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Autor: P. Nicolás Vial Saavedra
Fecha: 17/10/2003
País: Chile
Ciudad: Santiago

Lineamiento de la Pastoral Penitenciaria

Con ocasión del Seminario Nacional 16 y 17 de octubre de 2003

Nos convoca la fe, la esperanza, la caridad; y dejando todo lo que habitualmente realizamos, venimos a renovarnos para volver nuevamente hasta el corazón de los penales, movidos por la acción del Espíritu Santo que nos acompaña y fortalece en el desafío de llevar a Jesucristo a todos los hombres y mujeres del mundo penal.

Este Seminario Nacional, no es igual a los anteriores, pues nunca antes contamos con una Ley de Culto y un Reglamento de Asistencia Religiosa en establecimientos penitenciarios y similares.

El panorama religioso que se nos plantea hoy es sin lugar a dudas otro, y muy diverso, al que se nos presentó en las décadas pasadas. Consecuente con lo anterior, el quehacer religioso en el mundo penal ya no va a depender de la buena voluntad del Director Nacional de turno, del Alcaide, Jefe Interno o cualquier otra persona que se arrogue dicha autoridad.

El quehacer religioso en los establecimientos penitenciarios está protegido por la Ley Nº 19.638, del 14 de Octubre, 1999, y respectivo Reglamento del 03 de Julio, 2001, que especifica, norma, sanciona y coordina dicha actividad religiosa.

Lo anterior, lejos de conducirnos a una “seguridad” mal entendida nos exige una movilidad física y espiritual mucho más dinámica y a la vez nos cuestiona la forma y el fondo de nuestro quehacer de pastoral. Efectivamente, con la Ley de Cultos se abren las puertas de las cárceles a todas las agrupaciones religiosas, legalmente constituidas, que deseen prestar asistencia espiritual y religiosa de su propia confesión a los internos.
Con ello se derogan los privilegios, aquellos que por tradición o cualquier otra razón, se hubiera podido favorecer a una denominación de otra por el simple hecho de ser más conocida o encontrarse afectivamente más cercana al que tenía la responsabilidad de tomar la última decisión.

Con el presente Reglamento se establece la forma y condiciones en que se llevará a cabo el acceso de los ministros de culto, pastores, sacerdotes, diáconos, religiosos (as) y seglares a los establecimientos penitenciarios del país, con el objeto de prestar asistencia espiritual y religiosa de su propia confesión, de conformidad a lo dispuesto en el artículo 6; letra c de la Ley19.638.

“Recibir asistencia religiosa de su propia confesión donde quiera que se encuentre”.

DEL EJERCICIO DE LA ACTIVIDAD DE ASISTENCIA RELIGIOSA

La asistencia religiosa comprende, además del culto propiamente tal, las siguientes actividades:

a) Reuniones de formación en los valores del Culto;
b) Guía en el estudio sistemático de textos religiosos, en forma personal y colectiva;
c) Diálogos de asistencia pastoral;
d) Acompañamiento en situaciones críticas de índole personal o familiar;
e) Acción social en beneficio de internos y sus familias;
f) Acción social de reinserción del interno;
g) Participación en actividades de rehabilitación como coros, cursos laborales y actividades culturales, en que el enfoque particular tenga una matriz religiosa.

El ejercicio de la asistencia religiosa en los establecimientos penitenciarios se realizará de manera que no entorpezca el normal desarrollo de las actividades del establecimiento, ni perturbe el derecho de los demás internos a ejercitar su propia confesión o a no participar de ninguna de ellas.

Todo lo anterior, nos plantea acciones a realizar en el amplio mundo penal, pero no nos dice nada sobre quien es la persona a la que tenemos que llegar con estas acciones y menos todavía quienes son los que han de realizar dichas tareas y por consiguiente contactarse y relacionarse con los reclusos.

Al Reglamento de Asistencia Religiosa, en Establecimientos Penitenciarios y Similares, no le corresponde referirse a lo que estamos aludiendo. Sin embargo, a nosotros si nos debe interesar conocer a la persona a la que vamos a servir, sus historias, sus dolores, sus conflictos personales y sociales, etc. De este conocimiento va a depender la manera como vamos a proceder, lo que corresponde realizar, la oportunidad para decir o callar una materia y, en fin, el tipo de servicio efectivo que vamos a brindar y que nos va a distanciar significativamente del otro servicio que dan los funcionarios de la Institución. Es el hombre o la mujer presa quien va a distinguir lo que se hace por ellos y en definitiva a destacar la diferencia de quien está inspirado por la acción social, humanitaria o religiosa, de aquella que no tiene otro móvil que la rutina y el único afán de cumplir un horario o recibir un salario.

