y por el florecimiento tan promisorio de la pastoral vocacional.
Hemos comprobado también que contamos con un número insuficiente de asesores y formadores de los jóvenes, como de personal apostólico convenientemente preparado para animar otras áreas de la pastoral. Comprobamos, además, que queda mucho por hacer en la integración de los servicios pastorales a una real pastoral orgánica.
Al finalizar esta evaluación del período anterior, nos llama la atención la persistencia con que aparece un factor negativo que ha pesado en toda nuestra tarea pastoral. Nos referimos al miedo: un temor reiterado ante las consecuencias propias de un compromiso por la justicia. Muchos quisieran asumirlo evangélicamente y con todos sus riesgos. Sin embargo, el temor los inmoviliza y algunos permanecen en la pasividad y en la resignación.
En todo caso, es grato reconocer, con gozo en el Espíritu, el ejemplo de tanto hermano que, superando ese miedo tan comprensible, ha sabido dar un testimonio elocuente de entrega en el seguimiento de Jesús.
Desafíos para la Pastoral de la Iglesia
Acabamos de mirar someramente el pasado. Este nos enseña a través de la experiencia. Ahora quisiéramos mirar el presente. Este desafía nuestra creatividad pastoral y provoca en nosotros la búsqueda de una respuesta evangélica.
Maneras de mirar la historia hay muchas. Diversa es la mirada de un sociólogo que la de un poeta. Ambas son válidas aunque sus aportes sean diferentes. Nosotros queremos mirar la realidad con ojos de Pastor. Es una mirada original, surgida de la experiencia del Señor y de nuestra atención a los signos de los tiempos. Nada humano nos es ajeno y todo atrae nuestra atención. Al centro de nuestra perspectiva se encuentra el hombre. El hombre que es varón y mujer. El hombre en la plena verdad de su existencia, de su ser personal, a la vez comunitario y social. El hombre en todas sus edades y en cada condición. El hombre, imagen viva y semejanza del Señor. “Este hombre que es el primer camino que debe recorrer la Iglesia, en el cumplimiento de su misión”, con acierto e insistencia lo enseña el Papa Juan Pablo II.
Los Pobres
En cualquiera ciudad nuestra basta salir a la calle para comprobar el aumento de hermanos que se ven obligados a mendigar el pan. También aumentan los que organizadamente, en la olla común o en el comedor solidario, buscan multiplicar la comida para ellos y sus hijos. Al visitar los campos o al entrar en las poblaciones sentimos el largo clamor de la cesantía. Los hospitales no dan abasto para responder a la atención requerida. Y las viviendas faltan en número alarmante: el arrastre del pasado, las dificultades del presente, el daño de los terremotos... Todo ello ha contribuido a gestar un déficit habitacional de proporciones.
Cada uno de estos hermanos, pobres o empobrecidos, nos interpela desde su pobreza. Ellos no son cifras ni porcentajes. Son personas. Y para un cristiano son hermanos. Ellos son el rostro de Jesús que tiene hambre, que no tiene trabajo, que carece de hogar, que padece la enfermedad.
¿Y cómo le vamos a responder a Jesús?
Ya sabemos que en el juicio final El no olvidará el vaso que negamos al pobre que llamó a nuestra puerta o a nuestra conciencia.
Pero la miseria no se produce sola. No es un hecho fatal de la historia. Hay actitudes y políticas que la producen o la mitigan. Hay una voluntad humana comprometida en tanto sufrimiento. Así también, el alivio de la miseria no se logra con la sola generosidad individual. Ni siquiera con todas las iniciativas asistenciales y promocionales que podamos inventar. La miseria se acaba, o por lo menos se alivia, cuando hay una voluntad política y social de lograrlo, y para ello se requiere una conversión desde lo más profundo del corazón.
En Chile la miseria ha aumentado, en gran parte debido a la aplicación de un modelo económico liberal-individualista. La Iglesia advirtió oportuna y reiteradamente que estas políticas conducirían a una grave situación. No como experta en economía sino en humanidad, sabe que cuando un modelo económico no centra su interés en la persona humana, termina por atentar contra ella. Sus frutos están a la vista: el empobrecimiento de algunos, la miseria de muchos, el endeudamiento progresivo, el alto índice de desempleo, la desactivación de las organizaciones de los trabajadores, la angustia creciente por el pan de cada día, etc.
Las consecuencias psicológicas y morales de esta situación tampoco escapan a nuestra mirada. Vemos cómo se desintegran las familias y se exaspera la convivencia conyugal. Somos testigos del deterioro psíquico de las personas. Se ha hecho común encontrar gente angustiada que ya no sabe qué hacer ni a quién recurrir. Apatía, frustración, atomización, agobio, desesperanza, son algunas de las palabras que expresan algo de lo que atestiguamos. Esta situación, tan extensa como el país, se relaciona también con la crisis internacional y con una desorbitada deuda externa que pesa sobre todos los chilenos. En Chile, como en toda América Latina, no se ve cómo cancelar esta deuda sin deteriorar aún más las posibilidades de vida y desarrollo de sus pueblos.
Si nosotros calláramos, las piedras hablarían, y el Señor Dios nos llamaría malos pastores. En su nombre denunciamos una vez más este sistema injusto y excluyente. Y renovamos nuestro compromiso de contribuir a educar para la justicia y la solidaridad; de promover más iniciativas asistenciales y promocionales; y de acompañar con nuestra amistad pastoral a cuantos sufren la pobreza y la marginación.
Nosotros creemos que el país cuenta con bienes y con posibilidades. También cuenta con la generosidad de un pueblo que continuamente nos enseña a practicar la solidaridad. A ella se podría agregar la decisión pública de mejorar las políticas, y la voluntad personal de compartir y solidarizar.
Los jóvenes
Al buscar el rostro de Jesús en la vida de todos los días, lo encontramos en los niños. Lo vemos en su transparencia y su alegría. Lo vemos especialmente en los que sufren abandono, enfermedad, desnutrición. Lo encontramos también en los ancianos. En los que viven sus días rodeados de respeto y de cariño, y en los que sufren soledad y que, a veces, se sienten un estorbo en sus familias. Lo encontramos precisamente en la familia, ya que donde dos o tres se reúnen en Su nombre, allí se encuentra el Señor.
