Autor: Mons. Francisco Javier Errázuriz Ossa
Fecha:
01/05/2009
País: Chile
Ciudad: Santiago
El Evangelio del Trabajo Humano
Texo completo de la homilía del Arzobispo de santiago, Cardenal Francisco Javier Errázuriz, en la Misa de San José Obrero, 1 de Mayo de 2009, en la Catedral Metropolitana.
Queridos hermanos y hermanas en el Señor,
Convocados por el Maestro de Nazaret nos reunimos en torno a su altar para honrar a San José Obrero y recordar la familia que formó con su esposa María, como también su taller artesanal, en el cual aprendió y practicó su hijo Jesús el mismo oficio de carpintero de su padre. No fue un hecho casual que Jesucristo naciera y creciera en ese hogar y en esas circunstancias. Así lo quiso el Padre de los cielos en su infinita sabiduría y bondad. El Hijo de Dios vendría a este mundo como nuestro hermano y salvador, y se haría semejante a nosotros en todo menos en el pecado, y de una manera muy especial, semejante a los trabajadores que se ganan el pan de cada día con el esfuerzo de sus manos y el sudor de su frente.
Recordando a San José Obrero, ese hombre justo y fiel que escogió Dios como padre adoptivo para su propio Hijo, y admirando su espíritu de servicio y su opción permanente por cumplir la voluntad de Dios, conmemoramos asimismo el Día Internacional del Trabajo. La Iglesia no puede olvidar su cuna en casa de un carpintero, ni la vocación sublime de cada ser humano, de colaborar con Dios para crear con él, guiados por su mano, un mundo más humano para todos.
Habiendo escogido para su Hijo un oficio manual, no es de extrañar que Dios mismo reciba nombres que lo vinculan a las labores del campo y a los artistas de la greda, tales como Alfarero y Sembrador, Viñador y Pastor. Hundiendo sus huellas en la naturaleza humana, nos ha invitado a trabajar como él, y a seguir creando con El. Así hemos de transformar el mundo con las habilidades que El mismo nos regaló, y enriquecer la cultura con la sinceridad, la honradez, la laboriosidad, la abnegación y el amor a la familia, virtudes que distinguen a tantos trabajadores.
Sería más exacto decir que por medio del ser humano es el mismo Dios que “sigue todavía trabajando” (Jn 5,17), y nosotros, imágenes y semejanzas suyas, trabajando con él y para él. Como decía el Papa Pablo VI, “ya sea artista o artesano, patrono, obrero o campesino, todo trabajador es un creador. Aplicándose a una materia que se le resiste, el trabajador le imprime un sello, mientras que él adquiere tenacidad, ingenio y espíritu de invención”.
Con su trabajo, el hombre y la mujer realizan su vocación y cumplen con una misión honrosa, intransferible. Así transforman el mundo en el que viven y se realizan como personas humanas. Con razón nos dice el Apóstol “cualquiera sea el trabajo de Uds., háganlo de todo corazón, como quien sirve al Señor, y no a los hombres” (Col 3,24).
Los Obispos de América Latina reunidos en Aparecida, siguiendo esa inspiración, hablamos del Evangelio del Trabajo que, unido a la Buena Nueva de la dignidad humana, de la vida, de la familia, de la ecología y del destino universal de los bienes, son fuente de alegría y de esperanza para los discípulos del Señor (Cf DA 101-128). Por ser realidades tan sagradas para cada ser humano, nos atrae su causa, y se vuelven objeto de nuestro amor, de nuestras preocupaciones, y de nuestro apoyo.
Por todas estas razones, deseo dedicar esta homilía, para reflexionar junto a Uds. sobre la Buena Nueva del Trabajo.
1. La valoración del trabajo humano
En su misión de servir eficazmente al Evangelio de Jesucristo, la Iglesia asume la tarea de abordar los problemas humanos y, particularmente, toda situación que contradiga o cuestione el designio divino manifestado en Cristo, sobre todo cuando se lesiona la dignidad de la persona humana. Por esto, la realidad humana del trabajo constituye uno de los desafíos más importantes que siempre debemos asumir en el cumplimiento de nuestra misión, considerándola la clave de la cuestión social.