Pero también, interesa saber nuestra propia historia y cual es la motivación que nos lleva a ingresar al centro del dolor humano. Es preciso mantener una asidua y enriquecedora experiencia espiritual que nos permita no ser vencidos por lo trivial, deshumanizante, vulgar y frustrante. Los puentes del mundo externo a la cárcel somos nosotros. En ocasiones, podemos ser el único contacto con ese otro entorno que empieza a quedar muy atrás, con toda su carga negativa de mayor marginalidad y rechazo.

EL HOMBRE Y LA MUJER EN RECLUSIÓN

Enfrentar una tarea pastoral o de acercamiento hacia quienes se encuentran privados de libertad es algo que nos exige, además de un compromiso serio y constante, un conocimiento que nos permita saber qué pasa con la persona que está en la cárcel; sus carencias, temores, límites, lo que le motiva, sueños, sentido por la vida, etc. Esto, sin duda, nos plantea una capacidad de comprensión y de observación que se ubique más allá de lo puramente externo o expresado verbalmente por la persona que atendemos. Esta cualidad propia de quien personaliza y no colectiviza puede ser un primer efecto para evitar el estigma, de por vida, llamado prisionización. (concepto que se analizará más adelante)

La persona, hombre o mujer, que se encuentra en la cárcel está viviendo la experiencia de ser vulnerable, esa suerte de sentimiento que lo arrastra, en un proceso irreversible, hasta la definición de sí mismo como un ser desadaptado. A partir de este momento la persona que cumple reclusión comienza el tránsito desde estar “en la cárcel” a “vivir la cárcel” con todas las nefastas consecuencias, que cada uno de nosotros conoce, de anormalidad y daño, para la vida humana. Ante este panorama, nuestro quehacer con quienes están recluidos, ha de ser muy distinto del quehacer de la Institución que prácticamente no va más allá que el de evitar fugas. Lo dramático de nuestra acción pastoral es que en muchas ocasiones lo que hacemos al interior de los penales no tiene relevancia alguna y son los propios reclusos (as) quienes descubren esta falencia que afecta a algunos sacerdotes, religiosos (as) y laicos que ingresan a nuestras cárceles. En diversas oportunidades he señalado que el tema religioso, preparación a los sacramentos, celebración eucarística, cursos bíblicos, etc., no cumple su objetivo si no se acompañan con lo que podríamos llamar “proceso de humanización”. Este pasa, principalmente, por el diálogo personal, en donde por medio de la conversación franca, profunda e inteligente se pueda ir avanzando hacia la remoción de lo que impide mirarse con ternura y aceptarse con ese pasado doloroso, violento y oscuro.

Aun persiste en muchos de nuestros pastoralistas, la tendencia a preocuparse más de la cantidad que de la calidad en el trabajo penitenciario, descuidando en forma sistemática la preocupación de uno a uno, única forma eficaz de transmitir con éxito la palabra de Dios y, a la vez, introducir, en los propios internos acompañados, la posibilidad que ellos mismos puedan ser entre sus pares constructores de esperanza y vida en comunión.

Así las cosas; y en el contexto expresado, cuando, tras una herida, se logra aprender a vivir de nuevo es porque alguien estuvo cercano, situación que en soledad nunca habría podido vencer o dar ese paso de la oscuridad a la luz. Ahora; es preciso aprender a vivir de nuevo una vida distinta, porque cuando se aleja la muerta, la vida no regresa. Hay que ir a buscarla, aprender a caminar de nuevo, aprender a respirar, a vivir en sociedad. En síntesis, esta recuperación de la dignidad puede ser más dolorosa y difícil que todo lo anterior y es aquí en donde se juega su presente y su futuro, pero con el otro, ese que puede darle una mano en los momentos en que su mente y corazón quieren retroceder para unirse nuevamente a aquello que la voluntad ya decidió dejar atrás. Volver al ámbito del pasado puede ser útil, siempre y cuando se pueda mostrar a sí mismo que está en el camino que lo lleva a recuperar plenamente su condición de hombre; esa que da autonomía, posesión de sí y libertad para discernir y resolver.