Nuestra mirada se detiene especialmente en los jóvenes. Y es comprensible que así sea. Los jóvenes son nuestra esperanza para el presente y nuestra mejor certeza de que es posible hacer un mundo mejor. Hijos de un mundo viejo, quieren ser los padres de un mundo nuevo. Y para lograrlo están dispuestos a aportar su vitalidad, su entusiasmo, su capacidad de enamorarse de grandes ideales y de entregarse a Jesús con todas sus fuerzas.
Hablar de los jóvenes, con entusiasmo y esperanza, no nos oculta sus limitaciones ni los temores que respecto de ellos también tenemos. Sabemos que son inconstantes y a veces intolerantes. Comprendemos que la urgencia con que quieren cambiar las cosas los induce, a veces, a ser impetuosos, absolutos, radicales en sus planteamientos. Son signos de la juventud de todos los tiempos, y no es esa nuestra principal preocupación. Lo que más nos preocupa es que los jóvenes sean hoy día el grupo social más vulnerable de Chile.
Hay jóvenes que sienten que el horizonte se les cierra. Ya no tienen hacia dónde mirar. Para ellos no hay oportunidades. La cesantía es grande en Chile, pero el mayor número de desocupados está entre ellos. Muchos no pueden terminar sus estudios. Algunos, sobre todo en el sur del país, emigran fuera de la Patria para encontrar mejores posibilidades de vida. Los más inquietos no pueden participar en política ni en la vida estudiantil sin el riesgo de sufrir una represión que va en aumento. En concreto, muchísimos jóvenes sienten que dirigentes y educadores les exigen y los alaban, pero cuando ellos quieren vivir su juventud, se arriesgan a enfrentar el rechazo y la desconfianza, o las puertas del futuro cerradas para ellos.
Semejante situación es peligrosa y explosiva: frustra sus anhelos, inhibe sus aportes y los lleva a sentir un profundo desánimo. De ahí a las evasiones peligrosas hay un paso. No es raro, entonces, que hayan aumentado el alcoholismo y la drogadicción. Otros jóvenes se refugian en la resignación pasiva o en las relaciones afectivas inmaduras que resultan dañinas para ellos mismos. Hay algunos que incluso tienen miedo a ser, a vivir. Y, en este ambiente, no se hace esperar la tentación de la violencia que a nada lleva y que, a la corta o a la larga, es una nueva fuente de frustración para sus vidas.
Ante esta situación sentimos que el Señor espera de su Iglesia una pastoral juvenil educadora, misionera, audaz, profética, profundamente evangélica. Y con toda razón. Entre Jesús y los jóvenes se da con facilidad un lenguaje común y se establece una atracción mutua. Ellos son sensibles a su amistad y cercanía e intuyen cordialmente la sabiduría del Sermón de la Montaña. Por eso tienen una especial aptitud para ser discípulos del Maestro que da sentido a sus vidas.
Los jóvenes desafían profundamente a la Iglesia en su capacidad para mostrarles a Jesús y ayudar a que se produzca entre ellos y Jesús un encuentro íntimo. Es urgente que todas nuestras estructuras de Iglesia se abran a los jóvenes. Ellos deben ser protagonistas en las Escuelas, Colegios y Universidades, en las Capillas y Parroquias. Tenemos que comprender que los jóvenes van a creer en el Reino en la medida en que puedan experimentar en la Iglesia espacios de verdad y de vida, de libertad y participación. Los sermones caen fácilmente en el vacío si la palabra no va acompañada de gestos que avalen su credibilidad.
Los jóvenes necesitan asesores, animadores o monitores que los acompañen con afecto y les ayuden a crecer en el conocimiento del Señor y en el compromiso hacia los hermanos. No tenemos personal apostólico suficientemente capacitado para esta tarea impostergable. Su formación debe ser una de las primeras prioridades en movimientos, escuelas y parroquias. No podemos defraudar a los miles de jóvenes que, gracias a Dios, sienten en la Iglesia una respuesta a sus búsquedas de verdad, de justicia, de libertad.
En el fondo de todas estas búsquedas, la Iglesia quiere formular a los jóvenes una pregunta clave: “¿quién es el Dios de ustedes?”. Ella sabe que la respuesta a esta pregunta envuelve el sentido de la vida, del mundo, de la historia. Es imposible, por tanto, relegar esta pregunta a la esfera privada de la vida de la gente. De su respuesta depende la valoración del hombre y la fortaleza para contribuir a la participación, el desarrollo y la paz.
La Iglesia entera se siente especialmente llamada a caminar junto a los jóvenes y no sólo durante estos años dedicados a la juventud. Los jóvenes expresan un rasgo de la vida en que la Iglesia se reconoce a sí misma. Junto a los jóvenes ella puede experimentar el gozo de creer y de servir. Junto a ellos puede redescubrir la frescura siempre novedosa del Evangelio. Y, sobre todo, junto a los jóvenes, la Iglesia puede soñar con el Reino de Dios y celebrar su presencia anticipada, en torno a la palabra del Señor y a la mesa de la Eucaristía.
La participación política
Nuestra mirada pastoral no puede eludir la situación política que afecta al país. Ella está íntimamente emparentada con la extrema pobreza y con las dificultades que sufren los jóvenes para labrar su futuro. En el período pastoral que termina nos hemos referido repetidamente a esta situación, ya que en este campo se juegan valores éticos de primera magnitud.
Observamos con dolor que el país está muy polarizado. Criterios inspirados en la lógica de la guerra, de la violencia o de la exclusión, predominan sobre criterios basados en el diálogo y la racionalidad. Esto es gravísimo porque un camino así no conduce sino a la agudización del conflicto político y social.
De acuerdo con la enseñanza social de la Iglesia, pensamos que este conflicto se genera, en gran medida, por dos grandes carencias: la falta de libertad política y la falta de participación del pueblo en las decisiones que le afectan. Carencias a las que se suman las angustias económicas y sociales que ya hemos descrito. Y, en la medida que no haya cauces abiertos para la participación política, habrá menos posibilidades de una salida pacífica para la crisis que afecta al país.
