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Autor: Mons. Enrique Troncoso Troncoso
Fecha: 18/09/2009
Ciudad: Melipilla

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Homilía Te Deum 2009 Textos: Filip. 2, 2-7 y Mc. 12, 28 - 34

1.- La llegada del mes de Septiembre marca siempre una nueva etapa en la hermosa vida de la naturaleza y también en nuestra vida humana. Primero la flor de los aromos y luego de los árboles frutales inician la nueva primavera para volver al ciclo constante de dar vida y de producir y alimentar. Así también la vida del hombre necesita algunos hitos relevantes que van marcando la renovación de la vida y en este caso también de un país como el nuestro.

Las fiestas del 18 y 19 de Septiembre son para Chile una alegría, una gratitud y una renovación de la historia, del quehacer actual y de la mirada hacia el futuro.

Nosotros sentimos espontáneamente la motivación oportuna para mirar la Patria con el corazón. Una vez más queremos mirar su historia y su actualidad con el anhelo de renovar nuestro amor y servicio al país. Queriendo a la vez agradecer y valorar lo que somos dando gracias por todo lo positivo. Enseguida mirar el futuro y los anhelos de la Patria de la que nos sentimos parte viva.

Venimos ante todo a levantar la voz y el corazón para reconocer al Señor como el único Dios creador y como Padre bueno de inmensa misericordia que nos ha acompañado en nuestra historia y nos sigue mostrando su amor. Venimos a conmemorar un Aniversario más de la Primera Junta de Gobierno en Chile en 1810, como primer germen público de una vida independiente como país. Así queremos unirnos en el común servicio a la Patria para seguir construyendo el progreso integral en nuestra tierra.

Venimos como cristianos que reconocen al Señor Jesucristo como el centro de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestro amor; y desde esta riqueza profunda los cristianos sentimos la necesidad de aportar lo mejor de nosotros mismos y a la vez los grandes valores recibidos. Por lo tanto, queremos expresar una especial Acción de Gracias, luego una alabanza gozosa al Señor y terminar con una sentida súplica por lo que estamos viviendo hoy y lo que deseamos para el futuro.

2.- Ante cualquier realidad humana e histórica los cristianos nos presentamos con una mirada de fe, desde lo que somos; ya que siguiendo el camino de Jesucristo nos identificamos especialmente como los discípulos de ese gran Maestro y Señor.

Esto es primero nuestra identidad y a la vez nuestro gran ideal: ser los seguidores fieles y auténticos del Señor Jesucristo, que es la plenitud de la vida humana y que conduce los pasos de la historia.

Para nosotros esto es un gran ideal que es exigente y que al mismo tiempo nos plenifica como seres humanos y nos impulsa a aportar lo mejor de nosotros mismos hacia el mundo, hacia los hermanos, hacia todos.

Hemos escuchado en la primera lectura “tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús”. Es decir, que queremos llegar a identificarnos con los mismos ideales y las mismas actitudes y sentimientos de Jesucristo para llegar sobre todo a vivir con la inmensa capacidad de amor que demostró Él hacia el Padre Dios y hacia todos sus hermanos.

El Evangelio de hoy nos proclama cuál es el centro y la cumbre de nuestra vida: Amar a Dios con toda nuestra fuerza y amar al prójimo como a sí mismos. Algo que por una parte es tan conocido y sabido y por otra nos vuelve a centrar en crecer en la capacidad de donación de nuestra vida, ponerla al servicio del bien común.

Esto tiene que ser el aporte central que un creyente y un cristiano bautizado tiene que entregar a su país, porque es lo más noble y lo más alto que tenemos y a la vez lo que más hace falta en todo momento. Es la inmensa riqueza del amor frente al daño y la gran inutilidad del odio.

¿De dónde nos viene todo esto? De lo que somos, del ser creyente y ser cristianos bautizados, pues, en síntesis lo que hemos escuchado es: Hagan lo mismo que hizo Cristo Jesús. Ese es el camino, luchar de corazón para actuar como Él. Que ese sea nuestro gran ideal.