El fin de la estancia en la cárcel no representa el fin del problema. Encontrar a alguien o a una familia de acogida cuando se ha perdido la propia no es más que el comienzo del asunto, porque la herida ha quedado escrita en su historia personal, grabada en su memoria. El haberse visto humillado y abandonado provoca una fuerte frustración y, en no pocas veces, un deseo muy grande de venganza. La pregunta que habrá que hacerse de manera permanente es “y ahora, ¿qué voy a hacer con esto? ¿lamentarme cada día, arrastrarme por el resto de mis días o aprender a vivir otra vida?”; la vida de tantos hombres y mujeres que también sufrieron, fueron marcados por el maltrato y la marginalidad; pero no sucumbieron.

Es preciso que la persona afectada haga un lento trabajo de cicatrización y también que logre reformar la mirada negativa sobre su vida. Sin embargo, la cicatrización de ese pasado intolerable nunca será segura, es una brecha en el desarrollo de su personalidad, un punto débil que siempre puede reabrirse ante diversas situaciones y circunstancias.
Esta grieta obliga a quienes salen de las cárceles a trabajar incesantemente en su interminable metamorfosis. Sólo entonces podrá llevar una existencia de hombre libre, autónomo y, sin embargo, frágil, ya que nunca olvidará el pasado que lo golpeó y estigmatizó. No obstante, una vez avanzando como hombre libre podrá pensar en ese pasado de un modo que le resulte soportable. Esto significa que la recomposición, el hecho de cortar la cadena y volverse autónomo, pese a todo, no tiene nada que ver con la invulnerabilidad ni con el éxito social.

Es aquí en donde estimo insustituible la presencia y acompañamiento adecuado de quienes están al servicio de las cárceles. Son ustedes los que revierten con su presencia alentadora y espiritual el desánimo y la desesperanza de esas muchedumbres de hombres y mujeres presos (as), que fueron victimas de la ociosidad y del abandono de quienes consideran que no vale la pena intervención alguna. Estos seres humanos “echados a perder” no tienen otro destino, para un porcentaje importante de la ciudadanía, que la incineración de por vida de su cuerpo y alma, es decir, de su historia y de hasta su recuerdo. Son personas que ocuparon equivocadamente un espacio de tierra en este mundo y se hará todo lo posible por borrar su memoria, su cédula de identidad y hasta su partida de bautismo.

Ayudemos a quienes Dios nos ha puesto en nuestro camino para que vuelvan al mundo cuando han sido expulsados de la humanidad. Basta con encontrar una sola vez a alguien que signifique algo para que se avive la llama y pueda regresar con los hombres a su mundo, palpable. dotado de sabor y color. Pero no es llegar y regresar, no es una vuelta al dulce hogar.

La vergüenza de haber sido vulnerado, el sentimiento de ser menos, de no ser ya el mismo, ni como los demás, quienes, a su vez también han cambiado durante el tiempo en que no pertenecía a su mundo. Al respecto nos ilustra lo que le dice Chalamov a Pasternak a su regreso del GULAG: ¿Qué iba a encontrar? Aún no lo sabía. ¿Quién era mi hija? ¿,y mí mujer? ¿sabrían ellas compartir los sentimientos que me desbordaban y que habrían bastado para hacerme soportar otros 25 años de prisión?

Que importante es entonces lo que podemos hacer con las personas cuando estas se aprestan a salir al mundo libre o cuando ya se encuentran en él. Es preciso aceptar que se produce una enorme ruptura, social, sicológica y espiritual con las personas que viven experiencias de cárcel, situación que deja siempre una huella que no es posible borrar. Sin embargo, a todo lo vivido se le puede dar otro sentido, otra perspectiva, otro destino. Ayudar a elaborar un proyecto para alejar el propio pasado, metamorfosear el dolor del momento para hacer de él un ayer con sentido debe caracterizar el trabajo de quienes sirven en las cárceles. Ahogar con bondad y comprensión las voces del pasado que atormentan, robustecer la parte de la personalidad que el entorno acepta, fortalecer la alegría y el optimismo, la creatividad, la confianza en si mismo, enseñar el secreto de la fuerza que permite recoger flores en el estiércol es tarea primordial y necesaria de los acompañantes en el camino hacia Emaús.