A esta falta de participación se añade el hecho de que el gobierno, de suyo autoritario, se haya valido constantemente de estados jurídicos de excepción para gobernar al país. Estados de excepción sucesivos o sobrepuestos han dificultado el ejercicio y la tutela de las garantías civiles y políticas inseparables de la dignidad de las personas.
Esta situación causa heridas profundas tanto en las personas como en la convivencia nacional. En el pueblo hay descontento porque se le impide ejercer plenamente los derechos que le competen. Los dirigentes políticos y sociales actúan con gran dificultad porque los partidos políticos aún no son legalmente reconocidos. Los jóvenes sienten frustradas muchas posibilidades de realización y son fácilmente presa de agitadores y violentistas. Nuestra convivencia está herida, dividida, atomizada. Y, lo que es peor, ha aumentado el miedo y la desconfianza que dificultan el reencuentro y la reconciliación.
La Iglesia cree en la democracia y aspira a ella. Es el régimen que mejor protege y promueve los derechos humanos y la participación ciudadana. Sin embargo, la Iglesia no hace de la democracia un ídolo, está consciente de sus limitaciones. Pero no hay males del presente ni del pasado que excusen la desconfianza en la capacidad de nuestro pueblo para tomar las decisiones que le competen y para asumir su obligación de ser protagonista de su propia historia.
Contra esta noción de democracia atentan ideologías totalitarias de distintos signos que tienden a reemplazar la decisión popular por decisiones de elites gobernantes. Con toda razón la Iglesia rechaza estos sistemas cerrados de pensamiento que no sirven al hombre y que, en la lucha política, terminan privando al pueblo de su libertad.
La actual situación política representa un grave desafío a la Iglesia. Ella está llamada a formar laicos profundamente cristianos, que asuman la historia presente con toda su complejidad. La Iglesia quiere aportar al mundo, cristianos bien formados en su Enseñanza Social que los capacite para ejercer su misión transformadora de la sociedad. Hombres y mujeres, jóvenes y adultos, que procuren ser fieles intérpretes del Evangelio con su testimonio de vida y con su palabra.
La Iglesia tendrá que convertirse, cada vez más, en un espacio de diálogo, de comunión, de participación, como contribución efectiva a la democracia y pacificación del país. Asimismo, hará presente la espiritualidad propia que nace del Cristo Resucitado, con su contenido de Verdad, de Justicia, de Esperanza, de Liberación. Será el momento de celebrar la Vida, a través de los signos de la fe, para apoyarnos permanentemente en el Señor que siempre se levanta victorioso de la muerte.
La violencia creciente
Junto con la situación política, nos preocupa la violencia que sufre el país. Y ante ella quedamos atónitos: sentimos que se acaban las palabras para nombrar a esta aberración. No podemos evitar la sensación de vivir en un país ajeno al Chile que forjaron nuestros padres en la tolerancia y el respeto mutuo; y ajeno también a las diversas formas de democracia y que conoció el país en su historia.
En el mundo entero hay una situación de extrema violencia. Es cierto. Pero nos preocupa en primer lugar la violencia que hay en Chile. Muchas veces la hemos prevenido y la hemos denunciado. Ha sido una de nuestras preocupaciones permanentes y ha tomado forma de predicación, de catequesis, de exhortación. Con dolor hemos tenido que enterrar a los muertos y que acompañar a las víctimas de la violencia. No hemos escatimado esfuerzos en la defensa y promoción de los derechos humanos, ni en promover muchísimas iniciativas solidarias que contribuyan a ahuyentar el fantasma de la violencia.
Sin embargo, todos saben que no hemos podido erradicar del país la decisión de emplear la violencia. Y eso es lo más grave. Hay una voluntad política detrás de este tipo de violencia. Se ejerce violencia en la detención arbitraria, el exilio interno y externo, la práctica del secuestro, del amedrentamiento y hasta el asesinato político. Así también se ejerce en bombazos y atentados arteros y homicidas.
Hay violencia terrorista. Un terrorismo que proviene del Estado a través de sus organismos de seguridad. Un terrorismo que proviene de quienes recurren a métodos terroristas como expresión de frustración y descontento.
Ambas formas son igualmente inhumanas, igualmente inaceptables. Pero es objetivamente más grave la violencia estatal porque la autoridad, por definición, está llamada a reprimir al crimen con las armas de la verdad y la justicia.
Pero hay otras violencias que también nos afectan y nos dañan en lo más hondo. Está la violencia del sistema económico ya descrito y la violencia que impide a nuestro pueblo expresar con toda libertad lo que piensa. La violencia que tergiversa la verdad o la oculta con engaño. Vivimos en un clima de violencia que afecta gravemente nuestras relaciones personales y sociales.
La violencia, en sus diversas formas, desafía y lo más profundo de nuestra fe cristiana. Desde los tiempos de Caín sabemos que la sangre derramada clama al cielo y que Dios en persona se hace “vengador” de las vidas segadas por la violencia. Delante de nosotros camina Jesús que para salvar a la humanidad se hizo Siervo de todos. El nos mandó alejar de nosotros toda violencia y todo afán de dominio.
El mensaje evangélico se resume en las Bienaventuranzas. Ellas dibujan con fuerza y hermosura los rasgos del cristiano: una persona despojada de sí misma, no violenta, limpia de corazón, amante de la justicia, constructora de la paz, vulnerable al sufrimiento y capaz de misericordia. En estos rasgos se juega nuestra fidelidad a Jesús, que es lo mejor que podemos entregar a nuestra Patria herida por tanta violencia.