El pensamiento social de la Iglesia se renueva y amplía, al reflexionar desde el Evangelio de Jesucristo los contextos históricos que debe iluminar. Así como en la Encíclica Rerum Novarum el Papa León XIII dió respuesta a la “cuestión social” generada por la revolución industrial, hoy nos interpelan la revolución del conocimiento, las nuevas tecnologías y su impacto sobre los procesos productivos, las nuevas funciones que corresponden al Estado, al mercado y a la sociedad civil, a las organizaciones de los trabajadores y a las empresariales, como también, en general, la renovación de los actores sociales y de las instituciones que ellos conforman.
En medio de estas transformaciones siempre proclamaremos y defenderemos el valor de la persona que trabaja, y así, el valor subjetivo del trabajo, destacándolo en el complejo proceso de la producción. Quienes no comparten este pensamiento suelen tener visiones materialistas y economicistas que reducen el trabajo a una mercancía, a una fuerza o instrumento de producción, o que degradan al hombre, privilegiando los factores cuantitativos de la producción por sobre el valor de la persona y de su familia.
Desde la visión de la fe cristiana, cada persona tiene una dignidad inconmensurable. Existe en este mundo porque Dios la ama y la conduce a disfrutar de su amistad, su felicidad y su paz. Para ello, fue creada a imagen y semejanza de Dios, no para que deambulara por el mundo, abandonada a su suerte, sino para hacer buen uso de su libertad y acoger a Quien la guía hacia la comunión con el mismo Dios y de los hombres entre sí. Para que tuviera vida plena, vino el Hijo de Dios a este mundo, y se hizo nuestro hermano, abriéndonos el camino hacia la libertad de los hijos de Dios, y enseñándonos a amar a los demás a semejanza suya. Y nos impresiona que Dios nos haya hecho colaboradores suyos. ¡Tal es la dignidad del trabajo, realizado con amor! Con nuestra actividad humana prolongamos su obra y creamos las condiciones necesarias para que todos puedan disfrutar de amistad y paz, con Dios, con sus familiares, sus vecinos, sus compañeros de trabajo y todos los conciudadanos, también con la naturaleza.
Respetar a la persona significa, entonces, que nadie puede exponerla a un trabajo que dañe su salud o atente contra su vida, ni obligarla a hacer labores que la perjudiquen o humillen, que menoscaben a otras personas o que vayan en contra de sus principios morales o religiosos. Por el contrario, todos debemos preocuparnos de proveer un lugar adecuado para que pueda desarrollar su trabajo, asegurarle un clima laboral constructivo y fraterno, y el tiempo suficiente para atender al bien de su familia, para descansar y participar en la comunidad religiosa que sea la suya, ofrecerle una remuneración justa, considerando la real situación de la empresa, y abrirle espacios de participación verdadera, de acuerdo a sus habilidades, competencias y responsabilidades.
Más aún, debemos colaborar para que cada persona pueda desarrollarse plenamente como ser humano, ya que con nuestro trabajo prolongamos la actividad creadora de Dios, somos solidarios con la humanidad y responsables del medio ambiente.
2. El desempleo: el rostro doloroso de una crisis ética
San Alberto Hurtado ya reflejó con claridad la preocupación social de la Iglesia en sus predicaciones, sus escritos y sus obras. Esta preocupación retoma toda su fuerza ante la actual crisis económica ya que, lo que comenzó en otros países como una crisis de los mercados financieros, se ha convertido en una crisis de empleo global y es considerada por algunos expertos como la peor crisis desde la depresión de los años 30.
Ahora bien, no podemos olvidar que la crisis del empleo tiene como origen una crisis ética. Ella ha puesto de manifiesto el afán excesivo de lucro por encima de la valoración del trabajo y del empleo, convirtiéndolo en un fin en sí mismo. Desgraciadamente, cuando se distancia la ética de la economía, se crean las condiciones para que la lógica de la especulación se instale por sobre la lógica del bien común, del compartir, de la solidaridad y de la creación de fuentes de empleo.