EFECTOS DE LA PRISIONIZACIÓN Y LO QUE PODEMOS HACER PARA EVITARLA


Es probable que no tengamos una debida noción aún de los efectos que produce en el hombre y mujer el hecho de la cárcel. Se ha dicho en algunas ocasiones, y no sin razón, que la prisionización es al hombre y mujer lo que la desertificación a la tierra: soledad, improductividad, aridez, muerte.

La prisionización, por su parte, deja al ser humano en una estatura inferior, empujándolo hacia los segmentos sociales más dañados, marginales y estigmatizados.

Ante esta realidad dramática no queda más alternativa para el prisionizado que hundirse, cada vez más, en el fango del hampa, la desadaptación social, agresión y violencia. Son personas que asumieron, concientemente, el rol de desadaptado y consideran no haber otra opción para su vida. Prácticamente, nada los va a cambiar de parecer pues la infección que les significó el paso por la cárcel es crónica y sólo algunas intervenciones muy señaladas los ha de librar de esta fiebre invalidante, progresiva y terminal.
En general, las personas que pueblan nuestras cárceles son muy primarias, con un escaso nivel de desarrollo cultural, educacional y social, situación que apoya la opción conciente de desadaptación con todas las dramáticas consecuencias, tanto para el propio individuo como para la sociedad.

Todo lo que ocurre en un penal, desde el primer instante que un hombre o mujer pone un pie en su interior, es un bombardeo sistemático en relación a la destrucción de su personalidad, autonomía, voluntad de decisión, de desplazamiento, de expresión, etc. Todo ello conduce a la persona recluida a un verdadero enanismo en cuanto a todas sus potencialidades; hasta el extremo de personificar al recluso ideal como un robot que funciona en virtud de la voz de mando del funcionario de turno. Esta situación es altamente frustrante y destructora, haciendo a la persona vulnerable, agresiva, violenta y en ocasiones hasta abusadora. En estas condiciones de vida, ante una situación Institucional poderosa, a veces, dictatorial y anormalizadora, y ante unas relaciones interpersonales fuertemente jerarquizadas y centradas en la dominación, el recluso llega prácticamente a no tener ningún control sobre su propia vida.

En primer lugar, a nivel institucional depende por completo del régimen de la prisión, que va a dirigir todas sus actividades, nada dependerá de él. La capacidad de elección del recluso queda reducida a la más mínima expresión. Ni puede planificar su tiempo ni el lugar donde desea estar en cada momento. Es la institución quien decide donde va a estar y qué va a hacer, incluso si va a hacer algo, o simplemente nada. Además, las consecuencias de su comportamiento van a depender de cómo sean evaluadas por el personal del centro, lo que casi siempre es percibido por el preso como arbitrario, en función de la actitud de enfrentamiento permanente que existe entre ambos estamentos. Esta es una de las más poderosas razones para dudar de la eficacia de cualquier programa de intervención propuesta por la institución y en muchas ocasiones de lo que hace algún capellán o voluntario de pastoral cuando se le identifica con el sistema y no independiente a él. La percepción subjetiva que se hace el preso, sea del sacerdote, religioso (a) o voluntario laico (a), será clave para el éxito de cualquier actividad o intervención que se plantee al interior de un penal. Lo primero y fundamental que ha de lograr quien quiera servir pastoralmente en una cárcel es “ganarse al paciente” y ello no puede hacerse sin personalizar, con dedicación, constancia, paciencia y generosidad. Al respecto podría ser muy conveniente y útil que cada uno de los presentes pueda hacerse un análisis introspectivo y preguntarse ¿De qué manera llego ante los presos, como un funcionario más, o como alguien que realmente busca aportar vida y esperanza, creatividad, confianza y novedad en medio de ese pueblo oprimido y pisoteado?. De esta respuesta va a depender todo el futuro pastoral que se pueda realizar en el campo penitenciario.

Muy significativas son las expresiones dichas por los propios internos y que sin duda nos pueden ilustrar para evitar nosotros sumar al deterioro y prisionización de quienes tenemos la obligación espiritual y moral de levantar, jamás de aplastar.