La violencia nos desafía a amar entrañablemente al Dios de la Vida y a no transigir, por causa alguna, con los dioses de la muerte. Como lo ha dicho el Papa Juan Pablo II, los cristianos nos sentimos llamados a ser protagonistas de “una cultura de la vida”. Por eso queremos dar prioridad a la educación para la paz y hacer cada vez nuestro el método y la espiritualidad de la no violencia activa. En consecuencia, queremos formar en la fuerza de la verdad, en el amor a la justicia, en la capacidad de resistir y derrotar la violencia con la fuerza del Señor que vigoriza nuestra debilidad. Y, sobre todo, queremos renovar nuestra profesión de fe en la dignidad inalienable de cada persona y renovar nuestra opción preferencial por los pobres, que suelen ser las víctimas más permanentes de toda violencia. Queremos alentar en la Iglesia una profunda conversión del corazón hacia el Dios de la vida y alentar a los jóvenes a que prefieran ser víctimas antes que verdugos. Queremos descubrir y proclamar el gozo de sufrir por ser fieles al Señor y nuestra conciencia, en vez de vivir errantes como Caín por el resto de nuestros días, llorando la sangre derramada del hermano.
Otros desafíos
Largo sería describir todos los desafíos que la realidad personal, familiar y social presenta a nuestra acción pastoral. Hemos querido mencionar los que parecen afectar al conjunto de nuestra vida. En el fondo de todos ellos se ve una grave crisis moral que afecta nuestra convivencia y nuestra común responsabilidad. No los hemos enumerado con ánimo de herir, sino con el propósito de que se entiendan mejor las líneas y las prioridades pastorales que proponemos a la Iglesia chilena para nuestra acción pastoral orgánica en los próximos cuatro años.
Varias veces hemos afirmado nuestra preocupación por la familia. A los rasgos ya descritos habría que añadir el fenómeno creciente de las separaciones conyugales, el drama de los niños sin hogar o abandonados, la práctica alarmante del aborto, la desorientación de los jóvenes en materias relativas a su vida afectiva y sexual. Estas y otras realidades presentan un serio desafío a la pastoral familiar y prematrimonial, en la cual la Iglesia puede hacer un valioso aporte.
Nos duele comprobar que aumenta el número de personas, especialmente jóvenes, que buscan en Dios sólo un refugio para las dificultades del diario vivir. Semejante situación es propia para que proliferen sectas no cristianas y prácticas espiritualistas que contribuyen a desorientar a los creyentes. O bien, a adherir con buena voluntad y poco discernimiento a fenómenos espirituales que se alejan de los caminos ordinarios por los cuales se manifiesta el Señor.
Está siempre presente el desafío de llegar con la Palabra del Evangelio a todos los sectores geográficos del país y a alcanzar con su luz todas las aspiraciones y realizaciones de la vida humana. Todo ello nos mueve a profundizar el alcance de la catequesis familiar y pre-sacramental, a mejorar la calidad de nuestra predicación y a celebrar con una fe más viva y consciente los sacramentos de la fe.
Grande es el progreso que en estas materias hemos podido realizar a la luz de las orientaciones del Concilio Vaticano II y de las Conferencias de Medellín y de Puebla. Sin embargo, los cambios culturales profundos, el número insuficiente de sacerdotes y de personal consagrado, la evangelización de las grandes ciudades –por nombrar sólo algunos factores- nos hace sentir la urgencia con que se presentan nuevos desafíos a esta actividad permanente de la Iglesia.

El Dios de la Vida
La mirada hacia el pasado y los desafíos del presente nos han hecho meditar y orar junto al Señor de nuestra Fe. Hemos pensado reiteradamente cuál es la actitud fundamental que nuestro Padre Dios nos pide para los años pastorales que iniciamos. Y no nos cabe la menor duda de que El Señor nos llama a hacer una opción radical y profunda por El como el Dios de la Vida. Es el rasgo de nuestro Dios que creemos más necesario destacar para superar el camino de la violencia, para anunciar la buena noticia a los pobres y animar a los jóvenes a la construcción del futuro de Chile.
En consecuencia, antes de esbozar las líneas-fuerza de nuestra acción pastoral, creemos necesario detenernos a hacer una reflexión sencilla y catequética sobre los llamados que el Dios de la Vida hace a su Iglesia y a cada cristiano en particular.
Jesús y la vida
Desde los primeros días de la Resurrección de Jesús y de la venida del Espíritu Santo, los discípulos y los apóstoles empezaron a predicar la Buena Nueva desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. En ese mismo espíritu se reunieron los creyentes para compartir cuanto tenían, para perseverar en la enseñanza de los apóstoles y para celebrar la Fracción del Pan.
De la Iglesia reunida en oración nos llegan ecos hermosos que estimulan nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad. De ella escuchamos los nombres con que invocaron al Resucitado y los himnos que cantaron en su honor.
Jesucristo, el viviente
Jesucristo es llamado: “el testigo fiel y veraz” y repetidamente es aclamado como “el primer nacido de entre los muertos”. El es “la imagen del Dios invisible”, pues por medio de El, Dios creó el universo. El es el modelo y el fin de toda la creación, la Cabeza de su Cuerpo que es la Iglesia. El es quien en su propio cuerpo ha dado muerte a la enemistad y se ha convertido en el reconciliador del universo.
Las alabanzas surgidas en la liturgia nos van describiendo, con vigor y hermosura, la figura del Vencedor de la muerte. El que está presente junto al pueblo, el que vendrá al final de los tiempos. “Miren, viene entre las nubes: todos lo verán con sus ojos, también aquellos que lo traspasaron y plañirán por El todas las razas de la tierra. Así es, amén”.
Y el Señor responde: “Yo soy el principio y el fin. El que es, el que era y ha de venir. Yo soy el soberano de todo”. Tal es la imagen victoriosa del Viviente a quien nosotros confesamos como Señor y Salvador. El que ha venido a los hombres de parte de Dios y, después de padecer la humillación, de El ha recibido el poder, el honor y la gloria.
Este Señor Resucitado nos ha dado las claves de interpretación para reconocer la acción de Dios a favor de la vida. Nos ha enseñado a reconocerla desde el día de la Creación, pasando por el Exodo, el Exilio y la predicación de los Profetas. Así abrió los ojos de sus discípulos y los nuestros. Y hasta el día de hoy nos produce un gozo profundo cada vez que lo reconocemos en la Fracción del Pan.