En nuestra reciente declaración de los Obispos de Chile hemos dicho al respecto:
“Desde la fe en Cristo resucitado, Señor de la vida, surge un aspecto esencial para quienes anhelamos vivir las crisis actuales en clave cristiana. Debemos manifestar una preocupación especial por la vida de los pobres. Tampoco escapa a nuestra solicitud la realidad que vive la inmensa mayoría de la clase media de nuestro país. Desde nuestras diócesis conocemos muy bien cómo la crisis está afectando a muchos sectores de sus familias y habitantes. El cierre de fuentes de trabajo, la cesantía que ello significa, el derrumbe emocional de quienes están en esa situación, los tan dolorosos efectos en la vida familiar, la congelación de estudios superiores, la incertidumbre, son sólo algunos dramáticos efectos. Pero la crisis financiera mundial, cuyas nefastas consecuencias percibimos a diario, tiene un origen mucho más grave, que dice relación con el extravío de los valores éticos y la consecuente vida moral. El Papa Benedicto XVI lo dijo con claridad en su encuentro con los sacerdotes de Roma: “Al final, se trata de la avaricia humana como pecado o de la avaricia como idolatría. Nosotros debemos denunciar esa idolatría que se opone al Dios verdadero y que falsifica la imagen de Dios a través de otro dios, el dios dinero”. Queremos invitar a nuestras comunidades a actuar solidariamente, y a los chilenos todos a cuidar responsablemente las fuentes de trabajo. Apelamos a la creatividad y a la responsabilidad social del Estado, de los empresarios y de los mismos trabajadores, para no perder fuentes de trabajo y promover nuevos puestos laborales. Hacemos también un llamado a los docentes de nuestras Universidades y centros de estudios a estudiar en profundidad la actual crisis y a buscar propuestas para una economía que respeten las nociones de equidad, justicia y bien común, y abra camino a los pobres para que vivan conforme a su dignidad humana” (Padre Las Casas 24.04.09, N. 5).
Mientras tanto, a nivel de nuestras comunidades hay mucho que seguir haciendo: hay muy buenos ejemplos de solidaridad que debemos multiplicar. Pienso en parroquias que han creado bolsas de trabajo, en los talleres solidarios que anima nuestra pastoral social, en las empresas que acuerdan rebajas salariales de sus ejecutivos, en las medidas gubernamentales para apoyar a los desempleados e impulsar nuevas obras públicas que contraten a un gran número de trabajadores, y en aquella inversión privada que quiere enfrentar con decisión los tiempos difíciles. Todos nos podemos comprometer solidariamente con el hermano que pasa dificultades.
3. Una nueva empresa: una comunidad de personas al servicio de la sociedad
Aspiramos como Iglesia, es decir, como comunidad de discípulos misioneros de Jesucristo, que abarca a laicos, sacerdotes y obispos, a hombres y mujeres, a trabajadores y empresarios, a estudiantes y profesores, a promover el desarrollo de la función social de la empresa como comunidad de vida y trabajo. La actividad empresarial es buena, es una verdadera vocación, una misión del hombre, una forma de asumir el trabajo, un modo privilegiado para contribuir al bienestar de muchas personas. Asimismo, la labor empresarial es insustituible a la hora de proponerse la meta de alcanzar un desarrollo económico que permita asentar las bases de una cultura verdaderamente humana.
Buscamos que, dentro de toda empresa, la legítima búsqueda del beneficio se armonice con la irrenunciable tutela de la dignidad de las personas que a título diverso trabajan en ella, y con el bienestar y el desarrollo de las mismas y de sus familias. De otro modo ponemos en peligro las bases mismas de un desarrollo sustentable.
La revolución científico-tecnológica ha impactado severamente las nuevas formas de producción. La tecnología de los procesos productivos y de la organización social del trabajo pone en cuestión la estructura de muchas empresas, desafían el rol de los sindicatos, interpela la calificación del trabajo y del trabajador, el funcionamiento del mercado laboral y los mecanismos de participación de los trabajadores. En este contexto nuestro anhelo es que tengamos la capacidad de aumentar el número de empresas que sean no sólo técnicamente ejemplares y financieramente solventes, sino también de gran calidad humana y por eso mismo, éticamente irreprochables.
4. Un gran acuerdo nacional por el trabajo digno
Desde la perspectiva de la civilización del amor y la solidaridad se puede comprender la preocupación que nos congrega esta mañana, y que ponemos en manos del Señor en esta Eucaristía, por las condiciones de vida de las personas, especialmente de quienes viven y experimentan alguna forma de exclusión social.