“Padre Nuestro...
Aquí en este rincón oscuro, donde el sol ocultó su brillante rostro; donde miles de voces se han convertido en gritos de abandono... tú, Iglesia de Jesucristo, qué haces... “

“Ahora..., desintegrado, en mi intimidad profunda, he levantado los ojos para verte.., buscando tu palabra y tu mirada... Donde estás a ti que te dicen padre y entras a la cárcel para no verte nadie....”

“Pobres seres. Sumidos en el fango oscuro, podrido, maloliente de su vida... y tú, donde estás, Iglesia de Jesucristo”.

“Miserable... carecen de todo, ni los trapos que los cubren, ya no le pertenecen, los han vendido, por unas miserables monedas, para su vicio, el alcohol, la droga... para desahogar su sexo con los homosexuales...”

“Son seres abandonados desde niños, por sus padres en una esquina cualquiera, como si fueran basura... “

“¡Pobres seres indefensos los que sobrevivan, anónimos.., desconocidos.., y por siempre abandonados!”

“Seres cuyos gritos nacieron en la calle, y a la calle vuelven. . . . sin ser escuchados....”

“Seres, a los que el hambre, les mordió el estómago; los que se pelearon en las calles, en los basureros de los restaurantes, por un trozo de pan duro, por un pedazo de carne podrida, por sobras de comida, desperdicios de platos elegantes”.

“Seres olvidados.., sin que nadie les mire, sin que nadie les piense, sin que nadie les hable...sin que nadie les ame”.

Detrás de cada una de estas frases potentes y estremecedoras hay personas, hombres y mujeres, que claman a gritos ayuda, cercanía y compañía. En medio de este panorama desolador podemos pasar de largo o detenernos para hacer la diferencia entre los que son de Jesucristo efectivamente, de los otros que simplemente lo dicen.

Hemos hablado, ya, cómo la cárcel va generando no sólo debido a una infraestructura inadecuada, sino al trato que recibe el recluso, por parte de la institución, una persona minusválida en lo que se refiere a una vida normal, autónoma y responsable. Esta situación es lo que hemos llamado altamente vulnerable; que con el tiempo va creando en el hombre y mujer preso una postura ante la vida que marca y determina un estilo propio que a la hora del egreso del penal lo pone al margen de una sociedad que tiene sus reglas y leyes específicas. Las reglas y leyes aprendidas y asumidas en el penal, ahora son un tropiezo permanente que lo hace más vulnerable y ajeno a ese otro mundo en que debe compartir con gente que piensa y actúa en forma muy distinta a la manera que se vive entre rejas. En todo caso, lo más grave y difícil de sanar, cuando hablamos de prisionización, no es tanto esto que vamos diciendo, sino la huella subjetiva con que se asume una manera de ser y de vivir. Podríamos decir que la cárcel, con el paso del tiempo, crea un hombre y mujer altamente capacitada para la desadaptación social, la intolerancia, violencia, agresividad y venganza.

Ante este panorama, el sacerdote, religioso (a), funcionario (a) comprometido (a) y voluntariado que trabaja en las cárceles debe ser un experto para colocarse en el lugar del recluso, para poder comprender en lugar de juzgar, momento previo y decisivo que va a determinar la orientación de cualquier intervención y, por tanto, sus posibilidades de éxito. Hemos de ser capaces de ir nosotros hasta él y su realidad, no traerlo a él hasta nosotros y nuestra realidad, ignorando la suya. El punto de partida de todo proceso de intervención no debe ser el delito, sino la persona, su vida y su mundo. Nuestro trabajo fundamental ha de ser, por una parte, evitar o aminorar los efectos desestructuradores de la prisión, y por otra, potenciar en lo posible, la formación integral del recluso. Debemos ayudarlo a sobrevivir, aunque sea en la cárcel.

Todo lo expuesto anteriormente no tendría ningún sentido si cada uno de ustedes no se plantea con la debida seriedad y madurez cómo va a aplicar en el medio en que prestan sus servicios lo que se ha señalado. Este es el sentido último de todo lo que he tratado y que, sin duda, de hacerlo, enriquecerá la presencia de la Iglesia Católica al interior de los penales. Estamos llamados a potenciar la vida, esa que Jesucristo nos entrega, capacitándonos para anunciarla y comunicarla a todos los hombres y mujeres del planeta, sin excepción.

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