Nosotros hemos recibido su Espíritu para poder recorrer su camino liberador. El camino que nos conduce a dar la vida para alcanzar la Vida. Porque nadie que se aferre a su vida podrá entrar en el Reino de los cielos. De El hemos recibido su Espíritu que nos comunica el amor por la vida y la sensibilidad para encontrarla, aún en los brotes más insignificantes de vitalidad.
De El hemos aprendido también que nadie puede transformarse en apóstol de la Vida si no recorre su camino. El camino del que se hace Siervo de todos para levantar a la humanidad de todas sus servidumbres.
Todo esto que la fe proclama en alabanza, buscando nombres y maneras de decir lo que en El admiramos, constituye la misión primordial de la Iglesia. Jesús lo narra con palabras sencillas y veraces. Así pone El su camino al alcance de todos los hombres. Escuchémoslo.
El Samaritano y el posadero
En el camino entre Jericó y Jerusalén quedó abandonado un hombre, debatiéndose entre la vida y la muerte. Junto a él pasaron un sacerdote y un servidor del templo. Ambos lo vieron y lo eludieron. Pasó un Samaritano que se detuvo, lavó sus heridas y lo condujo a la posada para que se pudiera restablecer. El herido recibió los cuidados del posadero y comenzó su recuperación. Cuando el Samaritano regrese, le pagará al posadero el precio de sus desvelos.
Esa es una de las maneras sencillas con que Jesús nos narra su misión de restaurar la vida de la humanidad. Hombres y mujeres, jóvenes y niños, pueblos enteros se debaten hoy entre la vida y la muerte. Han caído en manos de asaltantes que se han aprovechado de ellos. O bien, han sucumbido ante los dioses que les ofrecían la vida y los han despojado de su propia dignidad. Tendidos a la orilla del camino, sintiendo que la vida se les escapa entre los dedos, ellos claman al Dios de la Vida. La respuesta no se deja esperar. El envía a Jesús para que pase por los caminos del mundo y sane a los heridos, limpie sus llagas, levante a los caídos, restaure la vida de tanto moribundo y se los confíe a quien quiera ser el posadero de sus hermanos.
Jesucristo libera el caído y también libera a los asaltantes, a la víctima y a sus victimarios. Y para esta hermosa tarea convoca a todos los que quieran escuchar su palabra: para hacerlos servidores de la vida. Para construir un sociedad sin victimarios cuya característica primordial sea la verdadera fraternidad.
Enviado para dar la vida
Todo el ministerio de Jesús puede resumirse como una opción radical a favor de la vida. Da vida con su presencia cercana. Da vida como su enseñanza verdadera. Da vida con gestos que sanan a los enfermos, devuelven la dignidad al hombre caído y multiplican el pan para todos. Da vida liberándonos, incluso, de tradiciones religiosas asfixiantes que llevan a un culto muerto y legalista. En último término, nos salva de la raíz de tanta muerte, al liberarnos del pecado con la gracia del perdón.
No es de extrañar que los enfermos se agolparan a las puertas de su casa; que las personas aquejadas de cualquier mal invocaran su nombre; que una muchedumbre lo siguiera por todos los caminos; y que hubiera discípulos que no quisieran abandonarlo cuando comenzó la contradicción. “Solo tú tienes palabras de vida eterna”, le dijo Pedro, y siguió a su lado cuando muchos lo abandonaron.
Jesús tiene claro que su Padre lo ha enviado para dar vida. Y para dar en abundancia. Y entre los muchos pastores de este mundo, se distingue por ser el Pastor que da la vida. Nadie se la quita , El la da voluntariamente para que todos podamos beber de la fuente de su vida. Con toda razón su Padre lo señala entre todos los hombres, como el Unico, el Amado, el Hijo de su complacencia.
Vencedor de la muerte
“Nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos”, dice Jesús. Y así lo hace hasta el extremo. Hasta el repudio, la soledad, la desnudez, la cruz, el escándalo. Y como hombre libre y liberador, como Señor de la vida, se entrega voluntariamente a la muerte para levantarse al tercer día. El es el primer resucitado. El vencedor de su muerte y de todas las muertes. Ninguna tumba puede con El, ni con la fuerza de la vida pascual que con El se levanta del sepulcro vacío.
Contemplando su vida resucitada, la Iglesia confiesa que Jesús vence la raíz de la muerte que es el pecado que se infiltra en nuestra existencia. El pecado y las secuelas del pecado que siembran la desconfianza, que se hacen presente en la enfermedad, que se manifiestan en todo lo que hace el hombre y que causan la ambivalencia del progreso humano. Jesús vence el pecado y al autor del pecado: el espíritu del mal que pone tropiezos en nuestro caminar y que nos induce a pecar. Con su resurrección Jesucristo se levanta como Señor de la Vida.
Las mujeres lo vieron y nos lo contaron. Juan y Pedro, regresaron corriendo del sepulcro vacío. Los discípulos de Emaús lo reconocieron en la fracción del pan. Tomás puso los dedos y las manos en sus llagas gloriosas. Y así fue corriendo la Buena Noticia de pueblo en pueblo y de edad en edad. ¡Ha resucitado el Señor! ¡La muerte ha sido vencida!
Y el miedo comenzó a emprender su retirada...
La Iglesia y la Vida
Acoge la Vida
La Iglesia ha recibido el Espíritu de Jesucristo para hacer su obra en el mundo.
Ella se sabe convocada por su Señor para optar radicalmente por la vida, como El. Por eso acoge de sus manos la vida de la humanidad desfallecida o convaleciente, y quiere ayudar a que está se restablezca mientras espera la venida del Señor. Ella acoge con respeto sagrado la vida que se gesta en el vientre materno y la acompaña todos los días hasta el trance doloroso de la muerte. Y entonces la ayuda a pasar de este mundo al Padre. La deja en el umbral de la vida eterna.
No le basta a la Iglesia con que sanen nuestras heridas terrenas. Ella sabe que el destino de la humanidad y de cada persona es la Vida eterna. Y no descansará hasta que toda la humanidad haya resucitado.