3.- Al abrir el año dedicado a celebrar el bicentenario de nuestra Independencia Nacional, nos acercamos al Señor con gratitud y humildad, para bendecir su Nombre por tantos dones recibidos y poner nuestra mirada en el futuro para contribuir a edificar la Patria que anhelamos, desde un proyecto común que asuma nuestra identidad y diversidad.

Bendecimos al Señor porque esta larga y angosta geografía chilena alberga razas y etnias muy diversas, oriundas de esta tierra algunas y avecindados en ella, la gran mayoría. Reconocemos, a la vez, que no hemos brindado las oportunidades y ni el espacio equitativo para que cada una de ellas pudiese realizar sus talentos, particularmente hermanos y hermanas de nuestros pueblos originarios.

Bendecimos al Señor por la historia vivida y sufrida, amante de la justicia y el derecho, construida con los amores y sudores de todos y de todas, y le pedimos perdón por los quiebres tan profundos que hemos protagonizado por no saber enfrentar nuestras discrepancias. Quiebres que aún hoy nos enfrentan y dividen, y que nos urge sanar y reconciliar, para que Chile sea efectivamente una Patria de hermanas y hermanos.

Bendecimos al Señor porque con el esfuerzo de todos hemos construido un país más desarrollado, más estable económicamente y con mayores oportunidades de estudio y de trabajo. Pero debemos reconocer que no hemos sabido compartir con equidad los frutos del trabajo y los bienes generados, lo cual significa tener a muchos - ¡demasiados compatriotas! - viviendo en condiciones de pobreza y hasta de miseria que claman al cielo y son el humus de la violencia que lamentablemente crece en nuestras relaciones.

Bendecimos al Señor por la fe de los cristianos, de diversas Iglesias y comuniones, que nos llevan a buscar y a adorar a Dios y a querer ponerlo en el primer lugar de nuestras vidas, aportando a Chile la riqueza del amor al prójimo, que nos lleva a unirnos solidariamente. Pero reconocemos, a la vez, que la idolatría del dinero, la suficiencia en el saber insuficiente así como la altivez del poder, nos llevan a formular proyectos y decisiones que se toman a espaldas de Su presencia, aunque vivamos su Nombre en nuestros labios.

Bendecimos a Dios por los héroes conocidos de nuestra Historia, a quienes honramos con justicia en este bicentenario, y por los héroes anónimos que han entregado su sangre y sus fatigas para construir el país de sus sueños en la educación, en el foro, en la empresa, transformando la tierra con sus manos, mineros, pescadores, campesinos, así como artistas y literatos insignes que merecen estatuas en el corazón de todo buen chileno y le pedimos perdón por quienes quisieran construir un futuro sin tomar entre sus manos la herencia tan rica que hemos recibido, dispuestos a ser padres y madres del mañana renunciando torpemente a ser hijos e hijas del ayer.

4.- Hoy somos más conscientes y respetuosos de la diversidad de etnias – de las ancestrales, de las que como Rapa Nui nos han enriquecido más tarde y de las diversas migraciones que dan forma al alma de Chile, expresada en aquellos rasgos integradores que formulara ese gran Pastor que fue el Cardenal Silva Henríquez: “el primado de la libertad sobre toda forma de opresión…el primado del orden jurídico sobre toda forma de arbitrariedad… el primado de la fe sobre todas las formas de idolatría” (“El alma de Chile”). Y que, en un inolvidable discurso del año 1991, en el atardecer de su vida, nos habló del “país que sueño o que deseo” y lo expresó sobre la base de cuatro afirmaciones:
- “Quiero que en mi país todos vivan con dignidad.
- Quiero un país donde reine la solidaridad.
- Quiero un país donde se pueda vivir el amor.
- Quiero para mi Patria lo más sagrado que yo puedo decir: que vuelva su mirada hacia el Señor”.
Últimamente la Iglesia en Chile, por medio del Obispo Presidente de la Conferencia Episcopal, ha propuesto construir entre todos un “consenso básico ético”, que dé fundamento a nuestras decisiones en los más diversos campos de nuestra convivencia. Necesitamos ese consenso, un acuerdo nacional de todos los sectores.
5.- En síntesis: esta es nuestra Patria amada y en ella tenemos que seguir aprendiendo a convivir, a amar, a respetar y, al menos, aprender a tolerar la diversidad en aquello que no compartimos.