Pues bien, alcanzar la justicia social no es posible si no se superan, en el orden laboral, las desigualdades que se manifiesta en la brecha que afecta al empleo, sobre todo cuando constatamos el aumento del desempleo y subempleo; en la brecha que atañe a la protección social, cuando se deniegan derechos en el trabajo, y se constatan aún condiciones de trabajo inseguras, deficiencias en la seguridad social y prácticas antisindicales; y en las brechas que dañan la participación, cuando no es posible instalar el diálogo por sobre la confrontación entre trabajadores y empresarios en diferentes conflictos laborales.
Invitamos a todos para que en el Bicentenario podamos ofrecer al Señor en la fiesta de San José Obrero, un gran acuerdo nacional por el trabajo digno, con participación de todos los actores: académicos, gobierno, parlamentarios, representantes de los trabajadores y de los empresarios. Desde ya saludamos las proposiciones que planteen en este campo los candidatos al Parlamento y al Gobierno Supremo de la Nación.
Un gran acuerdo nacional donde asumamos con voluntad férrea la decisión de combinar adecuadamente: la valoración y protección de la dignidad de los trabajadores y el aumento de la productividad; los derechos laborales y la participación; la protección social y la competitividad; la igualdad de trato y remuneración, en trabajos de la misma calidad, del hombre y de la mujer; la valoración adecuada del trabajo que ambos realizan en sus hogares, en bien de sus hijos, con los deberes asumidos en sus contratos laborales; el derecho al trabajo y la necesaria ampliación de la iniciativa privada para el emprendimiento y la innovación - sin trabas burocráticas, pero sí con el debido control, también medioambiental.
Como cristianos no podemos fraccionar nuestra vida personal; tampoco nuestro compromiso con la sociedad. Nuestra opción creyente atraviesa todas las dimensiones de nuestra existencia. Nuestro lugar de trabajo y nuestras opciones en la organización del trabajo son dimensiones esenciales de nuestra vida, en las cuales debemos dar testimonio de nuestra opción creyente, entre otras, de nuestra decisión de humanizar las condiciones del trabajo y del empleo. El desafío es grande, pero como discípulos de Jesucristo, que quieren ser mensajeros de su Buena Noticia, debemos llevar “nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros que la Providencia de Dios nos depara grandes sorpresas” .
5. Mirar con esperanza nuestro futuro
Nadie sabe con certeza cuánto durará esta crisis y cuanto más se profundizará. Confiemos en el Señor que pase pronto, con los menores daños posibles y que saquemos de ella las debidas enseñanzas. Que la solidaridad prime sobre el egoísmo, y el amor al prójimo sobre la indiferencia., de tal manera que con el esfuerzo y el compromiso de todos los sectores involucrados, evitemos que sean los más pobres los más afectados por la crisis y transformemos las necesidades, en voluntad de ser un país fraterno, que siempre apoya a los más necesitados y a sus familias, de manera que gocen de las condiciones que requieren para avanzar hacia el bienestar que persiguen para ellos y sus hijos. Por eso invocamos al Señor, por la intercesión de San José Carpintero, Patrono de este día del trabajo, como se lo pedimos en la Oración Colecta de esta Misa:
“Padre Dios,
Creador de las personas y las cosas,
Tú has establecido la ley del trabajo
para el desarrollo de la persona humana.
Concédenos que ayudados por el ejemplo
y la protección de San José,
realicemos las obras que nos encomiendas
y obtengamos la recompensa que Tu mismo nos prometes”.
Que los apóstoles del Señor Jesús -pescadores artesanales, constructores de tiendas de campaña, labradores y recaudadores de impuesto - nos inspiren con su testimonio para lograr ser plenamente discípulos misioneros del Señor. Que San José Obrero, varón justo y solidario, nos sostenga en las horas de fatiga, y San Alberto Hurtado nos inspire en nuestro empeño por la ayuda fraterna y la justicia social. Y que Nuestra Señora del Carmen, Madre de nuestra Patria, sea Madre de nuestra esperanza y de nuestra alegría, de nuestra unidad y de nuestros compromisos solidarios, y que sea nuestro amparo en medio del sufrimiento y el dolor. Que su compañía materna ilumine nuestros esfuerzos, como lo hizo con su hijo, Jesús, el Carpintero de Nazaret.
† Francisco Javier Errázuriz Ossa
Cardenal Arzobispo de Santiago
Santiago, 1 de Mayo de 2009
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