Anuncia y transforma la vida
Con esta actividad que no tiene tregua, la Iglesia quiere anunciar al Dios de la Vida. Al Padre de nuestro Señor Jesucristo que ha optado por la vida y no por la muerte de la humanidad. Al Padre de Abel que ha escuchado la voz de su sangre derramada. Al Dios de los Profetas perseguidos por denunciar la actitud vacilante de su pueblo propenso a la apostasía. Al Padre de infinita misericordia, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Al dios de larga paciencia que no quiebra la caña cascada ni apaga la mecha que aún humea. Al que es capaz de descender hasta el fondo del abismo, y soportar la humillación, con tal de devolver al hombre su dignidad perdida.
La Iglesia es, en Cristo, experta en humanidad y, como tal, maestra en el arte de enseñar el camino de la vida. Para ello nos injerta en Jesucristo a través del sacramento del Bautismo y nos alimenta constantemente con el Pan que da la Vida. Ella nos invita continuamente a la mesa de la Palabra porque el hombre no vive sólo de pan. Requiere absolutamente de la Palabra del Señor. Así nos inicia en el camino de las bienaventuranzas y nos hace seguidores y discípulos de Jesús. Con la fuerza de su Palabra y de su Espíritu nos inicia también en la práctica de las obras de misericordia para que, casi por instinto, nos inclinemos ante cada persona que tiene su vida aplastada o amagada. Y, como si esto fuera poco, nos invita a entrar en plena comunión con el Dios de la Vida, cada vez que celebramos la Eucaristía.
Ahora bien, en la medida en que entramos en comunión con el Dios de la Vida, nuestra vida personal y comunitaria comienza a ser transformada por El. Ese es el significado profundo de la conversión cristiana. Es experimentar, por la gracia de Dios, un cambio de corazón y de mentalidad. Un cambio íntimo en la manera de pensar, de sentir y de actuar, hasta que seamos configurados con Jesucristo, nuestro Señor. Para nosotros, en palabras de San Pablo, el vivir es Cristo y la muerte una ganancia porque entonces entramos de lleno en el Reino de la Vida.
Defiende la vida
Así comprendemos por qué la Iglesia se empeña tanto por que en el mundo prevalezca “una cultura de vida”. Que la vida sea efectivamente lo primero para personas y pueblos. Que nadie se atreva a atentar contra el valor sagrado de la vida. Para un cristiano, atentar contra la vida es atentar contra Jesús, contra la persona del Dios de la Vida. La Iglesia defiende la Vida y denuncia proféticamente a quienes se hagan cómplices de la muerte y esclavicen a sus hermanos, porque hacerlo es parte esencial de su misión.
Celebra la Vida
La Iglesia ha aprendido de su Señor a celebrar la vida. Se reúne permanentemente en espíritu festivo a cantar las alabanzas del Dios que hace tanto por nosotros. En todos los sacramentos de la fe –en especial en la Eucaristía- la Iglesia celebra la acción salvadora de Dios. Y en cada sacramento ella ofrece a su pueblo lo mejor de su vida.
Es así como la Iglesia engendra a la Vida en el Bautismo y devuelve la Vida por la gracia del perdón en el Sacramento de la Reconciliación. Ella nos hace apóstoles y testigos de la Vida en la Confirmación y alimenta nuestra vida en la Cena del Señor. Y cuando la persona se siente amenazada por la enfermedad o por la cercanía de la muerte, la Iglesia fortalece nuestros miembros mortales a través de la Unción de los Enfermos y nos reanima con la fuerza de la Vida para que también de este trance salgamos vencedores.
La Iglesia ama tanto la vida que hace fiesta cuando una pareja se une en matrimonio y bendice su unión para que sea signo del amor que Cristo tiene y para que la pareja sea tan fecunda como la misma Iglesia. En fin, a los que el Señor llama, a esos los envía por la imposición de manos del Obispo, para que se hagan pregoneros de la Vida, engendren la Vida en el Espíritu y exorcicen al mundo de todo aquello que le impide llegar a plenitud.
De todo esto se nutren la oración cotidiana y las devociones del pueblo fiel. En forma personal o comunitaria nos reunimos para cantar la vida que comienza con el día y para bendecir al Señor por todo lo que nos ha concedido cuando la luz ya se apaga. A El le pedimos el pan de cada día y le confiamos nuestros íntimos deseos, pidiéndole que su voluntad se realice para que podamos gozar pronto de su Reinado.
Signo de esta devoción por la vida son los santuarios esparcidos a lo largo del país donde los fieles dan testimonio de tantos favores recibidos del Señor y por mediación de la Santísima Virgen. Son recuerdos agradecidos de la visita de nuestro Dios que ha restaurado la vida respondiendo a la oración de quienes en la angustia de perderla para sí o los suyos con confianza le clamaron.
La Iglesia en Chile opta por la vida
La misión cumplida por Jesús y confiada a la Iglesia universal, es también la misión que debe realizar la Iglesia en Chile. Por esta razón, los Obispos Católicos del país, convocamos a nuestra Iglesia a ser fieles al Dios de la Vida. Por amor a Dios y a Jesucristo optamos nuevamente por la Vida. Nosotros pensamos que ésta es la mejor respuesta que podemos ofrecer a nuestra Patria, herida por tanta muerte. Lo sentimos como el gran desafío del Señor para este momento de nuestra historia.
Nos interesa profundamente que los niños y los jóvenes aprendan a descubrir su riqueza interior, a amar y cuidar su propio cuerpo, a respetar la naturaleza. Nos interesa ayudar a las familias a educar la vida de sus hijos y a procurar el pan y el trabajo que les dé un digno sustento. Queremos fomentar la vida en comunidad en los campos y en los barrios, en las escuelas, fábricas y oficinas.
Deseamos profundamente que en la Iglesia de Chile se vuelvan a valorar las obras corporales y espirituales de misericordia, para que el Señor se sienta acompañado en todos sus sufrimientos. Por eso apreciamos especialmente el ministerio a favor de los enfermos y encarcelados, de los impedidos, ancianos y moribundos. Así como los campos se llenan de fiesta y colorido en el día de Quasimodo, así quisiéramos ver la Iglesia viviendo con el gozo de amar y de servir.