Por esta misma razón no podemos cerrar los ojos ante la violencia que se ha infiltrado en nuestro diario vivir. Violencia intrafamiliar, violencia callejera – incluso al conducir – violencia en la expresión de nuestros anhelos de justicia, violencia matonesca en la escuela, violencia incluso en el lenguaje, en que hemos dejado de “pedir” o “solicitar” y sólo nos limitamos a “exigir”. Urge encontrar las causas de esta actitud destructiva y hacer un camino pedagógico de mayor humanidad en nuestras relaciones.

No podemos tampoco conformarnos con reformas laborales que no den al trabajo y al trabajador su lugar preponderante en el desarrollo del país. El trabajador es la mayor riqueza de cualquier emprendimiento.

No podemos ni debemos relativizar la importancia de la Vida, en todas sus manifestaciones. Esta es la mayor riqueza que tenemos, que amamos y cuidamos. ¿Por qué, entonces, esta tentación de querer manipularla ? ¿Por qué esta tentación tan humana de todos los tiempos de querer ser señores y no servidores de la vida?

6.- La Iglesia tiene una propuesta: Para este bicentenario la hemos encarnado en un lema que, a la vez, es un proyecto: “Chile, una mesa para todos”.

La mesa expresa en nuestra cultura el lugar más preciado del encuentro familiar, fraternal, de amistad. Es el lugar de la resolución de los conflictos por el diálogo sincero y el lugar de la expresión de sueños y deseos en las discusiones sobre el sentido de la vida. Es el testigo mudo de nuestros amores y desamores. Todos tendríamos mucho que decir, recordar y agradecer, si sólo nos limitáramos a hablar sobre la mesa de nuestra vida familiar…

No está demás decir que, para los cristianos, la Mesa está en el centro de nuestra fe pues es el lugar donde el Señor Jesús nos dejó su herencia más preciosa: (su Cuerpo y de su Sangre entregados por nosotros y por el perdón de nuestros pecados. Es la Mesa en que celebramos la Cena del Señor y acogemos su vida entregada para que todos y todas tengamos vida y vida en abundancia). Es la mesa de la Eucaristía.

Por esta razón, queremos invitar y ayudar a que en Chile se multipliquen las mesas de encuentro, de diálogo, de discusión fraterna. Mesas para compartir el pan y la palabra, los proyectos y los bienes. Mesas de esperanza y mesas del bicentenario donde juntos nos amistemos para generar nuestro futuro. Mesas donde todos puedan tener pan, respeto y alegría.

Y queremos hacer un esfuerzo serio, perseverante, incisivo, para que no haya en Chile “mesas de 2ª o 3ª clase” ni personas excluidas de la mesa. Con gran respeto queremos reconocer su lugar en la mesa a las personas con capacidades diferentes, a los ancianos y ancianas que a veces padecen soledades y desprecios, y a todos los hermanos y hermanas que viven en situación de calle o en situación más vulnerable También para nuestros hermanos migrantes. Una mesa. Una mesa para todos, como la que nos ofrece Jesucristo, el Señor.
Para esto se requiere amar la justicia y hacer justicia al amor. Se requiere vivir con amor y vivir con verdad. Vivamos una solidaridad a fondo.

La solidaridad plena es cuando todos se sienten responsables de todos..
Nuestra alabanza y bendición incluye, entonces una petición: que nos amemos en la verdad y vivamos la verdad con gran amor, fundamento de la vida familiar y la vida en sociedad.

Así que: abrimos con esperanza este bicentenario de la Independencia de Chile como Nación.

† Enrique Troncoso Troncoso
Obispo de Melipilla

   
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Declaración del obispo de Melipilla
 
Declaración del Obispo de Melipilla
 
Homilía Te Deum 2009 Textos: Filip. 2, 2-7 y Mc. 12, 28 - 34
 
Comunicado a la Opinión Pública
 
Creer y aceptar el Amor de Dios
 
   
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