Nada puede escapar a nuestro interés o nuestro cuidado. La vida es el don más precioso de Dios y promover la vida es una manera de dar culto a nuestro Dios. Por eso encomendamos a nuestras comunidades el cuidado de la vida social. Los cristianos están llamados a animar la vida de la comunidad, a ayudar a que sanen sus heridas y a que se restablezca una convivencia justa y fraterna entre todos los chilenos.
La defensa de la vida y la superación del pecado social están íntimamente vinculadas a la responsabilidad personal. El pecado social hunde sus raíces en el corazón de la persona y se manifiesta en una manera de vivir que desfigura al hombre y destruye la vida en sociedad.
“La Iglesia llama, pues, a una renovada conversión en el plano de los valores culturales, para que desde allí se impregnen las estructuras de convivencia con espíritu evangélico. Al llamar a una revitalización de los valores evangélicos, urge a una rápida y profunda transformación de las estructuras ya que éstas están llamadas –por su misma naturaleza- a contener el mal que nace del corazón del hombre, y que se manifiesta también en forma social, y a servir como condiciones pedagógicas para la conversión interior, en le plano de los valores”.
En síntesis, la Iglesia quiere presentarse ante el mundo y, en particular en nuestra Patria, como un gran sacramento de la vida. Ella sabe que por vocación debe asumir los gozos y las esperanzas de hombres y pueblos. Suyos son también sus dolores y frustraciones. Y no es que Ella se haya arrogado esta tarea. La Iglesia al ponerse al servicio de la vida no hace otra cosa que encarnar la actitud de Jesús. El cargó sobre sus hombros todo el deterioro de la humanidad para hacerla resurgir transfigurada y vigorosa en el alba de la resurrección.
La Virgen María, Madre de la Vida
Las orientaciones pastorales que hoy proponemos encuentran un modelo viviente en la persona de la Virgen María. Ella es la Madre de la Vida. Así lo reconoce la tradición cristiana que la llamó Madre de Dios desde los primeros años de nuestra fe.
La Virgen Madre sabe cuánto cuesta gestar la Vida. Ella la acogió y la engendró en su seno y la acompañó por los caminos de su manifestación. Vio como la gente alababa la Vida y se congregaba con entusiasmo para escuchar las palabras que salían de su boca. Vio también con dolor cómo le arrebataban la Vida cuando una lanza atravesó el costado de Jesús. Sin embargo, se mantuvo de pie, sin desfallecer, para seguir engendrando la Vida a favor del pueblo que su Hijo le confiara en la Cruz. Con esa fe y esa entereza fue la persona que experimentó el gozo más profundo cuando la Vida se levantó de entre los muertos. No cabe duda que Ella es quien mejor ha acogido el Espíritu de la Vida que Dios derrama generoso sobre todos los vivientes.
María es también el modelo de la opción preferencial por los pobres. Lo comprende mejor que ninguno de nosotros porque experimentó en su propia vida lo que significa ser elegida de Dios precisamente por ser pobre. El Señor la tomó como esposa en el pueblo de Nazaret y la colocó en lo más alto de los cielos para que fuera contemplada por toda la creación. Sin embargo, eso no le ahorró a María el camino sencillo y cotidiano de todos los humanos: supo ir a buscar el agua al pozo y realizar las tareas ordinarias de toda dueña de casa. Vivió la inseguridad de la viudez y sufrió con las críticas que se le hacían a Jesús. Tuvo, sobre todo, que pasar por la experiencia de ocupar el último lugar junto a la cruz, para poder ser exaltada a los primeros lugares de la humanidad. Por eso, en sus labios el Magníficat no sólo es profecía de la acción de Dios. Es el canto de la experiencia cumplida, la alabanza no reprimida al Dios que despide a los ricos con las manos vacías y exalta a los humildes.
María es también la Madre de la Reconciliación. En su seno experimentó el gran misterio de la reconciliación entre los cielos y la tierra. En su propio cuerpo, Dios se desposó con la humanidad para toda la eternidad. Y por eso el Hijo de sus entrañas se llama “Emmanuel” que quiere decir “Dios con nosotros”.
No fue fácil para María ser la Madre del Amor hermoso que venía a reconciliar todas las cosas con Dios. No fue fácil para ella acompañarlo por los caminos de su predicación ni ver surgir contra El la maledicencia y la incomprensión. Dolorosa hasta el extremo fue su participación junto a la Cruz de la Reconciliación. Allí Ella sintió cómo una espada de dolor le atravesaba el corazón y, con una generosidad abismante, volvió a abrir su seno para ser Madre de una humanidad reconciliada.
María, reconocida como Madre de la Iglesia, es modelo de formadora. Comparte con los Apóstoles la experiencia vivificante de Pentecostés y anima la Vida naciente de las comunidades cristianas. Ella, como primera discípula de Jesús, es la primera formadora de los cristianos.
El pueblo de Chile y de América Latina no se equivoca al invocarla. Sabe muy bien que bajo su amparo la vida vuelve a ser Vida. Con esta misma fe y con su nombre en nuestros labios queremos hacer el camino de las nuevas Orientaciones Pastorales:
Santa María, Madre de Chile,
Virgen del Norte y del Sur,
Señora del Mar y de la Cordillera,
Del campo y la ciudad,
Intercede por nosotros,
Para que el Señor nos conceda
La reconciliación y la vida.
Amén.

Líneas pastorales
Nuestro llamado a optar por la vida es un llamado integral. Toca a todos los planos de la existencia humana y es fruto de una adhesión vital a Cristo.
Es una proposición creativa. No nos basta con la actitud de quien quiere restaurar la vida allí donde habita la muerte. El Señor nos llama a algo mucho más entusiasmante: nos pide que seamos inventores de respuestas imaginativas que superen con mucho los estragos causados por la muerte. Para ello contamos con su luz y con la fuerza de su Espíritu.
Los Obispos de Chile, reunidos para discernir los desafíos que tenemos por delante, pensamos que nuestra opción por la vida debe expresarse en tres líneas pastorales. Es decir, en tres \"ideas-fuerza\" que estén presentes en todo nuestro quehacer pastoral:
la opción preferencial por los pobres;
la reconciliación en la verdad;
la formación de personas.
La opción preferencial por los pobres
En continuidad con el magisterio de la Iglesia y con las Orientaciones Pastorales 1982-1985 queremos invitar a la Iglesia a optar por el \"estilo de Jesús\". Reiteramos que optar por los pobres no es realizar una opción de clase social. Se trata de poner en práctica la forma que en la historia ha asumido el amor preferencial de Dios. Es la manera novedosa y original que el Señor tiene de llamar a la salvación a todos los hombres.
Desde la debilidad de la sangre derramada por Abel, El llama a la salvación de todo aquel que se incline por el camino de Caín, y lo libera de su instinto homicida. Desde la ancianidad de Abraham y la infecundidad de Sara, El hace surgir un pueblo más numeroso que las estrellas del cielo. El es el Dios que escucha el clamor de su pueblo oprimido y encabeza su gesta libertaria. Y para unificar a su pueblo disperso, suscita para sí un rey débil y pequeño como David. En la plenitud de los tiempos pone sus ojos y toda su ternura en la persona de María, humilde hija de Nazaret. Y se encarna en su seno para nacer en el último lugar de las afueras de Belén. Desde esa situación anuncia la salvación a su pueblo, la liberación a los cautivos y el tiempo de gracia del Señor. En eso radica la inmensa fortaleza de su debilidad.
Para escándalo de muchos, el Mesías–Rey se hace el más vulnerable de todos los hombres. Y para ocupar el primer lugar de la creación, El ocupa literalmente el último lugar de la humanidad. Se hace siervo y servidor. Asume las llagas de la humanidad y carga con todos nuestros quebrantos. Y desde la infinita debilidad de la cruz se levanta sobre el mundo para atraer hacia El cuanto el poder del pecado ha dispersado.
La opción preferencial por los pobres, por su misma naturaleza, no puede ser excluyente. Pero tampoco puede ser deslavada. Invita siempre, nunca excluyente. Pero también exige. Jesús es muy claro para pedir el desapego de los bienes de este mundo y la buena administración de los talentos recibidos. Y la perfección del seguimiento de Cristo lleva a los santos a disponer de sus posesiones para entregar su fruto a los pobres. Así, desposeídos de nosotros mismos, podremos seguir con más agilidad las huellas del Señor que siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.
En continuidad con las Opciones Pastorales 82-85 nosotros afirmamos que la opción preferencial tiene tres aspectos complementarios que se reclaman mutuamente:
Para un cristiano es esencial vivir con el estilo de Jesús. En torno a esta espiritualidad se articulan los distintos aspectos de nuestro amor preferencial por los pobres. Este estilo de vida es un reflejo del Sermón de la Montaña y, en especial de las bienaventuranzas. Esa es la sal y el fermento que estamos llamados a aportar a la convivencia personal y social de los hombres. Así seremos signos del Reino en un mundo inclinado al poder y a la riqueza.
En segundo lugar, estamos llamados a servir a los pobres. Este es un llamado permanente de la Iglesia desde la primera comunidad de Jerusalén. “Es la medida privilegiada, aunque no excluyente de nuestro seguimiento de Cristo”. En nuestra tierra esto implica un llamado a promover una inmensa corriente de solidaridad que asegure el pan, el techo, la salud, la dignidad, el respeto para cada uno de sus habitantes.
Finalmente, la opción preferencial nos invita a mirar la vida desde la perspectiva de los pobres. Es decir, mirarla desde donde se situó el Señor para darnos la salvación. Su vida nos enseña que esta perspectiva es la más generosa, la más universal. Esta actitud nos lleva a poner oído atento a los clamores del pueblo que sufre, respaldar sus iniciativas solidarias y respetar las organizaciones que el pueblo se da para satisfacer sus necesidades básicas.
Hay en la opción preferencial, así concebida, una profunda coherencia y hermosura que, en definitiva, nos lleva a redescubrir lo mejor de nuestra humanidad. Nos lleva a mirar al hombre en sí mismo, en la grandeza de su propia dignidad. Esta se pone de manifiesto cuando se deja de lado el falso brillo de títulos y poderes que tanto la desfiguran. Nunca se es más persona que cuando se reconoce la propia debilidad, la propia indigencia. Entonces aprendemos a pedir ayuda, a compartir la vida y a clamar a Dios para que sea nuestro Salvador. Recién entonces empezamos a vivir humanamente.
Considerando los desafíos planteados por la realidad de nuestra Patria, la opción preferencial por los pobres incluye el compromiso evangélico de luchar por la promoción y la defensa de los derechos humanos. Y esto no sólo porque están establecidos en la Declaración Universal de las Naciones Unidas. Nuestro compromiso es anterior: nosotros creemos que ellos están inscritos en el corazón del hombre y que Jesús los ha ratificado con mayor radicalidad el promulgar la ley del amor. Por nuestra fe en Jesús nosotros defendemos los derechos humanos y si queremos que se respeten en su conjunto, es porque Jesucristo ha venido a liberar todos los rincones de la existencia humana.
Nuestra adhesión a la causa de la vida hace que entre los derechos del hombre nos preocupen de preferencia aquellos que garantizan lo esencial de la vida. La integridad de la persona, el respeto por su libertad, el acceso al trabajo, al pan, a la educación, a la vivienda, a la salud ocupan entre los derechos humanos un lugar de especial relevancia para la Iglesia. Por otra parte, nuestra opción preferencial por los pobres, nos inclina a promover especialmente los derechos de los pobres, incluyendo su libertad para organizarse y su seguridad social.
Para poner en práctica esta opción preferencial pedimos para todos la gracia de tener un corazón sensible y entrañas de misericordia. Los pobres merecen una atención prioritaria, “cualquiera sea la situación moral o personal en que se encuentren”, porque fueron los primeros destinatarios de la misión de Jesús. Y ese es el argumento decisivo para nuestra preferencia a favor de los pobres.

Sigue en Segunda Parte